Cuba en la encrucijada de un multilateralismo hipócrita...
Si Cuba no representara ninguna amenaza real, bastaría con ignorarla. El hecho de que haya que destruirla demuestra que su mera existencia sigue siendo intolerable para el orden del Amo imperialismo/yanqui.
El
síntoma del amo es precisamente no querer saber nada de lo que sostiene su
poder. Por Jacques Lacan
“Una agresión contra Cuba es una agresión a la
tierra, a la sangre y a la historia de América Latina”... Dr. Salvador Allende
Gossens, presidente del Senado de la República de Chile, Julio 1960.
Por
Josué Veloz Serrade* – La Tizza, académico, escritor, y analista
internacional/ADDHEE.ONG:
El
asedio perfecto: cuando la asfixia es la política
La
actual crisis energética que atraviesa Cuba no es un accidente de la naturaleza
ni una mera falla de infraestructura. Es el punto álgido de un asedio
geopolítico diseñado con precisión quirúrgica a lo largo de seis décadas. Lo
que hoy vive la isla es la convergencia letal de la guerra económica
tradicional — el bloqueo — y un nuevo contexto internacional donde los actores
que deberían equilibrar la balanza han optado por lo que podríamos denominar
una geopolítica de mínimos.
Cuba
no solo enfrenta la hostilidad del imperio estadounidense, sino el
abandono silencioso de aquellos que, en teoría, debieran disputar el orden
unipolar.
Pero
antes de analizar las coordenadas geopolíticas, es necesario interrogar el mapa
psíquico que subyace a esta situación. Porque lo que ocurre con Cuba no es solo
un problema de correlación de fuerzas; es también un problema de deseo, de
fantasma político, de aquello que Freud llamó Verneinung, la
negación como forma de reconocimiento encubierto. Los que abandonan a Cuba la
niegan, pero al negarla, la confirman, y sobre todo confirman lo que niegan de
sí mismos. El bloqueo existe porque Cuba aún interpela, sigue siendo un síntoma
incómodo dentro del sistema capitalista global. Si Cuba no representara ninguna
amenaza real, bastaría con ignorarla. El hecho de que haya que destruirla
demuestra que su mera existencia sigue siendo intolerable para el orden del
Amo.
La
pregunta que sobrevuela este texto puede enojar a más de uno, pero es
necesaria: ¿qué queda de la solidaridad internacional cuando los gestos
simbólicos reemplazan a las acciones concretas? ¿Qué significa realmente apoyar
a Cuba cuando el cerco se estrecha y la asfixia se vuelve material? Y sobre
todo: ¿qué dice del conjunto de fuerzas geopolíticas que declaran querer otro
mundo, el hecho de que sean capaces de mirar ese ahogamiento sin mover una
mano?
El
abandono no declarado de los socios estratégicos
En
estos días de tensiones mundiales se desempolva también la teoría de las
relaciones internacionales, en la que se aborda el realismo periférico que
describe la tendencia de los Estados a priorizar sus intereses inmediatos —
comercio, estabilidad fronteriza, no incomodar al hegemón — sobre alianzas
ideológicas o históricas cuando la presión del imperio aumenta. Pero el
realismo periférico no alcanza para explicar del todo la conducta actual de
Rusia y China frente a Cuba. Aquí opera algo más profundo. Opera la renuncia al
deseo propio como condición para sobrevivir en el sistema que, supuestamente,
desean transformar.
Lacan
distingue entre la demanda y el deseo. La demanda es lo que se pide
explícitamente; el deseo es lo que subyace y que a menudo no puede articularse
sin costo. Rusia y China demandan, en sus discursos, un mundo multipolar, el
fin de la unipolaridad, el respeto a la soberanía. Pero su deseo, revelado por
sus actos y no por sus palabras, es la integración progresiva en las reglas del
mismo sistema que dicen impugnar.
Por
amargo que resulte escucharlo, al abandonar a Cuba, no están siendo simplemente
pragmáticos, están confesando que su horizonte real no es la transformación del
orden mundial, sino la negociación de un lugar más cómodo dentro de él.
Atrapados
en sus propios conflictos de desgaste — Ucrania para Rusia, Taiwán y el mar de
China Meridional para Pekín — , ambas potencias han consolidado una postura
defensiva. Su apoyo a Cuba se ha reducido al discurso en los foros
multilaterales y a la provisión de determinados recursos, sin desafiar
estructuralmente el bloqueo. No envían el petróleo necesario, no habilitan
líneas de crédito que esquiven las sanciones secundarias, no escoltan con sus
buques los suministros hacia la isla. Si se les preguntara por qué, la
respuesta quizás sería la misma del gran conformista: el momento no es
oportuno, los costos son demasiado altos, hay que ser realistas.
Pero
el realismo, en este contexto, es otra forma de avanzar hacia una capitulación
anticipada. Quizás en su fuero interno creen que están abandonando a los que
pueden caer primero, no a los que caerán últimos, que podrían ser ellos mismos.
Han encontrado su límite histórico y, en lugar de empujarlo y quebrarlo, lo han
normalizado. Al hacerlo, cometen un error de cálculo estratégico que la
historia ya ha castigado antes. Cada vez que una potencia permite que el orden
hegemónico destruya a un eslabón sin costo, ese orden sale fortalecido y se
acerca un paso más al sometimiento de los que creyeron estar a salvo. Al
permitir que un proyecto soberano sea destruido por el imperio sin
consecuencias, envían un mensaje a sus propias poblaciones y a otros actores
secundarios: la solidaridad es un lujo que no podemos permitirnos; cuando
llegue tu turno, estarás solo.
América
Latina y el Caribe: la diplomacia de los abrazos vacíos
La
postura de Brasil y Colombia es, quizás, la más paradigmática de la bancarrota
contemporánea del progresismo. Lula da Silva y Gustavo Petro, dos líderes que
deben su capital político a la narrativa de la transformación social y la
soberanía regional, han optado por lo que podríamos llamar una especie de
simbolismo de bajo costo con declaraciones de apoyo moral, llamados al diálogo,
presencia discursiva en los foros internacionales. Pero mientras las palabras
circulan, las condiciones estructurales de asfixia — el bloqueo, las listas de
países patrocinadores del terrorismo, las sanciones financieras — permanecen
intactas.
Todo
transcurre como si operara una especie de identificación con el agresor, como
un mecanismo por el cual el sujeto sometido a una fuerza superior asimila,
inconscientemente, los valores y las lógicas de ese poder para sobrevivir. No
se trata de una traición consciente sino de una adaptación que, con el tiempo,
se vuelve constitutiva de la propia identidad. Algo de eso ocurre con ciertos
gobiernos progresistas latinoamericanos, han incorporado tanto la lógica del
campo de juego imperial — sus instituciones, sus mercados, sus reglas — que ya
no pueden imaginar una acción política que rompa con ese campo, aunque en el
discurso la proclamen necesaria.
Brasil
y Colombia olvidan que si fueran hoy una verdadera retaguardia estratégica no
sería un favor el que le harían a Cuba, sería una necesidad propia. Si Estados
Unidos sigue inclinando la balanza a su favor en la región — como lo hace con
su política de sanciones, su dominio del FMI, su control de la OEA y su influencia
sobre las derechas locales — , ¿con quién contarán Lula y Petro cuando la marea
reaccionaria los golpee a ellos? Habrán quemado, con su prudencia, la
retaguardia que desesperadamente necesitarán. En días recientes Lula afirmó que
podrían ser invadidos «cualquier día»; podríamos contestarle: «Y mientras más
sólo te quedes, más posibilidades reales hay de que eso ocurra».
El
caso de Venezuela es el más doloroso porque representa la mutilación de un
proyecto que alguna vez fue el pilar de la solidaridad regional. Hoy, Venezuela
está de facto sometida a las decisiones geopolíticas de los Estados Unidos.
El
régimen de sanciones extrema, el secuestro de Maduro y Cilia Flores, han
logrado su objetivo: condicionar al Estado venezolano, obligarlo a negociar en
condiciones de inferioridad y reducir su capacidad de proyección internacional.
Venezuela ya no puede ayudar a Cuba porque apenas puede ayudarse a sí misma. Si
el imperio pudo con Venezuela, con las reservas de petróleo más grandes del
mundo, ¿qué esperanza tiene un país más pequeño sin ese recurso? Pero los
gobiernos de la región no extraen la conclusión correcta. En lugar de unirse
para romper el cerco, se dispersan, negocian por separado, y caen uno tras
otro.
Algunos
de los países pequeños que recibieron solidaridad cubana — médicos en sus
aldeas, maestros en sus escuelas, brigadas en medio de sus catástrofes —
aprietan hoy la nariz y dan la espalda. En relaciones internacionales, es lo
que se denomina bandwagoning: la tendencia de los actores débiles a alinearse
con el más fuerte cuando perciben que el benefactor histórico está en retirada.
Es una lógica cruel pero predecible.
Lo que
no entienden es que su supervivencia a largo plazo no depende de complacer al
Amo, sino de la existencia de un ecosistema regional soberano. Al dar la
espalda a Cuba, están contribuyendo a desmantelar el único tejido de
solidaridad que podría protegerlos cuando ellos sean los siguientes en la
lista. Es la lógica del «yo me salvo» que conduce inevitablemente al «todos nos
hundimos». Todo el que elige salvarse a sí mismo termina aislado y luego
sometido. Al final, igual le espera la muerte, pero una muerte solitaria, sin
la dignidad de haber luchado junto a los demás.
El
mito de la autosuficiencia es una trampa discursiva
Frente
a ese panorama, la objeción liberal, y a veces incluso la de cierta izquierda,
suena previsible: ¿por qué apelar a otros? ¿Acaso Cuba no debería valerse por
sí misma? Esa pregunta merece ser demolida con rigor, porque opera como una
trampa retórica que naturaliza la violencia del bloqueo y culpabiliza a la
víctima.
La
autarquía es un mito en el sistema mundial contemporáneo. Ningún país es una
isla, ni siquiera las islas. Estados Unidos no se vale por sí mismo, depende de
una red global de bases militares, del dólar como moneda de reserva impuesta al
mundo mediante los acuerdos de Bretton Woods y la presión de sus portaaviones,
y de cadenas de suministro que explota sistemáticamente. China no se vale por
sí misma, depende de materias primas africanas y latinoamericanas y de mercados
globales para su sobreproducción industrial. Rusia no se vale por sí misma, su
poderío energético es nulo sin los gasoductos y sin compradores dispuestos a
pagar su tecnología militar.
La
dependencia no es la excepción en el sistema internacional, es una regla
estructural. Lo que varía es el tipo de dependencia y el margen de autonomía
que se puede construir dentro de ella. Un país como Luxemburgo disfruta de
altos estándares de vida porque está incrustado en el corazón del bloque
imperial. Un país como Cuba tiene que sobrevivir a pesar de estar bloqueado por
el imperialismo. La pregunta correcta, entonces, no es por qué Cuba no es
autosuficiente, sino por qué se le exige a Cuba un nivel de autosuficiencia que
no se le exige a nadie más. Esa exigencia asimétrica no es inocente, es una
trampa discursiva y cobarde que coloca a la isla en una posición
ontológicamente imposible, para luego presentar su imposibilidad como evidencia
de su fracaso.
Se le
impone a Cuba una especie de doble vínculo, se somete al sujeto una condición
que no puede cumplir, y se le culpa del incumplimiento. El neurótico producido
por el doble vínculo no puede escapar porque la trampa está inscrita en el
lenguaje mismo con el que se le habla. Cuba está atrapada en ese lenguaje: si
resiste, es una dictadura que hace sufrir a su pueblo; si negocia, está
cediendo al chantaje imperial; si pide ayuda, es un Estado fallido que no puede
sostenerse solo. No hay salida dentro del discurso del Amo imperialista,
porque el discurso del Amo no está diseñado para tener una salida, sino para
atrapar.
La
metodología del imperio: negociar, ahogar, culpar
Lo que
hemos descrito no ocurre en el vacío. Responde a una metodología del
imperialismo estadounidense en sus negociaciones con actores soberanos que se
niegan a capitular. El libreto histórico es invariable y ha sido ejecutado con
mínimas variaciones.
Primero,
la mesa del diálogo como trampa. Se sientan a negociar no para llegar a
acuerdos, sino para ganar tiempo. Mientras la contraparte deposita esperanzas
en la vía diplomática — mientras el sujeto cree que el Otro es susceptible de
ser convencido — , el imperio continúa aplicando sanciones, fortaleciendo a la
oposición interna, preparando el terreno. Es el gesto que Lacan identificaría
como perverso, la promesa que estructura el vínculo solo para perpetuar la
dependencia.
Segundo,
la exigencia de concesiones unilaterales. El imperio estadounidense
nunca negocia de buena fe; negocia desde la posición de fuerza absoluta. Exige
que la otra parte ceda primero, que demuestre voluntad de cambio, que desmonte
sus estructuras defensivas como gesto de buena voluntad. Cada concesión que
hace la parte débil es interpretada como signo de debilidad ulterior y se
responde con más presión. El mecanismo es siniestro en su lógica: cuanto más se
cede, más se debe ceder. La negociación se convierte en un proceso de
vaciamiento progresivo de la soberanía.
Tercero,
si no obtienen lo que quieren, invaden o destruyen. Cuando el diálogo no produce
la rendición completa, pasan a la siguiente fase: invasión directa — Panamá,
Granada, Irak — , golpe de Estado — Honduras, 2009; Bolivia, 2019 — , guerra de
baja intensidad — Nicaragua en los ochenta — , o destrucción económica
sistemática — Cuba, Venezuela, Irán — . La diplomacia es solo la antesala de la
agresión.
Quienes,
con buena fe, instan a Cuba a negociar con Washington ignoran esa estructura.
Cuba no es empujada a la mesa para dialogar; es empujada a la mesa para
rendirse en las condiciones más desfavorables posibles.
La
crisis humanitaria como arma de guerra
La
ayuda humanitaria que llega a Cuba hoy — los envíos de alimentos, medicinas,
generadores — es vital para aliviar el sufrimiento inmediato. Pero en términos
políticos, funciona como un paliativo que corre el riesgo de despolitizar la
crisis. Es el respirador que se le pone a un paciente en coma: mantiene al
enfermo con vida, pero no repara la lesión que lo llevó al coma. El paciente
necesita una operación estructural, no la perpetuación de la emergencia.
El
bloqueo no es una sanción, es un mecanismo de desgaste diseñado para provocar
una implosión desde adentro. Ofrecer ayuda humanitaria, por más valiosa que
sea, sin romper el cerco financiero y energético es como bombear agua de un barco
que sigue teniendo un boquete abierto por el ataque enemigo.
El
boquete es permanente; y el bombeo, agotador. El objetivo estratégico del
bloqueo — lo que en la terminología militar se llama guerra de cuarta
generación o cambio de régimen por asfixia — es negar al Estado la capacidad de
satisfacer las necesidades básicas de su población, para que sea la propia
población la que termine desbordando a su gobierno. No hay nada de accidental
en esa estrategia: es deliberada, está documentada y ha sido aplicada con
distintos grados de intensidad durante más de seis décadas.
El
apagón no es solo ausencia de luz, es una pedagogía del miedo, una lección que
el Amo imparte día tras día. Cada hora sin electricidad, cada fila para
conseguir alimentos, cada médico que no tiene insumos es un recordatorio de lo
que cuesta resistir. Es el goce del poder en su forma más cruel, no el goce de
destruir al enemigo de un golpe, sino el goce de verlo degradarse lentamente,
de convertir su vida en una demostración permanente de que la resistencia
conduce al sufrimiento. Duele constatarlo, pero la mayor crueldad del bloqueo
no es su fuerza, es su lentitud.
La
narrativa del Estado fallido o la culpa siempre es de la víctima
Y aquí
llegamos al punto más perverso de toda la operación, la construcción del relato
que invierte la causalidad.
El
imperio estadounidense no solo
destruye; además construye el dispositivo discursivo para que la destrucción
parezca merecida o inevitable.
Un
Estado al que se le niega la posibilidad de importar alimentos, medicinas,
combustible y repuestos; al que se le bloquean sus finanzas internacionales; al
que se le impide acceder a créditos; al que se le somete a una guerra
mediática; al que se le castiga por comerciar con quien sea: ese Estado tendrá,
por definición, enormes dificultades para funcionar con normalidad. Luego,
cuando esas dificultades se manifiestan — apagones, desabastecimiento,
migración — , el coro imperial y sus voceros locales dicen: miren, es un Estado
fallido, el socialismo no funciona.
Se
presenta como fracaso interno lo que es resultado de una agresión externa.
La
causalidad se invierte, el bloqueo no es la causa de la crisis; la crisis es la
prueba de que el régimen es incompetente. Es la misma lógica del abuso, se le
ata las manos al sujeto, se le golpea durante horas, y luego se le acusa de no
poder defenderse. Ese mecanismo tiene nombre: proyección. El agresor proyecta
sobre la víctima la responsabilidad de lo que le hace; así externaliza su
propia culpa y mantiene intacta su imagen de orden y civilización.
La
categoría de Estado fallido no es descriptiva, es performativa. Nombrar a Cuba
como Estado fallido no constata una realidad; construye una realidad que
justifica el abandono y eventualmente la intervención. Es el concepto que hace
posible lo que viene después, la haitianización como dijera Claudio Katz en
días recientes. Reducir la isla a un estado de degradación tal que se convierta
en vitrina del horror, en demostración permanente de lo que le ocurre a quienes
se atreven a elegir un camino soberano.
El
mensaje es perverso en su transparencia: miren lo que pasa si se atreven a ser
libres.
Pero un Estado fallido de verdad no resiste
65 años de bloqueo. Un Estado fallido de
verdad no tiene una tasa de mortalidad infantil más baja que la de Estados
Unidos. No forma médicos que salvan vidas en todo el mundo. No mantiene un
sistema educativo universal, una ciencia propia — con vacunas incluidas — y una
cultura vibrante. Lo que el imperio estadounidense llama Estado fallido
es, en realidad, un Estado agredido que se niega a morir. Esa es la verdad
incómoda. Y esa es, precisamente, la razón de la furia imperial. Cuba en
realidad no fracasa, es inmortal. Cuba insiste. Y esa insistencia es
intolerable.
¿Qué
opciones le han dejado a Cuba?
Analizadas
las coordenadas del asedio, la pregunta se vuelve ineludible, ¿qué opciones
tiene en verdad la conducción política cubana? O para ser más preciso: ¿qué
opciones le han dejado?
La
primera es la negociación en condiciones de asfixia con la pistola en la
cabeza.
Es la
que recomiendan los bienintencionados, los que quieren que Cuba dialogue y
negocie con los Estados Unidos. Pero negociar con un imperio que tiene el pie
en tu cuello no es diálogo, puede ser rendición condicionada. Cuba ha
demostrado voluntad de diálogo histórico en múltiples momentos, pero siempre
desde posiciones de dignidad. Sentarse hoy a negociar sin haber roto antes el
cerco energético y financiero es aceptar la negociación del ahogado, aceptar
cualquier cláusula por una bocanada de aire. El resultado sería una
normalización que equivaldría a la liquidación del proyecto revolucionario por
goteo, como ocurrió en Europa del Este tras la caída del muro, pero con el
agravante de tener al imperio a 90 millas.
La
segunda opción es la resistencia heroica pero solitaria.
Es la
que Cuba ha practicado durante décadas: innovar, resistir, buscar rendijas,
diversificar relaciones. Pero esa opción, que fue viable cuando existía un
campo socialista dispuesto a sostener el flujo de recursos, hoy se enfrenta a
un límite material concreto. La resistencia heroica sin retaguardia se
convierte, con el tiempo, en resistencia agónica. No porque el pueblo cubano
haya perdido la voluntad, sino porque la voluntad sola no mueve turbinas ni
llena estantes.
La
tercera opción es la que el imperio diseña como escenario deseado: la
implosión.
El
estallido inducido por la acumulación de sufrimiento, amplificado por las redes
de oposición financiadas desde el exterior, que permita una intervención
humanitaria o una transición pactada. Esta no es una opción para Cuba; es la
trampa que se le tiende.
La
cuarta, la única que cambiaría en verdad el tablero, no depende de Cuba.
Depende
de que quienes dicen apoyarla pasen de las palabras a los hechos. Depende de
que envíen el petróleo necesario, de que pongan los buques, de que escolten los
suministros, de que rompan el cerco financiero con mecanismos concretos.
Depende de que pregunten a Cuba qué hay que hacer y lo hagan.
No hay
más metáforas. Es el petróleo o la asfixia. Son los buques o el bloqueo. Es la
acción o la complicidad.
Las
lecciones de la historia que el mundo prefiere olvidar
El
olvido no es pasivo. El olvido es un acto: la represión activa de aquello que,
si fuera recordado, obligaría a actuar de otra manera. La comunidad
internacional olvida a conveniencia los paralelismos históricos, porque
recordarlos haría insostenible la postura actual.
En
1941, los tanques alemanes estaban a las puertas de Moscú. ¿Cuánto tiempo
estuvieron sin reaccionar? ¿Cómo saben que no irán luego por ustedes? Hoy,
nadie parece entender que la retaguardia cubana es la retaguardia del mundo
entero. Algunos quizás la ven como un cadáver político adelantado y se
comportan en consecuencia.
Durante
décadas, los Estados Unidos sostuvo al régimen de Chiang Kai-shek en Taiwán con
dinero, armas y flota naval, incluso cuando era evidente su derrota en la
guerra civil China. Lo hicieron porque Taiwán era un portaaviones estratégico
contra la China popular. Es decir, el imperio estadounidense sostiene a sus aliados
hasta el final, porque entiende que la fidelidad a los suyos es una condición
de su propio poder. Pero los aliados de Cuba hacen lo contrario: la abandonan
cuando el costo político de sostenerla supera el beneficio de no hacerlo.
La
República española es el recuerdo más exacto de la situación que hoy vive Cuba.
Luchaba contra el fascismo, pero las democracias occidentales — Francia y Reino
Unido, principalmente — firmaron el Comité de No Intervención mientras Alemania
e Italia enviaban tropas, aviones y artillería a las fuerzas de Franco. Estados
Unidos por su parte, promovió el embargo de armas. La no intervención fue el
nombre elegante para la complicidad. La República fue abandonada, asfixiada y
finalmente derrotada.
¿El
resultado? Cuarenta años de dictadura franquista. Pero el mundo pagó además un
precio mayor, la impunidad con que triunfó el fascismo en España alentó al
nazismo en tanto reforzó la impunidad fascista y contribuyó al inicio de la
Segunda Guerra Mundial. El abandono de la República no fue inintencional; fue
una decisión con consecuencias históricas catastróficas. Hoy algunos gobiernos
progresistas practican la misma no intervención frente a Cuba, mientras el
imperio ejerce su intervención permanente a través del bloqueo. No hay lección
aprendida. El olvido es productivo y permite repetir.
Lo que
el imperio olvida: los pueblos no se rinden
Y sin
embargo, frente a este panorama desolador, existe un contrapunto que el
análisis geopolítico clásico tiende a subestimar. Cuba cuenta con algo que
ningún bloqueo puede estrangular del todo: cuenta con los pueblos del mundo más
que con los Estados. Con los movimientos de solidaridad que en cada país se
reúnen, organizan y preparan envíos de ayuda. Con la memoria viva de millones
de personas que saben lo que Cuba ha dado al mundo y no están dispuestas a
permitir que sea reducida a escombros en silencio.
Los
Estados calculan, miden costos, evalúan riesgos, sopesan sanciones. Los
pueblos, cuando están organizados y conscientes, actúan por convicción.
La
solidaridad interestatal es frágil porque depende de gobiernos, de ciclos
electorales, de alianzas cambiantes, alianzas que hoy están muertas. La
solidaridad de los pueblos es más lenta, más difícil de articular, pero cuando
se activa es diferente: no puede ser sancionada por el FMI ni coaccionada por
la OTAN.
No hay
otro país en el mundo que tenga una red de movimientos de solidaridad tan
extendida, persistente y arraigada en múltiples generaciones como Cuba. Ese
tejido humano es un activo estratégico que no aparece en ningún balance
convencional.
La
diáspora como quinta columna inversa
Hay un
factor que el Pentágono parece ignorar, quizás porque no entra en sus modelos
de análisis: la composición demográfica de la emigración cubana en Estados
Unidos ha cambiado mucho en las últimas décadas. Los cubanos de Miami en los
años sesenta eran la élite blanca que huyó de la revolución, propietarios
expropiados, profesionales de clase alta, figuras del antiguo régimen
batistiano. Eran el lobby más feroz contra la revolución, el motor del bloqueo,
la base social del exilio duro.
Hoy la
mayoría de los cubanos en los Estados Unidos son emigrantes económicos de las
últimas décadas, llegados en balsas o por terceros países, con familia en la
isla, con vínculos afectivos y culturales intactos, con una visión mucho más
matizada de la realidad cubana.
Si el
imperio osara invadir, las bombas caerían sobre sus pueblos, sobre sus abuelas,
sobre sus hermanos. ¿De verdad alguien cree que los miles de cubanoamericanos —
sus hijos y sus nietos — recibirían esa guerra con entusiasmo?
El
cálculo político es el inverso: lo que el imperio tendría no es una retaguardia
en Miami, sino una quinta columna dentro de sus propias fronteras, una
comunidad dispuesta a rebelarse desde adentro del Amo.
Eso es
lo que el análisis puramente institucional no puede ver, porque trabaja con
categorías frías, alianzas, intereses y recursos. Lo que escapa a esas
categorías es la dimensión libidinal de la política: el amor, el duelo, la
pertenencia. Un pueblo no es una variable geopolítica. Un pueblo tiene madre. Y
cuando las bombas caen sobre la madre, el cálculo racional se disuelve en algo
más antiguo y poderoso.
Irán y
Vietnam: lecciones de la resistencia asimétrica
La
heroica resistencia de Irán frente al imperialismo nos ha mostrado el camino:
donde caiga alguien, aparecerán cien dispuestos a empuñar las armas y defender
a la patria. No es retórica, es la descripción de una sociedad que ha
interiorizado la defensa de la nación como valor irrenunciable, que ha hecho de
la resistencia una identidad colectiva más fuerte que el miedo.
Cuba
tiene ese mismo ADN: es una nación en armas no por conscripción forzosa, sino
por la conciencia histórica acumulada en sesenta y cinco años de asedio.
Vietnam
enseñó que una guerra no se decide únicamente en el plano militar.
La
Ofensiva del Tet de 1968 fue una derrota táctica para el Viet Cong y el
ejército de Vietnam del Norte, que sufrieron enormes pérdidas y no lograron
sostener las posiciones tomadas. Pero fue una victoria política estratégica:
demostró que podían atacar en cualquier punto del país, incluso en los centros
del poder sudvietnamita, y quebró la narrativa de Washington de que la guerra
estaba cerca de ganarse. A partir de entonces, la confianza de la sociedad
estadounidense en la guerra comenzó a desmoronarse. La guerra no se gana ocupando territorio; se gana desgastando la
voluntad política del invasor. Y esa voluntad, en las democracias liberales
con opinión pública y elecciones periódicas, tiene un límite medible en ataúdes
y en puntos de aprobación presidencial. Cuba, con su geografía compleja, con su
población preparada durante décadas de defensa territorial, podría reproducir
ese escenario.
Una
invasión a Cuba no sería la operación quirúrgica de Granada ni el paseo de
Panamá. Sería un atolladero sangriento y prolongado, que duraría años y
costaría miles de vidas estadounidenses.
La
paradoja del aislamiento preventivo, morir solo para no morir juntos
Llegados
a este punto, debemos interrogar el mecanismo profundo que lleva a las
potencias que deberían disputar el orden unipolar a abandonar a Cuba. La
respuesta superficial es el cálculo de costos: sostener a Cuba tiene un precio
en términos de sanciones secundarias, de tensión con Washington, de riesgo
comercial. Pero esa explicación es insuficiente, porque el abandono no es solo
racional, tiene una dimensión de satisfacción, de alivio, que quizás solo el
psicoanálisis puede iluminar.
Existe
en la política internacional algo análogo a lo que Freud describió como pulsión
de muerte en el individuo: la tendencia a la autodestrucción, al retorno a un
estado de quietud que se alcanza a costa de la vida misma.
Los
actores que abandonan a Cuba no solo están calculando sus intereses; están
también, de alguna manera, renunciando a su propio deseo de transformación. El
abandono de Cuba es la renuncia a la posibilidad de otro mundo. Es la
aceptación, en el fondo, de que el orden del Amo es el único orden posible, de
que el capitalismo global es el horizonte insuperable de la historia.
Hay en
esa renuncia algo de lo que Marcuse llamó la desublimación represiva, que es la
integración del sujeto en el sistema a través de la promesa de pequeñas
satisfacciones que neutralizan el impulso radical. Los gobiernos progresistas latinoamericanos, las potencias del BRICS,
los partidos de izquierda europeos, las organizaciones solidarias que hoy miran
para otro lado: todos han encontrado, de una manera u otra, su nicho dentro del
orden. Han obtenido su cuota de reconocimiento, su espacio de cómoda
disidencia, sus gestos permitidos. Y en ese proceso, han dejado de ver a Cuba
como un espejo de lo que podrían ser, para verla entonces como un recordatorio
incómodo de lo que han dejado de ser.
Porque
Cuba interpela: eso es lo insoportable. No que sea un fracaso, sino que sea una
pregunta permanente, dirigida a todos los que, en algún momento, creyeron que
otro mundo era posible y luego decidieron que era demasiado costoso. Cuba les
pregunta: ¿en qué momento exacto
decidiste que la normalidad capitalista era preferible a la lucha? ¿En qué
momento exacto entregaste el deseo? Esa pregunta es la razón profunda del
bloqueo y del abandono.
Al abandonar a Cuba, no están evitando su propio final; solo lo están
aplazando y asegurándose de que, cuando llegue, se encuentren en la más
absoluta soledad. Están cavando su
propia tumba con la excusa de no mancharse las manos con la tierra de la tumba
de Cuba. Porque el que elige salvarse a sí mismo en una tormenta colectiva
termina aislado y luego sometido. El Amo, una vez que termina con el hermano,
no firma la paz con los que miraron, los incorpora a la lista de los
siguientes. Siempre necesita nuevas víctimas para legitimar su existencia.
La
solidaridad como necesidad estratégica y acto de dignidad
Lo que
hemos presenciado en este análisis no es una serie de errores tácticos
aislados, sino una profunda crisis de
conciencia geopolítica y moral en el progresismo global. Se ha perdido la
noción de que la solidaridad no es un lujo moral reservado para los tiempos
buenos, es una necesidad estratégica y, al mismo tiempo, la definición misma de
lo que significa pertenecer a un proyecto político que aspira a algo más que la
administración del orden existente.
Cuba no es solo Cuba: es la demostración viva
de que es posible resistir durante décadas el asedio del poder más grande del
mundo y mantener en pie un sistema de salud universal, una educación gratuita,
una cultura propia, una dignidad irrenunciable.
Eso no
prueba que el modelo cubano sea perfecto: prueba que la alternativa al
capitalismo global no es el caos ni el fracaso automático, sino que es posible
y vale la pena construir algo diferente e incluso hermoso. Al destruir a Cuba,
el imperio no está eliminando una amenaza militar, está eliminando una prueba,
está borrando un ejemplo. Pretende demostrar que fuera de la normalidad
capitalista no hay vida posible.
Los
que entregan a Cuba se entregan a sí mismos. No como metáfora, sino en el orden
estratégico. Un orden mundial que dice llamarse multipolar, pero no protege a
sus miembros más vulnerables cuando el Amo aprieta, no es un orden alternativo,
es una extensión descentralizada del mismo dominio, un sistema donde la
multipolaridad es la forma decorativa de la unipolaridad efectiva. Al
traicionar a Cuba le dicen al Sur Global: «si no tienes petróleo o una posición
geográfica vital para nosotros, no esperes nada». Eso, a largo plazo, los priva
de aliados auténticos y los deja en un mundo donde solo importa la fuerza
bruta: un mundo donde ellos también, aunque grandes, son vulnerables.
Cuando
el imperio mira a Cuba, ve una isla pequeña que puede bloquear y asfixiar casi
sin consecuencias. Lo que no ve — o lo que no quiere ver — es que esa isla es
un volcán dormido sobre una falla tectónica global.
Cuba
no es solo su geografía, es su historia, es su ejemplo, es el sueño de millones
de personas que en algún rincón del mundo todavía creen que otro mundo es
posible. Y mientras ese sueño exista, mientras haya un pueblo que lo encarne
con su resistencia cotidiana, el orden del Amo no estará completo. Siempre
habrá una grieta. Siempre habrá una pregunta sin responder.
Si algún día el imperio estadounidense olvida
Vietnam, olvida Irán, olvida que los pueblos no se rinden y se atreve a invadir
la isla, descubrirá que la guerra no se gana con portaaviones. Se gana con la
capacidad de un pueblo para decir «no» aunque le cueste la vida. Y ese «no» de
Cuba, multiplicado por millones dentro y fuera de la isla, será su tumba.
Mientras
tanto, la batalla es otra. Es la batalla por la vida cotidiana, por la luz, por
la comida, por la esperanza. Y en esa batalla, los pueblos del mundo tienen la
palabra. No para reemplazar a los Estados, sino para obligarlos a actuar. Para
recordarles que la historia juzga. Que el juicio sobre los que abandonaron a la
República española fue severo y permanente.
Que el
silencio, cuando puede romperse, es una decisión. Y que las decisiones tienen
consecuencias.
Cuba
pide acciones concretas: el petróleo necesario, los buques, la custodia, la
ruptura del cerco financiero, la protección del espacio marítimo, la presión
real en los organismos internacionales. Pide que quienes dicen apoyarla
pregunten qué hay que hacer y lo hagan. No es una petición de caridad, es una
exigencia de coherencia. Basta de declaraciones. Basta de mensajes de apoyo que
funcionan como coartada para la inacción.
La
pregunta final no es para Cuba. Cuba ya ha dado su respuesta con 67 años de
Revolución. La pregunta es para el mundo. Para
los que dicen querer otro orden.
Para
los que firmaron declaraciones y enviaron mensajes. Para los que tienen petróleo
y buques, pero no los envían, o votos relevantes en la ONU que solo emplean
para abstenerse.
¿De
qué lado estás? ¿Del lado de los que esperan a que los Estados se decidan, o
del lado de los que ya están actuando? ¿Del lado de los que envían mensajes de
apoyo, o del lado de los que envían los buques y deciden enfrentarse de una vez
a los designios del Imperialismo?
*Josué
Veloz Serrade es un psicólogo, académico y articulista cubano, especializado en
psicología clínica y estudios sociopolíticos. Miembro del consejo editorial de
La Tizza y de la Cátedra Gramsci del Instituto Juan Marinello, publica análisis
sobre la Revolución Cubana, el Caribe y el pensamiento marxista en medios como
Huella del Sur.
Lo subrayado/interpolado
es nuestro.














