Cuba, sobreviviendo castigada por rechazar las exigencias del escudo de las Américas del amigo y socio Emperador Trump...
Prolegómeno: “Quien
tenga Patria que la honre, quien no la
tenga que la conquiste”... “Cuando menor es un país, mayor debe ser su
confianza en si mismo y su sentido de la Dignidad”...
Lic. José
Martí Pérez, Maestro libertario de la Patria Continente Latinoamericana y
Caribeña.
Estados Unidos, la hegemonía imperialista
globalizada – globalización del capital-.
Es la tiranía más despótica y
desalmada del 1% de los plutócratas empresarios dueños de la celestina universal/el
dólar, el narcotráfico y la “inteligencia artificial genocida”/IAG. La defensa
de sus sórdidos y avaros intereses en el contexto de su desvergonzado
maquiavelismo, su fría avaricia y su profunda inmoralidad, el fin justifica los
medios, lo que no puede destruir, lo
frivoliza. Se ha apropiado del nombre del Continente Americano. El cartógrafo
alemán Martin Waldseemüller al publicar su mapa del Continente Americano en
1507, en homenaje a Américo Vespucio le
dio el nombre de América. La oligarquía
empresarial plutócrata estadounidense en forma
irreflexiva y reiterativa se lo apropió. Este plagio es una
distorsión geográfica, histórica
y social...
En ninguna parte de nuestro desgraciado planeta hay
tantos tartufos hipócritas desleales y farsantes como en Estados Unidos. La
nación más corrompida, degenerada,
violenta, agresiva y dominante. No hay pueblo digno libre y soberano que no
quiera verla humillada.
Con esperanza y memoria, para todo aquel ser
humano que esté luchando por la vida y
la liberación del maldito sistema
capitalista determinista y su
régimen estadounidense imperialista, consciente
que bajo ésta patética y orwelliana
realidad “no hay destino viable para la Humanidad”...
Prof. Moreno Peralta/IWA
Secretario Ejecutivo Addhee.Ong
Reflexiona Sushovan Dhar – Viento Sur:
La respuesta es más política que judicial. La
imputación debe entenderse como parte de una campaña de presión más amplia que
incluye sanciones, restricciones al abastecimiento de petróleo, amenazas a los
socios comerciales de Cuba y llamamientos cada vez más agresivos a un cambio de
régimen por parte de figuras influyentes en Estados Unidos. Es un instrumento
más de una estrategia conocida: aumentar la presión sobre una sociedad
vulnerable con la esperanza de forzar la capitulación política.
Para comprender esta estrategia, es necesario ir
más allá de la ficción conveniente de que el conflicto entre EE UU y Cuba
comenzó cuando esta última se proclamó comunista. Las raíces de la
confrontación son mucho más profundas. Durante gran parte de los siglos XIX y
XX, Cuba ocupó un lugar especial en el imaginario geopolítico de EE UU. Desde
la teoría de la fruta madura de
John Quincy Adams hasta la Doctrina
Monroe, los sucesivos líderes estadounidenses siempre han considerado
que la isla cae naturalmente dentro de la esfera de influencia de Estados
Unidos. Por tanto, la lucha de Cuba por la independencia no ha sido nunca
tan solo una lucha contra el colonialismo español, sino también una lucha por
evitar la sustitución de una forma de dominación por otra, el colonialismo
esatdounidense
La Enmienda
Platt, impuesta apenas obtenida la independencia formal, concedió a Estados
Unidos el derecho a intervenir en los asuntos cubanos y convirtió la isla
en lo que efectivamente fue un protectorado. Las empresas estadounidenses
acudieron para dominar amplios sectores de la economía. Cuba gozaba de
soberanía política, pero dentro de unos límites minuciosamente definidos. La
dictadura de Fulgencio Batista representó la
culminación de este sistema: un régimen estrechamente vinculado a los intereses
económicos y estratégicos de EE UU, acompañado de la profundización de las
desigualdades en la sociedad cubana.
La Revolución de 1959 quebró este orden. Lo que
hizo que la Revolución Cubana resultara intolerable para Estados Unidos
no fue, al principio, su carácter socialista. La revolución se volvió
socialista en el curso de la confrontación. Lo que Estados Unidos no podía
aceptar fue la afirmación de la verdadera independencia en lo que consideraba
su propio patio trasero. La prueba de ello está meridianamente clara: en 1960,
antes de que cristalizara plenamente la confrontación de la Guerra Fría, un
alto cargo del Departamento de Estado, Lester Mallory, dijo que la mejor manera
de debilitar el apoyo popular al gobierno cubano pasaba por generar “hambre,
desesperación y derrocamiento”. Pocos documentos revelan la lógica de la
política estadounidense con tanta honestidad brutal. El objetivo no era el
diálogo o la coexistencia, sino dificultar la vida del pueblo cubano hasta el
punto de que finalmente se vuelva contra su propio gobierno.
Más de sesenta años después, el lenguaje ha
cambiado, pero la lógica subyacente sigue resultando notablemente familiar. Los
métodos han cambiado: en lugar de intentar una invasión y planear operaciones
encubiertas, ahora se utilizan sanciones, restricciones financieras, batallas
jurídicas y presiones diplomáticas, pero la premisa fundamental persiste: el Pueblo
Cubano no debe determinar el futuro de Cuba por sí solo. Vista de esta manera,
la imputación de Raúl Castro Ruz no aparece como un procedimiento judicial sino
más bien como parte de un continuum histórico mucho más
arraigado. Es otro recordatorio de que Estados Unidos sigue reservándose
“el derecho” a decidir qué clase de sistema político, gobierno y proyecto
social es aceptable dentro de su esfera de influencia.
Sin embargo, hay otra razón por la que la escalada
actual merece atención: pese a todas sus dificultades, Cuba ha sobrevivido. Sobrevivió a la invasión de Bahía de los
Cochinos. Sobrevivió al colapso de la Unión Soviética. Ha sobrevivido a
décadas de embargo, aislamiento y guerra económica. Hoy se enfrenta a una de
las crisis más graves de su historia, pero sigue siendo políticamente
independiente. Este hecho importa.
“Quien tenga Patria
que la honre, quien no la tenga que la conquiste”
La verdadera lección de Cuba no es que sea
perfecta, sino que un país pequeño, situado a 90 millas de distancia del Estado
más poderoso del mundo, se niega a renunciar al derecho a determinar su propio
futuro. Y esto durante más de seis décadas, pese a los intentos de Estados
Unidos de revertir esta decisión...
Castigo por otros medios
Si la imputación de Raúl Castro Ruz no es
ante todo una cuestión de justicia, ¿a qué se debe entonces? Los métodos
variables de ejercer el poder en el siglo XXI encierran una parte de la
respuesta: EE UU ya no necesita enviar a sus marines para
imponer su voluntad. Dispone de otros instrumentos, a menudo menos visibles,
pero igualmente efectivos.
Durante décadas, el embargo ha sido el mecanismo
principal con el que Estados Unidos ha tratado de aislar a Cuba. El
objetivo era claro: privar a la isla de recursos, limitar sus opciones
económicas e incrementar el coste del mantenimiento de un rumbo político
independiente. Sin embargo, en los últimos años la presión ha evolucionado.
Hoy, el castigo se administra a menudo a través de los bancos y no de los
buques de guerra. Una compañía naviera que hace negocios con Cuba corre el
riesgo de que la penalicen. Un banco extranjero que gestiona transacciones
cubanas puede verse investigado. Compañías de seguros, inversores, proveedores
de petróleo y socios comerciales han de calcular si tratar con Cuba supone un
riesgo excesivo. En muchos casos, simplemente se desentienden.
El resultado es que medidas que formalmente apuntan
contra el Estado cubano acaban afectando a todos los aspectos de la vida
cotidiana. Cuando no llegan los envíos de petróleo, las gasolineras no pueden
funcionar con normalidad. Cuando las transacciones financieras se complican,
resulta más difícil adquirir medicamentos. Cuando las navieras evitan los
puertos cubanos, la escasez invade toda la economía. Esta es la razón por la
que muchos mecanismos de sanciones se conciben para que operen indirectamente.
Su efectividad no solo depende de las prohibiciones legales, sino del clima de
incertidumbre y miedo. No hace falta sancionar a una empresa para que cambie de
comportamiento: a menudo basta con que quepa la posibilidad.
Las consecuencias se perciben lejos de las salas de
juntas en que se toman tales decisiones. Se ven en farmacias con los estantes
vacíos, los hospitales que tienen dificultades para encontrar equipos y los
hogares que sufren repetidos apagones. La presión económica viaja a través de
las cadenas de suministro hasta que llega a las casas de la población.
Esta estrategia más amplia ha venido acompañada
cada vez más de otro instrumento: el lawfare o acoso judicial.
La imputación de Raúl Castro Ruz es un ejemplo. La Ley
Helms-Burton es otro. A lo largo de las últimas décadas, Estados
Unidos ha tratado de convertir los mecanismos legales en instrumentos de
presión geopolítica. Intervienen tribunales, organismos sancionadores,
reclamaciones de propiedad y causas penales borrando la línea que separa la ley
de la política exterior. La finalidad no siempre radica en castigar a los
culpables. A menudo se trata de enviar un mensaje. El mensaje es que dirigentes
políticos, empresas, inversores e incluso países terceros pueden sufrir
consecuencias si mantienen relaciones que Washington desaprueba.
Vista aisladamente, cada medida puede parecer
técnica o administrativa, pero todas juntas constituyen una estrategia
coherente. El objetivo no es solo castigar al gobierno cubano, sino incrementar
los costes de la resistencia. Esta es una razón por la que la escalada actual
merece que todo el mundo preste atención: Cuba no es el único país que afronta
tales métodos. Se han utilizado técnicas similares contra Venezuela, Irán y
otros países que han desafiado las prioridades de EE UU. Lo que está en juego
no es solo Cuba, sino también el creciente uso de la coacción jurídica y
económica como instrumentos de la política internacional.
La vida sitiada
Quienes apoyan las sanciones suelen decir que son
la alternativa pacífica a la guerra. Esto implica que la presión económica
permite a los gobiernos perseguir objetivos políticos sin incurrir en los
costes humanos asociados a la intervención militar. La experiencia cubana
(entre otras muchas) cuenta una historia diferente. La guerra se imagina
habitualmente como algo dramático: explosiones, tropas, edificios destruidos e
imágenes televisadas de la devastación. La guerra económica opera de modo
diferente: su violencia es más lenta, silenciosa y a menudo invisible para quienes
la imponen. Sin embargo, los efectos pueden ser igual de reales.
Cuando no llegan los envíos de petróleo, las
gasolineras cierran. Cuando escasea la electricidad, los hospitales apenas
pueden funcionar con normalidad. Los medicamentos que han de conservarse en
frigorífico son difíciles de almacenar. Fallan los sistemas de bombeo de agua.
El transporte público deja de ser fiable. Los alimentos se estropean antes. Lo
que comienza como una política de sanciones en Estados Unidos repercute
finalmente en la vida cotidiana de millones de personas.
Para la mayoría del Pueblo Cubano, este no es un
debate político abstracto, sino la realidad de planificar el día a día en
función de los apagones. Es la preocupación de padres y madres por si habrá
medicamentos disponibles cuando enferma un hijo o hija. Son los médicos que
tratan de mantener el servicio a pesar de la escasez de equipos y suministros.
Son personas mayores esperando en largas colas para satisfacer necesidades
básicas. Es gente joven preguntándose si tendrán un futuro en la isla. En
muchas partes del país, los cortes de luz determinan la organización de la vida
cotidiana. Familias esperando que vuelva la electricidad para recargar los
móviles, bombear agua, cocinar o refrigerar los alimentos. Los hospitales y
clínicas han de trabajar en condiciones que se considerarían inaceptables en
cualquier otro lugar. Lo que aparece sobre el papel como un decreto de
sanciones se transforma en una crisis práctica en el día a día.
En los últimos años, Cuba experimenta una de las
peores crisis de su historia contemporánea. Los apagones prolongados ya son el
pan de cada día. Se ha intensificado la escasez de alimentos. La inflación ha
erosionado el poder adquisitivo. Los servicios públicos están cada vez más
tensionados. Cientos de miles de personas han abandonado el país,
protagonizando una de las oleadas emigratorias más amplias desde la revolución.
Las sanciones por sí solas no explican todos esos
problemas. La economía cubana sufre desde hace tiempo deficiencias
estructurales, ineficiencias burocráticas y errores políticos. Pretender lo
contrario sería intelectualmente deshonesto. Pero también sería deshonesto
ignorar el papel de las presiones foráneas. Un país que padece escasez de
combustibles se vuelve más vulnerable cuando se torpedean las importaciones de
petróleo o gas natural. Un sistema sanitario que se enfrenta a dificultades de
suministro se torna más frágil cuando se restringe su acceso a las redes
financieras internacionales. Una economía que trata de recuperarse ve cómo se
reducen sus opciones cuando las compañías navieras, los bancos y los inversores
temen las consecuencias de entrar en tratos con ella.
Las sanciones no crean cada uno de los problemas,
pero magnifican los que ya existen. Y lo hacen de manera que a menudo es
difícil calibrarlos, pero imposibles de ignorar. Uno de los indicadores más
claros de este deterioro es la tensión que ha invadido el sistema sanitario
cubano. Estudios recientes han relacionado la intensificación de las sanciones
con el empeoramiento de los resultados en materia de salud, inclusive un
aumento de la mortalidad infantil, ilustrando las consecuencias humanas de
políticas que suelen debatirse únicamente en términos geopolíticos. Durante décadas,
Cuba era conocida internacionalmente por sus logros en el ámbito de la salud
pública, muy superiores a lo que cabía esperar de un país pequeño y
relativamente pobre. Hoy, facultativos y personal sanitario siguen realizando
una labor extraordinaria en condiciones cada vez más precarias, pero el
compromiso por sí solo no puede compensar indefinidamente la escasez de
medicamentos, equipos, combustibles e infraestructuras.
Las consecuencias no solo se miden en las
estadísticas, sino también en la ansiedad humana. Por esta razón. el lenguaje
de las sanciones a menudo oscurece más que lo que revela. Expresiones
como presión, restricciones o medidas
selectivas dan la impresión de referirse a decisiones
técnico-administrativas. En realidad, esas decisiones se propagan a la
sociedad. Un decreto redactado en Estados Unidos puede materializarse
finalmente en una maternidad de Santiago de Cuba, una farmacia de La Habana o
la cocina de una familia de Camagüey.
Los problemas de Cuba son reales
Quienes critican el embargo suelen recibir una
respuesta predecible: las dificultades de Cuba son el resultado de sus propios
fallos. Sin duda hay un elemento de verdad en esta afirmación. Cuba se enfrenta
hoy a graves problemas internos. El crecimiento económico se ha estancado. La
producción agraria no deja de ser insuficiente. Las ineficiencias burocráticas
se han acumulado durante décadas. Ha aumentado la desigualdad. Mucha gente
joven ve en la emigración y no en la reforma el camino más realista a un futuro
mejor. La frustración visible en toda la isla no puede explicarse solamente por
la presión exterior. Reconocer estas realidades no es traicionar la solidaridad
ni dar pábulo de las narrativas anticubanas. Es simplemente reconocer la
realidad.
Sin embargo, reconocer los problemas de Cuba nos
lleva a una conclusión diferente de la que a menudo se formula en Estados
Unidos. Si un país se enfrenta a dificultades económicas, ¿justifica esto
que haya que empeorar esas dificultades? Si un sistema sanitario está
tensionado, ¿justifica esto que haya que restringir el acceso a medicamentos y
equipos médicos? Si una sociedad sufre escaseces, ¿justifica esto la adopción
de políticas que agravan la carestía? Esta lógica es difícil de defender.
Ningún observador serio propondría resolver los problemas
de un hospital cortándole el suministro de electricidad. Y esto es precisamente
el tipo de razonamiento que subyace a los regímenes de sanciones. Las
deficiencias existentes se convierten en argumentos para intensificar la
presión, no en razones para reducirla. Las mismas voces que a menudo critican a
Cuba por su ineficiencia económica apoyan ahora medidas que hacen que la
normalización económica sea casi imposible. Los mismos políticos que hablan de
reforma respaldan políticas que restringen el comercio, la inversión, la
disponibilidad financiera y el acceso a los mercados internacionales. Exigen un
cambio mientras contribuyen a crear unas condiciones en las que el cambio
resulta cada vez más difícil.
Al fin y al cabo, estas decisiones incumben al propio
Pueblo Cubano. Dentro de la sociedad cubana hay debates legítimos sobre la
reforma económica, la participación política, las instituciones del Estado y el
futuro del proyecto revolucionario. Estas cuestiones no podrán resolverse
mediante el asedio económico, la coacción jurídica o la presión exterior.
El delito de sobrevivir...
Si Cuba no fuera más que una pequeña isla que lidia
con una crisis económica, sería difícil explicar la hostilidad persistente de Estados
Unidos. Más de seis décadas después de la revolución, Cuba no representa
ninguna amenaza militar para EE UU. No dispone de recursos estratégicos capaces
de alterar el equilibrio de fuerzas global. No es una competidora económica en
ascenso. Según cualquier criterio geopolítico convencional, Cuba debería ocupar
tan solo un lugar marginal en la política exterior de EE UU. No obstante, las
sucesivas administraciones siguen dedicando una cantidad notable de energía a
aislar, sancionar y presionar a la isla. ¿Por qué? La respuesta no está en el
poder de Cuba, sino en su ejemplo.
La Revolución Cubana fue uno de los acontecimientos
políticos definitorios del siglo XX. Por primera vez, un pequeño país en lo que
Estados Unidos consideraba su patio particular derrocó una dictadura
apoyada por EEUU, nacionalizó las propiedades extranjeras, redistribuyó tierras
y trató de construir un orden social alternativo. Y, sobre todo, sobrevivió.
Esta supervivencia tuvo consecuencias mucho más allá de la propia Cuba.
En toda América Latina, África y Asia, generaciones
de activistas, sindicalistas, estudiantes y movimientos anticoloniales vieron
en Cuba la prueba de que la resistencia era posible. No necesariamente había
que aprobar todos los aspectos del modelo cubano para reconocer el significado
simbólico de un país pobre negándose a aceptar el papel que le ha asignado el
orden mundial. El impacto de este ejemplo no solo se reflejó en discursos o
ideologías, sino que se hizo visible en la acción.
Cuando el apartheid todavía
imperaba en Sudáfrica y atacaba Angola, soldados cubanos lucharon junto a
fuerzas angoleñas contra el ejército sudafricano. En un tiempo en que muchos
gobiernos occidentales seguían tratando al régimen del apartheid como
aliado estratégico, miles de cubanos se desplazaron miles de kilómetros para
apoyar una lucha que no les reportó ningún beneficio material evidente. Cuando
se necesitaban urgentemente médicos en regiones del mundo remotas y
empobrecidas, Cuba envió brigadas médicas, que llegaron a trabajar en
comunidades en las que a menudo no había ningún médico. Con motivo de epidemias,
catástrofes naturales y emergencias sanitarias, aparecieron en lugares que no
solían acaparar la atención internacional. Mientras que naciones poderosas
proyectan a menudo su influencia mediante bases militares y sanciones, Cuba era
famosa por exportar médicos, maestras y ayuda médica.
Podemos debatir sobre los éxitos y fracasos del
sistema cubano, pero esos actos de solidaridad internacional formaban parte de
una cultura política que desentonaba en un mundo cada vez más organizado en
torno a la competencia, el beneficio y la ventaja geopolítica. De ahí que Cuba
ocupe un lugar en la memoria global que supera de lejos su tamaño. Para muchas
personas del Sur global, Cuba vino a representar algo más grande que ella
misma: la idea de que un país pequeño puede actuar con dignidad, de que las
prioridades sociales pueden organizarse de modo diferente y de que la
solidaridad internacional puede significar más que el lenguaje diplomático.
Esta memoria sigue siendo políticamente significativa.
En efecto, la continuación del embargo hasta mucho
después del fin de la Guerra Fría revela una cosa importante. Si el conflicto
hubiera tenido que ver realmente con la influencia soviética, debería haber
terminado cuando desapareció la Unión Soviética. Si solo hubiera tenido que ver
con “el comunismo”, cabía esperar que las relaciones se normalizaran una vez
desaparecido el mundo bipolar. En cambio, en la era de la posguerra fría vimos
cómo se reforzaban muchas de las sanciones más duras. Este hecho por sí solo ya
nos dice algo.
Lo que sigue considerándose intolerable no es
meramente una determinada ideología, sino la continuación de un proyecto
político independiente que rechaza la completa sumisión al orden dominante.
Esto no significa que Cuba se ha quedado congelada en el tiempo. La Cuba
contemporánea es muy distinta de la Cuba que inspiró a los movimientos
revolucionarias y de liberación de las décadas de 1960 y 1970. Se enfrenta a
dificultades económicas, declive demográfico, frustración social y profunda
incertidumbre sobre el futuro. Muchas de las esperanzas que animaron a
generaciones anteriores se cuestionan ahora dentro de la propia sociedad
cubana. Ahora bien, no podemos valorar la historia tan solo a la luz de las
circunstancias actuales.
El motivo por el que Cuba genera tanta hostilidad
no radica en que represente una poderosa alternativa, sino en que representa
una alternativa que sobrevive, y esta distinción cuenta. Los Estados que
fracasan pueden ser ignorados. Los Estados que sobreviven a pesar de décadas de
acoso plantean un problema distinto: ponen en entredicho la afirmación de que
el orden vigente es inevitable. Recuerdan a la gente que la historia podría
haber seguido otros caminos y que puede seguir haciéndolo.
“Un
Pueblo sin memoria histórica nada significa ni nada vale”...
También es una lucha por la memoria: la memoria de
la resistencia anticolonial, la solidaridad internacional y la de un país
pequeño que insiste en decidir su propio futuro. Para Estados Unidos,
esta memoria es un estorbo. Para mucha gente de todo el mundo, sigue siendo
fuente de inspiración.
¿Quién decide el futuro de Cuba?
La imputación de Raúl Castro Ruz se presenta
como una cuestión de justicia. En realidad, se entiende mejor como parte de un
esfuerzo mucho más prolongado por disciplinar a un país que ha pasado más de
seis décadas resistiéndose a integrarse en el orden político y económico que Estados
Unidos considera que debe prevalecer en el hemisferio occidental. Dicho
esfuerzo ha adoptado muchas formas. Ha comportado intentos de invasión,
sabotaje, aislamiento diplomático, sanciones económicas, restricciones
financieras y, cada vez más, guerra jurídica. Los instrumentos han cambiado con
el tiempo, pero el objetivo subyacente sigue siendo el mismo: aumentar el coste
de la independencia hasta el punto de que Cuba acabe abandonando el camino que
emprendió en 1959.
Pero hay algo revelador con respecto a la
persistencia de esta campaña. Los países irrelevantes se dejan de lado. Los
países que han sido derrotados se olvidan. Cuba no entra en ninguna de estas
categorías. La isla sigue sometida a presiones precisamente porque no ha dejado
de representar un hecho incómodo: un país pequeño, situado a 90 millas de
distancia del país más poderoso del mundo, se niega a perder su soberanía a
pesar de unas presiones económicas y políticas extraordinarias.
Nada de esto nos exige romantizar la Cuba
contemporánea. El país afronta problemas graves. Su economía se tambalea. Mucha
gente joven se ha ido. La frustración de la población es real. El futuro del
proyecto cubano está sumido en la incertidumbre y en última instancia vendrá
determinado por debates que se producen dentro de la propia sociedad cubana.
Esa es precisamente la cuestión: esos debates pertenecen al pueblo cubano. No
deberían dirimirse mediante sanciones pensadas para agravar la escasez. No
deberían resolverse a base de medidas que dificultan la obtención de
medicamentos, pongan más obstáculos a la importación o retrasen la recuperación
económica. No deberían zanjarse con intentos de imponer un sufrimiento
suficiente a la gente común para que el cambio político sea fruto del
agotamiento en vez de una decisión democrática.
Detrás de cada sanción, cada transacción bloqueada
y cada acto de coacción jurídica hay seres humanos que tratan de vivir una vida
normal. Hay familias que soportan apagones, médicos que trabajan con recursos
limitados, estudiantes que no saben si tendrán un futuro en su propio país y
gente mayor con dificultades para asegurar sus necesidades básicas. Para estas
personas, la guerra económica no es un concepto geopolítico, sino que forma
parte de la vida cotidiana. Por esto la lucha en torno a Cuba importa mucho más
allá del Caribe. Está en juego un principio que se extiende a todos los países,
grandes y pequeños: ¿quién tiene derecho a determinar el futuro de una nación?.
Si es que significa algo, la soberanía significa
que los sistemas políticos nacen y mueren en virtud de las decisiones de los
pueblos que los sostienen, no de sanciones económicas impuestas desde el
extranjero. Cuba no está siendo castigada porque suponga una amenaza para EE.UU.
La castigan porque ha sobrevivido. Y esa es precisamente la razón por la que la
cuestión planteada por Cuba sigue siendo relevante hoy en día. No se trata de
si se está de acuerdo con cada una de las decisiones adoptadas por el gobierno
cubano. La cuestión es si Estados
poderosos deben poder utilizar el hambre, la escasez, el aislamiento y la
coacción para determinar el destino de otros pueblos. La cuestión no solo
afecta a Cuba, sino también al futuro de la propia política internacional.
Lo
subrayado/interpolado es nuestro



















