Trump y su Imperio de Arrogancia y Brutalidad
Por Prof.
Dr. Jeffrey D. Sachs/académico de la Columbia
University NY/USA. Director Centro para el desarrollo sustentable y asesor de
tres secretarios general de la Organización de Naciones Unidas...
El último memorándum del presidente sobre la
Estrategia de Seguridad Nacional trata la libertad de coaccionar a otros como
la esencia de la soberanía estadounidense. Se trata de un documento ominoso
que, de mantenerse, volverá para atormentar a Estados Unidos.
La Estrategia de Seguridad Nacional (National
Security Strategy, NSS) para 2025 recientemente publicada por el
presidente Donald Trump se presenta como un plan para renovar la
fuerza estadounidense. Está peligrosamente mal concebido de cuatro maneras.
Primero, la NSS se ancla en la grandiosidad: la
creencia de que Estados Unidos disfruta de una supremacía sin igual
en todas las dimensiones clave del poder. En segundo lugar, se basa en una
visión del mundo claramente maquiavélica, que trata a otras naciones como
instrumentos que pueden manipularse en beneficio de Estados Unidos. Tercero,
descansa en un nacionalismo ingenuo que considera las instituciones y
el derecho internacional como obstáculos para la soberanía
estadounidense, en vez de infraestructuras que incrementan la seguridad de
Estados Unidos y del mundo en su conjunto.
En cuarto lugar, demuestra la brutalidad con la que
Trump utiliza a la CIA y al ejército. A los pocos días de la
publicación de la NSS, Estados Unidos incautó descaradamente un barco que
transportaba petróleo venezolano en alta mar, aduciendo que el buque
había violado anteriormente sanciones estadounidenses contra Irán.
La incautación no fue una medida defensiva para
evitar una amenaza inminente. Tampoco es ni remotamente legal incautar
petroleros en alta mar debido a sanciones unilaterales de Estados Unidos. Solo
el Consejo de Seguridad de la ONU tiene esa autoridad. Por el contrario, la
incautación es un acto ilegal destinado a forzar un cambio de régimen
en Venezuela. Se produce tras la declaración de Trump de que ha ordenado a
la CIA llevar a cabo operaciones encubiertas dentro de Venezuela para
desestabilizar el régimen.
La seguridad estadounidense no se reforzará con el
matonaje. Se debilitará, tanto estructural como moral y estratégicamente. Una
gran potencia que asusta a sus aliados, coacciona a sus vecinos y desprecia las
normas internacionales acaba aislándose a sí misma.
En otras palabras, la NSS no es solo un ejercicio
de arrogancia sobre el papel. Se está traduciendo rápidamente en una práctica
descarada.
Un destello de realismo,
luego una estacada de patética arrogancia
Para ser justos, la NSS contiene momentos de
realismo con un largo retraso. Reconoce implícitamente que Estados Unidos no
puede ni debe intentar dominar el mundo entero, y admite acertadamente que algunos
aliados han elegido arrastrar a Washington a guerras costosas en
desmedro de los verdaderos intereses de Estados Unidos. También da un paso
atrás, al menos retóricamente, respecto a una cruzada de gran potencia que lo
consume todo. La estrategia rechaza la fantasía de que Estados Unidos puede o
debe imponer un orden político universal.
Pero la modestia dura poco. La NSS reafirma
rápidamente que Estados Unidos posee «la economía más grande e innovadora del
mundo», «el sistema financiero líder en el mundo» y «el
sector tecnológico más avanzado y rentable del mundo», todo ello
respaldado por «el ejército más poderoso y capaz del mundo». Estas
declaraciones no sólo sirven como afirmaciones patrióticas, sino como
justificación para el uso del predominio estadounidense para imponer
condiciones a otros. Parece que los países más pequeños serán los más afectados
por esta arrogancia, ya que Estados Unidos no puede derrotar a las otras
grandes potencias, entre otras cosas porque estas poseen armas nucleares.
Doctrina de
maquiavelismo al desnudo
La grandilocuencia de la NSS está ligada a un
maquiavelismo descarado. La pregunta que plantea no es cómo pueden cooperar
Estados Unidos y otros países en beneficio mutuo, sino cómo se puede aplicar la
influencia estadounidense —sobre los mercados, las finanzas, la tecnología y la
seguridad— para obtener las máximas concesiones de otros países.
Esto es más notorio en la discusión de la NSS
dedicada al hemisferio occidental, donde declara que la Doctrina Monroe es un
«Corolario de Trump». La NSS declara que Estados Unidos asegurará
que América Latina «permanezca libre de incursiones extranjeras
hostiles o de la propiedad de activos clave», y que las alianzas y la ayuda
estarán condicionadas a «reducir la influencia adversaria externa». Esa
«influencia» se refiere claramente a la inversión,
la infraestructura y los préstamos chinos.
La NSS es explícita: los acuerdos de Estados Unidos
con los países «que más dependen de nosotros y sobre los que, por lo tanto,
tenemos mayor influencia» deben dar lugar a contratos de proveedor único
para las empresas estadounidenses. La política de Estados Unidos debe «hacer
todo lo posible por expulsar a las empresas extranjeras» que construyen
infraestructuras en la región, y Estados Unidos debe reformar las instituciones
multilaterales de desarrollo, como el Banco Mundial, para que «sirvan a los
intereses estadounidenses».
A los gobiernos latinoamericanos, muchos de los
cuales mantienen un intenso comercio tanto con Estados Unidos como con China,
efectivamente se les está diciendo: deben negociar con nosotros, no con
China, o enfrentarán las consecuencias.
Esa estrategia es estratégicamente ingenua. China
es el principal socio comercial de la mayor parte del mundo, incluidos muchos
países del hemisferio occidental. Estados Unidos no podrá obligar a los países
latinoamericanos a expulsar a las empresas chinas, pero dañará gravemente la
diplomacia estadounidense en el intento.
Una violencia
tan descarada que incluso los aliados cercanos están alarmados
La NSS proclama una doctrina de «soberanía y
respeto», pero su comportamiento ya ha reducido ese principio a soberanía para
Estados Unidos y vulnerabilidad para el resto. Lo que hace que la doctrina
emergente sea aún más extraordinaria es que ahora está asustando no solo a los
pequeños Estados de América Latina, sino incluso a los aliados más cercanos de
Estados Unidos en Europa.
En un acontecimiento notable, Dinamarca, uno de los
socios más leales de Estados Unidos en la OTAN, ha declarado abiertamente que
Estados Unidos es una amenaza potencial para la seguridad nacional danesa. Los
responsables de la planificación de la defensa danesa han declarado
públicamente que no se puede dar por sentado que el Gobierno de Trump respete
la soberanía del Reino de Dinamarca sobre Groenlandia, y
que Dinamarca debe prepararse para la eventualidad de que Estados
Unidos intente apoderarse de la isla por la fuerza.
Esto sorprende en varios niveles. Groenlandia ya
alberga la base aérea estadounidense de Thule y forma parte integrante del
sistema de seguridad occidental. Dinamarca no es antiamericana, ni pretende
provocar a Washington. Simplemente está respondiendo de manera racional a un
mundo en el que Estados Unidos ha comenzado a comportarse de manera
impredecible, incluso con sus supuestos amigos.
El hecho de que Copenhague se vea obligada a
contemplar medidas defensivas contra Washington lo dice todo. Sugiere que la
legitimidad de la arquitectura de seguridad liderada por Estados Unidos se está
erosionando desde dentro. Si incluso Dinamarca cree que debe protegerse contra
Estados Unidos, el problema ya no es la vulnerabilidad de América Latina. Se
trata de una crisis sistémica de confianza entre naciones que antes veían a
Estados Unidos como el garante de la estabilidad, pero que ahora lo consideran
un posible o probable agresor.
En resumen, la NSS parece canalizar la energía que
antes se dedicaba a la confrontación entre grandes potencias hacia la
intimidación de los Estados más pequeños. Si bien Estados Unidos parece estar
un poco menos inclinado a lanzar guerras de billones de dólares en el
extranjero, se muestra más propenso a utilizar como armas las sanciones, la
coacción financiera, la incautación de activos y el robo en alta mar.
El pilar que
falta: ley, reciprocidad y decencia
Quizás el defecto más grave de la NSS sea lo que
omite: un compromiso con el derecho internacional, la reciprocidad y decencia
básicas como fundamentos de la seguridad estadounidense.
La NSS considera que las estructuras de gobernanza
global son un obstáculo para la acción de Estados Unidos. Desprecia la
cooperación climática como «ideología» y, de hecho, como un «engaño», según el
reciente discurso de Trump en la ONU. Minimiza la importancia de la Carta de
las Naciones Unidas y concibe las instituciones internacionales principalmente
como instrumentos que deben adaptarse a las preferencias estadounidenses. Sin
embargo, son precisamente los marcos legales, los tratados y las normas
predecibles los que han protegido históricamente los intereses estadounidenses.
Los fundadores de los Estados Unidos lo entendieron
claramente. Tras la Guerra de Independencia de los Estados Unidos, los trece
nuevos estados soberanos adoptaron rápidamente una constitución para poner en
común poderes clave —sobre impuestos, defensa y diplomacia— no para debilitar
la soberanía de los estados, sino para garantizarla mediante la creación del
Gobierno Federal de los Estados Unidos. La política exterior del Gobierno de
los Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial hizo lo mismo a través de la
ONU, las instituciones de Bretton Woods, la Organización Mundial del Comercio y
los acuerdos de control de armas.
La NSS de Trump ahora invierte esa lógica.
Considera que la libertad de coaccionar a otros es la esencia de la soberanía.
Desde esa perspectiva, la incautación del petrolero venezolano y las
inquietudes de Dinamarca son manifestaciones de la nueva política.
La NSS de 2025 habla en un tono similarmente
arrogante. Es una doctrina de poder por encima de la ley, de coacción por
encima del consentimiento y de dominio por encima de la diplomacia. La
seguridad estadounidense no se reforzará con el matonaje. Se debilitará, tanto
estructural como moral y estratégicamente. Una gran potencia que asusta a sus
aliados, coacciona a sus vecinos y hace caso omiso de las normas
internacionales acaba aislándose a sí misma.
La estrategia de seguridad nacional de Estados
Unidos debería basarse en premisas totalmente diferentes: la aceptación de un
mundo plural; el reconocimiento de que la soberanía se fortalece, y no se
debilita, a través del derecho internacional; el reconocimiento de que la
cooperación mundial en materia de clima, salud y tecnología es indispensable; y
la comprensión de que la influencia mundial de Estados Unidos depende más de la
persuasión que de la coacción.
Lo subrayado interpolado es nuestro.





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