Mercosur, la apuesta europea entre la apertura y el miedo...
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von Der Leyen,
afirmo, “Estamos creando un mercado de
720 millones de personas, es el acuerdo comercial más grande del mundo y este es un mensaje muy poderoso”...
Por Mario Gontade* – escritor, periodista y analista
internacional/ADDHEE.ONG:
La Unión Europea ha dado un paso decisivo hacia la firma del acuerdo comercial
con Mercosur, un proyecto largamente anunciado, interminablemente negociado y
políticamente incómodo. El respaldo mayoritario de los Estados miembros al
principio de acuerdo alcanzado por la Comisión Europea abre la puerta a la
creación de la mayor zona de libre comercio del mundo, con más de 720 millones
de consumidores potenciales. Pero, más allá de las cifras, lo que está en juego
es algo más profundo: la capacidad de la Unión Europea para actuar como
un actor coherente en un mundo cada vez más fragmentado.
El momento no es casual. En pleno repliegue de Estados Unidos hacia
posiciones cada vez más unilaterales y transaccionales, Bruselas busca
demostrar que sigue creyendo en las reglas, los pactos y la cooperación
económica como herramientas de poder. El acuerdo con Mercosur se inscribe en
esa estrategia de diversificación comercial y autonomía estratégica que la
Comisión repite como un mantra desde el regreso de Donald Trump a la Casa
Blanca y que los acontecimientos recientes –desde la ofensiva arancelaria
estadounidense hasta episodios de abierta inestabilidad geopolítica– han
convertido en una necesidad más que en una opción.
El sí del Consejo de la Unión Europea no ha sido unánime, ni
mucho menos. Francia, Polonia, Austria, Hungría e Irlanda han mantenido su
rechazo, mientras Bélgica optaba por la abstención. Italia, que hasta el último
momento dudó, terminó apoyando el acuerdo tras obtener concesiones específicas,
en una muestra más de cómo los intereses nacionales siguen pesando incluso en
las grandes decisiones estratégicas europeas. España y Alemania, junto a una
mayoría suficiente de socios, han inclinado finalmente la balanza, permitiendo
que la Comisión y el Consejo Europeo avancen hacia la firma formal prevista en
Paraguay.
Esta división no es nueva. Las negociaciones con Mercosur arrastran más
de un cuarto de siglo de desencuentros internos en la Unión Europea.
Desde el inicio, el acuerdo ha chocado con los temores de los sectores
agrícolas europeos, especialmente en países con una fuerte tradición
proteccionista. A ello se sumaron, en los últimos años, las exigencias
medioambientales y las dudas sobre el impacto real del pacto en la
sostenibilidad, que llevaron incluso al Parlamento Europeo a bloquear
anteriores versiones del texto. “El pacto con Mercosur es tanto una decisión
económica como una prueba de credibilidad internacional para la Unión
Europea. La resistencia del sector agrario y la incertidumbre parlamentaria
anticipan un camino lleno de obstáculos”.
Un mercado de 270 millones de personas
Los defensores del acuerdo esgrimen argumentos sólidos. Mercosur
representa un mercado de 270 millones de personas y un PIB conjunto de 2,7
billones de euros. La Comisión Europea estima un aumento potencial de las
exportaciones de hasta 84.000 millones de euros y la creación de más de 750.000
empleos, con beneficios claros para sectores como el automovilístico, el
químico o el farmacéutico, además de una reducción significativa de aranceles
para productos agroalimentarios europeos como el vino, el queso o las bebidas
espirituosas. En un contexto de competencia feroz con China y de incertidumbre
en las relaciones transatlánticas, estos datos no son menores.
Sin embargo, las cifras macroeconómicas no han logrado disipar el
malestar en el campo europeo. Las protestas de los agricultores, visibles en
distintos países incluso en los días previos a la votación, reflejan un temor
persistente a una competencia que consideran desleal y a un deterioro de sus
condiciones de vida. Ni las salvaguardas semiautomáticas aprobadas
recientemente, ni las promesas de adelantos de la Política Agraria Común o de
alivio en los costes de los fertilizantes han bastado para calmar un
descontento que tiene raíces más profundas: la sensación de que la apertura
comercial vuelve a recaer, una vez más, sobre los mismos sectores.
El camino institucional del acuerdo tampoco está despejado. Tras el aval
de los Estados miembros, el texto deberá superar el filtro del Parlamento
Europeo, donde el equilibrio es frágil. La presencia significativa de fuerzas
ultras, el rechazo anunciado de la izquierda y las divisiones internas en los
grandes grupos auguran una votación ajustada. No se descarta, además, que el
acuerdo termine ante el Tribunal de Justicia de la Unión Europea, lo que
podría retrasar su entrada en vigor durante años. Incluso se ha anunciado ya la
intención de presentar una nueva moción de censura contra la Comisión, un gesto
más simbólico que efectivo, pero revelador del clima político.
El acuerdo con Mercosur es, en definitiva, una apuesta estratégica que
combina ambición y riesgo. Refuerza la posición internacional de la Unión
Europea y envía una señal clara de apertura en un mundo que se cierra. Pero
también pone de manifiesto las tensiones internas de una Unión que sigue
buscando el difícil equilibrio entre competitividad global, cohesión social y
protección de sus sectores más vulnerables. La historia del pacto aún no ha
terminado. Y su desenlace dirá mucho no solo sobre el comercio europeo, sino
sobre el modelo de integración que la Unión Europea quiere defender en
la próxima década.
Lo subrayado/interpolado es nuestro.




No hay comentarios:
Publicar un comentario