Groenlandia, Silicon Valley y la seguridad como coartada...
Por Prof. Ruth Ferrero-Turrión – Académica, escritora y analista internacional/ADDHEE.ONG
La obsesión del emperador Donald Trump con Groenlandia ha sido
presentada como una excentricidad más del convicto personaje. Sin
embargo, tras la retórica altisonante sobre la «seguridad nacional» de Estados
Unidos se esconde una operación mucho más profunda: la articulación de un
consorcio público-privado destinado a garantizar a las grandes tecnológicas
estadounidenses el control de minerales críticos, rutas árticas e
infraestructuras digitales que sostendrán la próxima fase de la competencia
sistémica con China.
Desde hace años Washington ha reformulado su estrategia de seguridad en
torno a un concepto ampliado de «defensa económica». Ya no se trata solo de
portaaviones o bases militares, sino de cadenas de suministro, datos,
inteligencia artificial y materias primas esenciales para la transición
energética y la economía digital. Groenlandia encaja como pieza clave: un
territorio rico en tierras raras, níquel, cobalto y grafito; situado en el
cruce de nuevas rutas marítimas abiertas por el deshielo; y con un potencial
inmenso para albergar centros de datos alimentados por energía renovable
barata.
La narrativa oficial insiste en la amenaza militar rusa y china en el
Ártico. Pero el verdadero motor del interés estadounidense no es la posibilidad
—remota— de un enfrentamiento naval, sino el temor a que Pekín consolide su
dominio en el procesamiento de minerales y en la fabricación de baterías,
semiconductores y tecnologías verdes. Controlar Groenlandia significa
intervenir en el cuello de botella de la economía del siglo XXI.
En este escenario, las grandes tecnológicas han dejado de ser simples
lobbies para convertirse en actores estratégicos. La relación simbiótica entre
la Administración Trump y Silicon Valley ha cristalizado en un modelo donde las
fronteras entre interés público y beneficio privado se difuminan. Las compañías
que lideran la IA, el almacenamiento de datos o la computación cuántica
necesitan asegurar un suministro estable de minerales críticos; a cambio
ofrecen al Estado capacidades de vigilancia, infraestructura digital y
proyección geopolítica.
Un ejemplo revelador es KoBold Metals, empresa respaldada por Bill
Gates, Jeff Bezos y otros magnates que desde al menos 2019 explora yacimientos
en Groenlandia mediante algoritmos de aprendizaje automático. Se presenta como
«minería del futuro», pero su lógica es inequívocamente geopolítica: trasladar
a manos estadounidenses recursos hoy en la órbita china. No es casual que sus
proyectos hayan crecido al ritmo de los debates sobre autonomía estratégica en
minerales.
A este entramado se suma la propuesta de crear en la isla una «Freedom
City», un enclave libertario de alta tecnología dedicado a la inteligencia
artificial, vehículos autónomos y lanzamientos espaciales. La idea encaja con
la visión del emperador Trump de zonas económicas sustraídas a
regulaciones laborales y ambientales. Un territorio casi soberano, conectado
con el Pentágono y el capital riesgo, donde experimentar con gobernanza
algorítmica y explotación intensiva de recursos. El control soberano de Groenlandia sería la condición de posibilidad de
ese proyecto. No se trata solo de extraer minerales, sino de construir un
ecosistema completo: puertos de aguas profundas para las nuevas rutas árticas,
cables submarinos, granjas de datos, aeródromos para drones y cohetes, y
ciudades-laboratorio donde testar tecnologías con escasa supervisión
democrática. La seguridad, en este relato, funciona como coartada para una
gigantesca operación de reordenamiento territorial al servicio del capitalismo
digital.
Sin embargo, para la población groenlandesa, la disputa no es un debate
abstracto. Con apenas 57.000 habitantes y una autonomía aún dependiente de
Dinamarca, la isla se ha convertido en escenario de una pugna que desborda sus
capacidades. La mayoría rechaza cualquier integración en Estados Unidos y
prefiere ampliar su autogobierno. Sin embargo, las decisiones reales se toman
lejos de Nuuk. En este contexto, observan con temor la situación actual de
amenaza estadounidense y con recelo el despliegue de tropas danesas y europeas,
presentado como refuerzo frente a hipotéticas amenazas. Para muchas comunidades
inuit, la militarización no responde a sus prioridades que se articulan en
torno a la pesca, las infraestructuras, servicios básicos y preservación cultural.
Algo que no interesa ni a europeos ni, por supuesto, a estadounidenses.
De este modo, el interés material y lo que eso significa se sitúa en el
centro, de manera que controlar Groenlandia significa reducir la dependencia de
China y asegurar el liderazgo tecnológico estadounidense. Las inversiones de
KoBold y otros actores revelan un proyecto de largo plazo que es el de
convertir la isla en proveedor estratégico y, al mismo tiempo, en plataforma de
experimentación digital.
Para los groenlandeses el riesgo es sustituir la antigua dependencia
colonial por otra tecnológica y extractiva. ¿Quién controlará los datos
generados por los sensores mineros? ¿Qué impacto tendrán los centros de datos
en un ecosistema frágil? ¿Qué empleo quedará cuando la automatización domine la
extracción? La UE intenta ofrecer alternativas con inversiones propias y un
discurso de respeto a la autonomía, pero carece del poder de atracción y
coerción de Washington.
Groenlandia se podría convertir en una experiencia piloto articulada
sobre la invocación de la defensa de Occidente para impulsar un modelo que
privatiza funciones esenciales del Estado. Las tecnológicas, convertidas en
guardianas de la seguridad nacional, obtienen acceso privilegiado a recursos y
territorios a cambio de promesas de innovación. El resultado es un capitalismo
de seguridad donde la soberanía se redefine en clave empresarial.
Groenlandia no es un capricho del expresidente, sino el síntoma de una
transformación profunda. La competencia con China se libra en minas, cables y
algoritmos, y Estados Unidos ha decidido que el Ártico sea su próximo Silicon
Valley. Frente a ello, Europa y América Latina son ya territorios en disputa
que tienen dos opciones, plegarse al modelo propuesto por Washington o
articular uno alternativo que le plante cara poniendo en el centro a las
personas y al planeta. Las malas noticias, de momento, son que lo que se
observa es que la primera opción va ganando posiciones. Groenlandia y Venezuela
son los perfectos estudios de caso de la disputa global en marcha.
Lo subrayado/interpolado es
nuestro.





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