Pinochet murió, pero se quedó: ¡La alegría ya viene!
Por Juan Pablo Cárdenas S./
académico, escritor, periodista y analista internacional
El ex presidente Sebastián Piñera acusó de ser
“cómplices pasivos” a todos aquellos que, conociendo las violaciones de los
Derechos Humanos de parte de la dictadura pinochetista, no fueron capaces de
oponerse a ello y tampoco reconocer hasta hoy aquellos crímenes completamente
acreditados por los Tribunales de Justicia.
Esto explica que haya personas que quisieran
indultar a los presos de Punta Peuco donde se encuentran los más tenebrosos
agentes de la DINA y de la CNI, como el mismo Miguel Krassnoff Marchensko
que suma más de mil años de cárcel por sus homicidios, torturas, desapariciones
forzadas y otros delitos de lesa humanidad.
Con la detención de Augusto Pinochet en Londres, en
1998, quedó en evidencia la actitud de políticos y empresarios de derecha que
salieron en su defensa y exigieron de nuestro gobierno su retorno al país, con
el pretexto de ser juzgado aquí en caso de que pudiera ser imputado por las
acusaciones que se le hacían. Muchos de estos cómplices pasivos quedaron
expuestos ante el país, aunque también muchos otros que hasta hoy tratan de
deslindarse de su responsabilidad en los horrores sufridos por la población chilena.
En la última contienda electoral, los tres
principales abanderados de la derecha habían sido activos pinochetistas y hasta
se ufanaban de la amistad con los encarcelados a pena perpetua. No se trata de
que hayan estado involucrados en la ejecución de tales crímenes, pero de todas
maneras no han podido soslayar su complicidad con los autores intelectuales y
materiales.
Con todo, el electorado nacional los apoyo con una
contundente victoria en los recientes comicios presidenciales y es así como,
entre estos, José Antonio Kast está próximo a asumir el gobierno de la nación.
Estos resultados son los que deben avergonzar al centro y a la izquierda
política, toda vez que, frente a los acuciantes problemas del país, los
ciudadanos hicieron caso omiso de la orientación de extrema derecha de estos
candidatos, sin que ello signifique, necesariamente, que los chilenos han
negado u olvidado los trágicos diecisiete años vividos en el país bajo la
dictadura cívico militar pinochetista.
En el intertanto, constan los acuerdos y omisiones
que ha alcanzado la clase política en relación a la continuidad de la
Constitución pinochetista de 1980, así como en la sacralización del modelo
económico social heredado del régimen de facto. Desgraciadamente desde el
momento que se aceptó que el Dictador asumiera como senador vitalicio y
prolongara su autoridad sobre el Ejército, la política chilena empezó a vivir
en una insólita connivencia que a la postre derivó en la elección de un
mandatario que en el pasado tuvo tanta afección con el régimen autoritario y antidemocrático.
Quedó claro que la ciudadanía ha inclinado su
balanza en favor de la derecha más extrema. A punto de iniciar lo que llaman un
gobierno de emergencia, buscando seducir a los chilenos y propuestos a
prolongar en el poder las orientaciones ideológicas del presidente Kast más
allá de los cuatro años de su período presidencial.
Aunque en la campaña electoral se habló de indultos
y excarcelaciones de varios de los agentes represivos, estamos ciertos que
podría hacerle mucho daño a los intereses de la derecha que el Ejecutivo y el
Parlamento obraran en tan sentido. Sin duda, constituiría algo muy escandaloso
y, de seguro, altamente repudiado por la comunidad mundial. A la futura
oposición hasta podría favorecerla que Kast cometiera el dislate de liberar a
quienes, según la legislación internacional, cometieron delitos siniestros e
imprescriptibles.
Por el contrario, bien le haría a la política
nacional que la Justicia cerrara por fin los procesos todavía pendientes en
materia de DDHH, que los condenados sufran efectivamente las penas asignadas
por los jueces y todos los chilenos se saquen las vendas de sus ojos, censuren
el terror vivido y muchos, todavía muchos, hagan reconocimiento público de tal
complicidad.
No tiene sentido que las nuevas generaciones
carguen con el menoscabo colectivo de sus progenitores y no se allanen a
condenar la horrenda represión dictatorial, lo que podría alentar, además, una
honesta autocrítica de la izquierda y de quienes en la oposición al
presidente Salvador Allende Gossens terminaron por alentar el
golpismo y la claudicación democrática.
Cerrando, ojalá, una época amarga de nuestra convivencia,
pero sin impunidad, olvido y reparación digna, para las víctimas y sus
familias, como algunos todavía lo pretenden.
Lo subrayado/interpolado
es nuestro.
El
pinochetismo continúa en el poder, por otros 50 años...
Según el analista político chileno Jaime Lorca, la
obligatoriedad del sufragio -antes optativo en Chile- canalizó hacia el
pinochetismo y sus aliados el descontento social imperante en relación al
gobierno de Gabriel Boric, cuyas tasas de aprobación en la segunda parte de su
mandato oscilaron en torno a un magro 30 por ciento. Temas como la inseguridad,
el odio hacia los inmigrantes (especialmente venezolanos) y la inflación
-cercana al 4 % anual- fueron agitados demagógicamente por el candidato del
pinochetismo, un individuo con un manejo tan descuidado de las cifras y
las estadísticas como el mequetrefe fascista Javier Milei.
Procurando convencer al electorado de las dimensiones
catastróficas de la inseguridad llegó a decir en su debate con la candidata del
oficialismo Jeannete Jara que en Chile “1.200.000 personas son asesinadas al
año”. Cuando cayó en la cuenta de su error habló de ¡1.200 millones de personas
asesinadas en Chile!, cuya población total es de 19 millones. La cifra real
correspondiente al año 2024 fue de 1.207 homicidios, o un 6.0 por cada 100.000
habitantes, una tasa comparable a la de Estados Unidos y un poco más alta que
la de Argentina.
Pese a ello, la prensa hegemónica a ambos lados de los Andes
magnifica la inseguridad para, desde el temor, acercar votos a la derecha
fascistoide de ambos países. En todo caso, yerros de este tipo fueron comunes
en la campaña de Kast pero, al igual que en el caso argentino, hay un amplio
sector del electorado que hoy concurre a votar porque es una obligación, no le
interesa la política y no se inmuta ante los disparates que pueda proferir un
candidato. Temas como los que estamos analizando dan cuenta del inesperado
caudal de votos que en la primera vuelta obtuvo el Partido de la Gente,
liderado por Franco Parisi, arañando el 20 por ciento de los votos y quedando a
escasos cuatro puntos porcentuales de Kast. Buena parte de este caudal
electoral conformado mayoritariamente por los nuevos votantes que acuden a las
urnas por el carácter obligatorio del voto están muy penetrados por la
ideología de la antipolítica, el hiperindividualismo y el desprecio a todo lo
que huela a acción colectiva, y en el balotaje se inclinaron a favor de Kast.
Una parte, tal vez, arrojó por la borda el arraigado anticomunismo imperante en
Chile y respaldó la candidatura de Jara, pero no en la medida suficiente como
para impedir una derrota muy categórica.
¿Qué se puede esperar
del gobierno de un personaje como Kast? Recortes brutales en el gasto
social, redefinición de los avances registrados en relación a los derechos de
la mujer y una redefinición de las alianzas internacionales de Chile.
Seguramente intentará profundizar el modelo económico gestado durante la
dictadura cívico militar fascista de Pinochet y cuyos fundamentos
permanecieron intocados por la larga e inconclusa transición democrática
chilena. Inconclusa porque las relaciones de poder y la concentración de la
riqueza gestadas a partir del aciago 11 de septiembre de 1973 lejos de ser
revertidas por el ejercicio democrático fueron consolidadas y reforzadas por
las sucesivas coaliciones gobernantes. Pero en el contexto de la nueva doctrina
de la seguridad nacional de Estados Unidos Kast será presionado por Washington
para la ardua tarea de enfriar las relaciones de su país con China, siendo este
país el primer socio comercial de Chile y aquél con el cual se firmó, en 2005,
un medular Tratado de Libre Comercio.
Por otra parte la conformación del parlamento chileno será
un obstáculo muy significativo para frenar los previsibles excesos de Kast. El
Senado está dividido por mitades y en la Cámara resultaría extremadamente
difícil que obtenga el 4/7 de los votos (un 57 %) necesarios para reformar la
Constitución. En todo caso, la instauración de un gobierno de este tipo
representa un enorme desafío para el hasta hoy oficialista Frente Amplio y el
campo progresista en general. Al igual que en la Argentina, estas fuerzas se
enfrentan a un desafío refundacional: redefinir un proyecto, idear una nueva
narrativa, diseñar una propuesta concreta de gobierno, revitalizar las organizaciones
de base, movilizar a sus integrantes y resolver la siempre espinosa cuestión de
la conducción política y el liderazgo.
Son tareas urgentes e
impostergables, porque toda dilación tendrá como consecuencia la creación de
las condiciones histórico-estructurales para el relanzamiento de un ciclo fascista
de larga duración que ocasionará graves perjuicios para nuestros pueblos. Grave
error sería ceder ante el pesimismo/resignación y creer que una derrota
es definitiva. Pero un revés tan contundente exige un esfuerzo de
autocrítica que, entre otras cosas, tenga presente que las fórmulas del
progresismo light que invitan a avanzar por una inexistente “ancha avenida del
medio” lo único que hacen es abrir de par en par las puertas de la democracia
para el advenimiento de la extrema derecha fascista o el neofascismo
colonial. En tiempos tan inmoderados como éstos, de crisis capitalista y
ofensiva imperialista con el Corolario Trump pendiente sobre las cabezas de
nuestros pueblos, la moderación y resignación lejos de ser una virtud se
convierte en un vicio imperdonable.
Lo
subrayado/interpolado es nuestro.








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