viernes, 3 de julio de 2026

Visita de Peter Thiel y registro de vándalos de los servicios de inteligencia/ estadounidense/ Pentágono...



La embestida sudamericana del Imperio estadounidense en el contexto del escudo de las Américas...

Visita de Peter Thiel y registro de vándalos  de los servicios de inteligencia/ estadounidense/ Pentágono...

El objetivo es la mantención del control total de la región asegurando la expansión hacia el continente antártico.

La idea de confeccionar un registro de vándalos no es una iniciativa de Kast, sino de los servicios de inteligencia estadounidenses. Cuando Donald Trump afirma que el espacio geopolítico de influencia de su país es el hemisferio occidental, se refiere a la macroregión que se extiende desde el Ártico hasta la Antártida, es decir, Sudamérica y el continente antártico, constituyendo un área estratégica en el escenario mundial. De ahí la importancia del control que Estados Unidos busca mantener en la región.

En tal contexto, la visita de Peter Thiel, líder de Palantir Technologies, una compañía de análisis de datos e inteligencia al servicio del Pentágono, es parte del montaje de una red de control mediante herramientas informáticas. Paraguay sería el futuro centro neurálgico del dispositivo de ocupación; sin embargo, el control se extendería a todos los países de la región. En Chile, Thiel se reunió "privadamente" con José Kast. Coincidentemente, pocos días después se actualizó la base de datos del denominado "registro de vándalos", obviamente, una ley que se inserta en el plan del Comando Sur. A ello se agregaría el uso intensivo de inteligencia artificial genocida en seguridad pública y dominio del ecosistema digital. Las Fuerzas Armadas quedarían excluidas de todo control,  como corresponde en una satrapía del imperio estadounidense. De esta forma, los datos de todos los chilenos quedarían "resguardados" por una red de información estadounidense.

Tan siniestro plan explicaría la reserva de Kast en su reunión con Thiel, pero lo que no puede decir es en qué acordaron el modo en que el país se incorporará, subordinadamente, a la extensa red de registros de Washington en sudamerica, dispositivo del que será muy difícil salir... ¿y la soberanía chilensis?

La visita de Peter Thiel, líder gay de una de las mayores procesadoras de daos del mundo y que trabaja estrechamente con la inteligencia de los Estados Unidos, significa que toda la información del país, entre ella el “registro de vándalos”, estará a disposición del Pentágono: ¿y la soberanía chilensis?, durante la dictadura cívico militar, la seuda soberanía estaba radicada en la fuerzas armadas jamás vencidas...

El Waterloo del emperador Donald Trump...

 



El Waterloo del emperador Donald Trump...

Por Prof. Juan Torres López/académico, escritor, analista internacional/Sur Andino/ADDHEE.ONG:

En el destino de los imperios siempre actúan así: cuanto más inseguros están de su poder real, más necesitan monumentalizarlo, mientras que las potencias en fase de apogeo genuino no necesitan nunca proclamarlo en piedra y oro. Lo demuestran y ejercen con hechos

No parece que Donald Trump sea muy aficionado a los libros de historia, así que no creo que sepa lo que le ocurrió a Napoleón en Waterloo. Si lo supiera no pararía de tener pesadillas con ello.

El economista Blair Fix publicó en mayo de 2026 un artículo que derrumba el mito del poderío militar estadounidense. Su título (traducido: El negocio de la maldita guerra y la mala medición del poder militar) lo dice casi todo: el ejército de Estados Unidos ha dejado de ser una máquina de ganar guerras porque se ha convertido en una de generar beneficios financieros. Y cuando Fix buscó un referente histórico para ilustrar ese tránsito, no eligió Vietnam ni Irak. Encontró a Napoleón.

La comparación no es caprichosa. Napoleón construyó el mayor aparato militar que Europa había conocido, lo financió con deuda y conquistas, y lo administró como un instrumento de poder personal más que como una herramienta al servicio de una estrategia sostenible. El resultado fue Waterloo: no sólo una derrota puntual, sino el colapso de un modelo que había confundido la apariencia del poder con su sustancia. Fix argumenta que Estados Unidos lleva décadas recorriendo ese mismo camino. Gasta cada año más, pero si se mide bien, su peso no es el aparente.

Según los cálculos de Fix, su poder adquisitivo global en términos relativos se sitúa ahora en tan solo el 4% de su máximo alcanzado durante la Segunda Guerra Mundial. Y lo más revelador: esa cifra monetaria probablemente sobreestima el poder militar real, porque una parte creciente de ese gasto no compra capacidad combativa, sino rentabilidad para los accionistas de los grandes contratistas de defensa. El economista Michael Hudson compara las armas que fabrica Estados Unidos con un Rolls-Royce: sirve para ir al trabajo, pero a un coste prohibitivo. Otros países, como ha puesto de manifiesto la reciente guerra en Irán, las fabrican más baratas y operativas -porque no buscan alimentar el negocio financiero- y con ellas pueden neutralizar o destruir sistemas de armamento estadounidenses enormemente más caros gastando mucho menos dinero.

Lo curioso del caso es que, aunque el análisis de Fix es original, brillante y riguroso, en realidad viene a confirmar lo que el propio presidente Trump reconoció en enero de 2026. En su Orden Ejecutiva 14372 para dar prioridad al personal militar en la contratación de defensa lo afirma sin matices: «Tras años de prioridades equivocadas, los contratistas de defensa tradicionales se han visto incentivados a priorizar la rentabilidad para los inversores por encima de las fuerzas armadas de la nación (…) Numerosos contratistas de gran tamaño, a la vez que incumplen sus contratos actuales, buscan contratos nuevos y más lucrativos, recompras de acciones y dividendos excesivos para los accionistas, a costa de la capacidad de producción, la innovación y la puntualidad en las entregas».

El arco del triunfo del emperador Trump

Y no deja de ser igualmente significativo que, mientras Fix publicaba su análisis, el emperador Trump mostraba los planos de un arco del triunfo de 75 metros de altura, el mayor del mundo, que piensa construir, coronado por una figura alada con antorcha y flanqueado por águilas y leones dorados, frente al Memorial Lincoln en Washington. Tal y como reconoció el propio Trump, a imagen y semejanza del Arc de Triomphe parisino encargado por Napoleón en 1806, en el momento de su máxima ilusión imperial.

Los imperios en su declive siempre actúan igual. Cuanto más inseguros están de su poder real, más necesitan monumentalizarlo, mientras que las potencias en fase de apogeo genuino no necesitan nunca proclamarlo en piedra y oro. Lo demuestran y ejercen con hechos.

El Waterloo del emperador Donald Trump

El presidente de Estados Unidos anunció y celebró el acuerdo preliminar de paz del pasado 14 de junio de 2026 con Irán como una gran victoria. Pero quien lo lea con mínimo detalle tiene que llegar a una conclusión diferente. Estados Unidos había exigido en marzo que Irán desmantelara sus tres principales instalaciones nucleares, pusiera fin al enriquecimiento de uranio en suelo iraní, suspendiera su programa de misiles balísticos y garantizara la reapertura total del Estrecho de Ormuz.

Lo que el memorándum firmado contiene es otra cosa: el programa nuclear no se desmantela; el uranio enriquecido existente se diluirá en suelo iraní bajo supervisión de la AIEA, y las actividades de enriquecimiento se discutirán en el marco del acuerdo final; Irán conserva sus instalaciones y el enriquecimiento se negocia, no se elimina; no hay mención alguna a los misiles; Estados Unidos se compromete a levantar todas las sanciones y a desarrollar un plan de reconstrucción económica para Irán valorado en al menos 300.000 millones de dólares, con todos los permisos y licencias necesarios para las transacciones financieras; Irán se compromete a garantizar el paso libre de buques comerciales sin cobrar tasas tan sólo durante 60 días; Estados Unidos no tendrá allí soberanía y acuerda retirar sus fuerzas de la proximidad de Irán en un plazo de 30 días tras la conclusión del acuerdo final. Y las dos guindas del pastel. Una, el punto 14 que establece que el acuerdo requiere aprobación del Consejo de Seguridad de la ONU, lo que otorga a Moscú y Pekín veto efectivo sobre el resultado. La potencia que declaró la guerra unilateralmente necesita el aval de sus adversarios estratégicos para cerrarla. La otra perla, que Israel queda en fuera de juego, al no aparecer como actor determinante en la arquitectura final del acuerdo.

Lo que ha firmado Trump no es el acta de una victoria. En la práctica equivale al reconocimiento de una derrota negociada.

El fracaso militar de Estados Unidos en Irán no ha sido tan claro como la derrota de Napoleón en Waterloo. Y, obviamente, no supone su fin como potencia imperial, como Waterloo tampoco fue el fin inmediato del poder francés. Simplemente marcó el fin de su forma de ejercer el poder, la creencia de que la voluntad del líder y el tamaño de sus ejércitos bastan para torcer la historia.

Por eso es aceptable decir que Trump se enfrenta a su momento Waterloo. El memorándum del 14 de junio certifica que la potencia que fue a la guerra para demostrar su dominio absoluto la ha tenido que concluir pidiendo permiso al Consejo de Seguridad de unas Naciones Unidas con las que hace unos meses quería acabar a base de no contribuir a su financiación.

Es sabido que los imperios no respetan los acuerdos que firman en declive y Estados Unidos no será la excepción. Pero, de momento, lo ocurrido en Irán revela que Washington ya no dispone de la capacidad de imponer unilateralmente su voluntad como hizo durante décadas y que la conversión de su complejo militar-industrial en un negocio financiero está empezando a traducirse en límites geopolíticos visibles que pueden resultarle muy pronto demoledores.

Lo subrayado/interpolado es nuestro.