Geopolítica de la
inteligencia artificial/IA…
La Super-Inteligencia
Artificial Cuántica –IA Cuántica– se define como un campo emergente de la
tecnología que combina la superpotencia de la computación cuántica con las
funciones cada día más espectaculares de la inteligencia artificial.
Por Dr. Jorge N. Elbaum/Escritor, sociólogo, periodista/Other News/ADDHEE.ONG:
El futuro de la
Inteligencia Artificial (IA) está condicionado por dos orientaciones
antagónicas. Una de ellas es la que sostiene Donald Trump. La otra es la
postulada por China. En la versión MAGA/USA, esta tecnología deberá
constituirse en el soporte básico para recuperar la hegemonía económica
arrebatada por Beijing, que ha logrado superar a Occidente en productividad y
competitividad. Trump cree ser el factótum de un nuevo Proyecto Manhattan con el
que ganará la nueva Guerra Fría contra la República Popular China. Por
su parte, el modelo de IA propuesto por China se enmarca en una política
tecnológica estratégica de carácter soberano, que debe ser regulada por
acuerdos internacionales, lejos de las pretensiones corporativas. Los
tecno-oligarcas, por su parte, se resisten a ser auditados por organismos
internacionales por su relación con los proyectos del Pentágono y su
responsabilidad en la orientación sesgada de sus algoritmos.
En Estados Unidos insisten
en divulgar la idea de que la IA es un Frankenstein que está a punto de
autonomizarse de forma irreversible. Los MAGA/USA de Silicon Valley
propusieron, en las últimas semanas, pausar los entrenamientos de sus
plataformas mientras continúan acaparando inversiones por miles de millones de
dólares. Han asumido que algunas de sus plataformas, por sí mismas, han
“evadido controles” y “han buscado rutas no autorizadas” para resolver
problemas. Eso no prueba que se trate de una criatura independiente. Expone,
ante todo, las consecuencias de entrenar modelos para maximizar beneficios, sin
incorporar contrafuegos eficaces. En ese marco, esta versión apocalíptica omite
el debate acerca de quién controla la infraestructura y qué presupuestos
maneja. La IA no es una máquina que
irrumpe por generación espontánea, sino que se construyó —con determinada
orientación— y que se sigue formateando diariamente. Detrás de cada modelo
existen propietarios, inversiones, algoritmos (sesgados) y marcos regulatorios
corporativos. Y, sobre todo, lógicas para garantizar los beneficios y
socializar los daños. Si estuviesen realmente alarmados por un Saturno que se
come a sus hijos, ¿por qué no los desconectan de la energía que los alimenta?
La contradicción de fondo
es que el régimen estadounidense identifica la innovación con la
maximización de beneficios privados y el supremacismo militar, mientras que el
País del Centro busca extenderla como un bien público global. Esa es la razón
por la cual apuestan por plataformas de IA de código abierto. Recientemente el
ministro de Seguridad del Estado, Chen Yixin, sostuvo que el desarrollo de la
IA debe someterse a la evaluación cooperativa, la supervisión independiente y
la prevención de riesgos colectivos. Esta perspectiva, agregó, propone
directrices éticas, normas técnicas consensuadas, monitoreos comunes, alerta
temprana y respuesta acordadas ante emergencias globales. Eso requiere, concluye Chen, la necesidad de abrir las “cajas negras
algorítmicas” que, en la actualidad, multiplican las narrativas neofascistas y
envenenan los datos. Una música que es repugnante para los oídos
estadounidenses. Ese enfoque resulta especialmente relevante frente a la
militarización. La IA tiene capacidad —cuando es entrenada para esos objetivos—
para detectar vulnerabilidades, desarrollar software malicioso, promover el
conflicto y establecer mecanismos de vigilancia sin orden judicial. El
crecimiento de empresas de IA ligadas a la defensa y la inteligencia, como
Palantir, evidencia que no se trata de un peligro futuro. Además, los usos de
modelos en investigaciones biológicas sensibles refuerzan la necesidad de
verificación multilateral y salvaguardas comunes.
Estados Unidos y China
comparten riesgos que ninguna frontera puede contener. Un incidente
cibernético, una falla en una infraestructura crítica o la proliferación de
herramientas peligrosas no respetarán bloques geopolíticos. Por eso la
cooperación no es ingenuidad: es realismo. Exige la conformación de un
organismo internacional de supervisión de la IA similar a la que rige los
protocolos de la Energía Atómica (OIEA). Requiere canales permanentes entre
Estados, organismos multilaterales, comunidades científicas y empresas;
protocolos de notificación; evaluaciones cruzadas; límites a los usos
militares; y asistencia tecnológica para los países con menor capacidad para
que puedan reducir la brecha digital. Este
nuevo Frankenstein no coloca a la humanidad frente a una máquina inevitable,
sino ante dos opciones políticas. Una, deja el futuro en manos de monopolios
asociados a aparatos militares y financieros. La otra, intentar subordinar la
innovación a fines públicos y a una regulación compartida. La primera se llena
la boca de seguridad mientras profundiza la desigualdad. La segunda busca que
la IA no se convierta en un nuevo instrumento neocolonial.
La pregunta decisiva no es
sobre el resultado de la competencia ni quién llegará primero. Sino para qué y
para quién se desarrollará la tecnología. Kate Crawford lo sintetiza con una
frase tan breve como incómoda para aquellos que presentan sus negocios como
fenómenos naturales: “La IA es política de principio a fin”. No es el resultado
de una “mano invisible” —otra vez la apelación a la fantasmagoría del rancio
liberalismo— que ordena de forma automática las piezas de un orden que se niega
a ser regulado. La respuesta vuelve a ser la rentabilidad de las grandes
corporaciones con las que el capitalismo determinista de plataformas
pretende superar la debacle financiarista que hunde a Estados Unidos en la
deuda y la violencia militarista. China está planeando otra salida: una IA
compatible con la cooperación, la soberanía nacional y la justicia social.
Quienes presentan esta tecnología como capaz de extinguir a la especie humana
actualizan el modus operandi mafioso de ofrecernos protección para cuidarnos de
ellos mismos. Es decir, de los sicarios algorítmicos que nos ofrecerán el
antivirus para las pestes que se encargarán de propagar.
Lo subrayado/interpolado es nuestro




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