jueves, 22 de enero de 2026

Mercosur, la apuesta europea entre la apertura y el miedo...

Mercosur, la apuesta europea entre la apertura y el miedo...


EL PRESIDENTE LULA DA SILVA DELCARO: “EL PACTO ES LA RESPUESTA DEL MULTILATERISMO”

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von Der Leyen, afirmo, “Estamos creando un mercado de  720 millones de personas, es el acuerdo comercial más grande  del mundo y este es un mensaje muy poderoso”...

Por Mario Gontade* – escritor, periodista y analista internacional/ADDHEE.ONG:

El respaldo de los Estados miembros al acuerdo comercial con el bloque sudamericano refuerza la ambición geopolítica de la Unión Europea, pero deja abiertas fracturas internas difíciles de ignorar

La Unión Europea ha dado un paso decisivo hacia la firma del acuerdo comercial con Mercosur, un proyecto largamente anunciado, interminablemente negociado y políticamente incómodo. El respaldo mayoritario de los Estados miembros al principio de acuerdo alcanzado por la Comisión Europea abre la puerta a la creación de la mayor zona de libre comercio del mundo, con más de 720 millones de consumidores potenciales. Pero, más allá de las cifras, lo que está en juego es algo más profundo: la capacidad de la Unión Europea para actuar como un actor coherente en un mundo cada vez más fragmentado.

El momento no es casual. En pleno repliegue de Estados Unidos hacia posiciones cada vez más unilaterales y transaccionales, Bruselas busca demostrar que sigue creyendo en las reglas, los pactos y la cooperación económica como herramientas de poder. El acuerdo con Mercosur se inscribe en esa estrategia de diversificación comercial y autonomía estratégica que la Comisión repite como un mantra desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca y que los acontecimientos recientes –desde la ofensiva arancelaria estadounidense hasta episodios de abierta inestabilidad geopolítica– han convertido en una necesidad más que en una opción.

El sí del Consejo de la Unión Europea no ha sido unánime, ni mucho menos. Francia, Polonia, Austria, Hungría e Irlanda han mantenido su rechazo, mientras Bélgica optaba por la abstención. Italia, que hasta el último momento dudó, terminó apoyando el acuerdo tras obtener concesiones específicas, en una muestra más de cómo los intereses nacionales siguen pesando incluso en las grandes decisiones estratégicas europeas. España y Alemania, junto a una mayoría suficiente de socios, han inclinado finalmente la balanza, permitiendo que la Comisión y el Consejo Europeo avancen hacia la firma formal prevista en Paraguay.

Esta división no es nueva. Las negociaciones con Mercosur arrastran más de un cuarto de siglo de desencuentros internos en la Unión Europea. Desde el inicio, el acuerdo ha chocado con los temores de los sectores agrícolas europeos, especialmente en países con una fuerte tradición proteccionista. A ello se sumaron, en los últimos años, las exigencias medioambientales y las dudas sobre el impacto real del pacto en la sostenibilidad, que llevaron incluso al Parlamento Europeo a bloquear anteriores versiones del texto. “El pacto con Mercosur es tanto una decisión económica como una prueba de credibilidad internacional para la Unión Europea. La resistencia del sector agrario y la incertidumbre parlamentaria anticipan un camino lleno de obstáculos”.

Un mercado de 270 millones de personas

Los defensores del acuerdo esgrimen argumentos sólidos. Mercosur representa un mercado de 270 millones de personas y un PIB conjunto de 2,7 billones de euros. La Comisión Europea estima un aumento potencial de las exportaciones de hasta 84.000 millones de euros y la creación de más de 750.000 empleos, con beneficios claros para sectores como el automovilístico, el químico o el farmacéutico, además de una reducción significativa de aranceles para productos agroalimentarios europeos como el vino, el queso o las bebidas espirituosas. En un contexto de competencia feroz con China y de incertidumbre en las relaciones transatlánticas, estos datos no son menores.

Sin embargo, las cifras macroeconómicas no han logrado disipar el malestar en el campo europeo. Las protestas de los agricultores, visibles en distintos países incluso en los días previos a la votación, reflejan un temor persistente a una competencia que consideran desleal y a un deterioro de sus condiciones de vida. Ni las salvaguardas semiautomáticas aprobadas recientemente, ni las promesas de adelantos de la Política Agraria Común o de alivio en los costes de los fertilizantes han bastado para calmar un descontento que tiene raíces más profundas: la sensación de que la apertura comercial vuelve a recaer, una vez más, sobre los mismos sectores.

El camino institucional del acuerdo tampoco está despejado. Tras el aval de los Estados miembros, el texto deberá superar el filtro del Parlamento Europeo, donde el equilibrio es frágil. La presencia significativa de fuerzas ultras, el rechazo anunciado de la izquierda y las divisiones internas en los grandes grupos auguran una votación ajustada. No se descarta, además, que el acuerdo termine ante el Tribunal de Justicia de la Unión Europea, lo que podría retrasar su entrada en vigor durante años. Incluso se ha anunciado ya la intención de presentar una nueva moción de censura contra la Comisión, un gesto más simbólico que efectivo, pero revelador del clima político.

El acuerdo con Mercosur es, en definitiva, una apuesta estratégica que combina ambición y riesgo. Refuerza la posición internacional de la Unión Europea y envía una señal clara de apertura en un mundo que se cierra. Pero también pone de manifiesto las tensiones internas de una Unión que sigue buscando el difícil equilibrio entre competitividad global, cohesión social y protección de sus sectores más vulnerables. La historia del pacto aún no ha terminado. Y su desenlace dirá mucho no solo sobre el comercio europeo, sino sobre el modelo de integración que la Unión Europea quiere defender en la próxima década. 

Lo subrayado/interpolado es nuestro.

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