El Waterloo del emperador
Donald Trump...
Por Prof. Juan
Torres López/académico, escritor, analista internacional/Sur
Andino/ADDHEE.ONG:
En el destino de los
imperios siempre actúan así: cuanto más inseguros están de su poder real, más
necesitan monumentalizarlo, mientras que las potencias en fase de apogeo
genuino no necesitan nunca proclamarlo en piedra y oro. Lo demuestran y ejercen
con hechos
No parece que Donald Trump sea muy aficionado a los libros
de historia, así que no creo que sepa lo que le ocurrió a Napoleón en Waterloo.
Si lo supiera no pararía de tener pesadillas con ello.
El economista Blair Fix publicó en mayo de 2026 un artículo
que derrumba el mito del poderío militar estadounidense. Su título (traducido:
El negocio de la maldita guerra y la mala medición del poder militar) lo
dice casi todo: el ejército de Estados Unidos ha dejado de ser una máquina de
ganar guerras porque se ha convertido en una de generar beneficios financieros.
Y cuando Fix buscó un referente histórico para ilustrar ese tránsito, no eligió
Vietnam ni Irak. Encontró a Napoleón.
La comparación no es caprichosa. Napoleón construyó el mayor
aparato militar que Europa había conocido, lo financió con deuda y conquistas,
y lo administró como un instrumento de poder personal más que como una
herramienta al servicio de una estrategia sostenible. El resultado fue
Waterloo: no sólo una derrota puntual, sino el colapso de un modelo que había
confundido la apariencia del poder con su sustancia. Fix argumenta que Estados
Unidos lleva décadas recorriendo ese mismo camino. Gasta cada año más, pero si
se mide bien, su peso no es el aparente.
Según los cálculos de Fix, su poder adquisitivo global en
términos relativos se sitúa ahora en tan solo el 4% de su máximo alcanzado
durante la Segunda Guerra Mundial. Y lo más revelador: esa cifra monetaria
probablemente sobreestima el poder militar real, porque una parte creciente de
ese gasto no compra capacidad combativa, sino rentabilidad para los accionistas
de los grandes contratistas de defensa. El economista Michael Hudson compara
las armas que fabrica Estados Unidos con un Rolls-Royce: sirve para ir al
trabajo, pero a un coste prohibitivo. Otros países, como ha puesto de
manifiesto la reciente guerra en Irán, las fabrican más baratas y operativas
-porque no buscan alimentar el negocio financiero- y con ellas pueden
neutralizar o destruir sistemas de armamento estadounidenses enormemente más
caros gastando mucho menos dinero.
Lo curioso del caso es que, aunque el análisis de Fix es
original, brillante y riguroso, en realidad viene a confirmar lo que el propio
presidente Trump reconoció en enero de 2026. En su Orden Ejecutiva 14372 para
dar prioridad al personal militar en la contratación de defensa lo afirma sin
matices: «Tras años de prioridades equivocadas, los contratistas de defensa
tradicionales se han visto incentivados a priorizar la rentabilidad para los
inversores por encima de las fuerzas armadas de la nación (…) Numerosos
contratistas de gran tamaño, a la vez que incumplen sus contratos actuales,
buscan contratos nuevos y más lucrativos, recompras de acciones y dividendos
excesivos para los accionistas, a costa de la capacidad de producción, la
innovación y la puntualidad en las entregas».
El arco del triunfo
del emperador Trump
Y no deja de ser igualmente significativo que, mientras Fix
publicaba su análisis, el emperador Trump mostraba los planos de un arco
del triunfo de 75 metros de altura, el mayor del mundo, que piensa construir,
coronado por una figura alada con antorcha y flanqueado por águilas y leones
dorados, frente al Memorial Lincoln en Washington. Tal y como reconoció el
propio Trump, a imagen y semejanza del Arc de Triomphe parisino encargado por
Napoleón en 1806, en el momento de su máxima ilusión imperial.
Los imperios en su declive siempre actúan igual.
Cuanto más inseguros están de su poder real, más necesitan monumentalizarlo,
mientras que las potencias en fase de apogeo genuino no necesitan nunca
proclamarlo en piedra y oro. Lo demuestran y ejercen con hechos.
El Waterloo del emperador
Donald Trump
El presidente de
Estados Unidos anunció y celebró el acuerdo preliminar de paz del pasado 14 de
junio de 2026 con Irán como una gran victoria. Pero quien lo lea con mínimo
detalle tiene que llegar a una conclusión diferente. Estados Unidos había
exigido en marzo que Irán desmantelara sus tres principales instalaciones
nucleares, pusiera fin al enriquecimiento de uranio en suelo iraní, suspendiera
su programa de misiles balísticos y garantizara la reapertura total del
Estrecho de Ormuz.
Lo que el memorándum firmado contiene es otra cosa: el
programa nuclear no se desmantela; el uranio enriquecido existente se diluirá
en suelo iraní bajo supervisión de la AIEA, y las actividades de
enriquecimiento se discutirán en el marco del acuerdo final; Irán conserva sus
instalaciones y el enriquecimiento se negocia, no se elimina; no hay mención
alguna a los misiles; Estados Unidos se compromete a levantar todas las
sanciones y a desarrollar un plan de reconstrucción económica para Irán
valorado en al menos 300.000 millones de dólares, con todos los permisos y
licencias necesarios para las transacciones financieras; Irán se compromete a
garantizar el paso libre de buques comerciales sin cobrar tasas tan sólo
durante 60 días; Estados Unidos no tendrá allí soberanía y acuerda retirar sus
fuerzas de la proximidad de Irán en un plazo de 30 días tras la conclusión del
acuerdo final. Y las dos guindas del pastel. Una, el punto 14 que establece que
el acuerdo requiere aprobación del Consejo de Seguridad de la ONU, lo que
otorga a Moscú y Pekín veto efectivo sobre el resultado. La potencia que
declaró la guerra unilateralmente necesita el aval de sus adversarios
estratégicos para cerrarla. La otra perla, que Israel queda en fuera de juego,
al no aparecer como actor determinante en la arquitectura final del acuerdo.
Lo que ha firmado
Trump no es el acta de una victoria. En la práctica equivale al reconocimiento
de una derrota negociada.
El fracaso militar de Estados Unidos en Irán no ha sido tan
claro como la derrota de Napoleón en Waterloo. Y, obviamente, no supone su fin
como potencia imperial, como Waterloo tampoco fue el fin inmediato del poder
francés. Simplemente marcó el fin de su forma de ejercer el poder, la creencia
de que la voluntad del líder y el tamaño de sus ejércitos bastan para torcer la
historia.
Por eso es aceptable decir que Trump se enfrenta a su
momento Waterloo. El memorándum del 14 de junio certifica que la potencia que
fue a la guerra para demostrar su dominio absoluto la ha tenido que concluir
pidiendo permiso al Consejo de Seguridad de unas Naciones Unidas con las que
hace unos meses quería acabar a base de no contribuir a su financiación.
Es sabido que los imperios no respetan los acuerdos que
firman en declive y Estados Unidos no será la excepción. Pero, de momento, lo
ocurrido en Irán revela que Washington ya no dispone de la capacidad de imponer
unilateralmente su voluntad como hizo durante décadas y que la conversión de su
complejo militar-industrial en un negocio financiero está empezando a
traducirse en límites geopolíticos visibles que pueden resultarle muy pronto
demoledores.
Lo subrayado/interpolado
es nuestro.