¿Qué se esconde detrás de los aranceles de Trump?
“Estados unidos en recesión. Su convicto presidente
Trump lo salvara con aranceles” ADDHEE.ONG.
La realidad de las
tasas a las importaciones es que son una medida propia de un modelo económico
en crisis, de diplomacia debilitada.
El anuncio de los
nuevos aranceles de la Casa Blanca para los productos metalúrgicos, además de
la entrada en vigor de los ya propuestos contra China, hace que estudiar la
motivación detrás de estas decisiones sea más importante que nunca. Como ha
quedado claro en los últimos días, existen numerosas formas de entender las
medidas arancelarias anunciadas por la administración Trump, dirigidas tanto a
sus aliados como a sus rivales comerciales. Este mismo diario, de hecho, ya
cuenta con un exhaustivo artículo detallando su posible impacto económico y
geopolítico. Sin embargo, leyendo cómo han tratado los medios esta decisión aparentemente
tan antagónica para la propia economía del país, da la impresión de que se han
ignorado importantes matices de las motivaciones detrás de los aranceles.
La explicación más
sencilla de la situación surge del paradigma de la muzzle velocity, expuesto
por el estratega político Steve Bannon, ya en 2019. Bannon es famoso por haber
asesorado la campaña de Trump en 2016, pero también a Marine Le Pen, Vox, la
Liga por Salvini o Viktor Orbán, entre otros, lo que básicamente le ha
convertido en el gurú de la estrategia política para la extrema derecha.
Bannon, en su entrevista para PBS, ya dejó claro su plan para saturar los
medios de comunicación (a quienes considera la principal fuerza de oposición) a
través de la sobredosis de información y con ello congelar la opinión pública.
La muzzle velocity se trata de una estrategia que busca dividir la atención de
la ciudadanía, a base de sobrecargarla con discursos y maniobras chocantes
dificultando una oposición unificada en temas concretos. Tener clara la estrategia
de Bannon para fragmentar a la opinión pública es importante para entender no
solo los aranceles, sino muchas de las políticas de la nueva administración.
Sin embargo, para
que un plan así funcione, es necesario tener bien claro qué imagen se quiere transmitir
desde el Ejecutivo, qué idea difuminada se tiene que quedar en la mente de la
gente después de que pase la avalancha de información. Es decir, diseñar una
narrativa con antelación que permita dar la apariencia de una acción
coordinada, evitar la apariencia de descontrol mientras se distrae con una
multitud de acciones superficialmente desconectadas. De esta forma, la
estrategia de comunicación y las apariencias se vuelven más importantes que un
plan de gobierno coherente.
En el caso de
Trump, la imagen que quiere transmitir es la de un Ejecutivo tenaz, capaz de
actuar decisivamente, y dispuesto a blandir su fuerza, particularmente frente a
sus supuestos aliados. Sus discursos para hacer de menos a los procesos
burocráticos (que asocia con la oposición política) y ningunear al resto de
fuerzas internacionales no buscan sino reforzar la imagen de un poder ejecutivo
capaz de imponerse a cualquier barrera política o diplomática. De ahí que, tras
anunciar una oleada de órdenes ejecutivas, cuando los medios han decidido
enfocarse en los aranceles, aún después de que estos sufran una serie de
reveses políticos, la respuesta del Ejecutivo estadounidense sea
anunciar todavía más aranceles. Así es como se refuerza la narrativa, se tiene
a los medios enganchados y se mantiene la ilusión de que la Casa Blanca es
quien lleva la iniciativa política, es decir, que actúa como quiere, cuando
quiere, y sin rendirle cuentas a nadie.
No obstante, como
señala el periodista Erza Klein, se trata de pura fachada. La realidad es que
Trump, a pesar de tener mayoría en ambas cámaras, en el Congreso mantiene el
margen más estrecho desde 1931. Con una mayoría de tan solo 3 asientos, la
razón por la que la Casa Blanca está abusando de estas órdenes ejecutivas es
precisamente porque sería incapaz de pasar la mayoría de sus resoluciones por
vía parlamentaria, donde quedaría codificadas como ley (resultando más
duraderas y contundentes). Intentar aprobar medidas que le permitieran, por
ejemplo, aumentar sus poderes sobre los despidos en la administración, a través
del Congreso implicaría la lenta, sino imposible, tarea de convencer a la
totalidad su propio partido. Tarea que ya le causó más de un dolor de cabeza en
la anterior legislatura, cuando su propio partido decidió en varias ocasiones
votar en su contra (ya sean ambos impeachments o John McCain votando a favor
del Obamacare, como recuerda Klein). Además, es necesario recordar que Trump ha
sido ambas veces el presidente más impopular a la hora de jurar el cargo desde
que el Gallup registra esta estadística.
Klein acierta
completamente cuando señala que Trump siente la necesidad de aparentar fuerza
política por el simple hecho de que no la tiene. Esto no quiere decir que sus
políticas sean inofensivas o estén destinadas al fracaso. Más bien lo
contrario, el éxito de Trump dependerá principalmente del grado en el que
consiga convencer al público de que él es capaz de tomar este tipo de
decisiones. Aunque ya le están parando los pies en casos como: sus órdenes
anticonstitucionales de acabar con la agencia USAID o eliminar la ciudadanía
por derecho de nacimiento, solo hace falta que alguna de sus medidas tenga
éxito para que las puedan usar como justificación de su comportamiento. Tras
haber jurado el cargo, cuando su posición como presidente está menos en duda,
es precisamente cuando puede permitirse políticamente este grado de
bravuconería. Aun así, como no tiene la capacidad de gobernar
parlamentariamente, es decir, colaborando con el sistema y convenciendo a su
partido, o a la oposición, a través del juego limpio, necesita aparentar que el
poder ejecutivo posee el arrojo y la capacidad de suplantar al legislativo,
esperando que el resto del país le crea. Solo debilitando narrativamente al
resto de poderes es como podrá ejercer el tipo de autoridad que realmente
quiere.
Volviendo a los
aranceles, y antes de entrar en la clave para entenderlos, no hay que olvidar
que estos cumplen también una función práctica concreta. Por una parte, se
trata de una continuación de los intentos de la primera administración Trump
para ralentizar la economía. En 2018 y 2019, las políticas arancelarias
parecieron dar resultados contraproducentes hasta que fueron finalmente
frustradas por la crisis del COVID. Los aranceles, además, abren la posibilidad
para estrategias de manipulación económica, como levantarlos estratégicamente
en caso de necesitar acelerar la economía en momentos políticos clave. Más
importante aún, los aranceles son un ejemplo perfecto de un discurso que busca
la confusión mezclando tecnicismos económicos con un populismo casposo para
distraer opinión pública. A nivel inmediato, son también una manera de
enmascarar mediante retórica nacionalista una subida de impuestos, que ya se
contó en casi 80.000 millones de dólares tan solo entre 2018 y 2019, uno de los
mayores aumentos de la carga impositiva en las últimas décadas. Además, a nivel
interno alimentan el chovinismo del que se ha valido hasta ahora el movimiento
MAGA y recrudecen el sentimiento alienador de “América contra el Mundo”.
A nivel externo,
refuerzan la idea de hombre fuerte internacional que intenta transmitir en su
discurso. La Casa Blanca busca recordar el mensaje de que ellos son quienes
llevan la batuta, que como la mayor potencia económica pueden mandar y actuar
punitivamente cuando quieran sin necesidad de rendir cuentas a nadie. De esta
forma, demostrando que son capaces de someter a aquellos aliados que no estén
dispuestos a obedecerles. Canadá y México particularmente dependen mucho más de
sus relaciones comerciales con los Estados Unidos que viceversa. Casi un 80% de
las exportaciones de ambos países van directamente a los Estados Unidos,
mientras que tan solo un 30% de las importaciones de este último dependen de
sus vecinos inmediatos. La economía tanto canadiense como mexicana se basa
mucho más en el comercio exterior, mientras que la estadounidense depende
considerablemente menos de importaciones que otras naciones industrializadas.
El efecto se sentiría principalmente en los sectores energéticos y
automovilísticos, que, si bien serían duros para los Estados Unidos, se
trataría de un golpe dramático para las economías de sus vecinos.
Sin embargo, lo más
importante de los aranceles es que desvelan una debilidad diplomática crónica
de la nueva administración de la Casa Blanca. Actualmente, Estados Unidos tiene
dificultades para establecer redes de cooperación con aquellos países que no
comparten la exacta ideología de su líder. Negociar con Trump significa mala
propaganda para casi todos los países que, se supone, son sus aliados, lo cual
empuja a la Casa Blanca a recurrir a amenazas y costosas demostraciones de
fuerza. Al igual que su escaso control sobre el poder legislativo o, sobre su
propio partido, le han empujado a actuar agresiva y peligrosamente desde el
poder ejecutivo, el poco margen que tiene la Casa Blanca para cooperar con el
resto de la comunidad internacional les fuerza a actuar autodestructivamente.
Lo que representan
los aranceles realmente es la alienación internacional del país y las
dificultades diplomáticas a las que se enfrenta la administración Trump. Frente
la estrategia desarrollista geopolítica china (con el Collar de Perlas o la
Nueva Ruta de la Seda) los Estados Unidos optan por hacerse el bully. Su
discurso ha sido identificado como hostil por la mayoría de los países en su
esfera político-económica. Los aranceles demuestran una incapacidad de
participar en la diplomacia habitual debido a la impopularidad del presidente y
la mala posición de la Casa Blanca a la hora de convencer y colaborar con sus socios.
Un buen aliado (o súbito como les gusta pensar a algunos) es aquel que actúa en
tu beneficio antes incluso de tener que pedírselo. Carecer de la capacidad de
convencer a tus socios para que colaboren contigo, sin tener que recurrir a las
amenazas, denota una posición política pobre y una falta de opciones para la
negociación. Pero una vez más, esta “debilidad” es una característica
peligrosa, ya que la escasez de opciones puede llevar a medidas drásticas,
medidas no diplomáticas que desde fuera aparentan irracionales.
El fracaso de la
administración Biden a la hora de fidelizar a sus aliados o ganar confianza
internacional, sin duda ha dejado a Trump en una mala situación. Su intención
por ahora parece ser intentar exprimir unas relaciones deterioradas con sus
vecinos para alimentar su fachada de líder fuerte y discurso chovinista. Ante
todo, lo primero que hay que reconocer es que su administración carece de ese
vigor del que alardea y no son el matón que calculan. En las palabras de Klein,
si la ciudadanía llega a creer que la administración tiene el arrojo y el poder
ilimitado que Trump considera, es mucho más probable que le deje gobernar de
esa manera, transformando la narrativa en simplemente la verdad. Por ahora, la
realidad es que posee las mismas limitaciones y capacidades que todos los
presidentes antes que él. Su estrategia consiste precisamente en distraer a los
analistas y a la opinión pública con los posibles contrafactuales de los
aranceles y sus especificidades económicas, pro y contras, quién saldría
ganando, por qué haría algo así… De forma que parezca que él es quien tiene la
sartén por el mango y puede hacer lo que quiera, sea buena o mala idea.
Aceptando su autoridad es como se esconde también la realidad de los aranceles,
que son una medida propia de una diplomacia debilitada, incapaz de colaborar
con sus supuestos socios y falta de control sobre la sociedad internacional.
En conclusión, los
aranceles son importantes porque desvelan patrones clave de la nueva
administración Trump y que valdría la pena seguir de cerca en el futuro: el uso
de una retórica populista para obscurecer el impacto de políticas como subidas
de impuestos; un poder ejecutivo que, al no poder colaborar con el poder
legislativo, busca prescindir del mismo para mellar discursivamente su
importancia; una inhabilidad para la diplomacia y la cooperación internacional
que intenta hacerse pasar por fuerza y contundencia. En circunstancias como
estas vale la pena recordar que las apariencias no lo son todo. Aunque la administración
de la Casa Blanca esté empeñada en demostrar que es capaz de hacer las cosas
simplemente porque puede, una posición diplomática verdaderamente fuerte no
debería verse forzada a actuar sin apoyos políticos o recurrir a la extorsión
para camuflar que es incapaz de convencer.
¿Alemania
está al borde de un nuevo 1933?. “QUIEN NO APRENDE LA LECCION QUE LE DA LA
HISTORIA ESTA CONDENADO A REPETIRLA”...
Por Leandro Alvarez De Lorenzo/ escritor, analista
internacional/ Diario RED, xinhuanet, la jornada de
México, Other News, Tektonikos, red latina sin fronteras, en red, el salto
diario, el clarín de chile, ACHEI, ADDHEE.ONG:
Nunca después de 1945 un
partido alemán se había valido del apoyo ultraderechista para impulsar una
medida. En estos últimos días y, como en 1933, Friedrich Merz de la CDU rompió
ese cordón y AfD se fortalece en agenda
1933, como 1914 y 1939 son años que a ningún alemán le pasan
desapercibidos. Los dos últimos marcaron el inicio de aventuras bélicas que
terminaron en desastres sociales y humanitarios para el país y el mundo. El
primero marcó el año en el que la derecha democrática de la república de Weimar
habilitó la llegada al poder del NDSAP (el partido Nazi), al promover a Adolf
Hitler como canciller. Cabe señalar que el furibundo antimarxismo que la
derecha dentro del sistema había cultivado en los años previos fue terreno
propicio para pensar a los nazis como aliados domesticables más benignos que la
posibilidad de confluir con socialdemócratas o comunistas. Por eso es que los Hindenburg,
Papen, Schleicher analizaron la posibilidad de rodear a Hitler al promoverlo
como canciller. Pero lo que logró muy pronto el líder nazi, a fuerza de imponer
agenda, fue que el partido del centro y las distintas fuerzas conservadoras
terminen votando su propia disolución y el otorgamiento de plenos poderes al
Führer.
La historia nunca se repite y no es circular, pero las
circunstancias muchas veces sí pueden ser similares. Si nos trasladamos al año
2025, observamos cómo un partido de centroderecha / derecha conservadora pero
democrática como la CDU pasó de una política migratoria relativamente
progresista como la de Angela Merkel a la propuesta de reforma abiertamente
xenófoba de Friedrich Merz. Se trata del mismo partido y dos posturas radicalmente
opuestas con muy pocos años de diferencia. ¿Qué sucedió en el medio? el ascenso
maratónico de la ultraderecha, que no se tradujo necesariamente en votos, pero
sí en capacidad de instalar temáticas.
En las últimas semanas, cientos de miles de personas se han
movilizado en toda Alemania para protestar contra el acercamiento entre la
derecha y la extrema derecha y, particularmente, contra la idea de revivir ese
fatídico año en la historia de la humanidad en que el partido del centro y el
presidente Hindenburg le abrieron las puertas de la república de Weimar a
Hitler, quien la hizo volar por los aires.
Estas manifestaciones se generaron para repudiar la decisión del
líder del bloque conservador en el Parlamento, Friedrich Merz, de colaborar con
el partido ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD) en la aprobación de
una nueva política migratoria. Se trató de la ruptura del famoso “cordón
sanitario” que habían establecido partidos democráticos tanto de izquierda como
de derecha en Alemania. Lo que promovió Merz fue una moción no vinculante que,
sin embargo, sirve como una declaración de intenciones políticas de cara a un
eventual gobierno. También puede dar una pista de cuánto seduce a la derecha,
bajo el liderazgo de Merz, acercarse a AfD en lugar de formar una coalición con
socialdemócratas o verdes.
Pero la propuesta de Merz está lejos de ser antipopular y
responde a una agenda promovida por AfD pero bien recibida por gran parte de
los alemanes. Una reciente encuesta apunta que el 67% de los encuestados está a
favor de reforzar controles fronterizos permanentes y un 57% de devolver en las
fronteras a los extranjeros sin documentos. Además, la fuerza de ultraderecha
apoyada y financiada por el magnate Elon Musk, también se nutre de las
movilizaciones en las calles, como también lo hicieron los nazis. Weidel y los
suyos han azuzado y promovido una serie de protestas desde diciembre en
adelante tras los episodios de violencia urbana protagonizados por inmigrantes.
Es que el reciente atentado de un ciudadano de origen afgano
solicitante de asilo le sirve como anillo al dedo tanto a Merz como a Alice
Weidel, la líder de AfD, y ha conmovido fuertemente la agenda pública en
Alemania. A este triste episodio en el cual un ciudadano con antecedentes de
robo y droga atropelló a manifestantes sindicales en Múnich, se le suma el
evento de Aschaffenburg donde otro solicitante de asilo afgano apuñaló a varias
personas en un parque y al atropello masivo en un mercado de Magdeburgo en las
vísperas de navidad.
Crisis en la economía
alemana
A estos incidentes y a la xenofobia mediática creciente, se le
suma la tasa de desempleo más alta de la década y un estancamiento económico,
problemáticas similares a 1930 aunque no en la misma magnitud. Cabe subrayar
que el PBI de Alemania decreció por segunda vez consecutiva (0,2% en 2024 y
0,3% en 2023) y la industria automotriz se encuentra en una crisis sin
precedentes con Volkswagen anunciando más de 35 mil despidos y posibles cierres
de sus plantas. En este contexto, la táctica del chivo expiatorio inmigrante
tanto a la derecha y a la ultraderecha alemana parecen funcionarle frente a la
inacción y la incapacidad de la centroizquierda de ofrecer soluciones
concretas. La coalición del semáforo colisionó en el debate sobre el ajuste
presupuestario, produciendo un abismo entre la SPD, los verdes y los liberales
que exigían mayor austeridad. La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca y su
política arancelaria también siembra más interrogantes.
Lo subrayado/interpolado es nuestro.
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