jueves, 29 de enero de 2026

Creontes de la política contra la institucionalidad y la democracia.



Creontes de la política contra la institucionalidad y la democracia.


Por Dr
. Mariano Sierra S/escritor, filosofo, jurista y analista internacional/ ADDHEE.ONG:


Formas de actuar impidiendo la manera de gobernar, se volvió principio parlamentario social, político, partidista e institucional para taponar vicios y vacíos por incapacidad.

Estos Creontes avasalladores de la constitución, de la democracia y del pueblo han invadido el mundo con sus nefastos comportamientos desconociendo las distintas gestiones del individuo, expresando invalides o desvirtuando compromisos generando colapsos sociales. Dialécticamente es un argumento adverso de expresión, de un pensamiento o antítesis que supera la oposición.

Los Creonte generan actos hombrunos en el retraso histórico y la revolución humana con contradicciones que implican antagonismos, negativas dialécticas cuando fluyen los engaños proyectando ser superados en la historia.  El mundo en su globalidad vive paradójico, que no es otra cosa que el no hacer o ejecutar, a contrarió sensu llevar a cabo gestiones que solo interesan a ciertos colectivos sociales. Cuando no hay interés político surgen los cuerpos armados argumentando imposibles, ya por ineptitud, incompetencia o falta de gobernabilidad, imponiendo violencia ante la carencia de objetivos políticos o sociales que solo se atienden con la fuerza pública.

Contradicciones vigentes son producto de nuestros actos humanos que se van construyendo ante las reacciones tormentosas que se convierten en cortinas de humo para variar posiciones de gobernabilidad por encima de toda ética o moral. En política son usuales los antagonismos como forma de hacer política engañando con cinismo para modificar acuerdos, compromisos, contratos, leyes y así favorecer a terceros actores, por parte de las altas cortes, los parlamentarios, y ciertos órganos de control

Ante la oscuridad de gobernar, contradicciones, antítesis, obstrucciones, delaciones, se vuelven política de defensa de interés personal. Todos estos elementos están ínsitos en todos los programas y proformas de política pública o privada como entramado estratégico para tapar la realidad, para moverse en vacíos de estado. Nuestra nación, estos pueblos abnegados han sido construidos como una ficción. Lo que tenemos esta convertido en una operación para otros, por encima de la constitución, desconociéndola totalmente, pues ha sido modificada al acomodo democrático y de los glotones de la politología, utópicos entes de un cartel sin fondo.

Detrás de estas paradojas, encontramos el olvido, la muerte, la violación, las migraciones de tantos condenados de la tierra, a quienes se les han negado sus derechos. Estas reflexiones exploran los devenires humanos y con ellos las confusiones en el pensar y el actuar de discursos retóricos contrarios a lo social.  Nos contradecimos según nos convenga es el lema. La ley de la contradicción emblema del régimen capitalista, se ampara en un neoliberalismo demencial de estirpe burgués.

Y ante este esperpento político, vemos como se conceden visos de legalidad, aflorando las crisis sociales que revelan como la comunidad se enfrenta a la ingobernabilidad. El fracaso constitucional empuja dando claridad de que el capitalismo es el régimen de las contradicciones, cavando su propia sepultura en medio de la oposición que se ejerce contra la rebeldía humanista, entendiendo que el capitalismo radical no genera espacios para alternativas equitativas y solidarías.

En política pública cualquier acto fuera del contexto tiene consecuencias de injusticia y desigualdad extrema. La biopolítica acorde a la gobernabilidad aplica contradicciones a todos los procesos públicos generando engaños e incertidumbres. Actualmente estamos viviendo actos de gobierno anómalos que dieron pie a confusiones, a dadivas ilegales, incoherencias contrarias a la ley, lo que hace pensar la existencia de un concepto de crear su propia justicia, a base de enlodar a la verdad.

Ante los vicios de gobierno y de justicia resalta la verdad moral, aniquilada por la corrupción, donde la autonomía del pueblo es desconocida, donde chocan realidades divergentes abriendo brechas para lograr un bien común. Lo contrario es llevar al pueblo a asumir posiciones de cambio, como una masa rebelde propia de la revolución de la esperanza. El juicio a Jesús es una de las mayores contradicciones. Pilatos cree en la inocencia de Jesús, pero su miedo, su altivez lo llevo a lavarse las manos y condenar para no arriesgarse ante su imperio. Esta cobarde actitud es hoy una forma de comportarnos, lo que nos lleva a posicionarnos como dirigencia hipócrita que ensalza la mediocridad con cinismo, con desconfianza e incoherencia codiciosa.

Esta misera contradicción ha llevado   al mundo a vivir lavándose las manos para no asumir compromisos y pasar por vulgares inocentes. Esto señala que el que tiene el poder tiene el gobierno bajo la práctica de desórdenes morales y éticos y una democracia sin el poder del pueblo. El pasado histórico perdura al frente de autoritarismos, corrupción, nepotismos, opresión. impunidad, populismo nefasto y una continuidad irregular de formas políticas en cuerpos ajenos de doble moral.

El avance de toda contradicción en sus distintas formas no para. Vulnera el estado y el agreste panorama ocultando la verdad a la comunidad, al mundo, eliminando espacios de concertación, alejando rutas de análisis, de dialogo y solución. A veces los pueblos No entienden que deben gobernar con su pueblo, con la lógica del bien común.

Ninguna gestión social escapa de las contradicciones.  Medio ambiente, desarrollo climático, exploración de recursos y otros campos afines hacen parte de este entramado.  Las contradicciones convergen en crisis positivas y negativas, haciendo ver las experiencias ocultas, que se deben razonar, argumentando con objetividad, sin caer en lo absurdo, ni caprichos injustos. El mundo de hoy debe pensar en la línea progresista. del cambio y una nueva visión de gobernar cosmológicamente.

América latina debe mirar y tener en cuenta el pensamiento del libertador Simón Bolívar Palacios y Blanco y su visión de una geopolítica de unidad, solidaridad política, económica, social y humanista. Esto es una fuerza de gobernabilidad, que, dentro de la transformación, permite descriminalizar el mundo, en una vía de valorar la gobernanza social, poder contra aquellos imperios que viven como en la colonización, atropellando la autonomía y la soberanía de los pueblos. El mundo actual debe ser perceptible en que los gobiernos deben tener un concepto universal no local.  Debemos entender que los problemas dejaron de ser únicos, para convertirse en un concepto cósmico de atención y de solución. El progresismo se entiende como un concepto sociológico para la emancipación del mundo y para ello debemos prepararnos, derrotando las maniobras sucias neoliberales que han narcotizado la humanidad para controlar los países.

Todo vicio político forja ilusiones y hace flaquear para convertir la realidad en utopías, a fin de destruir esperanzas que edifican la paz, callando la expresión del pueblo, dejando de cumplir los objetivos de gestión pública, ante silencios que enturbian las conciencias, pues todos estamos llevando un gran peso en un mundo roto por el torrente salvaje de los genocidios que nos invaden al tenor de la fuerza y el poder.

Los vicios y los vacíos destrozan el poder justo negando libertades y derechos, violando leyes sociales.  El eje de esta reflexión es dar a conocer los ultrajes de la política e invitar a la sociedad a la trazabilidad para que se entienda el manejo de la estructura estatal y social y de todos los órganos institucionales. Invita a interpretar y criticar con honestidad los procesos propios de una nación a fin de que se denuncie el fardo de vejámenes a que se somete al pueblo. La sociedad tiene que despertar del letargo de un mundo roto y bajo el fuego de los odios que el afán de la codicia despierta en los sabuesos de los imperios que con su gobernanza descalifican a los seres humanos y a la naturaleza, despojándolos de sus derechos, pues el mundo no es de nadie, sino del que lo necesita, de los pueblos que lo transforman para bien de todos.

De epígrafes se llenan los discursos retóricos, las cartas, los acuerdos, los comunicados y otras expresiones que sufren la instrumentalización propia para no hacer nada en profundidad.  Permiten anuncios y foros por la paz o mejor por la muerte de la paz, emitidos con toques de estado, cual anuncio de un obituario que sentencia al mundo roto bajo diplomacias hipócritas que hoy son instrumentos de la política exterior, que entre mentiras y engaños subliminales crean un nihilismo hastiado.

La marginalidad hace presencia mediante ensayos novelescos, narraciones escritas con lenguajes irracionales que se infiltran en la conciencia limpias de los pueblos. Una infodemia circula dando vida a la información falsa que conlleva a una confusión que viaja con apuros y mal documentada, por lares externos para desacreditar el orden. Convivimos en la sociedad impura del descenso con su precariedad posdemocrática.

Borges lo decía...Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas incontrables, ese montón de espejos rotos y concluye Neruda....Si nadie nos salva de la muerte, al menos que el amor nos salve de la vida....

Lo subrayado/interpolado es nuestro.

Donald Trump y Davos aceleran la agonía de la ONU, y tratan de parar la del sistema capitalista determinista globalizado: “La democracia, la libertad y la justicia deben ser deseables aunque sólo una minoría obtenga ventajas de ellas”...


Donald Trump y Davos aceleran la agonía de la ONU, y tratan de parar la del sistema capitalista determinista globalizado: “La democracia, la libertad y la justicia deben ser deseables aunque sólo una minoría obtenga ventajas de ellas”...

Club Bilderberg – hoy Davos...



Por: Pablo Jofre Leal/escritor, periodista y analista internacional:

Las decisiones del presidente estadounidense Donald Trump, en materia de política internacional, evidencian no sólo el énfasis hegemónico y arrogante de su accionar, sino también y con absoluta certeza, su decisión de clavar el puñal en medio del corazón de lo que se suele denominar la gobernanza global (1).

Y, en lo mencionado, en forma especial, lograr la muerte por inacción de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) o al menos convertirla en un ente, aún más servil a las decisiones de Washington. No es casual que el zafio inquilino de la Casa Blanca y con ello hacer irrelevante el papel que cumple la Asamblea General, el propio Consejo de Seguridad de la ONU y al secretario general actual de este organismo, el portugués Antonio Guterres y el o la secretaria general que reemplace en el cargo al diplomático luso, decide prescindir de la ONU y sus organismos.

El pasado 8 de enero Trump retiró a su país de 66 organismos (2) con ámbitos de acción internacional, entre ellos la mitad perteneciente a la ONU. Donde muchas de las instituciones, a las cuales Trump y los suyos tienen especial animadversión, trabajan en áreas ligadas al cambio climático. Una realidad que para el multimillonario mandatario e inquilino de la Casa Blanca es simplemente un invento “zurdo”. Según Trump dichas entidades no “sirven a los intereses de Estados Unidos y tienen agendas ineficaces y hostiles” Léase, no obedecen fielmente lo dictados del régimen estadounidense.

La megalomanía, acompañada de una soberbia y arrogancia, impregnada de belicismo es parte de la personalidad de este personaje calificado patológicamente como un narciso maligno. Y que, en el plano de las relaciones internacionales ha definido su política, no sólo con su estrategia de seguridad nacional presentada a fines del año 2025 (3) sino en el firme propósito de asumir las funciones de un emperador global u otras presentaciones.

Un emperador en Estados Unidos, presidente interino en la atacada Venezuela, un “Daddy” en Europa y que a inicios del 2026 da a conocer sus intenciones de presidir, unilateralmente las funciones que cumple la ONU y convertir a su país, de facto, en quien decide lo que hay que hacer, lo que está permitido, que se debe entender por la defensa de los derechos humanos, que porciones del planeta le pertenecen por una especie de destino manifiesto.

Como también mandatar qué se hace con los gobiernos de países ocupados, invadidos, colonizados. Qué destino darles a sus habitantes y el uso posible a su tierra como lo ha sostenido en innumerables oportunidades respecto a la Franja de Gaza, avalando los crímenes, la ocupación, colonización y genocidio del pueblo palestino a manos del régimen judío sionista israelí.

Trump, evidentemente, no sostiene que sus pretensiones son asumir oficialmente las funciones asignadas a la ONU o hacerse parte de los propósitos y principios de una carta de este organismo internacional que no comparte. Lo que está haciendo es impulsar una conducta que, en la práctica y, de hecho, sustituye a los organismos que el mundo se dio tras el fin de la Segunda Guerra Mundial y que, para la administración Trump son una camisa de fuerza. El zafio mandatario considera que es la Casa Blanca quien debe resolver los conflictos internacionales, en función de sus intereses y él ser la figura central.

En medios europeos, con críticas veladas por supuesto, pues la elite política y financiera poco se atreve a interpelar a Trump sin que se desencadene una andanada de amenazas. En ese medio medroso, timorato se señala que quizás la intención de Trump no es asumir jurídicamente las competencias de la ONU, sino construir un orden internacional donde ese país tenga un rol predominante, principal, reduciendo a su más mínima expresión a aquellas instituciones multilaterales tradicionales. Una Europa siempre tratando de minimizar su realidad de nuevo patio trasero.

A mi entender, Trump desea encender el mundo. Es un desquiciado peligroso, ególatra. Un ejemplo. En carta enviada al primer ministro de Noruega Jonas Gahr Støre, Donald Trump, afirma que, al no haber recibido el Premio Nobel de la Paz ya no se siente obligado a centrarse en este objetivo. En la misiva enviada ha cuestionado la decisión noruega y la vincula con su deseo de apoderarse de Groenlandia, insistiendo en que, aunque la paz “seguirá siendo predominante, ahora puedo pensar en lo que es bueno y adecuado para Estados Unidos”. A renglón seguido sostuvo su pretendido derecho sobre Groenlandia “He hecho más por la OTAN que cualquier otra persona desde su fundación, y ahora la OTAN debería hacer algo por Estados Unidos. El mundo no estará seguro a menos que tengamos el control total y completo de Groenlandia”, declaró Trump en su nota a Støre.

El emperador Trump crea el consejo de la paz, para “legalizar” su maldita guerra...

El concepto de respeto al derecho internacional. El acatamiento a la soberanía de las naciones y su integridad territorial. La multilateralidad, le genera urticaria a Trump y ante ello surgen las críticas, insisto, siempre veladas de sus socios a la fuerza respecto a que el objetivo de Washington es usar mecanismos de propia creación en lugar de los foros internacionales clásicos como al Asamblea General de las Naciones Unidas. Ya tiene un nombre para esa creación: Consejo de la paz.

El mandatario pendenciero por esencia, violento, camorrero, verborreico y que no se arruga a la hora de mentir. El político que apoya guerras y genocidios habla de crear un Consejo de la Paz. Esto, mientras determina reducir la relevancia de instituciones multilaterales tradicionales. Un Consejo diseñado como plataforma para el liderazgo de Estados Unidos, no para mediar en conflictos globales y que en modo alguno es una alternativa a la ONU en materia de paz y seguridad. Es para imponer sus criterios, no es mediar. Reemplazar a los 193 países miembros de la ONU no es ofrecer una alternativa de gobernanza. Eso se llama imponer y avanzar a una dictadura global.

Los ataques la ONU, por parte de Trump son constantes. Ya a fines del 2025 declaró abiertamente que “quizás Estados Unidos se ha convertido en la verdadera ONU” (4) criticando al organismo internacional por su ineficacia en detener guerras y resolverlas como el caso de la contienda entre la OTAN, contra Rusia pero…indudablemente se trata de una declaración profundamente hipócrita pues ha sido precisamente Estados Unidos el que ha tenido un papel central en impulsar una guerra híbrida, en toda su extensión contra la Federación de Rusia, a partir de la OTAN y usando al régimen ucraniano como testaferro.

La invectiva de Trump en el tema ucraniano es hondamente interesada y falsa. Es una diatriba sórdida que, trata de ocultar el papel central que ocupa Washington en gran parte de los conflictos internacionales. Allí donde uno mire está la mano, los intereses de Estados Unidos y sus aliados: El ataque a Venezuela y el secuestro a su presidente. La política de máxima presión contra Cuba. Los procesos desestabilizadores y criminales contra la República Islámica de Irán que ha significado el apoyo en armas a grupos terroristas, acciones de guerra cognitiva, declaraciones y discurso llamando a derrocar al gobierno iraní.

Una convocatoria delictiva que sirvió de aval para el asesinato de cientos de civiles y policías de la sociedad iraní, destrucción de edificios gubernamentales, ataques a hospitales, zonas residenciales, bancos, incendio de mezquitas. Una operación terrorista repudiada masivamente por el pueblo de Irán que salió a la calle con millones de hombres y mujeres a defender su país, su sistema y el derecho a su soberanía.

Sumemos el soporte a la política genocida llevada a cabo por milicias fuertemente armadas en Darfur y El Fasher en Sudán, apoyados por Emiratos Árabes Unidos con el aval estadounidense y el sostén israelí. Las coacciones contra Niger, Burkina Faso y Mali en materia de impedir sus procesos de reafirmación de autodeterminación y soberanía política y económica. Las declaraciones amenazantes contra su vecino canadiense y el gobierno mexicano presidido por Claudia Sheinbaum. Como también al Brasil de Luiz Inacio Lula da Silva la Colombia de Gustavo Petro.

Las amenazas y apremios comerciales contra la República Popular de China e incluso amenazas directas contra un aliado europeo como es Dinamarca a quien se le señala que sí o sí debe entregar la isla de Groenlandia porque Washington considera que “es vital para su seguridad nacional” en esta reedición delictiva de quien es considerado el país que ha generado más agresiones, desestabilizaciones, golpes de estado e invasiones a lo largo de su breve historia como país.

Estados Unidos está regido por un peligroso narciso maligno (5) Un personaje mitómano y presuntuoso que encuentra su claque del mismo nivel de peligro en personajes como Benzion Mileikowsky (conocido como Benjamín Netanyahu), el presidente de Argentina Javier Milei, el acusado de narcotráfico y presidente ecuatoriano Daniel Noboa. El aspirante de dictador Nayib Bukele en El Salvador. Monarquías que llevan a cabo la las ordenes de Washington como son la de Marruecos, Arabia saudí, Emiratos Árabes Unidos, entre otras. Gobiernos como el Japón Corea del Sur, Australia y Taiwán, dispuesto a incrementar la política de presión contra China. Aliados que además lo acompañan en esta idea que el mundo necesita otra gobernanza y que esta debe estar dirigida por Trump.

Davos y el teatro anual de los poderosos

La discusión entre la elite mundial sobre los deseos de Trump de dominar la escena mundial se escenifica en Davos. Nada bueno podrá salir de ahí para los pueblos el mundo. Una cita donde los invitados llegan en aviones privados, a un centro de lujo, con cenas y francachelas para palmotearse la espalda y definir la suerte de miles de millones de habitantes del planeta.

En Davos “los ricos” y los invitados de medio pelo – mil invitados de 130 países – se reúnen, escuchan, incluso aplauden a rabiar encendidos discursos contra el amo que los domina y los peligros que nos acechan. “Un Espíritu de Diálogo» (Spirit of Dialogue) es el lema de este 2026 para hablar de la cooperación global, la tecnología en forma especial de la IA. Economía, políticas de sostenibilidad y la inversión en personas para construir prosperidad en un mundo fragmentado. Cómo generar crecimiento y el enfrentar de mejor forma la incertidumbre económica y las tensiones geopolíticas.

Un cúmulo de discusiones donde la prosperidad de los pueblos no es parte del menú, sino de las transnacionales, fortunas billonarias, empresas energéticas entre otras. La ONU no es parte esencial de las discusiones ya que los zombies son lo que son: muertos vivientes, aunque su bandera tenga de telón de fondo las montañas nevadas de este centro turístico en el cantón de los grisones (Graubünde) en la Suiza alemana.

El Foro anual de Davos (que se realiza desde el año 1971) es la fiesta de los acaudalados y aquellos que les sirven y ostentan cargos políticos de importancia. Pero, insisto, nada bueno podrá salir para el sur global. Loas fiesta de pudientes y poderosos son encuentros de relaciones públicas, una muestra de lavado de imagen donde se confirma lo que sabemos, como lo ha hecho el primer ministro canadiense Mark Carney, al sostener que el orden global basado en normas, liderado por Estados Unidos, ha llegado a su fin (6)

“Hoy hablaré de la ruptura del orden mundial, del fin de la grata ficción y del amanecer de una realidad brutal – sostuvo Carney – Permítanme ser directo: estamos en medio de una ruptura, no de una transición…Las potencias medias deben actuar juntas porque, si no estás en la mesa, estás en el menú” Aparente franqueza, pero, en el fondo, más de lo mismo. Cómo llevar a cabo un buen entendimiento entre las grandes potencias y aquellas, que como Canadá se consideran potencias medias. El reclamo no es por el mundo, sino por aquella parte que hasta ahora ha gozado de las prebendas del poder y que se sienten amenazadas en sus privilegios.

¿El resto del planeta? ¿El otro 90% de los países del mundo? Para ellos no hay ni siquiera una grata ficción, sino que, en pleno siglo XXI seguirán luchando por el derecho a su soberanía y autodeterminación. Terminado Davos y la ONU seguirá ausente, Trump seguirá amenazando y el mundo tendrá esa espada de Damocles del zafio multimillonario pendiendo sobre nuestras cabezas

Parafraseando un famoso tema musical de Joan Manuel Serrat tras el término de Davos “Se acabó, el sol nos dice que llego el final. Por una noche se olvidó que cada uno es cada cual Y con la resaca a cuestas vuelve el pobre a su pobreza. Vuelve el rico a su riqueza. Y el señor cura a sus misas. Se despertó el bien y el mal. La zorra pobre al portal. La zorra rica al rosal y el avaro a las divisas”.

Artículo publicado en Hispantv.

1.- La gobernanza global en el siglo XXI tiene, según se señala en documentos oficiales de la ONU y organismos ligados, como es el caso de la Comisión Económica Para América Latina y el Caribe (CEPAL) tiene por objeto velar por la provisión de los bienes públicos globales, tales como la mitigación y adaptación al cambio climático, y por el cumplimiento de las metas sociales y ambientales que las Naciones Unidas ha planteado en el transcurso de las últimas décadas. https://www.cepal.org/es/publicaciones/38855-gobernanza-global-desarrollo-nuevos-desafios-prioridades-la-cooperacion#:~:text=La%20gobernanza%20global%20en%20el,transcurso%20de%20las%20%C3%BAltimas%20d%C3%A9cadas.

2.- https://www.amnesty.org/es/latest/news/2026/01/usa-international-withdrawals-tear-apart-global-cooperation/

3.- https://www.hispantv.com/noticias/opinion/636656/eeuu-estrategia-seguridad-nacional-2025

4.- https://www.europapress.es/internacional/noticia-trump-plantea-eeuu-quizas-convertido-nueva-onu-gracias-esfuerzos-paz-20251228174301.html#google_vignette

5.- https://www.facebook.com/watch/?v=1398949335298957

6.- https://ici.radio-canada.ca/rci/es/noticia/2222016/carney-en-davos-estamos-ante-el-despertar-de-una-realidad-brutal

Lo subrayado/interpolado es nuestro

Kalaallit Nunaat o Groenlandia: territorio de indígenas inuit que luchan por su supervivencia...


Kalaallit Nunaat o Groenlandia: territorio de indígenas inuit que luchan por su supervivencia...

“El escenario político es una pelea por la supervivencia de nuestra gente; se trata de poder seguir existiendo. Estamos a un pestañeo de que nos invadan y esto nos aniquilaría como pueblo”, advierte el histórico líder inuit Aqqaluk Lynge.

En entrevista con El País, Lynge, ex-autoridad del Consejo Circumpolar Inuit, hace hincapié en que la cosmovisión inuit y la del capitalismo extremo que promueve el emperador estadounidense son radicalmente opuestas. El autogobierno de Groenlandia no permite la propiedad privada del suelo, su comunidad se rige por una jerarquía muy horizontal y mantiene el principio de repartir los alimentos de quien caza entre la familia extendida y los vecinos.

En Groenlandia, la amenaza estadounidense se ha encontrado con un rechazo rotundo de la población. Miles de personas se manifestaron el sábado pasado en Nuuk, capital de Groenlandia, para denunciar los intentos de Donald Trump de anexionar la isla más grande del mundo al territorio estadounidense, en una de las protestas más multitudinarias que ha vivido el territorio en su historia.

Por su parte, la Nación Wampis, una organización indígena peruana del Amazonas, se solidariza con los inuit de Kalaallit Nunaat que por décadas han liderado luchas por derechos colectivos indígenas en el mundo y en especial de las autonomías: “Groenlandia, su territorio, no está en venta ni vacía ni quiere ser colonia de nadie”, afirman en su carta de solidaridad.

Groenlandia o Kalaallit Nunaat, tierra de los kalaallits, es un país autónomo dentro del Reino de Dinamarca, el cual está compuesto por Dinamarca, las Islas Feroe y Kalaallit Nunaat. Su territorio en el Ártico abarca 2 millones de km2 (en comparación: México tiene una superficie de 1,9 millones de km2), cuya población está compuesta por un 90 % de inuit, el nombre genérico de las culturas indígenas que habitan el Ártico.

Los inuit de Groenlandia tienen sus raíces en migraciones que se remontan a hace aproximadamente 4500 años, cuando los primeros pobladores paleoesquimales, como el pueblo Saqqaq, llegaron al sur de la isla.  Sin embargo, los inuit actuales, descendientes de la cultura Thule, se establecieron en Groenlandia hace unos 700 a 1000 años, sustituyendo a culturas anteriores como la Dorset. El estatus de autogobierno fue establecido con la Ley de Autonomía de 1979, que otorgó a Groenlandia control sobre sus propios asuntos internos, aunque Dinamarca sigue responsable de asuntos como defensa y relaciones exteriores.

Por ello, insiste en que los únicos capaces de detener a Trump son los propios estadounidenses, quienes votarán en las elecciones de medio mandato el próximo noviembre. Lynge recuerda que los lazos con Estados Unidos siempre han sido “fuertes y amigables” y tilda de traición las ambiciones del presidente republicano. “Los estadounidenses tienen que cuestionarse por qué demonios están convirtiendo a Groenlandia en su enemigo”, comenta en una videollamada. “Es un disparate”.

En Groenlandia, la amenaza estadounidense se ha encontrado con un rechazo rotundo de la población. En enero de 2025, cuando Trump empezó a hablar de sus intenciones de comprar o invadir a cualquier coste la isla ártica, se realizó una encuesta para medir el pulso de los groenlandeses. Al menos un 85% de la población votó “no” por una anexión con Estados Unidos. Un año después del sondeo, Lynge está seguro de que el porcentaje ha crecido.

Lynge conversaba con Vance y el jefe de la diplomacia de Estados Unidos, Marco Rubio, se reunieron en la Casa Blanca con representantes de los gobiernos de Dinamarca y de Groenlandia. Vivian Motzfeldt, consejera de Exteriores de la isla (también inuit), lamentó tener aún posturas diferentes: Copenhague reiteró que cualquier cesión de soberanía es algo innegociable y Trump se mantuvo firme en sus intenciones. “Para mí, la victoria de esta conversación sería que hubiera una segunda”, explica el líder inuit. “Espero que el enfoque diplomático con Estados Unidos nos dé un breve respiro. Al menos hasta la próxima explosión desde arriba”.

“Un estadounidense no duraría en Groenlandia ni un año”

Dinamarca, responsable de la defensa de Groenlandia, advirtió que un ataque a la isla acabaría con la OTAN. Asimismo, socios como Alemania, Francia, Suecia, el Reino Unido y Noruega anunciaron ejercicios militares conjuntos en respuesta a la ofensiva de Washington. Canadá y Francia también han prometido consulados en Nuuk, la capital de Groenlandia, en las próximas semanas. Esta presencia de Europa hace que Lynge respire más tranquilo. “Es la seguridad de la Unión Europea la que está en juego. Si lo hace con nosotros, ¿quién será el siguiente? Los actos de la Casa Blanca están cambiando el mundo”, zanja el representante de la comunidad.

Los inuit llevan más de un milenio resistiendo en el Ártico. Descendientes de los thule, coexistieron con los vikingos que llegaron en torno al año 900 y lograron un gobierno prácticamente autónomo de Dinamarca en 1979, tras décadas de colonización. Hoy son el pueblo originario más soberano de la región.

Lynge insiste en que solo ellos son capaces de sobrevivir en las condiciones de la isla y explotar mejor sus recursos. “Un estadounidense no duraría aquí ni un año”, dice. Es por ello que las ideas de Trump de saquear todos los minerales que atesora la isla se le hace otro de sus disparates. “Aquí la nieve lo sigue cubriendo todo. La opción de hacer minas es imposible en muchos territorios, y carísimo y complejísimo en otros. No solo necesitaría miles de millones, sino décadas”, critica. “Nosotros sabemos mejor que nadie cómo desarrollar Groenlandia. Vamos a ser los groenlandeses quienes cuidemos y desarrollemos el país”.

Bajo el hielo de Groenlandia se encuentran tierras raras, níquel, cobre, uranio, zinc y otros minerales críticos, esenciales para la supuesta transición energética, la industria tecnológica y los sistemas de defensa. El deshielo acelerado por la crisis climática está facilitando el acceso a estos recursos y abriendo nuevas rutas marítimas, lo que intensifica la competencia entre potencias.

Solidaridad con los inuit y su demanda: “Nada sobre nosotros, sin nosotros” (IWGIA) | Aqqaluk Lynge, líder inuit: “Una invasión estadounidense en Groenlandia aniquilaría nuestro pueblo” (El País) | Miles de manifestantes marchan en Groenlandia rechazando los planes de Trump (Crónica) | Antecedentes La Minuta Groenlandia: su deseo de independencia y su conflicto entre minería y agricultura (Reportaje) | Foto: CGTN

https://www.educaoaxaca.org/kalaallit-nunaat-o-groenlandia-territorio-de-indigenas-inuit-que-luchan-por-su-supervivencia/

Lo subrayado/interpolado es nuestro



miércoles, 28 de enero de 2026

¡El emperador Trump quiere quedarse con el mundo!: “La respuesta no hizo esperar, Europa permanecerá unida, coordinada y comprometida con la defensa de su soberanía”...

¡El emperador Trump quiere quedarse con el mundo!: “La respuesta no hizo esperar, Europa permanecerá unida, coordinada y comprometida con la defensa de su soberanía”...


Aram Aharonian/Escritor, comunicólogo y analista internacional:


Un año después de regresar a la Casa Blanca, Donald Trump ha sumido a Estados Unidos en una crisis constitucional sólo equiparable con la guerra de Secesión: su asalto al sistema democrático amenaza con un derrotero del autoritarismo, e incluso a terminar con Naciones Unidas e intentar sustituirla por un organismo conducido por él.

En ese lapso Trump ha liderado una incursión militar en Venezuela, intentando convertirlo en una especie de protectorado, y amenaza con anexionarse Groenlandia, en una campaña imperialista que dejó en shock a Europa. Trump simplemente ha empezado a hacer fuera de Estados Unidos lo que lleva todo este tiempo haciendo dentro del país: imponer su voluntad por la fuerza.

Las naciones europeas no deberían sorprenderse de que el republicano trate a un país y sus habitantes como si fuesen un lote baldío. Después de todo, así es como gran parte de Europa ha tratado a América, África, Asia y Oceanía desde el siglo XVI; los estadunidenses a todo el continente americano (más Hawai y Filipinas) desde el momento de su independencia, y los israelíes a Palestina a partir de 1948. Lo novedoso, entonces, es que Washington ejerza sobre sus incondicionales aliados occidentales una violencia que los integrantes de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) hasta ahora habían reservado para la extinta Unión Soviética y el resto del Sur Global.

Ya había ofrecido un ejemplo tan grotesco como elocuente de esta insolencia al dirigirse a senadores de su partido, cuando dedicó seis minutos de su discurso a mofarse de su homólogo Emmanuel Macron. Imitando lo que cree es el acento francés, Trump relató la manera en que, según su versión, humilló a Macron y lo obligó a elevar el precio de los medicamentos a cambio de abstenerse de elevar los aranceles sobre todos los productos franceses.

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el presidente del Consejo Europeo, Antonio Costa, expusieron en redes sociales, en mensajes separados pero similares, que la Unión Europea es “plenamente solidaria” con Dinamarca y Groenlandia.

 “Los aranceles socavarían las relaciones transatlánticas y supondrían el riesgo de una peligrosa espiral descendente. Europa permanecerá unida, coordinada y comprometida con la defensa de su soberanía”, agregaron.

 ¿Reemplazar la ONU?

En un nuevo capítulo del “alineamiento automático con Occidente”, el libertario mandatario argentino Javier Milei anunció que la Argentina será parte del “Consejo de la Paz” creado por Donald Trump para “administrar” la Franja de Gaza. El anuncio fue cuestionado incluso por el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, quien aseguró que la iniciativa “no fue coordinada con Israel”.

El "Consejo de Paz" anunciado por Donald Trump para Gaza, comenzó a tomar forma el sábado 17 de enero, con los líderes de Egipto, Turquía, Argentina, Canadá y Paraguay invitados a unirse, luego que  el presidente estadounidense nombrara a su secretario de Estado, Marco Rubio; al ex primer ministro británico, Tony Blair, y a los negociadores Jared Kushner y Steve Witkoff para esta instancia.

Trump ya se había declarado presidente del organismo que él mismo creó, mientras promueve una controvertida visión de desarrollo económico en el territorio palestino.

 Nuevo orden

Sin dudas, el nuevo orden mundial basado en la fuerza que propone Trump, provocado por el declive de la influencia de EEUU, obliga a la Unión Europea y sus Estados miembros a replantear su papel en el mundo. ¿Cómo puede Europa sobreponerse al ansia de Trump, qué herramientas tiene para plantarle cara, qué riesgos puede correr y qué papel va a ocupar en este nuevo orden mundial que si nada lo impide se fundamentará en la fuerza? Al menos, es lo que Trump ha demostrado que quiere.

Aquel concepto de que Estados Unidos era socio de la Unión Europea se fue cayendo por su propio peso: un alianza se basa, justamente, en la confianza entre las partes, pero la estrategia expansiva de Trump y sus permanentes amenazas la han dinamitado o impidieron que se concretara.

Y si Estados Unidos y Europa ya no son socios debiera existir un nuevo tipo de relacionamiento. Las preguntas que surgen es si Europa tiene herramientas para hacerle frente, si evaluó los riesgos que puede correr y si conoce cuál es el papel que se le ha asignado en este nuevo orden mundial basado en la fuerza, al mejor estilo Trump.

Pese a los grandes discursos, a los nuevos órdenes mundiales esbozados, hoy vivimos en un mundo que se rige por la violencia, la fuerza, el poder. Lo triste es que pareciera que Europa no está en condiciones de hacer frente a la prepotencia de Donald Trump, que ha marcado al mundo con su plan de expansión unilateral y el uso de la fuerza como amenaza en su política internacional. Así lo explica Stephen Miller, uno de sus principales asesores.

 Lo peor es que ya no nos preguntamos por qué ocurren estas cosas, sino que la preocupación pareciera ser la de hallar la forma de cómo el mundo puede adaptarse a ellas, o sea una reacción pasiva y totalmente reaccionaria. Hay una verdad subyacente y es que el imperialismo de EEUU, que eligió la vía de la expansión unilateral, es una reacción a un mundo que ya no dominan.

 A pesar de las continuas bravatas de su presidente, Estados Unidos es una potencia en claro declive/bancarrota que teme ser superado por China, los países de los BRICS (entre los cuales están China, Brasil, India) que desde hace al menos cinco años siguen creciendo muchos más que los del llamado G-7.

 Los analistas europeos resaltan la importancia de que Europa afiance alianzas con los BRICS: hay muchos líderes en el mundo que no aceptan las tesis que maneja Trump, y ven en China el actor más relevante en este sentido. La percepción de EEUU más como una amenaza que como un aliado ha facilitado que el talante de China parezca mucho más amigable.

 Además, Europa comparte con el país asiático, a diferencia de con el actual EEUU, la preocupación por el cambio climático, la apuesta por la electrificación o el respeto a la soberanía de los territorios.

 La estrategia del emperador Trump no es adueñarse de territorios, sino generar monopolios de empresas estadounidenses para volver a adueñarse de un mercado que ya no controla, en especial en el sector de la tecnología. Exige que Europa compre sólo su tecnología, pero es incapaz de desarrollar su propia inteligencia artificial.

 Trump tiene una aspiración monopólica del mercado tecnológico, pero la realidad muestra que su país no está a la cabeza. Entonces, pasa al poder duro ya que no tiene control del poder tecnológico y por ello quiere apoderarse de la gran reserva de petróleo, gas y de las tierras raras que posee Groenlandia, tras atacar Venezuela con la meta de apoderarse de las principales reservas petroleras del mundo.

.Y como si todo esto fuera poco, la Casa Blanca ya ha puesto precio a la isla más grande del mundo, como si fuera de su propiedad: 700.000 millones de dólares (601.800 millones de euros) por Groenlandia, según adelantó la cadena NBC News.

 Trump sacudió los mercados con su guerra comercial: aún no pudo borrarse de nuestra memoria su imagen presentando al mundo su tabla arancelaria con los impuestos universales a todos los rincones del mundo, incluídos los pingüinos de las islas antárticas Heard y McDonald. Hizo de los aranceles su principal arma diplomática. Ahora piensa pasar a la fuerza militar y a la sustitución de instituciones.

Ya desató una grave crisis diplomática y comercial con sus aliados europeos, al anunciar la imposición de aranceles punitivos a ocho países de la OTAN como represalia por su oposición a sus planes de anexión de Groenlandia, territorio autónomo de Dinamarca. En respuesta, los ocho países afectados —Dinamarca, Finlandia, Francia, Alemania, Países Bajos, Noruega, Suecia y el Reino Unido— han emitido una declaración conjunta de firme rechazo, asegurando que no se dejarán intimidar y defenderán la soberanía de Groenlandia.

¡Hay que aplicar el mecanismo de anticoerción de la Unión Europea!...

Los líderes europeos han calificado las amenazas arancelarias de “inaceptables” El presidente francés, Emmanuel Macron, pedirá la activación por primera vez del “mecanismo anticoerción” de la UE, herramienta comercial aprobada en 2023 y conocida como la ‘bazuca comercial’. Nunca antes utilizado, permite al bloque comunitario tomar represalias contra un tercer país que use medidas comerciales para coaccionar a un Estado miembro.

China, México y Canadá fueron los primeros blancos de Trump (los golpeó con aranceles del 25%), y tras llegar hasta la absurda cifra del 145% a China (los aranceles en vigor son del 40%). Ahora el Tribunal Supremo debe dictaminar si la mayoría de estos aranceles son ilegales (así lo decidió el Tribunal de Apelaciones en agosto de 2025, al considerar que abusó del poder de emergencia).

Decía Napoleón Bonaparte: podemos detenernos cuando subimos, pero nunca cuando descendemos.

*Periodista y comunicólogo uruguayo. Magíster en Integración. Creador y fundador de Telesur. Preside la Fundación para la Integración Latinoamericana (FILA) y dirige el Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE)

Lo subrayado/interpolado es nuestro.


Dos siglos de rusofobia y rechazo a la paz...

 




Dos siglos de rusofobia y rechazo a la paz...


Prof. Dr. Jeffrey D. Sachs/ académico Columbia University, NY/USA, escritor y analista internacional:

Mientras que se presume que otras potencias tienen intereses legítimos en materia de seguridad que deben equilibrarse y acomodarse, los intereses de Rusia se consideran ilegítimos. La rusofobia funciona menos como un sentimiento que como una distorsión sistémica, que socava repetidamente la propia seguridad de Europa

Europa ha rechazado repetidamente la paz con Rusia en momentos en los que era posible alcanzar un acuerdo negociado, y esos rechazos han resultado profundamente contraproducentes...

Desde el siglo XIX hasta la actualidad, las preocupaciones de Rusia en materia de seguridad no se han tratado como intereses legítimos que deben negociarse dentro de un orden europeo más amplio, sino como transgresiones morales a las que hay que resistirse, contener o anular.

La toma de Sebastopol por los ejércitos aliados británicos, el 8 de septiembre de 1855, tras un asedio de 318 días

Este patrón ha persistido a lo largo de regímenes rusos radicalmente diferentes —zarista, soviético y postsoviético—, lo que sugiere que el problema no radica principalmente en la ideología rusa, sino en la negativa persistente de Europa a reconocer a Rusia como un actor legítimo e igualitario en materia de seguridad.

Mi argumento no es que Rusia haya sido totalmente benigna o digna de confianza. Más bien, es que Europa ha aplicado sistemáticamente un doble rasero en la interpretación de la seguridad.

Europa considera normal y legítimo su propio uso de la fuerza, la creación de alianzas y la influencia imperial o posimperial, mientras que interpreta el comportamiento comparable de Rusia —especialmente cerca de sus propias fronteras— como intrínsecamente desestabilizador e inválido.

Esta asimetría ha reducido el espacio diplomático, ha deslegitimado el compromiso y ha hecho más probable la guerra. Del mismo modo, este ciclo contraproducente sigue siendo la característica definitoria de las relaciones entre Europa y Rusia en el siglo XXI.

Un fracaso recurrente a lo largo de esta historia ha sido la incapacidad —o la negativa— de Europa a distinguir entre la agresión rusa y el comportamiento de Rusia en busca de seguridad. En múltiples períodos, las acciones interpretadas en Europa como prueba del expansionismo inherente de Rusia eran, desde la perspectiva de Moscú, intentos de reducir la vulnerabilidad en un entorno percibido como cada vez más hostil.

Mientras tanto, Europa interpretó sistemáticamente la creación de sus propias alianzas, los despliegues militares y la expansión institucional como medidas benignas y defensivas, incluso cuando estas reducían directamente la profundidad estratégica de Rusia.

Esta asimetría se encuentra en el centro del dilema de seguridad que se ha convertido repetidamente en conflicto: la defensa de una parte se considera legítima, mientras que el temor de la otra se descarta como paranoia o mala fe.

La rusofobia occidental no debe entenderse principalmente como una hostilidad emocional hacia los rusos o la cultura rusa. Más bien, funciona como un prejuicio estructural arraigado en el pensamiento europeo sobre la seguridad: la suposición de que Rusia es la excepción a las normas diplomáticas normales.

Mientras que se presume que otras grandes potencias tienen intereses de seguridad legítimos que deben equilibrarse y acomodarse, los intereses de Rusia se consideran ilegítimos a menos que se demuestre lo contrario.

Esta suposición sobrevive a los cambios de régimen, ideología y liderazgo. Transforma los desacuerdos políticos en absolutos morales y hace que el compromiso resulte sospechoso. Como resultado, la rusofobia funciona menos como un sentimiento que como una distorsión sistémica, que socava repetidamente la propia seguridad de Europa.

Rastreo este patrón a lo largo de cuatro grandes arcos históricos.

En primer lugar, examino el siglo XIX, comenzando por el papel central de Rusia en el Concierto Europeo después de 1815 y su posterior transformación en la amenaza designada de Europa.

La guerra de Crimea surge como el trauma fundacional de la rusofobia moderna: una guerra elegida por Gran Bretaña y Francia a pesar de la posibilidad de un compromiso diplomático, impulsada por la hostilidad moralizada y la ansiedad imperial de Occidente más que por una necesidad inevitable.

El memorándum de Pogodin de 1853 sobre el doble rasero de Occidente, con la famosa nota marginal del zar Nicolás I —«Esta es la clave»— no es solo una anécdota, sino una clave analítica para comprender el doble rasero de Europa y los comprensibles temores y resentimientos de Rusia.

En segundo lugar, paso a los periodos revolucionario y de entreguerras, cuando Europa y Estados Unidos pasaron de la rivalidad con Rusia a la intervención directa en los asuntos internos de este país.

Examino en detalle las intervenciones militares occidentales durante la guerra civil rusa, la negativa a integrar a la Unión Soviética en un sistema de seguridad colectiva duradero en los años veinte y treinta, y el catastrófico fracaso de la alianza contra el fascismo, basándome especialmente en el trabajo de archivo de Michael Jabara Carley.

El resultado no fue la contención del poder soviético, sino el colapso de la seguridad europea y la devastación del propio continente en la segunda guerra mundial.

En tercer lugar, el inicio de la guerra fría supuso lo que debería haber sido un momento decisivo para corregir el rumbo; sin embargo, Europa volvió a rechazar la paz cuando podría haberse asegurado.

Aunque en la conferencia de Potsdam se llegó a un acuerdo sobre la desmilitarización de Alemania, Occidente posteriormente se retractó. Siete años más tarde, Occidente rechazó de manera similar la Nota de Stalin, que ofrecía la reunificación alemana basada en la neutralidad.

El rechazo de la reunificación por parte del canciller [Konrad] Adenauer [de Alemania Occidental], a pesar de las claras pruebas de que la oferta de [el líder soviético Josef] Stalin era genuina, consolidó la división de Alemania después de la guerra, afianzó la confrontación entre bloques y sumió a Europa en décadas de militarización.

Por último, analizo la era posterior a la guerra fría, cuando se le ofreció a Europa su oportunidad más clara de escapar de este ciclo destructivo. La visión del líder soviético Mijaíl Gorbachov de una «casa común europea» y la Carta de París articulaban un orden de seguridad basado en la inclusión y la indivisibilidad.

En cambio, Europa optó por la expansión de la OTAN, la asimetría institucional y una arquitectura de seguridad construida en torno a Rusia en lugar de con ella. Esta elección no fue accidental. Reflejaba una gran estrategia angloamericana —articulada de forma más explícita por Zbigniew Brzezinski— que trataba a Eurasia como el escenario central de la competencia mundial y a Rusia como una potencia a la que había que impedir que consolidara su seguridad o su influencia.

Las consecuencias de este largo patrón de desprecio por las preocupaciones de Rusia en materia de seguridad son ahora visibles con brutal claridad. La guerra en Ucrania, el colapso del control de las armas nucleares, las crisis energéticas e industriales de Europa, la nueva carrera armamentística europea, la fragmentación política de la Unión Europea (Ue) y la pérdida de autonomía estratégica de Europa no son aberraciones. Son el coste acumulado de dos siglos de negativa de Europa a tomarse en serio las preocupaciones de Rusia en materia de seguridad.

Mi conclusión es que la paz con Rusia no requiere una confianza ingenua. Requiere reconocer que no se puede construir una seguridad europea duradera negando la legitimidad de los intereses de seguridad rusos.

Mientras Europa no abandone este reflejo, seguirá atrapada en un ciclo de rechazo de la paz cuando está disponible, y pagando precios cada vez más altos por ello.

Los orígenes de la rusofobia estructural

Incendio de Moscú entre el 15 y el 18 de septiembre de 1812, después de que Napoleón tomara la ciudad 

El reiterado fracaso europeo a la hora de construir la paz con Rusia no es principalmente consecuencia de [Vladimir] Putin, el comunismo o incluso la ideología del siglo XX. Es mucho más antiguo, y es estructural. En repetidas ocasiones, Europa ha tratado las preocupaciones de Rusia en materia de seguridad no como intereses legítimos sujetos a negociación, sino como transgresiones morales.

En este sentido, la historia comienza con la transformación de Rusia en el siglo XIX, que pasó de ser un garante del equilibrio europeo a convertirse en la amenaza designada del continente.

Tras la derrota de Napoleón en 1815, Rusia no era periférica en Europa, sino central. Rusia asumió una parte decisiva de la carga para derrotar a Napoleón, y el zar fue uno de los principales artífices del acuerdo posnapoleónico.

El Concierto Europeo se construyó sobre una proposición implícita: la paz requiere que las grandes potencias se acepten mutuamente como partes interesadas legítimas y gestionen las crisis mediante la consulta, en lugar de mediante una demonología moralista...

Sin embargo, en el plazo de una generación, una contrapropuesta ganó fuerza en la cultura política británica y francesa: que Rusia no era una gran potencia normal, sino un peligro para la civilización, cuyas demandas, incluso cuando eran locales y defensivas, debían tratarse como intrínsecamente expansionistas y, por lo tanto, inaceptables.

Ese cambio se refleja con extraordinaria claridad en un documento destacado por Orlando Figes en The Crimean War: A History (2010) como escrito en el punto de inflexión entre la diplomacia y la guerra: el memorándum de Mijaíl Pogodin al zar Nicolás I en 1853.

Pogodin enumera episodios de coacción occidental y violencia imperial —conquistas lejanas y guerras elegidas— y los contrasta con la indignación de Europa ante las acciones rusas en regiones adyacentes:

– Francia le quita Argelia a Turquía, e Inglaterra anexiona casi cada año otro principado indio: nada de esto altera el equilibrio de poder; pero cuando Rusia ocupa Moldavia y Valaquia, aunque solo sea temporalmente, eso altera el equilibrio de poder.

– Francia ocupa Roma y permanece allí varios años en tiempos de paz: eso no es nada; pero Rusia solo piensa en ocupar Constantinopla y la paz de Europa se ve amenazada. Los ingleses declaran la guerra a los chinos, que, al parecer, los han ofendido: nadie tiene derecho a intervenir; pero Rusia está obligada a pedir permiso a Europa si se pelea con su vecino.

– Inglaterra amenaza a Grecia para apoyar las falsas pretensiones de un miserable judío y quema su flota: eso es una acción legítima; pero Rusia exige un tratado para proteger a millones de cristianos, y eso se considera que refuerza su posición en Oriente a expensas del equilibrio de poder.

Pogodin concluye: “No podemos esperar nada de Occidente más que odio ciego y malicia», a lo que Nicolás escribió en el margen su famosa frase: «Esa es la cuestión».

El intercambio entre Pogodin y Nicolás es importante porque enmarca la patología recurrente que se repite en todos los episodios importantes que siguen. Europa insistiría repetidamente en la legitimidad universal de sus propias reivindicaciones de seguridad, mientras que trataría las reivindicaciones de seguridad de Rusia como falsas o sospechosas.

Esta postura crea un tipo particular de inestabilidad: hace que el compromiso sea políticamente ilegítimo en las capitales occidentales, lo que provoca el colapso de la diplomacia, no porque sea imposible llegar a un acuerdo, sino porque reconocer los intereses de Rusia se considera un error moral.

«… una contrapropuesta ganó fuerza en la cultura política británica y francesa: que Rusia no era una gran potencia normal, sino un peligro para la civilización, cuyas demandas, incluso cuando eran locales y defensivas, debían tratarse como intrínsecamente expansionistas y, por lo tanto, inaceptables».

La guerra de Crimea es la primera manifestación decisiva de esta dinámica. Si bien la crisis inmediata se debió al declive del Imperio Otomano y a las disputas sobre los lugares religiosos, la cuestión más profunda era si se permitiría a Rusia asegurar una posición reconocida en la esfera del Mar Negro y los Balcanes sin ser tratada como un depredador.

Las reconstrucciones diplomáticas modernas enfatizan que la crisis de Crimea se diferenciaba de las anteriores «crisis orientales» porque los hábitos cooperativos del Concierto ya se estaban erosionando y la opinión británica se había inclinado hacia una postura antirrusa extrema que reducía el margen para llegar a un acuerdo.

Lo que hace que este episodio sea tan revelador es que se podía haber llegado a un acuerdo negociado. La Nota de Viena tenía por objeto conciliar las preocupaciones rusas con la soberanía otomana y preservar la paz. Sin embargo, fracasó debido a la desconfianza y a los incentivos políticos para la escalada.

A continuación, se produjo la guerra de Crimea. No era «necesaria» en ningún sentido estratégico estricto, sino que se hizo probable porque el compromiso británico y francés con Rusia se había vuelto políticamente tóxico.

Las consecuencias fueron contraproducentes para Europa: víctimas masivas, ausencia de una arquitectura de seguridad duradera y el afianzamiento de un reflejo ideológico que trataba a Rusia como una excepción a la negociación normal entre grandes potencias.

En otras palabras, Europa no logró la seguridad rechazando las preocupaciones de Rusia en materia de seguridad. Más bien, creó un ciclo más largo de hostilidad que dificultó la gestión de crisis posteriores.

La campaña militar de Occidente contra el bolchevismo

Tropas estadounidenses en Vladivostok, Rusia, desfilando ante el edificio ocupado por el personal checoslovaco. Los marines japoneses permanecen firmes mientras desfilan. Siberia, agosto de 1918. (Administración Nacional de Archivos y Registros de EU. NARA/Wikimedia Commons)

Este ciclo se prolongó hasta la ruptura revolucionaria de 1917. Cuando cambió el tipo de régimen de Rusia, Occidente no pasó de la rivalidad a la neutralidad, sino que se decantó por la intervención activa, considerando intolerable la existencia de un Estado ruso soberano fuera de la tutela occidental.

La Revolución Bolchevique y la posterior guerra civil dieron lugar a un complejo conflicto en el que participaron rojos, blancos, movimientos nacionalistas y ejércitos extranjeros. Es fundamental señalar que las potencias occidentales no se limitaron a «observar» el resultado.

Intervinieron militarmente en Rusia en vastos territorios —el norte de Rusia, las proximidades del Báltico, el Mar Negro, Siberia y el Lejano Oriente— con justificaciones que pasaron rápidamente de la logística de guerra al cambio de régimen.

Se puede reconocer la justificación «oficial» habitual para la intervención inicial: el temor a que los suministros de guerra cayeran en manos alemanas tras la salida de Rusia de la primera guerra mundial y el deseo de reabrir un frente oriental.

Sin embargo, una vez que Alemania se rindió en noviembre de 1918, la intervención no cesó, sino que mutó. Esta transformación explica por qué el episodio es tan importante: revela una voluntad e, incluso en medio de la devastación de la primera guerra mundial, de utilizar la fuerza para configurar el futuro político interno de Rusia.

La obra de David Foglesong America’s Secret War against Bolshevism (1995), publicada por UNC Press y que sigue siendo la referencia académica estándar para la política estadounidense, capta esto con precisión. Foglesong enmarca la intervención estadounidense no como un espectáculo secundario confuso, sino como un esfuerzo sostenido destinado a impedir que el bolchevismo consolidara su poder.

Recientes relatos históricos de gran calidad han vuelto a sacar a la luz este episodio; en particular, A Nasty Little War (2024), de Anna Reid, describe la intervención occidental como un esfuerzo mal ejecutado, pero deliberado, para derrocar la Revolución Bolchevique de 1917.

El alcance geográfico en sí mismo es instructivo, ya que socava las afirmaciones posteriores de Occidente de que los temores de Rusia eran mera paranoia. Las fuerzas aliadas desembarcaron en Arkhangelsk y Murmansk para operar en el norte de Rusia; en Siberia, entraron por Vladivostok y a lo largo de los corredores ferroviarios; las fuerzas japonesas se desplegaron a gran escala en el Lejano Oriente; y en el sur, se realizaron desembarcos y operaciones alrededor de Odessa y Sebastopol.

Incluso una visión general básica de las fechas y los teatros de la intervención —desde noviembre de 1917 hasta principios de la década de 1920— demuestra la persistencia de la presencia extranjera y la inmensidad de su alcance.

Tampoco se trataba simplemente de «asesoramiento» o de una presencia simbólica. Las fuerzas occidentales suministraron, armaron y, en algunos casos, supervisaron eficazmente las formaciones blancas. Las potencias intervencionistas se vieron envueltas en la fealdad moral y política de la política blanca, incluidos los programas reaccionarios y las atrocidades violentas.

Esta realidad hace que el episodio resulte especialmente corrosivo para las narrativas morales occidentales: Occidente no se limitó a oponerse al bolchevismo, sino que a menudo lo hizo alineándose con fuerzas cuya brutalidad y objetivos bélicos no encajaban con las posteriores reivindicaciones occidentales de legitimidad liberal.

Desde la perspectiva de Moscú, esta intervención confirmó la advertencia emitida por Pogodin décadas antes: Europa y Estados Unidos estaban dispuestos a utilizar la fuerza para determinar si se permitiría a Rusia existir como potencia autónoma.

Este episodio se convirtió en fundamental para la memoria soviética, reforzando la convicción de que las potencias occidentales habían intentado estrangular la revolución en su cuna. Demostró que la retórica moral occidental sobre la paz y el orden podía coexistir perfectamente con campañas coercitivas cuando estaba en juego la soberanía rusa.

La intervención también tuvo una consecuencia decisiva de segundo orden. Al intervenir en la guerra civil rusa, Occidente reforzó inadvertidamente la legitimidad de los bolcheviques en el ámbito nacional. La presencia de ejércitos extranjeros y fuerzas blancas respaldadas por potencias extranjeras permitió a los bolcheviques afirmar que defendían la independencia de Rusia frente al cerco imperial.

Los relatos históricos señalan sistemáticamente la eficacia con la que los bolcheviques explotaron la presencia aliada para fines propagandísticos y de legitimidad. En otras palabras, el intento de «romper» el bolchevismo contribuyó a consolidar el mismo régimen que pretendía destruir.

Esta dinámica revela el ciclo preciso de la historia: la rusofobia resulta estratégicamente contraproducente para Europa. Empuja a las potencias occidentales hacia políticas coercitivas que no resuelven el problema, sino que lo exacerban. Genera resentimientos y temores de seguridad por parte de Rusia que los líderes occidentales posteriores descartarán como paranoia irracional.

Además, reduce el espacio diplomático futuro al enseñar a Rusia, independientemente de su régimen, que las promesas occidentales de acuerdo pueden ser insinceras.

A principios de la década de 1920, cuando las fuerzas extranjeras se retiraron y el Estado soviético se consolidó, Europa ya había tomado dos decisiones fatídicas que resonarían durante el siglo siguiente.

En primer lugar, había contribuido a fomentar una cultura política que transformaba disputas manejables —como la crisis de Crimea— en guerras importantes al negarse a tratar los intereses rusos como legítimos.

En segundo lugar, demostró mediante la intervención militar su disposición a utilizar la fuerza no solo para contrarrestar la expansión rusa, sino también para configurar la soberanía rusa y los resultados del régimen.

Estas decisiones no estabilizaron Europa, sino que sembraron las semillas de catástrofes posteriores: el colapso de la seguridad colectiva entre guerras, la militarización permanente de la guerra fría y el retorno del orden posterior a la guerra fría a la escalada fronteriza.

La seguridad colectiva y la decisión contra Rusia


Liderazgo soviético en abril de 1925. En la foto tomada en el Kremlin: Joseph Stalin, secretario general del Partido Comunista. Alexei Rykov, presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo (primer ministro). Lev Kamenev, vicepresidente del Consejo de Comisarios del Pueblo (viceprimer ministro) 

A mediados de la década de 1920, Europa se enfrentaba a una Rusia que había sobrevivido a todos los intentos de destruirla: la revolución, la guerra civil, la hambruna y la intervención militar extranjera directa.

El Estado soviético que surgió era pobre, estaba traumatizado y era profundamente receloso, pero también era inequívocamente soberano. Precisamente en ese momento, Europa se enfrentó a una elección que se repetiría una y otra vez: tratar a esta Rusia como un actor legítimo en materia de seguridad cuyos intereses debían incorporarse al orden europeo, o como un outsider permanente cuyas preocupaciones podían ignorarse, aplazarse o pasarse por alto. Europa eligió lo segundo, y los costes resultaron enormes.

El legado de las intervenciones aliadas durante la guerra civil rusa proyectó una larga sombra sobre toda la diplomacia posterior. Desde la perspectiva de Moscú, Europa no solo había discrepado de la ideología bolchevique, sino que había intentado decidir por la fuerza el futuro político interno de Rusia.

Esta experiencia tuvo una gran importancia. Moldeó las suposiciones soviéticas sobre las intenciones occidentales y creó un profundo escepticismo hacia las garantías occidentales. En lugar de reconocer esta historia y buscar la reconciliación, la diplomacia europea a menudo se comportó como si la desconfianza soviética fuera irracional, un patrón que persistiría durante la guerra fría y más allá.

A lo largo de la década de 1920, Europa osciló entre el compromiso táctico y la exclusión estratégica. Tratados como el de Rapallo (1922) demostraron que Alemania, considerada una paria tras el Tratado de Versalles, podía comprometerse de forma pragmática con la Rusia soviética. Sin embargo, para Gran Bretaña y Francia, el compromiso con Moscú seguía siendo provisional e instrumental.

La URSS era tolerada cuando servía a los intereses británicos y franceses y marginada cuando no lo hacía. No se hizo ningún esfuerzo serio por integrar a Rusia en una arquitectura de seguridad europea duradera en pie de igualdad.

Esta ambivalencia se endureció hasta convertirse en algo mucho más peligroso y autodestructivo en la década de 1930. Aunque el ascenso de Hitler suponía una amenaza existencial para Europa, las principales potencias del continente consideraban repetidamente que el bolchevismo era un peligro mayor. No se trataba de mera retórica, sino que determinó decisiones políticas concretas: alianzas descartadas, garantías retrasadas y disuasión socavada.

Es esencial subrayar que no se trató únicamente de un fracaso angloamericano, ni de una historia en la que Europa se viera arrastrada pasivamente por las corrientes ideológicas. Los gobiernos europeos ejercieron su influencia, y lo hicieron de forma decisiva y desastrosa.

Francia, Gran Bretaña y Polonia tomaron repetidamente decisiones estratégicas que excluían a la Unión Soviética de los acuerdos de seguridad europeos, incluso cuando la participación soviética habría reforzado la disuasión contra la Alemania de Hitler. Los líderes franceses prefirieron un sistema de garantías bilaterales en Europa del Este que preservaba la influencia francesa, pero evitaba la integración de seguridad con Moscú.

Polonia, con el respaldo tácito de Londres y París, denegó los derechos de tránsito a las fuerzas soviéticas, incluso para defender Checoslovaquia, dando prioridad a su temor a la presencia soviética sobre el peligro inminente de la agresión alemana. No se trataba de decisiones menores.

Reflejaban la preferencia europea por gestionar el revisionismo hitleriano en lugar de incorporar el poder soviético, y por arriesgarse a la expansión nazi en lugar de legitimar a Rusia como socio de seguridad. En este sentido, Europa no solo no logró construir una seguridad colectiva con Rusia, sino que eligió activamente una lógica de seguridad alternativa que excluía a Rusia y que, en última instancia, se derrumbó bajo sus propias contradicciones.

«En lugar de reconocer esta historia y buscar la reconciliación, la diplomacia europea a menudo se comportó como si la desconfianza soviética fuera irracional, un patrón que persistiría durante la guerra fría y más allá».

En este sentido, el trabajo de archivo de Michael Jabara Carley es decisivo. Su investigación demuestra que la Unión Soviética, en particular bajo el comisario de Asuntos Exteriores Maxim Litvinov, realizó esfuerzos sostenidos, explícitos y bien documentados para construir un sistema de seguridad colectiva contra la Alemania nazi.

No se trataba de gestos vagos. Incluían propuestas de tratados de asistencia mutua, coordinación militar y garantías explícitas para Estados como Checoslovaquia. Carley muestra que la entrada de la Unión Soviética en la Sociedad de Naciones en 1934 vino acompañada de auténticos intentos rusos de poner en práctica la disuasión colectiva, y no solo de buscar legitimidad.

Sin embargo, estos esfuerzos chocaron con una jerarquía ideológica occidental en la que el anticomunismo prevalecía sobre el antifascismo. En Londres y París, las élites políticas temían que una alianza con Moscú legitimara el bolchevismo a nivel nacional e internacional.

Como documenta Carley, los responsables políticos británicos y franceses se preocupaban más por las consecuencias políticas de la cooperación con la URSS que por las amenazas de Hitler. La Unión Soviética no era tratada como un socio necesario contra una amenaza común, sino como un lastre cuya inclusión «contaminaría» la política europea.

Esta jerarquía tuvo profundas consecuencias estratégicas. La política de apaciguamiento hacia Alemania no fue solo una interpretación errónea de Hitler, sino el producto de una visión del mundo que consideraba el revisionismo nazi como algo potencialmente manejable, mientras que trataba el poder soviético como intrínsecamente subversivo.

La negativa de Polonia a permitir el tránsito de tropas soviéticas para defender Checoslovaquia —mantenida con el apoyo tácito de Occidente— es emblemática. Los Estados europeos prefirieron el riesgo de la agresión alemana a la certeza de la intervención soviética, incluso cuando esta era explícitamente defensiva.

La culminación de este fracaso se produjo en 1939. Las negociaciones anglo-francesas con la Unión Soviética en Moscú no fueron saboteadas por la duplicidad soviética, contrariamente a la mitología posterior. Fracasaron porque Gran Bretaña y Francia no estaban dispuestas a asumir compromisos vinculantes ni a reconocer a la URSS como socio militar en igualdad de condiciones.

«… estos esfuerzos chocaron con una jerarquía ideológica occidental en la que el anticomunismo prevalecía sobre el antifascismo»

La reconstrucción de Carley muestra que las delegaciones occidentales llegaron a Moscú sin autoridad para negociar, sin urgencia y sin respaldo político para concluir una alianza real. Cuando los soviéticos plantearon repetidamente la pregunta esencial de cualquier alianza —¿Están preparados para actuar?—, la respuesta, en la práctica, fue no.

El Pacto Molotov-Ribbentrop que siguió se ha utilizado desde entonces como justificación retroactiva de la desconfianza occidental. El trabajo de Carley invierte esa lógica. El pacto no fue la causa del fracaso de Europa, sino la consecuencia.

Surgió tras años de negativa de Occidente a construir una seguridad colectiva con Rusia. Fue una decisión brutal, cínica y trágica, pero tomada en un contexto en el que Gran Bretaña, Francia y Polonia ya habían rechazado la paz con Rusia en la única forma que podría haber detenido a Hitler.

El resultado fue catastrófico. Europa pagó el precio no solo con sangre y destrucción, sino también con la pérdida de su capacidad de acción.

La guerra que Europa no supo evitar destruyó su poder, agotó sus sociedades y redujo el continente al principal campo de batalla de la rivalidad entre superpotencias.

Una vez más, rechazar la paz con Rusia no trajo seguridad, sino una guerra mucho peor en condiciones mucho peores.

Cabría esperar que la magnitud de esta catástrofe hubiera obligado a replantearse el enfoque europeo hacia Rusia después de 1945. Pero no fue así.

De Potsdam a la OTAN: la arquitectura de la exclusión

De izquierda a derecha, el primer ministro británico Winston Churchill, el presidente estadounidense Harry S. Truman y el líder soviético Josef Stalin durante la Conferencia de Potsdam, 1945

Los años inmediatamente posteriores a la guerra se caracterizaron por una rápida transición de la alianza a la confrontación. Incluso antes de que Alemania se rindiera, Churchill dio la sorprendente orden a los estrategas militares británicos de que consideraran un conflicto inmediato con la Unión Soviética.

La «Operación Impensable», redactada en 1945, preveía utilizar el poder angloamericano —e incluso unidades alemanas rearmadas— para imponer la voluntad occidental a Rusia en 1945 o poco después.

Aunque el plan se consideró militarmente poco realista y finalmente se archivó, su mera existencia revela lo profundamente arraigada que estaba la idea de que el poder ruso era ilegítimo y debía ser restringido por la fuerza si fuera necesario.

La diplomacia occidental con la Unión Soviética fracasó de manera similar. Europa debería haber reconocido que la Unión Soviética había soportado la mayor parte del peso de la derrota de Hitler —con 27 millones de víctimas— y que las preocupaciones de Rusia en materia de seguridad con respecto al rearme alemán eran totalmente reales.

Europa debería haber interiorizado la lección de que una paz duradera requería la acomodación explícita de las principales preocupaciones de Rusia en materia de seguridad, sobre todo la prevención de una Alemania remilitarizada que pudiera volver a amenazar las llanuras orientales de Europa.

Los imperios que regirán la Alemania dela posguerra...

En términos diplomáticos formales, esa lección fue aceptada inicialmente. En Yalta y, de manera más decisiva, en Potsdam en el verano de 1945, los aliados victoriosos llegaron a un claro consenso sobre los principios básicos que regirían la Alemania de la posguerra: desmilitarización, desnazificación, democratización, descartelización y reparaciones.

Alemania debía ser tratada como una unidad económica única; sus fuerzas armadas debían ser desmanteladas; y su futura orientación política debía determinarse sin compromisos de rearme o alianzas.

Para la Unión Soviética, estos principios no eran abstractos, sino existenciales. En dos ocasiones en treinta años, Alemania había invadido Rusia, causando una devastación sin parangón en la historia europea.

Las pérdidas soviéticas en la segunda guerra mundial dieron a Moscú una perspectiva de seguridad que no se puede entender sin reconocer ese trauma. La neutralidad y la desmilitarización permanente de Alemania no eran moneda de cambio, sino las condiciones mínimas para un orden posbélico estable desde el punto de vista soviético.

Winston Churchill, Harry Truman, Joseph Stalin

En la Conferencia de Potsdam, celebrada en julio de 1945, se reconocieron formalmente estas preocupaciones. Los Aliados acordaron que no se permitiría a Alemania reconstituir su poderío militar. El lenguaje de la conferencia fue explícito: se debía impedir que Alemania «volviera a amenazar jamás a sus vecinos o a la paz mundial».

La Unión Soviética aceptó la división temporal de Alemania en zonas de ocupación precisamente porque esta división se planteó como una necesidad administrativa, no como un acuerdo geopolítico permanente.

Sin embargo, casi de inmediato, las potencias occidentales comenzaron a reinterpretar —y luego a desmantelar silenciosamente— estos compromisos. El cambio se produjo porque las prioridades estratégicas de Estados Unidos y Gran Bretaña cambiaron. Como demuestra Melvyn Leffler en A Preponderance of Power (1992), los planificadores estadounidenses rápidamente llegaron a considerar que la recuperación económica alemana y la alineación política con Occidente eran más importantes que mantener una Alemania desmilitarizada aceptable para Moscú.

La Unión Soviética, que antes era un aliado indispensable, pasó a ser considerada un adversario potencial cuya influencia en Europa debía contenerse.

Esta reorientación precedió a cualquier crisis militar formal de la guerra fría. Mucho antes del bloqueo de Berlín, la política occidental comenzó a consolidar las zonas occidentales económica y políticamente. La creación de la Bizona en 1947, seguida de la Trizona, contradijo directamente el principio de Potsdam de que Alemania sería tratada como una sola unidad económica.

La introducción de una moneda separada en las zonas occidentales en 1948 no fue un ajuste técnico, sino un acto político decisivo que hizo que la división de Alemania fuera funcionalmente irreversible. Desde la perspectiva de Moscú, estas medidas fueron revisiones unilaterales del acuerdo de posguerra.

La respuesta soviética —el bloqueo de Berlín— se ha descrito a menudo como el primer acto de agresión de la guerra fría. Sin embargo, en su contexto, parece menos un intento de apoderarse de Berlín Occidental que un esfuerzo coercitivo para forzar el retorno al gobierno de las cuatro potencias y evitar la consolidación de un Estado occidental alemán independiente.

Independientemente de si se juzga acertado el bloqueo, su lógica se basaba en el temor de que Occidente estuviera desmantelando el marco de Potsdam sin negociación alguna. Si bien el puente aéreo resolvió la crisis inmediata, no abordó la cuestión subyacente: el abandono de una Alemania unificada y desmilitarizada.

La ruptura decisiva se produjo con el estallido de la guerra de Corea en 1950. En Washington, el conflicto no se interpretó como una guerra regional con causas específicas, sino como una prueba de una ofensiva comunista global monolítica. Esta interpretación reduccionista tuvo profundas consecuencias para Europa.

Proporcionó una sólida justificación política para el rearme de Alemania Occidental, algo que se había descartado explícitamente solo unos años antes. La lógica se formuló ahora en términos tajantes: sin la participación militar alemana, Europa Occidental no podía defenderse.

Este momento fue un punto de inflexión. La remilitarización de Alemania Occidental no fue impuesta por la acción soviética en Europa, sino que fue una elección estratégica de Estados Unidos y sus aliados en respuesta al marco globalizado de la guerra fría que había construido Estados Unidos.

Reino Unido y Francia, a pesar de sus profundas inquietudes históricas sobre el poder alemán, accedieron bajo la presión estadounidense. Cuando fracasó la propuesta de la Comunidad Europea de Defensa —un medio para controlar el rearme alemán—, la solución adoptada fue aún más trascendental: la adhesión de Alemania Occidental a la OTAN en 1955.

Desde la perspectiva soviética, esto representaba el colapso definitivo del acuerdo de Potsdam. Alemania ya no era neutral. Ya no estaba desmilitarizada. Ahora formaba parte de una alianza militar orientada explícitamente contra la URSS.

Este era precisamente el resultado que los líderes soviéticos habían tratado de evitar desde 1945 y que el Acuerdo de Potsdam había sido diseñado para impedir. Es esencial subrayar la secuencia, ya que a menudo se malinterpreta o se invierte. La división y la remilitarización de Alemania no fueron el resultado de las acciones rusas.

Cuando Stalin hizo su oferta de reunificación alemana basada en la neutralidad en 1952, las potencias occidentales ya habían encaminado a Alemania hacia la integración en la alianza y el rearme. La Nota de Stalin no fue un intento de descarrilar una Alemania neutral, sino un intento serio, documentado y finalmente rechazado de revertir un proceso que ya estaba en marcha.

Desde esta perspectiva, el acuerdo inicial de la guerra fría no parece una respuesta inevitable a la intransigencia soviética, sino otro ejemplo en el que Europa y Estados Unidos optaron por subordinar las preocupaciones de seguridad rusas a la arquitectura de la alianza de la OTAN.

La neutralidad de Alemania no fue rechazada porque fuera inviable, sino porque entraba en conflicto con una visión estratégica occidental que daba prioridad a la cohesión del bloque y al liderazgo estadounidense sobre un orden de seguridad europeo inclusivo.

Los costes de esta elección fueron inmensos y duraderos. La división de Alemania se convirtió en la línea divisoria central de la guerra fría. Europa se militarizó de forma permanente y se desplegaron armas nucleares por todo el continente.

La seguridad europea se externalizó a Washington, con toda la dependencia y la pérdida de autonomía estratégica que ello conllevaba. Además, se reforzó una vez más la convicción soviética de que Occidente reinterpretaría los acuerdos cuando le conviniera.

Este contexto es indispensable para comprender la Nota de Stalin de 1952. No fue un «rayo caído del cielo», ni una maniobra cínica ajena a la historia previa. Fue una respuesta urgente a un acuerdo de posguerra que ya se había roto, otro intento, como tantos otros antes y después, de garantizar la paz a través de la neutralidad, solo para ver cómo Occidente rechazaba esa oferta.

1952: El rechazo de la reunificación alemana

De izquierda a derecha: el primer ministro francés Pierre Mendes-France, el canciller de Alemania Occidental Konrad Adenauer, el ministro de Asuntos Exteriores británico Anthony Eden y el ministro de Asuntos Exteriores estadounidense John Foster Dulles se reúnen en París para tratar el rearme de Alemania Occidental, 20 de octubre de 1954

Vale la pena examinar la nota de Stalin con mayor detalle.

El llamamiento de Stalin a una Alemania reunificada y neutral no era ambiguo, provisional ni insincero. Como ha demostrado de manera concluyente Rolf Steininger en The German Question: The Stalin Note of 1952 and the Problem of Reunification (1990), Stalin propuso la reunificación alemana bajo condiciones de neutralidad permanente, elecciones libres, retirada de las fuerzas de ocupación y un tratado de paz garantizado por las grandes potencias.

No se trataba de un gesto propagandístico, sino de una oferta estratégica basada en el temor genuino de la Unión Soviética al rearme alemán y a la expansión de la OTAN.

La investigación de Steininger en los archivos es devastadora para la narrativa occidental habitual. Especialmente decisivo es el memorándum secreto de 1955 de Sir Ivone Kirkpatrick, en el que informa de la admisión del embajador alemán de que el canciller Adenauer sabía que la Nota de Stalin era auténtica. Adenauer la rechazó de todos modos.

No temía la mala fe soviética, sino la democracia alemana. Le preocupaba que un futuro Gobierno alemán pudiera optar por la neutralidad y la reconciliación con Moscú, lo que socavaría la integración de Alemania Occidental en el bloque occidental.

En esencia, Occidente rechazó la paz y la reunificación no porque fueran imposibles, sino porque resultaban políticamente inconvenientes para el sistema de alianzas occidentales. Dado que la neutralidad amenazaba la arquitectura emergente de la OTAN, tuvo que ser descartada como una «trampa».

Las élites europeas no solo fueron coaccionadas para alinearse con el Atlántico, sino que lo aceptaron activamente. El rechazo del canciller Adenauer a la neutralidad alemana no fue un acto aislado de deferencia hacia Washington, sino que reflejó un consenso más amplio entre las élites de Europa occidental, que preferían la tutela estadounidense a la autonomía estratégica y a una Europa unificada.

La neutralidad amenazaba no solo la arquitectura de la OTAN, sino también el orden político de la posguerra en el que estas élites obtenían seguridad, legitimidad y reconstrucción económica gracias al liderazgo estadounidense. Una Alemania neutral habría obligado a los Estados europeos a negociar directamente con Moscú en pie de igualdad, en lugar de operar dentro de un marco liderado por Estados Unidos que los aislaba de tal compromiso.

En este sentido, el rechazo de Europa a la neutralidad fue también un rechazo a la responsabilidad: el atlantismo ofrecía seguridad sin las cargas de la coexistencia diplomática con Rusia, incluso a costa de la división permanente de Europa y la militarización del continente.

En marzo de 1954, la Unión Soviética solicitó su adhesión a la OTAN, argumentando que de ese modo la OTAN se convertiría en una institución para la seguridad colectiva europea. Estados Unidos y sus aliados rechazaron inmediatamente la solicitud por considerar que diluiría la alianza e impediría la adhesión de Alemania a la OTAN.

Estados Unidos y sus aliados, incluida la propia Alemania Occidental, rechazaron una vez más la idea de una Alemania neutral y desmilitarizada y de un sistema de seguridad europeo basado en la seguridad colectiva en lugar de en bloques militares.

El Tratado Estatal de Austria de 1955 puso aún más de manifiesto el cinismo de esta lógica. Austria aceptó la neutralidad, las tropas soviéticas se retiraron y el país se volvió estable y próspero. El «efecto dominó» geopolítico que se había pronosticado no se produjo. El modelo austríaco demuestra que lo que se logró allí podría haberse logrado en Alemania, lo que podría haber puesto fin a la guerra fría décadas antes.

La diferencia entre Austria y Alemania no radicaba en la viabilidad, sino en la preferencia estratégica. Europa aceptó la neutralidad en Austria, donde no amenazaba el orden hegemónico liderado por Estados Unidos, pero la rechazó en Alemania, donde sí lo hacía.

Las consecuencias de estas decisiones fueron inmensas y duraderas. Alemania permaneció dividida durante casi cuatro décadas. El continente se militarizó a lo largo de una línea divisoria que lo atravesaba por el centro, y se desplegaron armas nucleares en todo el territorio europeo.

La seguridad europea pasó a depender del poder estadounidense y de las prioridades estratégicas de Estados Unidos, lo que convirtió al continente, una vez más, en el principal escenario de la confrontación entre las grandes potencias.

En 1955, el patrón estaba firmemente establecido. Europa solo aceptaría la paz con Rusia cuando se alineara perfectamente con la arquitectura estratégica occidental liderada por Estados Unidos.

Cuando la paz requería una verdadera adaptación a los intereses de seguridad rusos —neutralidad alemana, no alineación, desmilitarización o garantías compartidas—, se rechazaba sistemáticamente. Las consecuencias de esta negativa se desarrollarían en las décadas siguientes.

Treinta años de rechazo a las preocupaciones de Rusia en materia de seguridad

El líder soviético Mijaíl Gorbachov en la Puerta de Brandeburgo en 1986 durante una visita a Alemania Oriental 

Si hubo un momento en el que Europa pudo haber roto de forma decisiva con su larga tradición de rechazar la paz con Rusia, fue al final de la guerra fría. A diferencia de 1815, 1919 o 1945, este no fue un momento impuesto únicamente por la derrota militar, sino que fue un momento moldeado por una elección.

La Unión Soviética no se derrumbó bajo una lluvia de fuego de artillería, sino que se retiró y se desarmó unilateralmente. Bajo el mandato de Mijaíl Gorbachov, la Unión Soviética renunció a la fuerza como principio organizativo del orden europeo.

Tanto la Unión Soviética como, posteriormente, la Rusia de Boris Yeltsin aceptaron la pérdida del control militar sobre Europa Central y Oriental y propusieron un nuevo marco de seguridad basado en la inclusión en lugar de en bloques rivales.

Lo que siguió no fue un fracaso de la imaginación rusa, sino un fracaso de Europa y del sistema atlántico liderado por Estados Unidos a la hora de tomarse en serio esa oferta.

El concepto de Mijaíl Gorbachov de una “casa común europea” no era una mera floritura retórica. Era una doctrina estratégica basada en el reconocimiento de que las armas nucleares habían convertido la política tradicional del equilibrio de poder en un suicidio.

Gorbachov imaginaba una Europa en la que la seguridad fuera indivisible, en la que ningún Estado reforzara su seguridad a expensas de otro y en la que las estructuras de alianza de la guerra fría dieran paso gradualmente a un marco paneuropeo. Su discurso de 1989 ante el Consejo de Europa en Estrasburgo dejó clara esta visión, haciendo hincapié en la cooperación, las garantías mutuas de seguridad y el abandono de la fuerza como instrumento político.

La Carta de París para una Nueva Europa, firmada en noviembre de 1990, codificó estos principios, comprometiendo a Europa con la democracia, los derechos humanos y una nueva era de seguridad cooperativa.

En esta coyuntura, Europa se enfrentaba a una elección fundamental. Podía haber tomado en serio estos compromisos y haber construido una arquitectura de seguridad centrada en la [Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa] OSCE, en la que Rusia fuera un participante en igualdad de condiciones, un garante de la paz en lugar de un objeto de contención.

Alternativamente, podía preservar la jerarquía institucional de la guerra fría mientras abrazaba retóricamente los ideales de la posguerra fría. Europa eligió lo segundo.

La OTAN no se disolvió, ni se transformó en un foro político, ni se subordinó a una institución de seguridad paneuropea. Al contrario, se expandió. La justificación ofrecida públicamente era defensiva: la ampliación de la OTAN estabilizaría Europa del Este, consolidaría la democracia y evitaría un vacío de seguridad.

Sin embargo, esta explicación ignoraba un hecho crucial que Rusia había articulado repetidamente y que los responsables políticos occidentales reconocían en privado: la expansión de la OTAN afectaba directamente a las principales preocupaciones de Rusia en materia de seguridad, no de forma abstracta, sino geográfica, histórica y psicológicamente.

La controversia sobre las garantías dadas por Estados Unidos y Alemania durante las negociaciones para la reunificación alemana ilustra la cuestión más profunda. Los líderes occidentales insistieron posteriormente en que no se habían hecho promesas legalmente vinculantes con respecto a la ampliación de la OTAN, ya que no se había codificado ningún acuerdo por escrito.

Sin embargo, la diplomacia no solo funciona a través de tratados firmados, sino también a través de expectativas, entendimientos y buena fe. Los documentos desclasificados y los relatos contemporáneos confirman que se dijo repetidamente a los líderes soviéticos que la OTAN no se expandiría hacia el este más allá de Alemania. Estas garantías determinaron la aceptación soviética de la reunificación alemana, una concesión de enorme importancia estratégica.

Cuando la OTAN se expandió de todos modos, inicialmente a instancias de Estados Unidos, Rusia lo vivió no como un ajuste técnico legal, sino como una profunda traición al acuerdo que había facilitado la reunificación alemana.

Con el tiempo, los gobiernos europeos interiorizaron cada vez más la expansión de la OTAN como un proyecto europeo, y no solo estadounidense. La reunificación alemana dentro de la OTAN se convirtió en la norma y no en la excepción.

La ampliación de la Ue y la ampliación de la OTAN avanzaron en paralelo, reforzándose mutuamente y desplazando otros acuerdos de seguridad alternativos, como la neutralidad o la no alineación. Incluso Alemania, con su tradición de Ostpolitik y sus profundos lazos económicos con Rusia, subordinó progresivamente sus políticas a favor de la conciliación a la lógica de la alianza.

Los líderes europeos plantearon la expansión como un imperativo moral más que como una elección estratégica, aislándola así del escrutinio y deslegitimando las objeciones rusas. Al hacerlo, Europa renunció a gran parte de su capacidad para actuar como actor independiente en materia de seguridad, vinculando su destino cada vez más estrechamente a una estrategia atlántica que privilegiaba la expansión sobre la estabilidad.

Aquí es donde el fracaso de Europa se hace más evidente. En lugar de reconocer que la expansión de la OTAN contradecía la lógica de la seguridad indivisible articulada en la Carta de París, los líderes europeos trataron las objeciones rusas como ilegítimas, como residuos de la nostalgia imperial en lugar de expresiones de una auténtica preocupación por la seguridad.

Se invitó a Rusia a consultar, pero no a decidir. El Acta Fundacional OTAN-Rusia de 1997 institucionalizó esta asimetría: diálogo sin veto ruso, asociación sin paridad rusa. La arquitectura de la seguridad europea se estaba construyendo alrededor de Rusia, y a pesar de Rusia, no con Rusia.

La advertencia de George Kennan en 1997 de que la expansión de la OTAN sería un “error fatídico” capturó el riesgo estratégico con notable claridad. Kennan no argumentó que Rusia fuera virtuosa; argumentó que humillar y marginar a una gran potencia en un momento de debilidad produciría resentimiento, revanchismo y militarización.

Su advertencia fue descartada como realismo anticuado, pero la historia posterior ha reivindicado su lógica casi punto por punto.

El fundamento ideológico de este rechazo se encuentra explícitamente en los escritos de Zbigniew Brzezinski. En El gran tablero de ajedrez (1997) y en su ensayo de Foreign Affairs «Una geoestrategia para Eurasia» (1997), Brzezinski articuló una visión de la primacía estadounidense basada en el control de Eurasia.

Zbigniew-Brzezinski

Sostuvo que Eurasia era el «supercontinente axial» y que el dominio global de Estados Unidos dependía de impedir el surgimiento de cualquier potencia capaz de dominarlo. En este marco, Ucrania no era simplemente un Estado soberano con su propia trayectoria, sino un pivote geopolítico. «Sin Ucrania», escribió en una famosa frase, «Rusia deja de ser un imperio».

No se trataba de una digresión académica, sino de una declaración programática de la gran estrategia imperial estadounidense. En esta visión del mundo, las preocupaciones de Rusia en materia de seguridad no son intereses legítimos que deban tenerse en cuenta en nombre de la paz, sino obstáculos que deben superarse en nombre de la primacía estadounidense.

Europa, profundamente arraigada en el sistema atlántico y dependiente de las garantías de seguridad de Estados Unidos, interiorizó esta lógica, a menudo sin reconocer todas sus implicaciones. El resultado fue una política de seguridad europea que privilegiaba sistemáticamente la expansión de la alianza por encima de la estabilidad, y las señales morales por encima de un acuerdo duradero.

Las consecuencias se hicieron evidentes en 2008. En la cumbre de la OTAN celebrada en Bucarest, la alianza declaró que Ucrania y Georgia «se convertirán en miembros de la OTAN». Esta declaración no iba acompañada de un calendario claro, pero su significado político era inequívoco.

Cruzó lo que los funcionarios rusos de todo el espectro político habían descrito durante mucho tiempo como una línea roja. Que esto se entendiera de antemano es indiscutible.

William Burns, entonces embajador de Estados Unidos en Moscú, informó en un cable titulado «NYET MEANS NYET» (No significa no) que la adhesión de Ucrania a la OTAN se percibía en Rusia como una amenaza existencial, que unía a liberales, nacionalistas y partidarios de la línea dura por igual. La advertencia era explícita. Fue ignorada.

Desde la perspectiva de Rusia, el patrón era ahora inconfundible. Europa y Estados Unidos invocaban el lenguaje de las normas y la soberanía cuando les convenía, pero descartaban como ilegítimas las principales preocupaciones de Rusia en materia de seguridad.

Extraer las mismas lecciones

12 de febrero de 2015: El presidente ruso Vladimir Putin, el presidente francés François Hollande, la canciller alemana Angela Merkel y el presidente ucraniano Petro Poroshenko en las conversaciones del formato Normandía en Minsk, Bielorrusia. (Kremlin)

La lección que extrajo Rusia fue la misma que había extraído tras la guerra de Crimea, tras las intervenciones aliadas, tras el fracaso de la seguridad colectiva y tras el rechazo de la Nota de Stalin: la paz solo se ofrecería en condiciones que preservaran el dominio estratégico occidental.

Por lo tanto, la crisis que estalló en Ucrania en 2014 no fue una aberración, sino una culminación. El levantamiento de Maidán, el colapso del Gobierno de [el presidente ucraniano Víktor] Yanukóvich, la anexión de Crimea por parte de Rusia y la guerra en Donbás se desarrollaron dentro de una arquitectura de seguridad que ya estaba al límite.

Estados Unidos alentó activamente el golpe que derrocó a Yanukóvich, incluso conspirando en segundo plano sobre la composición del nuevo Gobierno. Cuando la región de Donbás estalló en oposición al golpe de Maidán, Europa respondió con sanciones y condenas diplomáticas, enmarcando el conflicto como una simple obra moralizante.

Sin embargo, incluso en esta etapa, era posible llegar a un acuerdo negociado. Los acuerdos de Minsk, en particular el Minsk II de 2015, proporcionaron un marco para la desescalada del conflicto, la autonomía del Donbás y la reintegración de Ucrania y Rusia en un orden económico europeo ampliado.

Minsk II representaba un reconocimiento —aunque renuente— de que la paz requería un compromiso y que la estabilidad de Ucrania dependía de abordar tanto las divisiones internas como las preocupaciones de seguridad externas. Lo que finalmente destruyó Minsk II fue la resistencia occidental.

Cuando los líderes occidentales sugirieron más tarde que Minsk II había servido principalmente para «ganar tiempo» para que Ucrania se fortaleciera militarmente, el daño estratégico fue grave. Desde la perspectiva de Moscú, esto confirmó la sospecha de que la diplomacia occidental era cínica e instrumental en lugar de sincera, que los acuerdos no estaban destinados a ser implementados, sino solo a gestionar la imagen.

En 2021, la arquitectura de seguridad europea se había vuelto insostenible. Rusia presentó proyectos de propuestas en las que pedía negociaciones sobre la expansión de la OTAN, el despliegue de misiles y las maniobras militares, precisamente las cuestiones sobre las que había advertido durante décadas.

Estas propuestas fueron rechazadas de plano por Estados Unidos y la OTAN. La expansión de la OTAN se declaró no negociable. Una vez más, Europa y Estados Unidos se negaron a considerar las principales preocupaciones de Rusia en materia de seguridad como temas legítimos de negociación. La guerra fue la consecuencia.

Cuando las fuerzas rusas entraron en Ucrania en febrero de 2022, Europa calificó la invasión de «injustificada». Si bien esta descripción absurda puede servir a una narrativa propagandística, oscurece por completo la historia. La acción rusa no surgió de la nada.

Surgió de un orden de seguridad que se había negado sistemáticamente a integrar las preocupaciones de Rusia y de un proceso diplomático que había descartado la negociación sobre las cuestiones que más importaban a Rusia.

Incluso entonces, la paz no era imposible. En marzo y abril de 2022, Rusia y Ucrania entablaron negociaciones en Estambul que dieron lugar a un borrador detallado del acuerdo marco. Ucrania propuso la neutralidad permanente con garantías de seguridad internacionales; Rusia aceptó el principio.

El marco abordaba las limitaciones de la fuerza, las garantías y un proceso más largo para las cuestiones territoriales. No se trataba de documentos fantasiosos. Eran borradores serios que reflejaban las realidades del campo de batalla y las limitaciones estructurales de la geografía.

Sin embargo, las conversaciones de Estambul fracasaron cuando Estados Unidos y el Reino Unido intervinieron y dijeron a Ucrania que no firmara. Como explicó más tarde Boris Johnson, lo que estaba en juego era nada menos que la hegemonía occidental.

El fracaso del Proceso de Estambul demuestra concretamente que la paz en Ucrania era posible poco después del inicio de la operación militar especial de Rusia. El acuerdo se redactó y casi se completó, pero fue abandonado a instancias de Estados Unidos y Reino Unido.

En 2025, la sombría ironía quedó clara. El mismo marco de Estambul resurgió como punto de referencia en los renovados esfuerzos diplomáticos. Tras un inmenso derramamiento de sangre, la diplomacia volvió a un compromiso plausible.

Este es un patrón habitual en las guerras marcadas por dilemas de seguridad: los acuerdos iniciales que se rechazan por considerarse prematuros reaparecen más tarde como trágicas necesidades. Sin embargo, incluso ahora, Europa se resiste a una paz negociada.

Para Europa, los costes de esta larga negativa a tomar en serio las preocupaciones de Rusia en materia de seguridad son ahora inevitables y enormes. Europa ha sufrido graves pérdidas económicas debido a la interrupción del suministro energético y las presiones de desindustrialización.

Se ha comprometido a un rearme a largo plazo con profundas consecuencias fiscales, sociales y políticas. La cohesión política dentro de las sociedades europeas se ha visto gravemente afectada por la tensión de la inflación, las presiones migratorias, el cansancio de la guerra y los puntos de vista divergentes entre los gobiernos europeos.

La autonomía estratégica de Europa ha disminuido, ya que Europa vuelve a ser el principal escenario de la confrontación entre las grandes potencias, en lugar de un polo independiente.

Quizás lo más peligroso es que el riesgo nuclear ha vuelto a ocupar un lugar central en los cálculos de seguridad europeos. Por primera vez desde la guerra fría, los ciudadanos europeos vuelven a vivir bajo la sombra de una posible escalada entre potencias con armas nucleares.

Europeos siguen el libreto de Trump

Esto no es solo el resultado de un fracaso moral. Es el resultado de la negativa estructural de Occidente, que se remonta a la época de Pogodin, a reconocer que la paz en Europa no puede construirse negando las preocupaciones de Rusia en materia de seguridad. La paz solo puede construirse negociándolas.

La tragedia de la negación por parte de Europa de las preocupaciones de Rusia en materia de seguridad es que se convierte en un círculo vicioso. Cuando las preocupaciones de Rusia en materia de seguridad se descartan por ilegítimas, los líderes rusos tienen menos incentivos para recurrir a la diplomacia y más incentivos para cambiar la situación sobre el terreno.

Los responsables políticos europeos interpretan entonces estas acciones como una confirmación de sus sospechas originales, en lugar de como el resultado totalmente predecible de un dilema de seguridad que ellos mismos crearon y luego negaron.

Con el tiempo, esta dinámica reduce el espacio diplomático hasta que la guerra parece para muchos no una opción, sino una inevitabilidad. Sin embargo, la inevitabilidad es artificial. No surge de una hostilidad inmutable, sino de la persistente negativa europea a reconocer que una paz duradera requiere aceptar como reales los temores de la otra parte, incluso cuando esos temores son inconvenientes.

La tragedia es que Europa ha pagado repetidamente un alto precio por esta negativa. Lo pagó en la guerra de Crimea y sus secuelas, en las catástrofes de la primera mitad del siglo XX y en décadas de división durante la guerra fría. Y ahora lo está pagando de nuevo. La rusofobia no ha hecho que Europa sea más segura. La ha empobrecido, la ha dividido más, la ha militarizado y la ha hecho más dependiente del poder externo.

La ironía añadida es que, si bien esta rusofobia estructural no ha debilitado a Rusia a largo plazo, sí ha debilitado repetidamente a Europa. Al negarse a tratar a Rusia como un actor normal en materia de seguridad, Europa ha contribuido a generar la inestabilidad que tanto teme, al tiempo que ha incurrido en costes cada vez mayores en sangre, tesoro, autonomía y cohesión.

Cada ciclo termina de la misma manera: un reconocimiento tardío de que la paz requiere negociación después de que ya se haya causado un daño inmenso. La lección que Europa aún tiene que asimilar es que el reconocimiento e e de las preocupaciones de Rusia en materia de seguridad no es una concesión al poder, sino un requisito previo para evitar sus usos destructivos.

La lección, escrita con sangre a lo largo de dos siglos, no es que se deba confiar en Rusia o en cualquier otro país en todos los aspectos. Es que Rusia y sus intereses de seguridad deben tomarse en serio.

Europa ha rechazado repetidamente la paz con Rusia, no porque no fuera posible, sino porque reconocer las preocupaciones de Rusia en materia de seguridad se consideraba erróneamente ilegítimo.

Mientras Europa no abandone ese reflejo, seguirá atrapada en un ciclo de confrontación contraproducente, rechazando la paz cuando es posible y soportando los costes mucho tiempo después.

Lo subrayado/interpolado es nuestro.

* Profesor universitario y director del Centro para el Desarrollo Sostenible de la Universidad de Columbia, donde dirigió el Instituto de la Tierra desde 2002 hasta 2016. También es presidente de la Red de Soluciones para el Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas y comisionado de la Comisión de Banda Ancha para el Desarrollo de las Naciones Unidas.