UE–Mercosur: el Acuerdo que se Atraganta entre Tractores y Vetos... LO RECHAZO EL EMPERADOR SIBARITA TRUMP...
Para el sábado pasado
tendría que haberse producido una firma histórica en Foz de Iguazú, ciudad
brasileña ubicada en la triple frontera con Argentina y Paraguay, en el marco
de la cumbre de los países del Mercosur (Brasil, Argentina, Paraguay, Uruguay y
Venezuela, que está suspendida del bloque). Pero, con el billete comprado, la
presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, finalmente no ha
acudido a Foz de Iguazú, aplazando temporalmente la firma y el inicio de la
ratificación del acuerdo comercial de la Unión Europea con los países del
Mercosur.
Un acuerdo en el que la Unión Europea pretende mejorar el acceso
al mercado del Mercosur para sus multinacionales de automóviles, accesorios
para la automoción, empresas energéticas, farmacéuticas, bebidas y servicios
financieros, mientras que los países del Mercosur obtendrán más acceso al
mercado europeo para sus materias primas —carne de vacuno y pollo, soja, azúcar
y etanol para biocombustibles, entre otros—. Un acuerdo comercial conocido
popularmente como «vacas por coches», que aunque institucionaliza una relación
comercial asimétrica y neocolonial, favorece los intereses de la importante patronal
del agronegocio del Mercosur.
El aplazamiento del acuerdo comercial de la Unión Europea con los países
del Mercosur no es una cuestión menor. Estamos ante uno de los mayores acuerdos
del mundo —unos 720 millones de personas y más del 20% del PIB global—, todo un
mensaje de multilateralismo comercial neoliberal en tiempos de autoritarismo
arancelario trumpista. De hecho, la firma de este sábado pretendía concluir
veinticinco años de negociaciones, la más larga de la historia reciente. Aunque
en 2019 ya se había alcanzado el «acuerdo político» —cuando aún presidía Brasil
el ultraderechista Jair Bolsonaro—, ya entonces no se logró rematar por la
oposición que suscitó en numerosos países europeos.
Las reticencias de algunos Estados miembros obligaron a negociar una
serie de cláusulas de salvaguarda, mecanismos que aparecen con formulaciones
voluntarias («deberían», «se esforzarán») y sin instrumentos vinculantes
efectivos, que en la práctica someten las buenas palabras sobre el clima o los
derechos laborales a las obligaciones comerciales vinculantes que recoge el
acuerdo. Un maquillaje discursivo propio del soft power europeo
para presentar el acuerdo como un ejemplo de relación comercial respetuosa con
el medio ambiente y los derechos humanos. Y que ya fueron cuestionadas por el
propio Lula como un mecanismo de «neocolonialismo verde» que, bajo el pretexto
de proteger el medio ambiente, «impone barreras comerciales y medidas
discriminatorias, y desconsidera marcos normativos y políticas nacionales». Afloraron
públicamente, así, las tensiones que estaba generando dentro del bloque
Mercosur el constante rosario de reparos europeos.
Porque las «cláusulas de salvaguarda» no solo se han incorporado para,
supuestamente, proteger el medio ambiente, sino también como una forma por
parte de la Comisión Europea de intentar calmar los ánimos ante las protestas
agrícolas que, en los últimos años, han tomado, en repetidas ocasiones, la
capital europea con sus tractores. Aunque, como denuncia la Coordinadora
Europea de La Vía Campesina, estas supuestas cláusulas de salvaguarda «están
diseñadas con el fin de que nunca se activen. Basadas en umbrales económicos
arbitrarios, no reflejan la diversidad de la agricultura europea ni los efectos
reales y localizados del aumento de las importaciones». De hecho, esta semana
los tractores han vuelto a colapsar Bruselas frente al impacto del acuerdo
UE-Mercosur, los recortes en las ayudas agrarias y la futura PAC post-2027.
Unos tractores que han conseguido colarse en el tenso Consejo Europeo
que decidía sobre las ayudas económicas a Ucrania y que, en teoría, tendría que
haber dado luz verde para que la presidenta de la Comisión hubiera firmado el
acuerdo con el Mercosur este sábado en Foz de Iguazú. A pesar del acuerdo de la
mayoría de los Estados miembros —impulsados especialmente por Alemania y
España— para ratificar el acuerdo comercial, se ha constituido una minoría de
bloqueo —al menos cuatro Estados miembros que representen el 35% de la
población—: al «no» de Hungría y Polonia se han sumado, una vez más, las
reticencias francesas y, sorpresivamente, Italia.
La negativa de la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, fue
determinante, inclinando los números para constituir esa minoría de bloqueo. De
hecho, la propia Meloni habló con el presidente brasileño, Lula da Silva —cuyo
país preside actualmente el Mercosur, y le dijo que está «dispuesta» a firmar
el acuerdo, pero alegó que tiene «problemas políticos con los agricultores» de
su país, aunque se dijo «capaz» de convencerlos. En este contexto, la
presidencia danesa de la Unión Europea optó por retirar de la agenda la firma
del acuerdo con el Mercosur, evitando un rechazo formal, según se debatió en el
diálogo a tres bandas entre el Parlamento, el Consejo y la Comisión Europea. Las
tractoradas han mostrado, una vez más, la importancia de la protesta social
para repercutir sobre la arquitectura de la UE, que demuestra, otra vez, ser un
gigante comercial con los pies de barro, atenazado por sus contradicciones
internas.
El plantón de este sábado por parte de la UE a los países del Mercosur
es un episodio más de los numerosos desencuentros que han rodeado a las
negociaciones en el último cuarto de siglo. Aunque no parece uno cualquiera. El
propio presidente Lula da Silva, notablemente enojado, lanzó un
ultimátum: “Si no es ahora, Brasil no hará más acuerdos [con la UE] mientras yo
sea presidente”. De hecho, el presidente de la Comisión de Asuntos Exteriores
del Parlamento Europeo, Bernd Lange, advirtió este pasado martes que “el
acuerdo estará muerto” si no se firma este sábado 20.
Aunque parezca mentira, en esta situación el mayor aliado de la UE para
que los países del Mercosur aguanten este nuevo desplante es el brutalismo
trumpista. La estrategia de los EEUU tratando a América Latina como el patio
trasero de su «Make America Great Again», con su ejército a las puertas de una
agresión militar a Venezuela. Están convirtiendo a la UE y sus acuerdos
comerciales «con rostro humano» en la opción menos mala en un contexto
internacional cada vez más incierto.
Lo subrayado
interpolado es nuestro.



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