Pueblos Europeos: “quien no aprende las lecciones que le da la historia, está condenado a repetirlas, la historia en el sistema capitalista determinista se repite como farsa y después como tragedia”...
La OTAN, una estafa
peligrosa para Europa Alemania construye un ejército de 460 mil efectivos
Los alemanes son los mismos de siempre y todos quienes
pensaban que habían cambiado, con relación a la Segunda Guerra Mundial, se
equivocaron, ya que el gobierno presentó un proyecto que aumenta de manera considerable
el poderío de la Bundeswehr, con la pretensión de convertirlo en la más potente
de Europa y no solo en cuanto al número de soldados, sino que también en lo
concerniente a la modernización de tipo integral, en la que tener un ejército
más flexible, con mejor equipamiento y preparado para guerras de alta intensidad,
incluyendo conflictos híbridos, aparecen como los principales objetivo
propuestos. Se trata de enfrentar al poderío ruso en el continente europeo.
Por Thomas Fazi/escritor y analista internacional/ADDHEE.ONG:
El rearme de
Alemania está diseñado para sostener la hegemonía estadounidense en el
continente. El objetivo de Trump es convertir al país en “vasallo en jefe” de
la Alianza.
Trump ha
vuelto a crear revuelo entre los europeos. En esta ocasión, ha anunciado la
retirada de unos 5.000 soldados de Alemania como parte de
una decisión del Pentágono motivada por la disputa pública del
presidente con el canciller alemán, Friedrich Merz, sobre la guerra de Irán. El
recorte supone aproximadamente el 14 % de los cerca de 35.000-36.000 soldados estadounidenses
actualmente estacionados en Alemania, y se espera que se lleve a cabo en un
plazo de seis a doce meses, devolviendo los niveles de las fuerzas estadounidenses
a los que tenían antes de la invasión rusa de Ucrania en 2022. Trump ha
insinuado que podrían producirse más recortes. Ha calificado la medida de
“castigo” por las críticas de Merz a la gestión de la guerra por parte de Washington,
entre las que destaca la afirmación de Merz de que Irán ha “humillado” a los
Estados Unidos.
Esto forma
parte de una ofensiva más amplia, lanzada por Trump contra los aliados de la
OTAN en las últimas semanas, por su negativa a enviar fuerzas navales para
ayudar a abrir el estrecho de Ormuz. Les dijo a
los miembros de la OTAN que “tendrán que empezar a aprender a defenderse por sí
mismos” porque “los Estados Unidos ya no estarán ahí para
ayudarles, igual que no estuvieron ustedes ahí para [ayudarnos a] nosotros”.
Trump también ha amenazado con retirar tropas de Italia y España, y ha vuelto a
plantear la posibilidad de que los Estados Unidos abandonen la OTAN por completo.
Cuando se le preguntó en una entrevista reciente si reconsideraría la
pertenencia de Estados Unidos a la Alianza, Trump respondió:
“Oh, sí, diría que [eso] va más allá de una reconsideración”.
En este
contexto, el ambicioso programa de rearme de Alemania se presenta de forma
generalizada como un paso positivo en la dirección correcta: Europa está, por
fin, tomando las riendas de su propia seguridad. Pero, ¿se sostiene este
discurso? ¿Y hasta qué punto hay que tomarse en serio la amenaza de los Estados
Unidos de abandonar la OTAN? Un análisis más detallado revela una imagen muy
diferente.
El mes
pasado, Alemania publicó su primera estrategia militar oficial, presentada por
Boris Pistorius, ministro de Defensa del país. Su principal objetivo es
transformar la Bundeswehr en “el ejército convencional más fuerte de Europa”
para 2035, y en una fuerza “tecnológicamente superior” para 2039, con la
República Federal situada como principal potencia militar del continente y
socio principal de sus aliados europeos. Para lograrlo, la estrategia prevé un
rearme masivo con armas de largo alcance, un amplio despliegue de inteligencia
artificial, automatización y sistemas autónomos, y una fuerza total –incluidas
las reservas– de 460.000 soldados. La reserva se plantea explícitamente como un
puente hacia la sociedad civil, lo que indica una intención de ampliar la
militarización social.
La estrategia
ha suscitado reacciones muy dispares. Algunos la aclaman como un paso
largamente esperado para liberar a Alemania –y, por extensión, a Europa– de la
tutela militar estadounidense, dada la aparente “desvinculación” de EEUU de la
OTAN. Otros la consideran un peligroso resurgimiento del nacionalismo militar
alemán, que evoca el capítulo más oscuro de la historia europea del siglo XX.
Ambas interpretaciones pasan por alto lo esencial. El rearme de Alemania no
está diseñado para hacer que el país sea más soberano militarmente –para bien o
para mal–. Está diseñado para elevar el papel de Alemania como “vasallo en
jefe” dentro de la estructura de mando de la OTAN controlada por los Estados
Unidos. En este sentido, la disputa entre Trump y Merz debería considerarse
poco más que teatro político.
El propio
documento lo deja claro. Una de sus frases clave reza: “La OTAN debe volverse
más europea para seguir siendo transatlántica”. El papel de Alemania no se
concibe meramente como el de un actor militar de primera línea, sino como
centro logístico y estratégico de la OTAN: el nodo que une Europa Oriental,
Central y Occidental, al tiempo que mantiene la conexión transatlántica con
Norteamérica. En otras palabras: Alemania debe rearmarse para sostener la
hegemonía estadounidense en el continente. Parafraseando una famosa frase de la
novela italiana El gatopardo: “Todo tiene que cambiar para que todo
pueda seguir igual”.
Así lo dejaba
claro un reciente mensaje en X de Elbridge Colby, subsecretario de
Defensa para Política de los Estados Unidos. Colby acogía con satisfacción la
nueva estrategia militar de Alemania como una reivindicación de la presión
ejercida por Trump sobre los aliados europeos para que se rearmaran, y la
presentaba como un paso hacia lo que él denomina “OTAN 3.0”. Su argumento
principal es que Europa, liderada por Alemania, debe ahora convertir los
Compromisos de La Haya –en los que los europeos se comprometieron a una
inversión histórica, con el objetivo de destinar el 5 % de su PIB a Defensa
para 2035– en capacidad militar concreta. Citaba aprobatoriamente al secretario
general de la OTAN, Rutte: “Sistemas de defensa aérea, drones, munición,
radares, capacidades espaciales: eso es lo que nos mantendrá a salvo”. En lo
que respecta específicamente a Alemania, Colby presentaba la nueva estrategia
militar como prueba de que Berlín estaba por fin dando un paso al frente tras
“años de desarme”, señalando que el rebautizado Departamento de Guerra ya
estaba colaborando estrechamente con los alemanes para acelerar la transición.
La propia
estrategia, tal y como la citaba Colby, reconoce que Estados Unidos
“está desplazando cada vez más su enfoque estratégico hacia el hemisferio
occidental y el Indo-Pacífico” y exige a los aliados que “intensifiquen sus
esfuerzos para salvaguardar su propia seguridad”. Alemania, en este contexto,
debe convertirse en “un aliado militar aún más fuerte de Estados Unidos”
precisamente porque este país está reorientando sus esfuerzos hacia otros
lugares.
Esto no es
más que una reformulación de la “división del trabajo” que el secretario de
Defensa estadounidense, Pete Hegseth, anunció nada más tomar posesión la
Administración Trump. Dejó claro que los Estados Unidos debían centrar su
atención en otros frentes –ahora sabemos que se refería a Irán y, en última
instancia, a China– y que, por lo tanto, Europa tendría que asumir la
responsabilidad de “gestionar su propia seguridad”, lo que implicaba mantener
la presión sobre Rusia a través de Ucrania. Europa cumplió con su parte: ha
aumentado su gasto en defensa y ha redoblado su apoyo a Kiev, mediante el
préstamo incluso de 90.000 millones de euros recientemente aprobado. Ahora
estamos asistiendo a la progresión natural de esa lógica, a medida que Europa
asume toda la carga financiera para la continuación de la guerra por poderes
contra Rusia.
En resumen,
los Estados Unidos no se están “desvinculando de Europa”; simplemente exigen
que Europa contribuya más a la OTAN, sin dejar de estar firmemente integrados
en la estructura de mando de la Alianza –en definitiva, que pague más por su
propia subordinación–.
Esto exige
una reevaluación de la estrategia general de Trump hacia Rusia. Aunque se le
acusa habitualmente de “apaciguar a Putin” –con críticos que citan su recorte
de la financiación estadounidense a Ucrania y sus intentos (fallidos) de
negociar un acuerdo de paz–, la realidad es más compleja. Estados Unidos
lleva mucho tiempo tratando de obligar a Europa a desvincularse del gas ruso y
sustituirlo por GNL estadounidense, y la guerra en Ucrania les ha permitido
lograrlo –hasta tal punto que cabe preguntarse si la estrategia estadounidense a
de décadas en Ucrania, desde ayudar a derrocar al gobierno elegido
democráticamente en 2014 hasta atraer firmemente al país a la órbita informal
de la OTAN, no se diseñó precisamente para provocar a los rusos y llevarlos a
la guerra. La explosión
del gasoducto Nord Stream debe entenderse siempre como parte de esta estrategia.
Esto se hace aún más evidente a la luz de la última Estrategia de Seguridad
Nacional de los EEUU, publicada en noviembre de 2025, que designa el “dominio
energético estadounidense” en petróleo, gas, carbón y energía nuclear como una
prioridad estratégica máxima, encuadrando explícitamente la expansión de las
exportaciones energéticas estadounidenses como un medio de “proyectar poder”.
Esta lógica
no sólo arroja luz sobre las campañas militares de los EEUU contra Venezuela e
Irán, sino también sobre por qué, con el fin de mantener a Europa
dependiente de la energía estadounidense y aislada de los suministros rusos,
tiene el régimen de Estados Unidos un interés estructural en que
continúe la guerra por poderes. Por lo tanto, es fácil llegar a la conclusión
de que los EEUU nunca fueron sinceros en sus intenciones de hacer las paces con
Rusia. La única diferencia hoy en día es que la guerra ya no se libra solo a través
de Ucrania, sino a través de la propia Europa.
En vista de
ello, las aparentes “amenazas” de Estados Unidos de abandonar la OTAN –y el
programa de rearme de la clase dirigente europea, sobre todo el de Alemania– se
revelan como componentes de la misma estrategia: mantener a Europa subordinada
a las prioridades geopolíticas estadounidenses. La nueva estrategia militar
alemana no es más que el cumplimiento por parte de Berlín del papel que
Washington le ha asignado: mantener la línea frente a Rusia mientras los
Estados Unidos se orientan hacia el Indo-Pacífico y el hemisferio occidental.
Esto no es nacionalismo, militar o de otro tipo, sino todo lo contrario: el
menoscabo de los intereses fundamentales alemanes y europeos a manos de una
élite transnacional.
En este
contexto, Alemania debe entenderse como pilar de un nuevo núcleo europeizado de
la OTAN, compuesto por Alemania, Francia, el Reino Unido y la propia Ucrania
(aunque esta última se encuentre formalmente fuera de la Alianza). Esto también
refleja un plan estadounidense de larga data. En el libro The Grand
Chessboard [‘El gran tablero mundial: La supremacía estadounidense y
sus imperativos estratégicos’ (Paidós, 1998)], el influyente diplomático
polacoestadounidense Zbigniew Brzezinski predijo que “la colaboración política
franco-germano-polaco-ucraniana… podría evolucionar hacia una asociación que
potenciara la profundidad geoestratégica de Europa”, y añadió que “el objetivo
geoestratégico central de los Estados Unidos en Europa puede resumirse de forma
muy sencilla: consolidar, a través de una asociación transatlántica más
genuina, la cabeza de puente de los EEUU en el continente euroasiático”.
Con ello
debería disiparse cualquier idea residual de que lo que estamos presenciando
equivale a un avance hacia la autonomía estratégica alemana o europea. No es
casualidad que la nueva estrategia militar de Alemania identifique a Rusia como
“amenaza más grave e inmediata” para la seguridad europea, una afirmación que
forma parte de una descripción europea más amplia que advierte de una guerra
inevitable con Rusia en los próximos años. A primera vista, esta postura
antirrusa podría parecer que refleja una postura claramente “europea”,
aparentemente en desacuerdo con la posición pública de Estados Unidos.
Pero esto resulta en buena medida una ilusión. No sólo ha interiorizado a fondo
el establishment transatlántico europeo las prioridades
estratégicas de los Estados Unidos, sino que la jerarquía de mando de la OTAN
deja clara la verdadera cadena de autoridad.
El control
operativo real de la guerra por poderes contra Rusia sigue estando firmemente
en manos angloamericanas. Al frente se encuentra el Cuartel General Supremo de
las Potencias Aliadas en Europa (SHAPE), con sede en Mons (Bélgica), que
traduce las decisiones políticas en objetivos militares. El Comandante Supremo
Aliado en Europa (SACEUR) –siempre un general estadounidense, que también
ejerce como comandante del Mando Europeo de los EEUU– lo dirige junto con un
adjunto británico. Un general alemán coordina el trabajo del Estado Mayor en
calidad de jefe de Estado Mayor, pero la toma de decisiones efectiva recae en
los dos mandos superiores.
Por debajo
del SHAPE, el mando operativo se divide en dos ramas: tres mandos de fuerzas
conjuntas (JFC), que son los auténticos comandantes de teatro para operaciones
a gran escala, y tres mandos de componentes que abarcan el ámbito aéreo
(Ramstein, Alemania), terrestre (Esmirna, Turquía) y marítimo (Northwood, Reino
Unido). MARCOM, el mando marítimo, ha estado tradicionalmente bajo el liderazgo
del Reino Unido, pero los Estados Unidos asumieron recientemente su control,
situando los tres mandos de componentes bajo mando estadounidense –una
consolidación significativa que ha pasado en gran medida inadvertida–. Hasta
cuando un oficial europeo dirige un JFC –como el mando del JFC de Nápoles, que
recientemente pasó de los Estados Unidos a Italia–, sigue bajo control estadounidense
la dirección estratégica general; los comandantes de los JFC ejecutan los
objetivos fijados por el SHAPE.
Hay otras
dos dependencias estructurales que refuerzan el dominio estadounidense. La
primera es el concepto C4ISR (Mando, Control, Comunicaciones, Informática,
Inteligencia, Vigilancia y Reconocimiento): los aliados europeos dependen casi
por completo de las plataformas de satélite, aéreas y marítimas, de Estados
Unidos para obtener inteligencia, vigilancia y localización de objetivos en
tiempo real, lo que en conjunto constituye la columna vertebral de la capacidad
de combate de la OTAN. De hecho,
hasta el Wall Street Journal ha reconocido que las operaciones
de ataque en profundidad de Ucrania dentro de Rusia –incluidas,
recientemente, las dirigidas contra varias instalaciones de producción de
petróleo– no podrían llevarse a cabo sin la inteligencia y las capacidades por
satélite estadounidenses. La segunda dependencia, menos visible en el debate
público, pero potencialmente más trascendental, es la densa presencia de
oficiales del Estado Mayor estadounidenses integrados en toda la estructura de
mando de la OTAN en todos los niveles de la jerarquía, lo que le otorga a
Washington un control institucional que ningún cambio en los títulos de mando
puede desplazar fácilmente.
Todo esto
debería disipar cualquier idea de que los Estados Unidos no están profundamente
implicados en la guerra de Ucrania, o de que tienen la intención de abandonar
la OTAN y “desvincularse” realmente de Europa. Más allá de la estructura de
mando, Estados Unidos opera numerosas bases e instalaciones militares en todo
el continente, tanto en el marco de la OTAN como bajo control exclusivo
estadounidense, que son indispensables para su proyección de poder a escala
mundial. La base aérea de Ramstein, en Alemania –que alberga a unos 16.000
soldados– funciona como centro de control del tráfico de drones militares a
escala mundial, al tiempo que coordina las operaciones aéreas estadounidenses en
Europa, África y Oriente Medio.
Una
investigación reciente del Wall Street Journal confirmaba
que, a pesar de las protestas públicas de los líderes europeos, las bases estadounidenses
en todo el continente han funcionado como infraestructura esencial para la
guerra de los Estados Unidos contra Irán. Tal como afirmaba el artículo,
“Europa sigue siendo la base de la proyección de la fuerza estadounidenses en
el mundo”. Hasta el secretario general de la OTAN, Rutte, describió
recientemente el propósito de la OTAN como “plataforma
de proyección de poder para los Estados Unidos”.
Otro
elemento es lo que los analistas denominan “dividendos ocultos” de la OTAN: los
contratos y pedidos para las industrias de defensa estadounidenses. Esta red de
1.300 acuerdos entre los 32 Estados miembros que establecen las normas para las
armas y el equipamiento de la OTAN –que abarcan desde los calibres de munición
hasta los diámetros de los depósitos de combustible– fue impuesta
originariamente por Estados Unidos y favorece de manera abrumadora al
complejo militar-industrial estadounidense.
El rearme alemán
y europeo, por lo tanto, en el contexto de una OTAN supuestamente más
“europea”, no está reforzando la autonomía europea, sino que la está
erosionando aún más. No solo convierte a Europa en cómplice de las aventuras
militares cada vez más temerarias de Estados Unidos, como demuestra la
guerra con Irán, sino que, lo cual es aún más grave, está empujando al
continente a un enfrentamiento potencialmente catastrófico con Rusia. Rusia está
observando y respondiendo en consecuencia. En un discurso reciente, el ministro
de Asuntos Exteriores, Lavrov, manifestó: “Se nos ha declarado abiertamente la
guerra. Se está utilizando al régimen de Kiev como punta de
lanza. Sin embargo, todo el mundo es consciente de que esta punta es
inutilizable sin los suministros occidentales de armas, datos de inteligencia,
sistemas de satélites, entrenamiento de personal militar y mucho más”. Lavrov
añadió que los líderes occidentales están preparando activamente a sus ciudadanos
para la guerra con Rusia –utilizando a Ucrania para ganar tiempo– y que Rusia
se toma la amenaza muy en serio. No se pueden exagerar los peligros del camino
que estamos recorriendo.
Cabe hacer
una última observación. El
historiador francés Emmanuel Todd ha sostenido que gran parte
de lo que hoy se considera nacionalismo en Occidente –de Alemania al Japón– es,
de hecho, una forma de nacionalismo “imaginario”: un vasallaje hacia los
Estados Unidos disfrazado de soberanía. Contrasta esto con el nacionalismo
“real”, una política genuinamente orientada a la soberanía que hoy en día
brilla por su ausencia. El neomilitarismo alemán, como se ha argumentado aquí, encaja
perfectamente en la primera categoría. Pero
esto no significa que no pueda resurgir un “verdadero” nacionalismo alemán –con
sus consiguientes aspiraciones de hegemonía continental–. La militarización
de la sociedad alemana y el endurecimiento del sentimiento antirruso son
fenómenos reales y cada vez más profundos. Al fin y al cabo, hay un precedente
histórico. Hace un siglo, la clase dirigente estadounidense toleró el
rearme militar nazi como baluarte antisoviético, sólo para que el monstruo
alemán acabara zafándose de su correa. El contexto interno alemán actual es,
obviamente, muy diferente –y, por supuesto, se puede argumentar, y esperar, que
un “verdadero” nacionalismo alemán reconocería que los intereses genuinos del
país residen en la paz y no en la guerra. Aun así, los paralelismos son
imposibles de ignorar.
Lo subrayado/interpolado es nuestro






