Por Ricardo Orozco/ Escritor y analista internacional/UNAM/CLACSO/MEXICO:
ADDHEE.ONG:
Prolegómeno:
El lugar de la persona en el sistema
capitalista determinista globalizado está en el medio de dos minorías, entre seres humanos y bestias. Una mayoría marginada, rutinaria,
resignada, llena de dudas, donde nadie
piensa, todos lucran, se drogan, consumen y ven la telebasura/internet...
Parafraseando
al filósofo Plotino, muy vigente, en
nuestro desgraciado planeta, el lugar de la persona está
en medio de seres humanos y bestias, como lo señalo en la
introducción. Esta se inclina
unas veces hacia unos y otras hacia las otras. Determinadas
personas son seres humanos y otras bestias- los plutócratas oligarcas
empresarios, financistas /bancarios/agiotistas, agrícolas monopolistas, dueños
de la celestina universal/el dólar, del
imperio estadounidense/yanqui, con su convicto sátrapa Trump, sus
satrapías occidentales – Unión europea/
OTAN, Inglaterra, Canadá, Japón-, y del
patio trasero latinoamericano /estadounidense yanqui, llenas de dudas, resignadas... Lo subrayado es mío.
El genial
maestro de la Clase Trabajadora, el Dr. Karl Marx denunció, “bajo
el sistema capitalista determinista no hay destino viable para la Humanidad”, nadie
le escuchó. Más aún, reivindicó, “hominis dignitate”, en sus trabajos filosóficos y científicos sobre el
socialismo, como abolición positiva de la propiedad privada consideraba como la
separación del ser humano de sí mismo. El socialismo marxista como la apropiación real de la esencia humana por el hombre y para el
hombre, como retorno de éste a sí mismo en tanto que ente social, es decir, ser humano valga la
redundancia, retorno integral consciente y con la conservación de toda la
riqueza del anterior desarrollo: “Die heilige Familie”...
Concluyo,
cuando los intereses venales de los dueños de la celestina universal/el dólar,
se imponen a los ideales de los
espíritus dignos, cultos que constituyen el alma de una nación, el sentimiento
nacional degenera y se corrompe, la patria es explotada, saqueada como satrapía.
Las miserias morales asolan el país,
culpa es de todos los que por falta de educación libertaria pública, de calidad y
gratuita/ cultura y de ideales no han sabido amarlo como patria, de todos los
que han sobrevivido de ella sin trabajar por y para ella.
Con esperanza
y memoria que más temprano que tarde, los pueblos dignos que luchan por su
libertad y la vida se sacudirán y terminarán con la lacra del sistema
capitalista determinista globalizado...
Prof. Moreno
Peralta/IWA
Secretario
ejecutivo Addhee.Ong.
Los años por venir serán muy difíciles para los
pueblos de América con el Corolario Trump a la Doctrina Monroe, las presiones
geopolíticas que se pueden cernir sobre ellos, en tanto que el continente se
consolida como espacio de disputa hegemónica, pueden ser severas e implacables.
En los primeros días de diciembre, aprovechando como marco contextual la
conmemoración del ducentésimo segundo aniversario de la proclamación de la
Doctrina Monroe (enunciada por primera vez el 2 de diciembre de 1823, por el
entonces presidente James Monroe), el actual titular del poder ejecutivo
federal estadounidense, Donald J. Trump, anunció al pueblo que gobierna y al
resto del mundo su intención de pasar a la Historia como el autor intelectual y
material de uno de los ―a su decir― más extraordinarios rescates de las
directrices de política exterior contenidas en esa tradición; actualizándolas
para ponerlas a tono con las circunstancias tan distintas y los desafíos tan
disímiles que hoy enfrenta un Estados Unidos en franca decadencia como actor
hegemónico global.
Beneficiándose, pues, de la ocasión, tanto en un discurso por él
pronunciado ―so pretexto de cumplir con el acto protocolario de la
conmemoración de dicha Doctrina― como mediante la expedición del documento
oficial relativo a la Estrategia de Seguridad Nacional de su cuatrienio, Trump
(y con él su gabinete de seguridad) finalmente colocó sobre el papel, y en el
documento más importante de definición de las prioridades de política exterior
y de seguridad nacional del Estado estadounidense, de la manera más congruente,
coherente y sistemática que le fue posible, la visión de mundo que guía y
seguirá rigiendo su actuar en el seno de la arena internacional.
Y lo hizo, dicho sea de paso, nada más y nada menos que colocando en el
centro de su estrategia global al Continente Americano como el espacio
geopolítico, geohistórico y geocultural del que dependen su propia fortaleza y
la posibilidad de contener y revertir su declive mundial, pero, también,
inscribiendo las relaciones bilaterales y multilaterales de Estados Unidos con
América en lo que seguramente él, de manera personal, decidió nombrar
como Corolario Trump a dicha doctrina.
¿Qué, exactamente, quiere decir ese corolario?, ¿cuáles son las
consecuencias potenciales y/o efectivas de su adopción en materia de planeación,
organización, ejecución y control de la política exterior estadounidense?
Y, por supuesto, ¿qué implicaciones tiene este renovado espíritu
monroísta de las élites políticas estadounidenses para los pueblos de América?
Quizás, antes que nada, lo primero que habría que precisar es que, en
estricto sentido, no es ésta la primera ocasión en la que Trump y sus acólitos
más fieles y cercanos se refieren a la Doctrina Monroe como el marco dentro del
cual inscriben sus ambiciones en materia de política exterior, en general; y su
posicionamiento estratégico en la región americana, en particular.
Ya durante su primer mandato, por ejemplo, el que fuera el primer
Secretario de Estado del trumpismo, Rex Tillerson, reivindicó la
vigencia de dicha doctrina afirmando, en un evento auspiciado a principios del
2018 por la University of Texas (Austin), que «en ocasiones
nos hemos olvidado de la Doctrina Monroe y lo que significó para el hemisferio.
Es tan relevante hoy como lo fue entonces».
Mike Pompeo (quien sucediera a Tillerson en el cargo desde abril del
2018 hasta enero del 2021), por su parte, si bien tuvo mucho cuidado de nunca
expresar tan prístina y literalmente algo similar a lo que en su momento
sostuvo Tillerson, en sus memorias (Never Give an Inch) declaró, sin
ambages ni sutilezas, lo siguiente: «recuperamos la esencia de la Doctrina
Monroe bajo el presidente Trump con respecto a Venezuela, ex aliado democrático
de los Estados Unidos. […]
En la administración de Trump, no podíamos tolerar que una nación a solo
1,400 millas de Florida extendiera la alfombra de bienvenida para Rusia, China,
Irán, Cuba y los cárteles en una violación de la Doctrina Monroe del siglo
XXI».
El propio presidente Trump, en sesión plenaria de la Asamblea General de
las Naciones Unidas, en septiembre del 2018, declaró en su particular y muy
estrambótico estilo personal de discurrir: «aquí en el hemisferio occidental,
estamos comprometidos a mantener nuestra independencia de la intrusión de
potencias extranjeras expansionistas. […]
Ha sido la política formal de nuestro país desde el presidente Monroe
que rechacemos la interferencia de naciones extranjeras en este hemisferio y en
nuestros propios asuntos».
A la luz de estas declaraciones, ¿por qué, entonces, el más reciente
discurso de Trump sobre James Monroe y la publicación de la Estrategia de
Seguridad Nacional de su gobierno han cobrado, esta vez, tanta relevancia
mediática?, ¿qué hay de nuevo en la suscripción de la susodicha doctrina que no
hubiese sido ya antes expresado?, ¿en realidad la Estrategia de Seguridad
Nacional de este año supone un salto cualitativo en la política exterior
estadounidense respecto de las proclamas que sobre el mismo tópico se emitieron
en el primer mandato de Trump?
A reserva de que aún faltan tres años de administración Trump
(suponiendo que no opere en ese lapso para posibilitar su segunda reelección) a
lo largo de los cuales se habrán de observar las formas específicas mediante
las cuales se operacionalizará lo establecido por la Estrategia de Seguridad
Nacional recién expedida, por ahora, hay tres cosas que parecen quedar
medianamente claras a la luz de los hechos en curso.
En primer lugar, esta vez los dichos relativos a la Doctrina Monroe como
directriz de conducción de la política exterior estadounidense en relación con
el Continente Americano (y con los Estados del resto del mundo que quieran
tener tratos con los pueblos y los gobiernos de América) ya no son sólo eso
(dichos).
Por lo contrario, con su inscripción en ese documento, si bien no asumen
carácter de ley o de norma jurídica de observancia general, sí hacen parte ya
de los compromisos políticos y de las directrices gubernamentales que habrán de
regir la conducción del Estado estadounidense en el concierto de naciones, con
carácter cuasi obligatorio.
En segunda instancia, lo dispuesto por el documento de la Estrategia de
Seguridad Nacional da cuenta de una visión mucho más articulada, más coherente
y congruente en su contenido (sin que por ello sus supuestos políticos e
ideológicos se hallen libres de tensiones y de contradicciones).
En esta ocasión, por ello, a diferencia de lo que ocurrió en el primer
mandato de Trump, ya no se trata de posicionamientos esporádicos,
circunstanciales y/o coyunturales desarticulados y sin direccionamiento alguno.
Antes bien, aquí ya se esboza una especie de hoja de ruta con
capacidades de condicionamiento y/o determinación de la planeación, la
organización, la ejecución y el control de la política exterior estadounidense
y de las relaciones bilaterales y multilaterales de Estados Unidos con los
Estados americanos vistos como un todo, de manera integral, estructural y
sistemática.
Y, en tercer lugar, no deja de ser un rasgo llamativo del contenido del
documento en cuestión el atrevimiento, la osadía, que transmite línea a línea.
Es, por decirlo de alguna manera, como si después de haber estado estirando la
liga para probar la tolerancia de la comunidad internacional en un proceso
gradualista (la designación de los cárteles de la droga como grupos terroristas
o narcoterroristas, la avanzada de tropas en el caribe, la injerencia directa
en procesos electorales, etc.), por fin, ahora, tanto Trump como sus
principales halcones se hubiesen despojado de todo su pudor, de todas sus
reservas y de sus principales temores y hayan aceptado el elevar los niveles de
sus apuestas injerencistas y expansionistas en la región (incrementando,
paralelamente, el costo a aquellos actores en la arena internacional que se
resistan u opongan a su implementación).
Es en este sentido, por ello, que habría que apreciar que, en el fondo,
lo dispuesto por la Estrategia de Seguridad Nacional no supone la existencia de
nada nuevo bajo el sol.
Antes bien, lo que parece estarse buscando con tal documento es la
sanción política, la legitimidad política, ideológica y hasta jurídica, de lo
que Estados Unidos ha venido haciendo sobre la marcha, en la conducción de sus
relaciones exteriores, a lo largo de los últimos once meses de gobierno de
Trump.
Pero que no haya nada nuevo bajo el sol, en esta línea de ideas, más
allá de que con lo expuesto en la Estrategia de Seguridad se abandonen los
eufemismos y se clarifiquen las cosas que el discurso político o bien buscaba
ocultar o bien pretendía negar por medio del recurso persistente a la mentira,
no quiere decir, no obstante, que la situación geopolítica imperante siga
siendo la misma.
Dos rasgos importantes que caracterizan a la forma en que el trumpismo asimila
a la Doctrina Monroe tienen que ver, por un lado, con la institucionalización
de la noción de la preservación de la paz y de la estabilidad a través
del uso de la fuerza; que en sus expresiones más radicales también implica
optar por el mantenimiento de la paz y de la estabilidad por medio de
la guerra.
Y por el otro, con la relevancia que adquiere la apuesta por la guerra
en contra del narcotráfico en la región como el marco contextual dentro del
cual el supuesto Corolario Trump a la Doctrina Monroe asume su
condición de posibilidad.
Y es que, en efecto, según lo apuntado por la propia Estrategia, por
Trump mismo y por el Secretario de Guerra, Pete Hegseth, la situación política
dominante en algunos Estados americanos es ―a su entender― la de un conflicto
armado (la de una guerra interna) ya sea entre el gobierno y la población que
hace parte de la oposición al oficialismo, entre carteles de la droga, entre
bandas de terroristas, entre cualquiera de estos dos y el gobierno o todas las
anteriores juntas.
En estos mismos términos, de hecho, es en los que Trump lleva ya días
calificando, por ejemplo, el clima político venezolano (aunque la realidad
venezolana no pueda estar más lejos de una situación así).
Y si las circunstancias son asumidas como tales y enmarcadas de ese
modo, no habría motivo para no esperar, en América, a que llegue el momento en
el cual, apelando a la necesidad de intervenir en un conflicto armado en el
continente (para contenerlo, desescalarlo y/o pacificarlo), el gobierno
estadounidense no optase por desplegar sus fuerzas militares en América con
mucha mayor impunidad de la que podría gozar si simplemente sigue apelando
al fantasma del comunismo, del castrochavismo o
del populismo de izquierda radical como causales de su
intromisión en los asuntos internos de los Estados americanos.
Es decir, claramente Estados Unidos y el trumpismo (sobre
todo este último) no necesitan de un pretexto para imponer sus intereses en la
región. Sin duda tienen la fuerza y la insolencia, impertinencia e imperio suficientes como para hacerlo.
Sin embargo, a pesar de que el recurso a la fuerza es su principal
opción (junto con las presiones comerciales), encubrirla con el manto del
combate armado al narcotráfico (que en estricto sentido no es política de
autoría intelectual trumpista) les permite, por lo menos, salvar la
posibilidad de construir un consenso político, ideológico y cultural en una
región que, en efecto, lleva décadas lidiando con el trasiego de drogas, con
actividades derivadas (como la renta de piso) y adyacentes al narcotráfico
(como el tráfico ilegal de materias primas y personas) y, sobre todo, con la
violencia a la que recurren muchas de las organizaciones criminales implicadas
en estos delitos para sobrevivir, reproducirse e imponerse.
Es altamente probable, a propósito de ello, que, en principio, con todo
y nueva Estrategia de Seguridad Nacional y su flamante Corolario Trump a
la Doctrina Monroe, Estados Unidos no opte por llevar a cabo una invasión
militar de ningún territorio americano a la manera en que procedió con la
invasión de Cuba, en abril de 1961; con la de Granada, en octubre de 1983 o con
la de Panamá, en diciembre de 1989.
Pero no, por supuesto, porque opciones como esas no se hallen en el
horizonte de sus alternativas. Más bien, por lo menos en los meses por venir,
ahí en donde las presiones económicas, políticas y diplomáticas no surtan
efecto para alinear a la región con sus intereses, Estados Unidos podría
recurrir al uso de la fuerza con agresiones militares mucho más puntuales y
que, en última instancia, no supongan el riesgo de una escalada militar súbita
y, mucho menos, un costoso y desgastante compromiso militar estadounidense en
la región a largo plazo.
Y es que, a pesar del renovado belicismo profesado por las élites
políticas estadounidenses bajo el trumpismo, no debe obviarse que
una guerra abierta y de desgaste (prolongada) en América, además de drenar
recursos que el complejo militar estadounidense podría emplear en otras áreas
de análoga prioridad (como el Sudeste Asiático en la contención de China o
Europa Occidental, so pretexto de detener el Gran Remplazo que
el conspiracionismo trumpista ve en la decadente civilización
europea), también abre la posibilidad de verdaderamente desestabilizar a una
región que, lo quiera aceptar el trumpismo o no, a pesar de
las divergencias políticas y de los desencuentros ideológicos con las
izquierdas regionales, es, hoy por hoy, una de las regiones más políticamente
estables y económicamente rentables para los intereses estadounidenses.
La guerra abierta y directa, en esta línea de ideas, es verdad que
vuelve a ser una opción tangible para Estados Unidos en el despliegue de sus
intereses en América (como lo fue en los siglos XIX y XX), sin embargo, no
borra de un plumazo a otras tácticas igual de efectivas y mucho menos riesgosas
y costosas (golpes de Estado, bloqueos comerciales y militares, ataques armados
puntuales, etc.).
Ahora bien, ¿qué esperar, dicho lo anterior, de China y de los Estados
americanos ante esta nueva arremetida del trumpismo en la
región? En tanto que la presencia de China en América es el principal desafío
al que el Corolario Trump pretende hacer frente, es claro que
de las élites políticas y empresariales chinas se pueden esperar mayores
presiones en la región con la intencionalidad de mitigar o bloquear, hasta
donde les sea posible, un realineamiento de intereses americanos en favor de
Estados Unidos.
Después de todo, cuando el Corolario Trump a la
Doctrina Monroe y la Estrategia de Seguridad Nacional de su gobierno señalan
como prioridad el reposicionamiento estadounidense en el control de los activos
estratégicos de la región lo que no se debería de perder de vista en esas
declaraciones es que ni el trumpismo ni las élites
estadounidenses se están refiriendo sólo al control de los recursos naturales
de la región (como el petróleo, el gas, el litio y las tierras raras de las que
en muchos casos América tiene las segundas y terceras reservas probadas más
grandes del mundo después de China).
Por lo contrario, ahí, en esas declaraciones también se está apostando
por el control de mercados de destino de mercancías y, por supuesto, por el
control de infraestructura crítica para las cadenas globales de suministro
(puertos, vías férreas y carreteras, centrales eléctricas, plantas de
refinamiento de petróleo y de licuefacción de gas o de procesamiento de
minerales, etc.).
Ahí en donde los Estados americanos hayan construido una dependencia
estructural profunda con China a lo largo de los últimos veinticinco años, por
eso, los gobiernos y los pueblos de esos países se hallarán sometidos a
fortísimas presiones por parte de ambas potencias, lo que sin duda redundará en
el desencadenamiento de mayores grados de inestabilidad interna y hasta de
precarización de la vida del grueso de la población.
Para las izquierdas del continente, un escenario así se podría traducir
en una mayor propensión de parte de la población a optar por opciones políticas
de extrema derecha como salvavidas de última instancia.
Para los Estados americanos gobernados por plataformas políticas de
extrema derecha, por otro lado, el panorama tampoco pinta mejor de lo que lo
hace ahí en donde es la izquierda la que gobierna.
Y es que, más allá de sus afinidades políticas e ideológicas con
el trumpismo, un rasgo de estos gobiernos que no debe de obviarse
es que, en muchos casos, son gobiernos de Estados cuyas economías mantienen
profundos lazos de dependencia con china (Perú, Ecuador, Argentina, Chile, por
ejemplo).
Además, como lo ha demostrado en incontables veces la historia de las
relaciones bilaterales y multilaterales de Estados Unidos con la región, a
pesar de su convergencia con la extrema derecha estadounidense, las extremas
derechas americanas en muy contadas y puntuales ocasiones han operado en sus
países como simples correas de transmisión de los intereses de los Estados
Unidos hacia sus territorios.
Y es que, en el fondo, lo que se halla en juego ahí también es su propia
supervivencia como élites (oligarquías) locales.
Cualquiera que sea el caso, de lo que no cabe duda es de que los años
por venir serán muy difíciles para los pueblos de América. Las presiones
geopolíticas que se pueden cernir sobre ellos, en tanto que el continente se
consolida como espacio de disputa hegemónica, pueden ser severas e implacables.
Ahora mismo, particularmente, en un contexto en el que las extremas
derechas amenazan con enseñorearse por toda la región, los procesos
democráticos se hallarán, sin duda, en la principal línea de fugo del intervencionismo
estadounidense y chino por igual.
Lo subrayado
interpolado es nuestro.




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