Sahara: la cultura es un espacio de
resistencia y de memoria: “El
saharaui lleva la cultura en su mente y en su comportamiento”
La cultura, otro campo de batalla en la ocupación del Sáhara por Marruecos.
Laura Casielles
Después de las protestas populares saharauis de Gdeim
Izik, en El Aaiún, en noviembre de 2010 –otro aniversario que se cumple en
esta temporada–, la represión por parte de la administración marroquí fue dura.
Tras un desmantelamiento de la movilización marcado por la violencia, se estima
que alrededor de 200 personas fueron detenidas, 19 de las cuales siguen en
prisión. Pero ocurrió algo más, en apariencia mucho menor, pero simbólicamente
muy poderoso: desde entonces, en los territorios ocupados está
prohibido instalar jaimas.
La tienda tradicional de las tribus nómadas había sido el elemento
distintivo de aquella movilización, con más de 6.500 organizadas en un
campamento que se considera el precursor de los que en los meses siguientes
tomarían muchas ciudades del mundo. Pero en El Aaiún prohibirlas iba mucho más
allá de una cuestión policial.
Y es que los elementos culturales también son
importantes en la ocupación de un territorio. «Cuando un país ataca a otro, lo primero que intenta es hacer que se
disuelva. Y para que se disuelva un país lo primero que hay que usurpar es su
identidad, lo que le hace singular», explica Tiba Chagaf, miembro de la representación del Frente Polisario en
España. Si hablar de la cultura como campo de batalla es en nuestros días
prácticamente un lugar común, en el caso del Sáhara Occidental la expresión se convierte
en literal. La administración marroquí es consciente de la importancia política
de las prácticas culturales saharauis, cuya potencia intenta neutralizar a
través de distintas estrategias que van desde el borrado hasta la
apropiación. Mientras, para los y las saharauis, la cultura es un espacio
de resistencia y de memoria, fundamental para la identidad y la construcción
nacional de un país despojado de su tierra.
La estrategia del borrado
Ziba Chagaf, que ha trabajado durante décadas en el
ámbito de la política cultural, apunta a una particularidad de este caso: «Los
saharauis no tenemos una cultura milenaria caracterizada por construcciones o
yacimientos culturales o mezquitas enormes donde uno pueda ir y empaparse de
esa cultura. Al contrario. El saharaui lleva la cultura en su mente y
en su comportamiento». Por eso, es precisamente a las mentes y a los
comportamientos adonde apunta el borrado que intenta llevar a cabo la
ocupación.
Además de a las jaimas, este tipo de política afecta por
ejemplo a la vestimenta tradicional, prohibida en lugares públicos
como las escuelas, o incluso a algunos nombres propios que no
se permite inscribir en el registro civil o en el libro de familia. Como señala
el investigador en sociología Brahim Aaila, algo que hace
especialmente esquivo este tipo de prohibiciones es que no se llevan a cabo a
través de medios legales. «Las
autoridades ocupantes marroquíes prohíben diversas expresiones culturales de
manera ilegal, sin ninguna base», explica. «Por eso, es difícil documentar
estas medidas, porque no se basan en una normativa, sino más bien en medidas
arbitrarias y en el uso de la fuerza».
En otros casos, los mecanismos son más sutiles. Por ejemplo,
como señala Ziba Chagaf, a día de hoy no hay ninguna universidad
en la zona ocupada del Sáhara. «No es porque no tengan presupuesto»,
apunta. «Es algo intencionado para que los jóvenes saharauis se vean obligados
a ir al norte. En las universidades, por cada saharaui hay tres marroquíes, y
se ven obligados a alterar su habla, su vestimenta, sus costumbres…».
Hay ámbitos en los que la aniquilación es menos evidente en
su intención, pero al mismo tiempo muy material y fácilmente rastreable. Uno de
los que Aaila ha estudiado es la destrucción de yacimientos
arqueológicos. La zona es rica en enclaves con pinturas rupestres y otros
restos prehistóricos de hasta 80.000 años de antigüedad. Una riqueza que apenas
ha podido ser investigada y que se ha visto dañada en las últimas décadas por
la guerra, por la actividad de expoliadores y por las actividades de extracción
de recursos. Uno de los casos más destacados es el del yacimiento de Al-Asli:
según explica Aaila, se concedió licencia a una empresa marroquí para
convertirlo en una cantera. La presión social y mediática fue tan fuerte que el
Estado se vio obligado a revocar el permiso, pero otros casos no han corrido
tanta suerte. Por ejemplo, los que quedaron aplastados por la construcción del
muro militar que delimita los territorios ocupados: hay pinturas
rupestres bajo las alambradas y las minas.
Un elemento transversal que se diluye muy eficazmente bajo
este tipo de políticas culturales es la lengua. El uso del hasanía,
que es la variante del árabe hablada por los saharauis, también se intenta
diluir lo más posible en los territorios ocupados. No se venden publicaciones
en hasanía, ni siquiera diccionarios. «No está presente en ninguna institución,
ni en la calle, ni en el trato profesional, ni en el mercado… El único
entorno donde se puede conservar es en el seno de la familia», señala
Chagaf. Y ni siquiera ahí es fácil, como continúa explicando: «En las
generaciones nacidas en el exilio, nuestros hijos hablan español y un poco de
hasanía, y nuestros sobrinos bajo la ocupación hablan dariya –la variante
marroquí del árabe– o francés. Son familias fracturadas».
La estrategia de la apropiación
Aunque en la situación lingüística también se refleja una
paradoja. Mientras en los territorios ocupados se produce ese borrado, también
ocurre que el hasanía es una de las lenguas que Marruecos incluyó en la reforma
de la Constitución de 2011 como «parte integral de la identidad
cultural marroquí», dentro de un discurso de multiculturalidad del Estado.
Esta maniobra es un ejemplo claro de la otra estrategia con la que la ocupación
lleva a cabo la batalla cultural: la apropiación.
La investigadora estadounidense Joanna Allan ha
estudiado cómo se trata de mecanismos diferentes que se van alternando o
sucediendo para un mismo fin. En un artículo reciente publicado en la revista State
Crime Journal, repasa la cronología de estas prácticas. Según su análisis,
la «opresión violenta genocida de la cultura saharaui» en los primeros años de
la ocupación dejó paso a un «intento de apropiación cultural que no
engañó a nadie» a principios de la década de 1990, momento de elaboración
del censo del prometido referéndum de autodeterminación. Luego llegaría la
folklorización del legado para atraer al turismo, y finalmente el actual
«proceso de muticulturización» de Marruecos, en el que se apropia
elementos culturales de pueblos disidentes como el saharaui o el rifeño mientras
trata de neutralizar su contenido político. En esta última estrategia, «lo
saharaui se etiqueta como una identidad provincial dentro de una nación
marroquí unida», explica Allan en ese artículo.
En lo práctico, esa estrategia se concreta sobre todo
en la música y la poesía, dos de las disciplinas más nucleares
dentro de la cultura saharaui. Editoriales marroquíes han publicado diversas
antologías y libros de poesía en hasanía en la última década; mientras que
festivales en los territorios ocupados y también en regiones marroquíes
limítrofes con el Sáhara a menudo incluyen a artistas y grupos que ponen en
escena música tradicional saharaui.
Tiba Chagaf cuenta que, cada año, en uno de los festivales
más conocidos, el de Tan Tan, se montan más de cien jaimas: esas
mismas jaimas que están prohibidas en los territorios ocupados. «Todo es
folklórico», apunta. En ese sentido, estos festivales también tienen otro
efecto sobre el patrimonio: la apropiación de objetos tradicionales.
«Cada dos por tres hay un alza en la compra de objetos singulares que acaba por
hacerlos desaparecer».
«Incluso esas bandejas de té antiguas, que son amarillas y
espesas, de bronce… Con la desesperación y la necesidad, la gente acaba
vendiéndolas», apunta, con una comprensión que extiende también a los y las
artistas que participan en esos espacios. «Algunos son colonos, otros son
promarroquíes, pero también hay poetas saharauis, porque, como en todos los
países, por más avanzados que sean, de la cultura nunca es fácil vivir.
Entonces, cuando a un poeta se le da un incentivo, se puede cuestionar muchas
cosas. Pero no sabe que en el fondo está haciendo un genocidio cultural,
falsificando su identidad».
El otro lado de la historia: la cultura como resistencia
Pero si hablamos de una batalla cultural es porque no todo
es ataque. Del otro lado, los y las saharauis también han encontrado en las
prácticas culturales un campo fundamental para la lucha y la resistencia. Como
ocurre también en otros Estados despojados de su tierra, como el palestino –o
en comunidades exiliadas o migrantes–, la cultura se convierte en un espacio
clave para mantener viva la identidad y la cohesión nacional.
Así, en los campamentos de personas refugiadas saharauis de Tinduf la
política cultural es clave. La música, la poesía y el teatro han sido desde el
comienzo del exilio herramientas utilizadas para la sensibilización y la
concienciación de la lucha nacionalista, pero también de cuestiones mucho más
cotidianas, relativas por ejemplo a la higiene o la salud.
Algunos logros parecen de hecho un espejo de las carencias
que Chagaf y Aalia explicaban respecto a la zona ocupada. En los territorios
liberados existe desde 2012 una universidad, la de Tifariti, en la que se
enseñan las carreras de enfermería, magisterio, informática y periodismo.
La promoción de la lengua hasanía también es una prioridad,
que ahora se lleva a cabo no solo mediante los programas educativos, sino
también a través de series y vídeos que pasan de móvil en móvil hasta
convertirse en un «trending jaima», como lo llama Chagaf. En la wilaya de
Rabuni, donde se concentran los servicios de los campamentos de refugiados, hay
un Museo de la Resistencia que exhibe documentos históricos y
creaciones de arte.
Muchos esfuerzos que responden a una misma idea, que resume
así: «La cultura es el trasfondo del conflicto. De nada nos sirve que el día de
mañana nos independicemos si volvemos mitad cubanos, mitad argelinos, mitad
españoles. Si se coloniza la mente, la tierra ya es un hecho consumado».
Este reportaje se publicó originalmente en El
Periscopio, el suplemento cultural de La Marea, cuyo último número se dedicó
íntegramente a la cultura saharaui. Puedes conseguir la revista aquí o suscribirte para
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DDHH: La represión imperial estadounidense a Francesca Albanese le impone sanción de grado terrorista junto con los jueces de la Corte Penal internacional/CPI.
Funcionarios del régimen
estadounidense han utilizado “sanciones de grado terrorista” contra
funcionarios de la Corte Penal Internacional (CPI) y la relatora especial de la
ONU para los territorios palestinos ocupados, Francesca Albanese, congelando
activos e interrumpiendo las investigaciones de crímenes de guerra, informó Reuters el
6 de febrero
Según entrevistas
que la agencia de noticias realizó a funcionarios estadounidenses y de la ONU y
a individuos sancionados, su régimen está buscando penalizar a la CPI
por las investigaciones sobre crímenes de guerra estadounidenses e israelíes.
El intento de atacar
a la ONU y a la CPI surgió en respuesta a solicitudes de al menos dos empresas
tecnológicas estadounidenses involucradas en el genocidio de los palestinos en
Gaza por parte de Israel.
Reuters escribió que las empresas se acercaron
al régimen estadounidense después de recibir cartas de Francesca Albanese
advirtiendo que estaban contribuyendo a “graves violaciones de los derechos
humanos” por parte de Israel en Gaza y la Cisjordania ocupada.
Las empresas
identificadas por Francesca Albanese incluyen Alphabet, Amazon,
Caterpillar, Chevron, Hewlett-Packard, IBM, Lockheed Martin, Microsoft y
Palantir...
Las empresas
tecnológicas han ayudado al ejército israelí con servicios en la nube e
inteligencia artificial genocida para operar sistemas de armas,
incluida la
elección de objetivos para bombardear, como miembros de bajo nivel de
Hamás y sus esposas, hijos y vecinos que viven en el mismo edificio.
En noviembre de
2024, la CPI emitió órdenes
de arresto contra el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y el entonces
ministro de Defensa, Yoav Gallant, por crímenes de guerra en Gaza, incluido el
uso del hambre como arma.
En julio, el régimen
estdounidense respondió a las cartas “amenazadoras” de Albanese colocándola a ella
y a algunos funcionarios de la CPI en la lista de sanciones de Nacionales
Especialmente Designados del Departamento de Estado de Estados Unidos, que
tradicionalmente está reservada para individuos involucrados en terrorismo,
tráfico de narcóticos y proliferación de armas.
La ONU afirma que Francesca Albanese goza de
inmunidad diplomática y que las sanciones son ilegales. Exigió la revocación de
la decisión, advirtiendo que podría socavar el sistema internacional de
derechos humanos en su conjunto.
Unos meses después
de incluir al relator especial de la ONU y al personal de la CPI en la lista de
sanciones, funcionarios estadounidenses eliminaron a
funcionarios sirios de la misma lista, incluidos el autoproclamado presidente
sirio Ahmad al-Sharaa y el ministro del Interior Anas al-Khattab.
La designación de
terrorista fue retirada de Sharaa, el ex comandante de Al Qaeda y el Estado
Islámico en Irak (ISI), conocido por ordenar atentados suicidas contra civiles
chiítas y grupos minoritarios, en preparación para su visita a Estados
Unidos en noviembre pasado.
Canciller
de Austria se retracta de ataques a Francesca Albanese.
Lo subrayado/interpolado
es nuestro.






















