viernes, 19 de junio de 2026

Cuba, sobreviviendo castigada por rechazar las exigencias del escudo de las Américas del amigo y socio Emperador Trump...


Cuba, sobreviviendo castigada por rechazar las exigencias del escudo de las Américas del amigo y socio Emperador Trump...

Prolegómeno: “Quien tenga Patria  que la honre, quien no la tenga que la conquiste”... “Cuando menor es un país, mayor debe ser su confianza en si mismo y su sentido de la Dignidad”...

Lic.  José Martí Pérez, Maestro libertario de la Patria Continente Latinoamericana y Caribeña.

Estados Unidos, la hegemonía imperialista globalizada – globalización del capital-.  Es  la tiranía más despótica y desalmada del 1% de los plutócratas empresarios dueños de la celestina universal/el dólar, el narcotráfico y la “inteligencia artificial genocida”/IAG. La defensa de sus sórdidos y avaros intereses en el contexto de su desvergonzado maquiavelismo, su fría avaricia y su profunda inmoralidad, el fin justifica los medios, lo que no puede destruir,  lo frivoliza. Se ha apropiado del nombre del Continente Americano. El cartógrafo alemán Martin Waldseemüller al publicar su mapa del Continente Americano en 1507, en homenaje a  Américo Vespucio le dio el nombre de América. La  oligarquía empresarial plutócrata estadounidense en forma  irreflexiva y reiterativa se lo apropió. Este plagio  es una  distorsión  geográfica, histórica y social...

En ninguna parte de nuestro desgraciado planeta hay tantos tartufos hipócritas desleales y farsantes como en Estados Unidos. La nación más corrompida,  degenerada, violenta, agresiva y dominante. No hay pueblo digno libre y soberano que no quiera verla humillada.

Con esperanza y memoria, para todo aquel ser humano  que esté luchando por la vida y la liberación del maldito sistema  capitalista determinista  y su régimen estadounidense imperialista,  consciente que bajo ésta  patética y orwelliana realidad “no hay destino viable para la Humanidad”...

Prof. Moreno Peralta/IWA

Secretario Ejecutivo Addhee.Ong

Reflexiona Sushovan Dhar – Viento Sur:

Estados Unidos no imputa a Raúl Castro Ruz porque de pronto le preocupe un incidente que ocurrió hace unos treinta años. Si fuera la justicia el principio que le guía, la demora sería difícil de explicar. ¿Por qué ocurre esto ahora, en un momento en que Cuba sufre su crisis económica más grave en décadas? ¿Por qué ahora, en un momento en que todos los días se producen cortes de luz, los hospitales padecen problemas de abastecimiento y cientos de miles de cubanas y cubanos han abandonado la isla en busca de un futuro en otro lugar?

La respuesta es más política que judicial. La imputación debe entenderse como parte de una campaña de presión más amplia que incluye sanciones, restricciones al abastecimiento de petróleo, amenazas a los socios comerciales de Cuba y llamamientos cada vez más agresivos a un cambio de régimen por parte de figuras influyentes en Estados Unidos. Es un instrumento más de una estrategia conocida: aumentar la presión sobre una sociedad vulnerable con la esperanza de forzar la capitulación política.

Para comprender esta estrategia, es necesario ir más allá de la ficción conveniente de que el conflicto entre EE UU y Cuba comenzó cuando esta última se proclamó comunista. Las raíces de la confrontación son mucho más profundas. Durante gran parte de los siglos XIX y XX, Cuba ocupó un lugar especial en el imaginario geopolítico de EE UU. Desde la teoría de la fruta madura de John Quincy Adams hasta la Doctrina Monroe, los sucesivos líderes estadounidenses siempre han considerado que la isla cae naturalmente dentro de la esfera de influencia de Estados Unidos. Por tanto, la lucha de Cuba por la independencia no ha sido nunca tan solo una lucha contra el colonialismo español, sino también una lucha por evitar la sustitución de una forma de dominación por otra, el colonialismo esatdounidense

La Enmienda Platt, impuesta apenas obtenida la independencia formal, concedió a Estados Unidos el derecho a intervenir en los asuntos cubanos y convirtió la isla en lo que efectivamente fue un protectorado. Las empresas estadounidenses acudieron para dominar amplios sectores de la economía. Cuba gozaba de soberanía política, pero dentro de unos límites minuciosamente definidos. La dictadura de Fulgencio Batista representó la culminación de este sistema: un régimen estrechamente vinculado a los intereses económicos y estratégicos de EE UU, acompañado de la profundización de las desigualdades en la sociedad cubana.

La Revolución de 1959 quebró este orden. Lo que hizo que la Revolución Cubana resultara intolerable para Estados Unidos no fue, al principio, su carácter socialista. La revolución se volvió socialista en el curso de la confrontación. Lo que Estados Unidos no podía aceptar fue la afirmación de la verdadera independencia en lo que consideraba su propio patio trasero. La prueba de ello está meridianamente clara: en 1960, antes de que cristalizara plenamente la confrontación de la Guerra Fría, un alto cargo del Departamento de Estado, Lester Mallory, dijo que la mejor manera de debilitar el apoyo popular al gobierno cubano pasaba por generar “hambre, desesperación y derrocamiento”. Pocos documentos revelan la lógica de la política estadounidense con tanta honestidad brutal. El objetivo no era el diálogo o la coexistencia, sino dificultar la vida del pueblo cubano hasta el punto de que finalmente se vuelva contra su propio gobierno.

Más de sesenta años después, el lenguaje ha cambiado, pero la lógica subyacente sigue resultando notablemente familiar. Los métodos han cambiado: en lugar de intentar una invasión y planear operaciones encubiertas, ahora se utilizan sanciones, restricciones financieras, batallas jurídicas y presiones diplomáticas, pero la premisa fundamental persiste: el Pueblo Cubano no debe determinar el futuro de Cuba por sí solo. Vista de esta manera, la imputación de Raúl Castro Ruz  no aparece como un procedimiento judicial sino más bien como parte de un continuum histórico mucho más arraigado. Es otro recordatorio de que Estados Unidos sigue reservándose “el derecho” a decidir qué clase de sistema político, gobierno y proyecto social es aceptable dentro de su esfera de influencia.

Sin embargo, hay otra razón por la que la escalada actual merece atención: pese a todas sus dificultades, Cuba ha sobrevivido. Sobrevivió a la invasión de Bahía de los Cochinos. Sobrevivió al colapso de la Unión Soviética. Ha sobrevivido a décadas de embargo, aislamiento y guerra económica. Hoy se enfrenta a una de las crisis más graves de su historia, pero sigue siendo políticamente independiente. Este hecho importa.

“Quien tenga Patria  que la honre, quien no la tenga que la conquiste”

La verdadera lección de Cuba no es que sea perfecta, sino que un país pequeño, situado a 90 millas de distancia del Estado más poderoso del mundo, se niega a renunciar al derecho a determinar su propio futuro. Y esto durante más de seis décadas, pese a los intentos de Estados Unidos de revertir esta decisión...

Castigo por otros medios

Si la imputación de Raúl Castro Ruz no es ante todo una cuestión de justicia, ¿a qué se debe entonces? Los métodos variables de ejercer el poder en el siglo XXI encierran una parte de la respuesta: EE UU ya no necesita enviar a sus marines para imponer su voluntad. Dispone de otros instrumentos, a menudo menos visibles, pero igualmente efectivos.

Durante décadas, el embargo ha sido el mecanismo principal con el que Estados Unidos ha tratado de aislar a Cuba. El objetivo era claro: privar a la isla de recursos, limitar sus opciones económicas e incrementar el coste del mantenimiento de un rumbo político independiente. Sin embargo, en los últimos años la presión ha evolucionado. Hoy, el castigo se administra a menudo a través de los bancos y no de los buques de guerra. Una compañía naviera que hace negocios con Cuba corre el riesgo de que la penalicen. Un banco extranjero que gestiona transacciones cubanas puede verse investigado. Compañías de seguros, inversores, proveedores de petróleo y socios comerciales han de calcular si tratar con Cuba supone un riesgo excesivo. En muchos casos, simplemente se desentienden.

El resultado es que medidas que formalmente apuntan contra el Estado cubano acaban afectando a todos los aspectos de la vida cotidiana. Cuando no llegan los envíos de petróleo, las gasolineras no pueden funcionar con normalidad. Cuando las transacciones financieras se complican, resulta más difícil adquirir medicamentos. Cuando las navieras evitan los puertos cubanos, la escasez invade toda la economía. Esta es la razón por la que muchos mecanismos de sanciones se conciben para que operen indirectamente. Su efectividad no solo depende de las prohibiciones legales, sino del clima de incertidumbre y miedo. No hace falta sancionar a una empresa para que cambie de comportamiento: a menudo basta con que quepa la posibilidad.

Las consecuencias se perciben lejos de las salas de juntas en que se toman tales decisiones. Se ven en farmacias con los estantes vacíos, los hospitales que tienen dificultades para encontrar equipos y los hogares que sufren repetidos apagones. La presión económica viaja a través de las cadenas de suministro hasta que llega a las casas de la población.

Esta estrategia más amplia ha venido acompañada cada vez más de otro instrumento: el lawfare o acoso judicial. La imputación de Raúl Castro Ruz es un ejemplo. La Ley Helms-Burton es otro. A lo largo de las últimas décadas, Estados Unidos ha tratado de convertir los mecanismos legales en instrumentos de presión geopolítica. Intervienen tribunales, organismos sancionadores, reclamaciones de propiedad y causas penales borrando la línea que separa la ley de la política exterior. La finalidad no siempre radica en castigar a los culpables. A menudo se trata de enviar un mensaje. El mensaje es que dirigentes políticos, empresas, inversores e incluso países terceros pueden sufrir consecuencias si mantienen relaciones que Washington desaprueba.

Vista aisladamente, cada medida puede parecer técnica o administrativa, pero todas juntas constituyen una estrategia coherente. El objetivo no es solo castigar al gobierno cubano, sino incrementar los costes de la resistencia. Esta es una razón por la que la escalada actual merece que todo el mundo preste atención: Cuba no es el único país que afronta tales métodos. Se han utilizado técnicas similares contra Venezuela, Irán y otros países que han desafiado las prioridades de EE UU. Lo que está en juego no es solo Cuba, sino también el creciente uso de la coacción jurídica y económica como instrumentos de la política internacional.

La vida sitiada

Quienes apoyan las sanciones suelen decir que son la alternativa pacífica a la guerra. Esto implica que la presión económica permite a los gobiernos perseguir objetivos políticos sin incurrir en los costes humanos asociados a la intervención militar. La experiencia cubana (entre otras muchas) cuenta una historia diferente. La guerra se imagina habitualmente como algo dramático: explosiones, tropas, edificios destruidos e imágenes televisadas de la devastación. La guerra económica opera de modo diferente: su violencia es más lenta, silenciosa y a menudo invisible para quienes la imponen. Sin embargo, los efectos pueden ser igual de reales.

Cuando no llegan los envíos de petróleo, las gasolineras cierran. Cuando escasea la electricidad, los hospitales apenas pueden funcionar con normalidad. Los medicamentos que han de conservarse en frigorífico son difíciles de almacenar. Fallan los sistemas de bombeo de agua. El transporte público deja de ser fiable. Los alimentos se estropean antes. Lo que comienza como una política de sanciones en Estados Unidos repercute finalmente en la vida cotidiana de millones de personas.

Para la mayoría del Pueblo Cubano, este no es un debate político abstracto, sino la realidad de planificar el día a día en función de los apagones. Es la preocupación de padres y madres por si habrá medicamentos disponibles cuando enferma un hijo o hija. Son los médicos que tratan de mantener el servicio a pesar de la escasez de equipos y suministros. Son personas mayores esperando en largas colas para satisfacer necesidades básicas. Es gente joven preguntándose si tendrán un futuro en la isla. En muchas partes del país, los cortes de luz determinan la organización de la vida cotidiana. Familias esperando que vuelva la electricidad para recargar los móviles, bombear agua, cocinar o refrigerar los alimentos. Los hospitales y clínicas han de trabajar en condiciones que se considerarían inaceptables en cualquier otro lugar. Lo que aparece sobre el papel como un decreto de sanciones se transforma en una crisis práctica en el día a día.

En los últimos años, Cuba experimenta una de las peores crisis de su historia contemporánea. Los apagones prolongados ya son el pan de cada día. Se ha intensificado la escasez de alimentos. La inflación ha erosionado el poder adquisitivo. Los servicios públicos están cada vez más tensionados. Cientos de miles de personas han abandonado el país, protagonizando una de las oleadas emigratorias más amplias desde la revolución.

Las sanciones por sí solas no explican todos esos problemas. La economía cubana sufre desde hace tiempo deficiencias estructurales, ineficiencias burocráticas y errores políticos. Pretender lo contrario sería intelectualmente deshonesto. Pero también sería deshonesto ignorar el papel de las presiones foráneas. Un país que padece escasez de combustibles se vuelve más vulnerable cuando se torpedean las importaciones de petróleo o gas natural. Un sistema sanitario que se enfrenta a dificultades de suministro se torna más frágil cuando se restringe su acceso a las redes financieras internacionales. Una economía que trata de recuperarse ve cómo se reducen sus opciones cuando las compañías navieras, los bancos y los inversores temen las consecuencias de entrar en tratos con ella.

Las sanciones no crean cada uno de los problemas, pero magnifican los que ya existen. Y lo hacen de manera que a menudo es difícil calibrarlos, pero imposibles de ignorar. Uno de los indicadores más claros de este deterioro es la tensión que ha invadido el sistema sanitario cubano. Estudios recientes han relacionado la intensificación de las sanciones con el empeoramiento de los resultados en materia de salud, inclusive un aumento de la mortalidad infantil, ilustrando las consecuencias humanas de políticas que suelen debatirse únicamente en términos geopolíticos. Durante décadas, Cuba era conocida internacionalmente por sus logros en el ámbito de la salud pública, muy superiores a lo que cabía esperar de un país pequeño y relativamente pobre. Hoy, facultativos y personal sanitario siguen realizando una labor extraordinaria en condiciones cada vez más precarias, pero el compromiso por sí solo no puede compensar indefinidamente la escasez de medicamentos, equipos, combustibles e infraestructuras.

Las consecuencias no solo se miden en las estadísticas, sino también en la ansiedad humana. Por esta razón. el lenguaje de las sanciones a menudo oscurece más que lo que revela. Expresiones como presiónrestricciones o medidas selectivas dan la impresión de referirse a decisiones técnico-administrativas. En realidad, esas decisiones se propagan a la sociedad. Un decreto redactado en Estados Unidos puede materializarse finalmente en una maternidad de Santiago de Cuba, una farmacia de La Habana o la cocina de una familia de Camagüey.

Los problemas de Cuba son reales

Quienes critican el embargo suelen recibir una respuesta predecible: las dificultades de Cuba son el resultado de sus propios fallos. Sin duda hay un elemento de verdad en esta afirmación. Cuba se enfrenta hoy a graves problemas internos. El crecimiento económico se ha estancado. La producción agraria no deja de ser insuficiente. Las ineficiencias burocráticas se han acumulado durante décadas. Ha aumentado la desigualdad. Mucha gente joven ve en la emigración y no en la reforma el camino más realista a un futuro mejor. La frustración visible en toda la isla no puede explicarse solamente por la presión exterior. Reconocer estas realidades no es traicionar la solidaridad ni dar pábulo de las narrativas anticubanas. Es simplemente reconocer la realidad.

Sin embargo, reconocer los problemas de Cuba nos lleva a una conclusión diferente de la que a menudo se formula en Estados Unidos. Si un país se enfrenta a dificultades económicas, ¿justifica esto que haya que empeorar esas dificultades? Si un sistema sanitario está tensionado, ¿justifica esto que haya que restringir el acceso a medicamentos y equipos médicos? Si una sociedad sufre escaseces, ¿justifica esto la adopción de políticas que agravan la carestía? Esta lógica es difícil de defender.

Ningún observador serio propondría resolver los problemas de un hospital cortándole el suministro de electricidad. Y esto es precisamente el tipo de razonamiento que subyace a los regímenes de sanciones. Las deficiencias existentes se convierten en argumentos para intensificar la presión, no en razones para reducirla. Las mismas voces que a menudo critican a Cuba por su ineficiencia económica apoyan ahora medidas que hacen que la normalización económica sea casi imposible. Los mismos políticos que hablan de reforma respaldan políticas que restringen el comercio, la inversión, la disponibilidad financiera y el acceso a los mercados internacionales. Exigen un cambio mientras contribuyen a crear unas condiciones en las que el cambio resulta cada vez más difícil.

Al fin y al cabo, estas decisiones incumben al propio Pueblo Cubano. Dentro de la sociedad cubana hay debates legítimos sobre la reforma económica, la participación política, las instituciones del Estado y el futuro del proyecto revolucionario. Estas cuestiones no podrán resolverse mediante el asedio económico, la coacción jurídica o la presión exterior.

El delito de sobrevivir...

Si Cuba no fuera más que una pequeña isla que lidia con una crisis económica, sería difícil explicar la hostilidad persistente de Estados Unidos. Más de seis décadas después de la revolución, Cuba no representa ninguna amenaza militar para EE UU. No dispone de recursos estratégicos capaces de alterar el equilibrio de fuerzas global. No es una competidora económica en ascenso. Según cualquier criterio geopolítico convencional, Cuba debería ocupar tan solo un lugar marginal en la política exterior de EE UU. No obstante, las sucesivas administraciones siguen dedicando una cantidad notable de energía a aislar, sancionar y presionar a la isla. ¿Por qué? La respuesta no está en el poder de Cuba, sino en su ejemplo.

La Revolución Cubana fue uno de los acontecimientos políticos definitorios del siglo XX. Por primera vez, un pequeño país en lo que Estados Unidos consideraba su patio particular derrocó una dictadura apoyada por EEUU, nacionalizó las propiedades extranjeras, redistribuyó tierras y trató de construir un orden social alternativo. Y, sobre todo, sobrevivió. Esta supervivencia tuvo consecuencias mucho más allá de la propia Cuba.

En toda América Latina, África y Asia, generaciones de activistas, sindicalistas, estudiantes y movimientos anticoloniales vieron en Cuba la prueba de que la resistencia era posible. No necesariamente había que aprobar todos los aspectos del modelo cubano para reconocer el significado simbólico de un país pobre negándose a aceptar el papel que le ha asignado el orden mundial. El impacto de este ejemplo no solo se reflejó en discursos o ideologías, sino que se hizo visible en la acción.

Cuando el apartheid todavía imperaba en Sudáfrica  y atacaba Angola, soldados cubanos lucharon junto a fuerzas angoleñas contra el ejército sudafricano. En un tiempo en que muchos gobiernos occidentales seguían tratando al régimen del apartheid como aliado estratégico, miles de cubanos se desplazaron miles de kilómetros para apoyar una lucha que no les reportó ningún beneficio material evidente. Cuando se necesitaban urgentemente médicos en regiones del mundo remotas y empobrecidas, Cuba envió brigadas médicas, que llegaron a trabajar en comunidades en las que a menudo no había ningún médico. Con motivo de epidemias, catástrofes naturales y emergencias sanitarias, aparecieron en lugares que no solían acaparar la atención internacional. Mientras que naciones poderosas proyectan a menudo su influencia mediante bases militares y sanciones, Cuba era famosa por exportar médicos, maestras y ayuda médica.

Podemos debatir sobre los éxitos y fracasos del sistema cubano, pero esos actos de solidaridad internacional formaban parte de una cultura política que desentonaba en un mundo cada vez más organizado en torno a la competencia, el beneficio y la ventaja geopolítica. De ahí que Cuba ocupe un lugar en la memoria global que supera de lejos su tamaño. Para muchas personas del Sur global, Cuba vino a representar algo más grande que ella misma: la idea de que un país pequeño puede actuar con dignidad, de que las prioridades sociales pueden organizarse de modo diferente y de que la solidaridad internacional puede significar más que el lenguaje diplomático. Esta memoria sigue siendo políticamente significativa.

En efecto, la continuación del embargo hasta mucho después del fin de la Guerra Fría revela una cosa importante. Si el conflicto hubiera tenido que ver realmente con la influencia soviética, debería haber terminado cuando desapareció la Unión Soviética. Si solo hubiera tenido que ver con “el comunismo”, cabía esperar que las relaciones se normalizaran una vez desaparecido el mundo bipolar. En cambio, en la era de la posguerra fría vimos cómo se reforzaban muchas de las sanciones más duras. Este hecho por sí solo ya nos dice algo.

Lo que sigue considerándose intolerable no es meramente una determinada ideología, sino la continuación de un proyecto político independiente que rechaza la completa sumisión al orden dominante. Esto no significa que Cuba se ha quedado congelada en el tiempo. La Cuba contemporánea es muy distinta de la Cuba que inspiró a los movimientos revolucionarias y de liberación de las décadas de 1960 y 1970. Se enfrenta a dificultades económicas, declive demográfico, frustración social y profunda incertidumbre sobre el futuro. Muchas de las esperanzas que animaron a generaciones anteriores se cuestionan ahora dentro de la propia sociedad cubana. Ahora bien, no podemos valorar la historia tan solo a la luz de las circunstancias actuales.

El motivo por el que Cuba genera tanta hostilidad no radica en que represente una poderosa alternativa, sino en que representa una alternativa que sobrevive, y esta distinción cuenta. Los Estados que fracasan pueden ser ignorados. Los Estados que sobreviven a pesar de décadas de acoso plantean un problema distinto: ponen en entredicho la afirmación de que el orden vigente es inevitable. Recuerdan a la gente que la historia podría haber seguido otros caminos y que puede seguir haciéndolo.

Un Pueblo sin memoria histórica nada significa ni nada vale”...

También es una lucha por la memoria: la memoria de la resistencia anticolonial, la solidaridad internacional y la de un país pequeño que insiste en decidir su propio futuro. Para Estados Unidos, esta memoria es un estorbo. Para mucha gente de todo el mundo, sigue siendo fuente de inspiración.

¿Quién decide el futuro de Cuba?

La imputación de Raúl Castro Ruz se presenta como una cuestión de justicia. En realidad, se entiende mejor como parte de un esfuerzo mucho más prolongado por disciplinar a un país que ha pasado más de seis décadas resistiéndose a integrarse en el orden político y económico que Estados Unidos considera que debe prevalecer en el hemisferio occidental. Dicho esfuerzo ha adoptado muchas formas. Ha comportado intentos de invasión, sabotaje, aislamiento diplomático, sanciones económicas, restricciones financieras y, cada vez más, guerra jurídica. Los instrumentos han cambiado con el tiempo, pero el objetivo subyacente sigue siendo el mismo: aumentar el coste de la independencia hasta el punto de que Cuba acabe abandonando el camino que emprendió en 1959.

Pero hay algo revelador con respecto a la persistencia de esta campaña. Los países irrelevantes se dejan de lado. Los países que han sido derrotados se olvidan. Cuba no entra en ninguna de estas categorías. La isla sigue sometida a presiones precisamente porque no ha dejado de representar un hecho incómodo: un país pequeño, situado a 90 millas de distancia del país más poderoso del mundo, se niega a perder su soberanía a pesar de unas presiones económicas y políticas extraordinarias.

Nada de esto nos exige romantizar la Cuba contemporánea. El país afronta problemas graves. Su economía se tambalea. Mucha gente joven se ha ido. La frustración de la población es real. El futuro del proyecto cubano está sumido en la incertidumbre y en última instancia vendrá determinado por debates que se producen dentro de la propia sociedad cubana. Esa es precisamente la cuestión: esos debates pertenecen al pueblo cubano. No deberían dirimirse mediante sanciones pensadas para agravar la escasez. No deberían resolverse a base de medidas que dificultan la obtención de medicamentos, pongan más obstáculos a la importación o retrasen la recuperación económica. No deberían zanjarse con intentos de imponer un sufrimiento suficiente a la gente común para que el cambio político sea fruto del agotamiento en vez de una decisión democrática.

Detrás de cada sanción, cada transacción bloqueada y cada acto de coacción jurídica hay seres humanos que tratan de vivir una vida normal. Hay familias que soportan apagones, médicos que trabajan con recursos limitados, estudiantes que no saben si tendrán un futuro en su propio país y gente mayor con dificultades para asegurar sus necesidades básicas. Para estas personas, la guerra económica no es un concepto geopolítico, sino que forma parte de la vida cotidiana. Por esto la lucha en torno a Cuba importa mucho más allá del Caribe. Está en juego un principio que se extiende a todos los países, grandes y pequeños: ¿quién tiene derecho a determinar el futuro de una nación?. “Cuando menor es un país, mayor debe ser su confianza en si mismo y su sentido de la dignidad”...

Si es que significa algo, la soberanía significa que los sistemas políticos nacen y mueren en virtud de las decisiones de los pueblos que los sostienen, no de sanciones económicas impuestas desde el extranjero. Cuba no está siendo castigada porque suponga una amenaza para EE.UU. La castigan porque ha sobrevivido. Y esa es precisamente la razón por la que la cuestión planteada por Cuba sigue siendo relevante hoy en día. No se trata de si se está de acuerdo con cada una de las decisiones adoptadas por el gobierno cubano. La cuestión es si Estados poderosos deben poder utilizar el hambre, la escasez, el aislamiento y la coacción para determinar el destino de otros pueblos. La cuestión no solo afecta a Cuba, sino también al futuro de la propia política internacional.

Lo subrayado/interpolado es nuestro

viernes, 12 de junio de 2026

El derecho a gobernar.... “¡Gobernar es educar!”

El derecho a gobernar.... “¡Gobernar es educar!”


Por Juan Pablo Cárdenas S./académico, escritor, periodista y analista internacional/ADDHEE.ONG

Lo natural es que quien alcance el gobierno de forma democrática busque materializar el programa prometido ante la ciudadanía. Esto, que parece tan obvio, en realidad no lo es si consideramos esa enorme cantidad de políticos que cuando llegan al poder a los pocos días o meses se desdicen de lo propuesto en sus campañas electorales y terminan, incluso, gobernando con las ideas de sus adversarios.

Lo acontecido en Chile en las últimas décadas es una comprobación palmaria de que los partidos de la Concertación y de la Nueva Mayoría incumplieron con mucho de lo prometido para terminar consolidando el modelo institucional y económico concebido por la derecha y el pinochetismo.

Desde sus propias filas, al propio presidente Sebastián Piñera se le reprochó gobernar más al estilo de la oposición que al deseo de sus partidarios, lo que la postre terminara debilitando el apoyo popular a su coalición, en favor de la consolidación de un partido, como el Republicano, con ideas más extremas y que hoy están en los fundamentos de gobierno de José Antonio Kast. Muchos recordamos, asimismo, que un prominente líder socialista declarara que el gobierno de Ricardo Lagos había sido el mejor de la derecha/CMPC/SOFOFA.

Se repite por muchos que un régimen democrático supone la alternancia en el poder, afirmación que se contradice en muchos países en que hay fuerzas políticas que se mantienen por largos años en el poder y nadie duda de la solidez de su sistema institucional. En efecto, existen regímenes democráticos en que el poder radica mucho más en el parlamento que en el gobierno. Muchos jefes de estado o presidentes resultan menos conocidos y gravitantes que los primeros ministros y las fuerzas que dominan en el Poder Legislativo.

Casi toda Europa da testimonio de esto y nadie reclama la alternancia en el poder como una condición de su solidez republicana. Lo que ocurre ahora en nuestro país es que ha arribado a La Moneda un presidente y un equipo de gobierno mucho más empecinado que los anteriores en hacer valer lo que el pueblo le mandató en las urnas. Esta situación es la que hace pensar en muchos que la política va a terminar muy pronto encrispada y que va trasladar a las calles la contienda ideológica. En el temor, incluso, de que podamos revivir situaciones como la de la Rebelión de octubre del 2019, un fenómeno de alta tensión política y social que se vio interrumpida por la pandemia de coronavirus que afecta al mundo.

Si bien es innegable que el Gobierno de Kast quiere imponer sus ideas con o sin consentimiento del Parlamento su error consiste en creer que la democracia le confiere el derecho a gobernar como quiera, despreciando que en las cámaras legislativas existen diputados y senadores que también acaban de ser elegidos popularmente, así como también existen miles de alcaldes y concejales comunales en todo el país. Es cierto que el oficio de la política vive su peor momento en prestigio y credibilidad y que la corrupción y el abuso de los dirigentes lleva a despreciar sus facultades. Pero desgraciadamente en esto y en otras materias hay que “arar con los bueyes que se tiene”. Nuestra solidez institucional debe contar en la práctica con el co gobierno de los distintos poderes del Estado. Ni Kast y la oposición están facultados para imponer a rajatabla sus ideas y propósitos. Menos, todavía, si nuestra pecaría democracia limita tanto la voluntad ciudadana, evita las consultas públicas o plebiscitos y le confiere tanto poder a las fuerzas represivas y policiales para reprimir la movilización social, que tan importante ha sido en nuestra historia para concretar las más lúcidas reformas.

Desgraciadamente, la insolvencia del discurso oficial y las malas prácticas de tantos “representantes del pueblo” amenazan con enturbiar nuestro sistema institucional, cuando en las últimas semanas las propuestas gubernamentales se han agotado en eslóganes y promesas ligeras que no nos permiten concebir cómo y con cuántos recursos el Gobierno quiere fundamentar sus transformaciones. En este sentido, el reciente mensaje presidencial ante el parlamento y la nación se quedó dramáticamente en lo superficial y los “lugares comunes”, simulando más una proclama electoral que un contundente plan de acciones. Asimismo, es evidente que los reiterados cambios de gabinete de los últimos días hablan mucho de improvisación, la debilidad ideológica y la falta de cohesión del oficialismo.

Vergonzosa como ha sido, también, la intolerancia demostrada por los principales actores de la oposición, dispuestos a bloquear cualquier iniciativa legislativa de las nuevas autoridades, en un empecinamiento tan infantil e insano como el del mismo Mandatario. Co un poder electoral que resultara tan menguado por negativo veredicto popular respecto de la gestión de sus anteriores gobiernos. Especialmente, por los escándalos de corrupción de más corta data. Muchos de los cuales todavía quedan impunes o ni siquiera todavía han visto la luz.

Las democracias deben garantizar el disenso, pero más importante todavía facilitar el entendimiento, el respeto a la misión de los poderes del estado. Y a ambas instancias bien les haría tener en cuenta la voz del pueblo para dirimir sus controversias. Las elecciones en nuestro país se saben que están muy condicionadas por el dinero, la publicidad y una bajísima formación cívica de los ciudadanos. Lo que entre otros males ha llegado a consagrar la alternancia en el poder y el breve tiempo de os gobiernos para cumplir lo prometido.

Lo subrayado/interpolado es nuestro





En el ojo del huracán...



En el ojo del huracán...

“¡Los árboles se han de poner en fila para que no pase el gigante de las siete leguas! Es la hora del recuento y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los andes….     ¡en nuestra américa no puede haber caínes!” Lic. José Martí Pérez.

Por Profesora Elsa Bruzzone/CEMIDA/Buenos Aires/Argentina:


HECHOS

El 23 de enero de 2026 el Pentágono dio a conocer la “estrategia de seguridad 2026”. En ella se afirma “Los intereses de otros países sólo nos conciernen si sus actividades amenazan directamente nuestros intereses. Queremos reclutar, entrenar, equipar y desplegar el ejército más poderoso, letal y tecnológicamente avanzado del mundo para proteger nuestros intereses, disuadir las guerras y si es necesario ganarlas de forma rápida y decisiva con el menor número posible de pérdidas para nuestras fuerzas. Queremos disponer de la fuerza nuclear de disuasión más sólida, creíble y moderna del mundo así como de defensa de antimisiles de nueva generación con el fin de proteger al pueblo estadounidense, los activos estadounidenses en el extranjero y los aliados de EE.UU. Aplicaremos también el poder blando…” confirma la imposición de la paz mediante la fuerza para disuadir a sus enemigos. Es la excusa perfecta que justifica las intervenciones militares en cualquier país o región del mundo. “animamos a nuestros amigos con ideas afines a defender nuestras normas comunes”. Ellos, socios y aliados deben contribuir a la defensa colectiva para lo cual la otan tendrá que dedicar el 5% de su PBI a la misma. Todos deben trabajar junto con EE.UU  para “evitar el surgimiento de adversarios dominantes que amenacen los intereses estadounidenses”. El objetivo final es realinear a los países y regiones con los intereses de EE.UU en todos los aspectos, incluidos los minerales estratégicos. Para ello EE.UU  debe reactivar su base industrial de defensa y el dominio energético en todas sus áreas además de reforzar su dominio financiero.  Fija su posición con respecto al mundo. Antes de referirme a lo que ellos llaman, desde el gobierno de Theodore Roosevelt, hemisferio occidental, y que nosotros nombramos como nuestra américa – patria grande, sin olvidar que nuestros pueblos originarios se refieren a ella como Abya Yala, lo haré con respecto a las otras regiones del mundo para dar una idea general.

Con respecto a Asia determina que China se ha vuelto rica y poderosa y que la región indo-pacífica es uno de los principales escenarios de confrontación económica y geopolítica. EE.UU  debe ser competitivo económica y comercialmente allí. Desea reequilibrar las relaciones con china con un enfoque que deber ir acompañado de la disuasión. India debe contribuir a la seguridad de la región indo-pacífico mediante la cooperación con Australia, Japón y EE.UU con el objetivo final de enfrentar a china. Es necesario restablecer el equilibrio militar estadounidense en la región.  EE.UU  debería reunir a sus aliados y socios europeos y asiáticos para mejorar sus posiciones comunes en el hemisferio occidental y en lo que respecta a los minerales críticos en áfrica. Deben formar coaliciones económicas. Por la importancia de Taiwán es necesario disuadir cualquier conflicto en torno a ella de forma tal que también pueda mantener la superioridad militar. EE.UU  y aliados deben ser capaces de repeler cualquier agresión china sobre Taiwán. Los aliados deben conceder un mayor acceso a sus puertos y otras instalaciones del ejército estadounidense además de multiplicar los gastos en su propia defensa. El mar de china meridional debe permanecer abierto. Agrego una nota de color.  En su viaje a China Trump fue recibido por el vicepresidente Han Zheng lo que significa según los entendidos “usted está de viaje para buscar cooperación y debatir la influencia iraní no para celebrar. Y quien busque una oportunidad de ayuda debe conocer su alcance antes de poner un pie en la pista del aeropuerto”.  Frío protocolo y fría ceremonia de recepción. Vimos a Trump caminar por detrás de Han Zheng. Pero hubo otro mensaje subliminal “quien quiera expansión y hegemonía en taiwán después de que sus portaaviones huyeron del mar rojo y el mar arábigo y sus pies se hundieron en Isfahán y fracasó en Ormuz, debe conocer su propio valor.”  China aplicó la “diplomacia de la disciplina” que es una estrategia: el líder chino sólo dedica su tiempo a quienes respetan las nuevas reglas de juego. Al mismo tiempo buques chinos cruzaban el estrecho de Ormuz. Xi Jin ping no permitió que en la reunión se hablara de irán. La conversación giró en torno al comercio y Taiwán con la advertencia china sobre este tema a Trump.  Como dice el refrán popular “ir por lana y volver trasquilado”.

Con respecto a Europa sostiene que la guerra de ucrania debe llegar a su fin para estabilizar las economías europeas. Europa está en una profunda crisis política. Debe corregir su trayectoria actual ayudada por EE.UU para que ningún adversario la domine. Debe asumir su propia defensa. Rusia es calificada como una amenaza constante para Europa y la OTAN y puede ser controlable. EE.UU  debe permanecer en alerta máxima; pero el papel principal de contenerla recae en la OTAN ya que EE.UU  tiene su prioridad en el hemisferio occidental y en disuadir a china.

Luego dirige su mirada a corea del norte. Determina que representa un peligro por la posesión de armas nucleares al igual que Rusia. Corresponde a corea del sur neutralizar el peligro. EE.UU  y sus aliados forman el perímetro de defensa alrededor de Eurasia. Aclaro que por estos días corea del norte ha incorporado a su constitución nacional el principio que ella ya no tiene nada que ver con corea del sur, y que ambas son naciones independientes. No habrá reunificación. Sigue definiendo a corea del sur como enemiga. Incorporó también en su constitución el mandato que si su líder Kim Jong un es asesinado, inmediatamente el magnicidio será respondido con un ataque nuclear sobre el país responsable y sus cómplices. Corea del norte no permitirá que se repitan hechos como el asesinato del ayatolá Sayyed Alí Khameini, líder de la república islámica de Irán y de millones de musulmanes en el mundo, y el secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro Moros y de su esposa Cilia Flores. Para quienes no conocen el poder militar de corea del norte les informo que sus misiles con ojivas nucleares tienen un rango de cobertura que no cubre sólo a corea del sur, Australia, Japón y alrededores, sino también a Alaska y todo EE.UU. Y créanme, corea del norte cumple sus promesas al igual que Rusia, Irán y el frente de resistencia de Asia occidental, mal llamada oriente medio.

Con respecto a Asia occidental determina que Israel, Jordania y las monarquías del golfo pérsico deben gestionar las amenazas que representan Irán y los movimientos de resistencia a quienes subestima.  Advierte que EE.UU  mantendrá la decisión de intervenir militarmente si ello es necesario.  Lo hizo a partir del 28 de febrero de 2026 sólo para sufrir una derrota humillante y catastrófica junto a sus aliados a manos de irán y del frente de la resistencia de Asia occidental.  Como manifestaran los yemeníes de Ansarollah “un tigre de papel con dientes y garras de papel”. Han trascendido detalles de una conversación sostenida entre los presidentes de Rusia, Vladimir Putin, y de China, Xi Jin Ping. Durante la misma Putin informó a Xi Jin Ping que si EE.UU o Israel utilizaban armas nucleares contra irán, la amenaza existe, inmediatamente Irán destruiría dimona y aviones mig 31, apostados en Bielorrusia despegarían de ella portando misiles, capaces de llevar ojivas nucleares, para bombardear Europa occidental (léase OTAN).   Esperemos que la advertencia haya llegado a su destino. Y no sólo esto. Se ha informado que irán posee misiles con un alcance de 10.000 kilómetros. La prueba fue llevada a cabo bajo supervisión rusa y alcanzó exitosamente el objetivo marcado en Siberia.   Como nota de color el papa león xiv condecoró con la máxima orden del vaticano al embajador iraní ante la santa sede. Como expresó miguel de cervantes en “don quijote de la mancha” “cosas veredes don sancho que non creyeres”.

Con respecto a áfrica manifiesta la intención estadounidense de asociarse con los países africanos para “explotar sus recursos naturales y su potencial económico”. Esto implica pasar de la ayuda a una relación centrada en el comercio y la inversión especialmente en el sector energético y el desarrollo de minerales críticos.

Ahora me referiré a nuestra américa – patria grande – Abya Yala. Abiertamente el documento manifiesta “debemos reclutar y expandirnos para transformarnos en el socio de economía y de seguridad preferido en el hemisferio. Reajustar nuestra presencia militar en el continente con una presencia más adecuada de la guardia costera y la marina para controlar las rutas terrestres y marítimas. Haremos despliegues específicos para combatir el narcotráfico, usando incluso el poder letal, y estableceremos o ampliaremos el acceso a lugares de importancia estratégica”. Fortalecerá las alianzas en materia de seguridad mediante la venta de armas, intercambio de información y realización de ejercicios militares combinados. La región posee numerosos recursos estratégicos que EE.UU  necesita y debe explotar y para ello “la comunidad de inteligencia debe identificar los puntos estratégicos y los recursos del hemisferio occidental con vistas a su protección y desarrollo conjunto con los socios regionales”.  EE.UU  debe ocupar una posición predominante para garantizar su seguridad y prosperidad. Esto implica el control de instalaciones militares, puertos e infraestructura clave y la compra de activos estratégicos.  En sentido amplio “todos los países deben elegir si quieren vivir en un mundo liderado por EE.UU  o en un mundo paralelo donde se encuentran los países del otro lado del globo”.  EE.UU  debe ejercer presión en incentivos de todo tipo para que las empresas estadounidenses sean las únicas proveedoras.  Como corolario nos informa que ya desde el siglo xix a través de la doctrina Monroe y luego de los corolarios Roosevelt el rol de liderazgo de EE.UU  quedó en evidencia y esto fue necesario para resguardar la seguridad y la economía de EE.UU. Veamos algunos detalles al respecto. No nos referiremos a las invasiones y ocupaciones militares sino a decisiones gubernamentales.  Ya en 1789, a pocos años de declarar su independencia de Gran Bretaña, los ojos imperiales se posaron en nosotros.  En 1818 el embajador español en EE.UU, Luis de Onís, advirtió a su gobierno sobre las intenciones del gobierno estadounidense con respecto a las posesiones españolas en México. Denunció que EE.UU  planeaba extender su frontera hasta el río bravo tomando las provincias de Texas, Nueva Santander, Coahuila, Nuevo México y parte de las provincias de Vizcaya y Sonora: había levantado un plano de dichas provincias e incluido en el mismo a la isla de cuba como parte natural del mismo. Simultáneamente otro mapa sugería que el río Mississippi se sumergía bajo tierra para resurgir con el nombre de amazonas, marcando así la frontera sur de EE.UU.  En 1823 mientras el presidente Monroe desarrollaba la doctrina “américa para los americanos” el ex presidente Thomas Jefferson sostenía que cuba debía ser estadounidense ya que ello le daría a EE.UU  el dominio sobre el Golfo de México y sobre los estados y el istmo que la ciñen.  En 1853 se alegó que el estado de pará en Brasil estaba más cerca de nueva york que de río de janeiro y que los transportes eran más fáciles hacia el norte.  Unos años antes de la guerra de la triple alianza, librada por Argentina, Brasil y Uruguay, mascarones de proa de Gran Bretaña, contra Paraguay, una expedición estadounidense intentó llegar hasta el hermano país con el objetivo de anexar toda la cuenca del plata a EE.UU, nueva frontera reclamada. En 1870 el presidente Ulises Grant presionó para adquirir santo domingo por sus riquezas naturales y para asegurar el control del tráfico comercial en el caribe. En 1904 Theodore Roosevelt nos bautizó como hemisferio occidental y sostuvo que intervendría cuando lo considerara necesario para asegurar el propio interés de EE.UU. Años después Delano Roosevelt manifestó que la idea de cooperación y panamericanismo tenía por objetivo obligar a nuestras patrias a una total dependencia económica de EE.UU. En 1940 David Rockefeller sostuvo que la amazonia era la nueva frontera estadounidense.  El documento santa fe iv dado en el año 2.000, estableció “la seguridad de que los recursos naturales del hemisferio están disponibles para responder a nuestras prioridades nacionales, una “doctrina Monroe” si quieren.”  Me detengo aquí.  Como he expresado en documentos anteriores puedo comparar esta saga con otras dos de ciencia ficción; “el señor de los anillos” y “la guerra de las galaxias (Star Wars)”. Creo que no es necesario aclarar el por qué.

El 10 y 11 de febrero de 2026, se realizó la primera conferencia de jefes de defensa del hemisferio occidental, en Washington. Fue organizado por el estado mayor conjunto de EE.UU  al mando del gral dan cauve. Ni cuba ni Nicaragua fueron invitadas. Venezuela, transformada desde el fatídico 03 de enero de 2026 en un protectorado estadounidense no acudió. Días después recibió la visita del nuevo jefe del comando sur Francis Donovan quien manifestó que su objetivo es “hacer cumplir lo que Trump determinó para ella” qué trágica ironía:  la patria del libertador Simón Bolívar Palacios y Blanco convertida en protectorado y la patria del libertador general José de San Martín Matorras, que es también mi patria, convertida en una colonia estadounidense-sionista-británica. Me pregunto cuántas batallas de Carabobo deberá librar Venezuela. Cuántos combates de san Lorenzo, batallas de Suipacha, Salta, Tucumán, vuelta de obligado deberemos librar nosotros y cuántas batallas de Chacabuco, Maipú, Pichincha, Riobamba, Junín y Ayacucho deberemos librar todos los pueblos juntos.  En esa conferencia el secretario de guerra Pete Hegshet expresó que el objetivo de la misma “era restaurar el poder y la fortaleza en nuestro hemisferio”. Los mandos militares estadounidenses les recalcaron a los jefes militares presentes del continente que “era necesaria la coordinación regional para combatir al narcotráfico, al crimen transnacional y a los actores externos (China y Rusia)”

El 07 de marzo de 2026 EE.UU  lanzó el “escudo de las américas” con el objetivo de combatir al narcotráfico y a las “redes terroristas” en coordinación con los países de la región, asistieron 15 presidentes, utilizando la fuerza letal.  Otra vuelta de tuerca, mientras que al interior de EE.UU Trump aplica la doctrina de la seguridad nacional, de la estrategia para convertirnos en un área subordinada y dominada por EE.UU  quien pretende que seamos la carne de cañón en el enfrentamiento militar que cree tendrá con china más temprano que tarde.

Reflexiones finales

El mundo está convulsionado.  Continúa el genocidio palestino. Líbano también está bajo ataque sionista. Continúa la guerra de la OTAN -EE.UU  utilizando a Ucrania contra Rusia.  La república saharaui sigue enfrentándose a marruecos, quien está apoyado por EE.UU, Israel y la OTAN, por la liberación del Sahara occidental.  En libia fue asesinado el hijo de Muamar Gadafi que era quien hubiera podido unir a su pueblo. Etiopía casi en guerra con Somalía y ésta enfrentando la secesión de Somalilandia auspiciada por Israel y los emiratos árabes unidos. Guerra civil en la república democrática del Congo donde intervienen países vecinos.  Guerra civil en Sudán donde los mercenarios Janjewed son financiados por los emiratos árabes unidos. Malí, Níger y Burkina faso, confederación del Sahel, enfrentando a los grupos terroristas creados y financiados por EE.UU, Francia, Gran Bretaña, Israel. Guerras latentes entre Tailandia y Camboya; Pakistán y Afganistán por problemas de fronteras.  Guerras latentes entre la india, en relaciones carnales con EE.UU  e Israel, con Pakistán y también con China. Guerra latente entre ambas Coreas por las provocaciones llevadas a cabo por corea del sur. Guerra latente entre Japón, que intenta utilizar a Taiwán y China y también con Rusia.  Siria en manos de los terroristas de al Qaeda y sometida a continuos ataques israelíes en su territorio sin que haya reacción. Yemen continúa enfrentando desde hace 11 años a la agresión estadounidense -saudí- Emiratí-británica-israelí mientras el sur de su territorio continúa ocupado por la coalición agresora.

¿y por casa cómo estamos?  ¿por qué tanto silencio sobre Haití azotado por pandillas y ocupado por EE.UU ? ¿y si fijamos la mirada y la conciencia sobre cada una de nuestras patrias desde el Río Bravo hasta el polo sur y desde el océano pacífico hasta el océano atlántico y el mar caribe? Planes imperiales y coloniales de ataques contra México, Brasil y Colombia ya preparados. Al igual que planes de invasión terrestre a Venezuela, cuanto más te inclines amada Venezuela ante el imperio más dura será tu suerte y más trágico tu destino, y a cuba, el faro que sigue iluminando a nuestra américa-patria grande-Abya Yala.  El ojo del huracán se acerca.  ¿qué haremos? ¿seguiremos comprando las mentiras del mundo occidental y cretino? Ya es hora de reconocer su hipocresía y descolonizar el pensamiento y la conciencia.  El tigre de papel con garras y dientes de papel no es invencible.  Les pregunto hermanas y hermanos ¿van a aceptar ser la carne de cañón en las aventuras coloniales e imperiales de EE.UU ? ¿van a ser los verdugos de nuestros pueblos y de otros pueblos? Llevamos más de 500 años de resistencia. Juntos nos independizamos de España. Juntos debemos independizarnos ahora del imperio estadounidense que sólo ha traído y trae devastación, miseria, humillación y muerte.  No quiero que aquellas palabras pronunciadas por nuestro Manuel Ugarte se hagan realidad “los pueblos que esperan su vida o su porvenir de una abstracción legal o de la voluntad de los otros son de antemano pueblos sacrificados”.  Hagamos una vez más la historia...

Profesora Elsa M. Bruzzone

Cemida (Centro de Militares por la Democracia Argentina)

Buenos aires, República Argentina 28 de mayo de 2026

Lo subrayado/interpolado es nuestro.

El capitalismo determinista mafioso y la corrupción en los Estados Unidos del convicto emperador Trump...

 



El capitalismo determinista mafioso y la corrupción en los Estados Unidos del convicto emperador Trump...

Por Prof. Henry Giroux* – Voces del Mundo/escritor, académico y analista internacional/ADDHEE.ONG:

Gentileza de Dr. Roberto Savio

La tradición no es el culto a las cenizas. Es la preservación del fuego. Por Gustav Mahler

La corrupción como espectáculo autoritario

La corrupción nunca ha estado lejos del centro de la política estadounidense. Algunos de los escándalos más notorios abarcan desde el amiguismo de Warren G. Harding hasta los abusos de poder sacados a la luz durante el escándalo del Watergate bajo el mandato de Richard Nixon. Sin embargo, muchos historiadores sostienen que lo que distingue a Donald Trump de presidencias corruptas anteriores es que la corrupción ya no opera a puerta cerrada, protegida por los rituales liberales de la legitimidad institucional y los eufemismos del decoro político. Bajo el mandato de Trump, la corrupción se lleva a cabo abiertamente como un espectáculo, celebrada como un signo de fuerza, riqueza, venganza y lealtad personal.

El régimen de corrupción en constante expansión de Trump ya no es simplemente una mala conducta financiera oculta, sino una exhibición pública de avaricia sociópata diseñada para normalizar la codicia, la anarquía, el poder sin límites y el colapso de la responsabilidad cívica. Refleja una política de nihilismo moral en la que el fascismo ya no aparece como una amenaza lejana, sino como un futuro que ya está tomando forma.

Como una insignia de honor, Trump abraza la corrupción no sólo como una forma de gobernar, sino como un espectáculo diseñado para legitimar la codicia, la crueldad y el poder sin límites. Funciona como lo que Dominic Wetzel ha denominado la «pornificación del sueño americano», una cultura en la que el exceso, la anarquía y la depredación se celebran como signos de éxito y fortaleza. En los Estados Unidos de Trump, la corrupción se convierte en un teatro de crueldad y violencia, saturando la vida política con los valores del miedo, el espectáculo y la desechabilidad. Alimenta una arquitectura de dominación más amplia, arraigada en jerarquías tóxicas de raza, clase, misoginia y nacionalismo cristiano blanco, al tiempo que convierte la anarquía y la agresión desenfrenada en formas de entretenimiento político.

La corrupción, en este sentido, es más que un síntoma de decadencia institucional, depravación moral o vulgaridad política. Se convierte en uno de los mecanismos pedagógicos y políticos centrales a través de los cuales la política fascista se afianza, erosionando los valores democráticos al tiempo que legitima una cultura organizada en torno a la brutalidad, la humillación y el abandono cívico. En esta formulación, la corrupción funciona como una especie de escenario fascista, creando las condiciones que alimentan lo que Jonathan Crary denomina en Scorched Earth un «motor implacable de adicción, soledad, falsas esperanzas, crueldad, psicosis, endeudamiento, vidas desperdiciadas, corrosión de la memoria y desintegración social».

La criminalización de la gobernanza

Lo que define al régimen de Trump, por tanto, no es simplemente la corrupción en el sentido convencional de soborno o mala gestión financiera. Se trata más bien de la fusión sistémica del poder autoritario, la codicia organizada, el espectáculo, la crueldad patrocinada por el Estado y la impunidad, una fusión que convierte la corrupción en un principio de gobierno y en un ideal cultural. La exhibición de la codicia y los escándalos resultantes tienen un alcance asombroso: el uso de los hoteles y complejos turísticos de Trump como cajeros automáticos políticos para grupos de presión, gobiernos extranjeros y operadores republicanos que buscan influencia; el lavado de dinero del narcotráfico, el desvío de dinero de los contribuyentes hacia propiedades de Trump a través de gastos del servicio secreto y del gobierno; el desvío de fondos de la toma de posesión hacia planes de enriquecimiento privado; el uso de empresas de criptomonedas y comités de acción política opacos como modernos fondos para gastos discrecionales; la aceptación de regalos fastuosos, viajes de lujo y aviones vinculados a benefactores multimillonarios e intereses extranjeros; y la monetización abierta del propio acceso político.

A esto se suman las conexiones de inversión saudí multimillonarias de Jared Kushner tras su cargo en la el régimen, los acuerdos de marcas registradas y la expansión empresarial de Ivanka Trump durante la administración, y el nombramiento nepotista de miembros de la familia para puestos de inmensa influencia política. Lo que surge es una magnitud de autocontratación y anarquía sin precedentes en la política estadounidense moderna. Pero estos escándalos no son abusos aislados del cargo. Apuntan a una transformación más profunda en la que la corrupción se institucionaliza como lógica de gobierno, como forma de pedagogía pública y como rasgo definitorio del poder autoritario.

La corrupción de Trump va más allá del lenguaje tradicional del escándalo político y se asemeja cada vez más a la lógica operativa de una organización criminal. El fondo para sobornos propuesto, de 1.786 millones de dólares, vinculado a acuerdos con insurrectos, oportunistas corruptos y otros aliados de Trump, es más que simple gansterismo financiero; revela una estructura de gobierno en la que enormes reservas de dinero funcionan como instrumentos de lealtad, recompensa, intimidación y protección política. Walter Olson tiene razón, al citar a Nick Catoggio, al afirmar que «se trata de un simple robo envuelto en la palabrería de la ‘militarización’ y la ‘compensación’… El presidente actúa con impunidad porque cree que la mayoría de su partido defenderá sin pensarlo dos veces cualquier cosa que haga, y tiene razón».

 En conjunto, estas acciones revelan un régimen que se asemeja cada vez más a una organización criminal. Tales prácticas se basan en la decisión de Trump de indultar a más de 1.600 personas condenadas en relación con el ataque del 6 de enero al Capitolio, incluidos los participantes implicados en agresiones violentas contra agentes de policía que defendían el proceso democrático. Los indultos transformaron la violencia política en una insignia de lealtad, indicando que los actos cometidos en defensa del líder no sólo serían excusados, sino santificados como servicio patriótico.

Al mismo tiempo, Trump ha recurrido en repetidas ocasiones al poder de indulto para proteger a aliados políticos, donantes acaudalados y figuras vinculadas a formas espectaculares de delincuencia. Entre los casos más infames se encuentra el indulto concedido a Ross Ulbricht, vinculado a una de las mayores operaciones del narcotráfico en línea de la historia de Estados Unidos. A esto se suman los indultos y las conmutaciones de pena otorgados a numerosos aliados y simpatizantes condenados por fraude, corrupción y delitos financieros. Por ejemplo, el indulto a Philip Esformes, condenado por uno de los mayores fraudes a Medicare de la historia de Estados Unidos, que supuso alrededor de 1.300 millones de dólares en reclamaciones fraudulentas. Esformes se convirtió en un símbolo de una política en la que la delincuencia de cuello blanco no se trata como una amenaza para el bien público, sino como moneda de cambio dentro de un sistema de lealtad transaccional.

Como informó el periodista David D. Kirkpatrick en The New Yorker, la familia Trump se ha embolsado aproximadamente 4.000 millones de dólares a través de una vasta red de negocios, operaciones de marca política, empresas de criptomonedas y transacciones basadas en la influencia vinculadas directa o indirectamente al poder político de Trump. Lo que se desprende de estas revelaciones no es meramente un patrón de violaciones éticas aisladas, sino la consolidación de una cultura política en la que la corrupción se normaliza tanto como espectáculo como forma de gobernanza. La extracción de riqueza, el clientelismo, la inmunidad legal y la violencia política convergen en una única maquinaria autoritaria alimentada por el miedo, el resentimiento fabricado y la lealtad ritualizada al líder.

Corrupción, cultura fascista y la muerte de la conciencia cívica

Si una de las caras de la política fascista se manifiesta en la transformación del Estado en un instrumento de terrorismo interno, la otra surge de la fusión entre el poder político y la corrupción sistémica. Aquí, el capitalismo mafioso se revela en su forma más depredadora, a medida que las instituciones públicas se vacían de contenido para enriquecer a las élites gobernantes, recompensar a los leales, castigar a los disidentes y normalizar la anarquía como modo de gobernanza. Sin embargo, la corrupción bajo la política fascista no opera sólo a través de las instituciones y los acuerdos económicos; también actúa a través de la cultura, la emoción, el espectáculo y la configuración de la conciencia cotidiana.

 En este sentido, la corrupción no puede reducirse a escándalos aislados o actos individuales de criminalidad. Se convierte en una fuerza cultural y un arma pedagógica que ataca la conciencia cívica, erosiona los lazos sociales esenciales para la vida democrática y legitima las pasiones movilizadoras del fascismo a través de espectáculos de degradación, desechabilidad, crueldad y odio fabricado.  Funciona como parte de una pedagogía neoliberal más amplia en la que la vida cívica se reorganiza en torno a los valores del interés propio, la mercantilización, el hiperindividualismo y la competencia despiadada. Décadas de propaganda impulsada por el mercado, la cultura de las celebridades, el antiintelectualismo y las máquinas de desimaginación han normalizado un lenguaje moral en el que la codicia se convierte en aspiración, la crueldad se convierte en entretenimiento y los bienes públicos pasan a ser objeto de desprecio. En tales condiciones, la corrupción se integra en la conciencia cotidiana como algo normal, en lugar de ser reconocida como un ataque al ideal y a la promesa de una democracia sólida.

En la política fascista, la corrupción desempeña una función aún más profunda e insidiosa. No sólo corrompe las instituciones, sino que destruye la sensibilidad ética y cívica necesaria para la propia vida democrática. Al difuminar la distinción entre el servicio público y el saqueo privado, entre la responsabilidad social y la criminalidad, adormece la conciencia, normaliza la deshonestidad y la crueldad y despoja a la política de cualquier obligación moral hacia el bien común.

Lo que surge es una cultura en la que la codicia se convierte en una virtud cívica, la anarquía en una medida de poder y el sufrimiento de los demás en un mero daño colateral en la búsqueda de dominio. Es precisamente este colapso de la conciencia en un entumecimiento moral y una falta de reflexión lo que, como argumentó Hannah Arendt en Eichmann in Jerusalem y más tarde en Responsability and Judgement, crea las condiciones en las que florece el autoritarismo.

En el universo político de Trump, la corrupción se convierte en una demostración autoritaria de dominio descarnado, y se hace alarde de ella abiertamente porque el objetivo no es ocultar la criminalidad, sino normalizarla. Las interminables estafas, los sobornos, el enriquecimiento familiar, las campañas de intimidación, los indultos y las lealtades transaccionales envían un mensaje claro al público: la democracia ya no es un proyecto ético compartido, sino un mercado de crueldad, clientelismo, capitalismo mafioso,  en especial del narcotráfico...

Como ha argumentado la historiadora Ruth Ben-Ghiat, estos sobornos e indultos no deben considerarse meramente como recompensas por la lealtad pasada. Funcionan como garantías para futuros actos de violencia política y lealtad autoritaria. Al igual que las organizaciones criminales y los regímenes autocráticos de todo el mundo (en particular Hungría antes de la reciente derrota de Orbán en las últimas elecciones), estos sistemas vinculan a los seguidores al líder haciendo desaparecer sus problemas legales, al tiempo que los preparan para un futuro servicio al movimiento. Los indultos, los acuerdos económicos, los favores políticos y las protecciones selectivas se convierten en mecanismos para construir lo que equivale a una red de lealtad financiada por el Estado, diseñada para garantizar la obediencia no a través del consentimiento democrático, sino mediante el miedo, la dependencia, la corrupción y la complicidad compartida.

La corrupción como pedagogía pública

En tales condiciones, la corrupción adquiere una fuerza pedagógica. Enseña que la democracia está en venta, que la injusticia es más importante que la justicia y que el poder pertenece a aquellos lo suficientemente ricos y despiadados como para situarse por encima de la rendición de cuentas. El peligro no reside sólo en las prácticas delictivas implicadas, sino en las lecciones culturales más amplias que imparten: que el gansterismo puede funcionar como arte de gobernar, que la lealtad al líder prevalece sobre la lealtad a la ley y que la democracia puede vaciarse de contenido mediante una fusión de indignación coreografiada, corrupción y olvido organizado; fomentada por una interminable serie de máquinas de desimaginación. Para comprender cómo dicha corrupción se asegura el consentimiento de las masas, es necesario examinar los aparatos culturales y mediáticos que difunden sus valores y transforman el autoritarismo en una forma de pedagogía cotidiana y de lenguaje que coloniza la conciencia.

El autoritarismo digital y la cultura del espectáculo

La corrupción en el régimen de Trump no opera aislada de la cultura, los medios de comunicación y la vida cotidiana. Se ve facilitada y amplificada a través de una vasta red de aparatos culturales, plataformas digitales y sistemas mediáticos propiedad de multimillonarios que normalizan la codicia, celebran el interés propio despiadado y elevan los valores del capitalismo neoliberal a un sentido común dominante. Los oligarcas tecnológicos que dominan las redes sociales y las comunicaciones digitales hacen más que controlar la información: moldean los paisajes emocionales y pedagógicos a través de los cuales las personas aprenden a verse a sí mismas, a los demás y el sentido mismo de la política. En este entorno, la corrupción ya no se considera principalmente como una violación de la confianza pública. En este entorno, el dominio algorítmico y el feudalismo digital se presentan como astucia empresarial, marca personal y éxito competitivo, así como la búsqueda descarada del poder en una cultura en la que el ganador se lo lleva todo. En realidad, representa una forma hiperintensificada de la maldad instrumentalizada.

El terreno pedagógico contemporáneo del capitalismo mafioso favorece abrumadoramente a la plutocracia oligarca, empresarial – bancaria financiera/agiotista, agrícola monopolista a los reaccionarios y a los poderosos políticamente. Cada vez más, amplios sectores del público, especialmente los votantes indecisos y el público más joven, ya no reciben información política a través del periodismo tradicional o las esferas públicas democráticas, sino a través de plataformas de redes sociales, canales de YouTube, redes de influencers y podcasts dominados por personalidades de la ultraderecha fascista como Tucker Carlson, mientras que los sistemas impulsados por algoritmos y controlados por oligarcas tecnológicos como Elon Musk y Mark Zuckerberg amplifican la indignación, la desinformación y el resentimiento autoritario. Algunos de los podcasts políticos más escuchados están presentados por figuras reaccionarias que trafican con teorías conspirativas, agravios inventados, nacionalismo blanco, misoginia y retórica antidemocrática.

Al mismo tiempo, las fuerzas políticas conservadoras ejercen una enorme influencia en YouTube, Facebook, TikTok y X, donde la indignación, el miedo, el resentimiento y el espectáculo circulan con una velocidad y una intensidad emocional extraordinarias. Estas plataformas premian el sensacionalismo, la agresividad y la manipulación emocional porque la indignación genera clics, atención y beneficios. Fomentan la fragmentación social, la alienación y la atomización y, como señala Jonathan Crary, representan cada vez más un «aparato global integral para la disolución de la sociedad».

 Al hacerlo, crean un entorno cultural y pedagógico en el que los valores autoritarios adquieren una enorme fuerza legitimadora, mientras que el pensamiento crítico, la memoria histórica y la alfabetización cívica son cada vez más borrados, castigados o considerados sospechosos. Al mismo tiempo, reproducen y normalizan la gramática venenosa de la política fascista: la anarquía elevada a principio de gobierno, el odio racial y las fantasías de limpieza étnica definidas descaradamente como cuestiones de seguridad y pureza nacional, las ideas críticas prohibidas o criminalizadas, la violencia genocida en Gaza racionalizada como política y el asesinato de periodistas en zonas de guerra normalizado como daño colateral en una era de barbarie organizada. En estas condiciones, la cultura digital ya no se limita a comunicar la política; se convierte en una de las principales fuerzas pedagógicas a través de las cuales se producen identidades, deseos e inversiones emocionales autoritarias.

La estética MAGA y la pedagogía de la crueldad

Lo que surge bajo el trumpismo no es simplemente una política de corrupción, sino un régimen cultural y pedagógico más amplio de criminalidad y terrorismo de Estado. A diferencia de las formas más antiguas de propaganda autoritaria, que exigían creencias ideológicas y una obediencia disciplinada, la cultura autoritaria contemporánea exige una participación superficial, una rendición emocional, una actitud antiintelectual y una circulación compulsiva a través de los flujos interminables de los medios digitales y el uso peligroso de la inteligencia artificial. La política se transforma en teatro político, guerra de memes e indignación performativa. La participación ya no requiere un juicio informado ni una alfabetización crítica; requiere una inversión emocional en espectáculos de humillación, crueldad, resentimiento y lealtad tribal. La corrupción se convierte en parte de las exhibiciones ritualizadas de dominación, ostentada abiertamente como un signo de poder, control sin límites e inmunidad frente a la rendición de cuentas.

La circulación interminable de memes, fantasías generadas por IA, teorías de la conspiración, indignación escenificada y actuaciones políticas impulsadas por celebridades crea una cultura en la que los valores autoritarios se absorben afectivamente antes de que sean examinados críticamente. En este universo mediático, el lenguaje de la democracia se disuelve en ejercicios de marca y reacciones emocionales diseñadas algorítmicamente. Aquí, el concepto de «espectáculo» de Guy Debord se vuelve indispensable, porque la política ya no funciona principalmente a través del argumento razonado, sino a través de un teatro de imágenes mercantilizadas, emociones fabricadas y distracciones interminables. Igualmente importante es que la obra de Jean Baudrillard ayuda a explicar cómo las fantasías generadas por la inteligencia artificial y las imágenes políticas hiperreales circulan no porque sean creíbles en ningún sentido convencional, sino porque producen una gratificación emocional desvinculada de la verdad, las pruebas o la memoria histórica. Al mismo tiempo, Neil Postman previó una cultura en la que la vida pública se disolvería en el entretenimiento y el espectáculo, erosionando las capacidades mismas necesarias para el juicio democrático y el pensamiento crítico.

Cada vez más, la corrupción de la política se refleja en la corrupción de la cultura cívica, la conciencia pública y el juicio moral. Los grotescos vídeos generados por IA y los espectáculos escenificados que Trump difunde sin cesar y que se amplifican a través de los ecosistemas mediáticos de la derecha hacen algo más que entretener. Funcionan como formas de pedagogía pública autoritaria que normalizan la humillación, la crueldad, el racismo, la hipermasculinidad y el analfabetismo cívico como virtudes públicas. En estas fantasías fabricadas digitalmente, Trump aparece como un salvador designado por Dios y abrazado por Jesús, los críticos quedan reducidos a objetivos de ridículo y fantasías de degradación y la agresión contra los disidentes se escenifica como fuente de diversión popular y gratificación emocional. En un atroz vídeo racista generado por IA, Trump retrata al expresidente Barack Obama y a Michelle Obama como simios. Este tipo de espectáculos son importantes porque socavan los fundamentos éticos de la vida democrática, sustituyendo la responsabilidad cívica, la compasión, la memoria histórica y el juicio crítico por una política basada en la burla, el resentimiento, la ira fabricada y el placer autoritario. La política ya no apela al consentimiento informado, a la responsabilidad ética ni al debate razonado. En cambio, adiestra al público para que disfrute con la humillación, celebre el poder sin límites y acepte la crueldad como entretenimiento.

Máquinas de desimaginación y cultura neofascista

Bajo este régimen pedagógico, los valores neoliberales de la competencia tóxica, el interés propio sin límites, la desechabilidad, la cultura mercantilizada de la inmediatez y la supervivencia impulsada por el mercado se fusionan a la perfección con la política autoritaria. La cultura de las celebridades, los sistemas mediáticos algorítmicos, el nacionalismo cristiano, el antiintelectualismo y la teatralidad fascista se fusionan en lo que en otros lugares he denominado una máquina de desimaginación, un poderoso aparato de pedagogía pública que educa a las personas emocionalmente antes de persuadirlas intelectualmente. Su poder más profundo no reside meramente en difundir mentiras, sino en moldear deseos, identidades y disposiciones emocionales que convierten la corrupción, la crueldad y el capitalismo determinista mafioso en rasgos habituales de la vida cotidiana. El autoritarismo se vuelve placentero, los movimientos nacionalistas blancos y las lealtades de tipo sectario sustituyen a la solidaridad democrática y la vida pública se reduce a un juego brutal organizado en torno a la humillación, la explotación y la emoción de la dominación.

De esta maquinaria surge una forma de política neofascista en la que la corrupción ya no es una desviación del gobierno, sino uno de sus principios organizativos fundamentales. Sin embargo, los medios de comunicación dominantes suelen tratar la corrupción como poco más que un escándalo y un espectáculo, ocultando su papel dentro de una política más amplia de desechabilidad, explotación y control autoritario. Lo que está en juego es un sistema depredador que vacía de contenido a las instituciones democráticas al tiempo que concentra la riqueza y el poder en manos de una oligarquía financiera y política unida por el miedo, la lealtad y la codicia organizada. Pero la corrupción por sí sola no es la amenaza más profunda. El mayor peligro reside en las condiciones culturales y pedagógicas que la normalizan. En una época dominada por las máquinas neoliberales de desimaginación, la política impulsada por el espectáculo y la ignorancia fabricada, el gangsterismo se presenta como fortaleza, la crueldad como autenticidad y la anarquía como libertad.

 En una época dominada por las máquinas neoliberales de la desimaginación, la política impulsada por los medios de comunicación y la ignorancia fabricada, los valores y las pasiones fascistas ya no se ocultan; se comercializan, se representan y se celebran. En este escenario, la corrupción funciona como teatro político, un espacio donde la política se disuelve en la gramática visual del fascismo.

Militarismo, hipermasculinidad y nacionalismo cristiano blanco

En su forma más extrema, esta cultura de corrupción y espectáculo autoritario converge con una política que glorifica el militarismo, la violencia y la dominación hipermasculina. Una de las fuerzas motrices detrás de la corrupción sistémica que define al régimen de Trump es la fusión del militarismo tóxico, el nacionalismo cristiano blanco y una política hipermasculina que glorifica la violencia, la dominación y la guerra. Esta convergencia letal se hace patente en las apelaciones de Trump a la autoridad divina, la retórica bíblica y las imágenes cruzadas que utiliza para justificar la agresión militar y la violencia de nivel de crímenes de guerra en Irán. También se manifiesta en el lenguaje militarizado de Pete Hegseth, el autoproclamado «secretario de Guerra» de Trump, para quien la guerra se convierte en un escenario de redención masculina en el que la crueldad se define como una insignia de fortaleza. El militarismo fanfarrón de Hegseth podría parecer absurdo si no estuviera vinculado al poder del Estado y a su capacidad para desatar la violencia tanto en el país como en el extranjero. Como observa Jasper Craven, su retórica está impregnada de «islamofobia, misoginia y una versión claramente tóxica de la masculinidad», un lenguaje venenoso que convierte el militarismo en un espectáculo de agresión al tiempo que eleva la brutalidad autoritaria a modelo de identidad nacional y virtud cívica.

Hacia una política de resistencia y lucha por el socialismo

Vale la pena reiterar que la crisis a la que nos enfrentamos no es simplemente una crisis de corrupción, sino de destrucción acelerada de la democracia, a medida que la justicia, la memoria histórica, la acción cívica y la conciencia pública se ven vaciadas de contenido por las fuerzas del neoliberalismo depredador y el autoritarismo. El trumpismo pone de manifiesto cómo el capitalismo mafioso, fusionado con la política autoritaria, transforma al Estado en un instrumento de terrorismo interno, depredación económica y nihilismo moral. Coloniza la conciencia, borra la memoria histórica y reescribe la historia. En tales condiciones, la resistencia no puede reducirse a reformas legales, comisiones de ética o llamamientos al decoro cívico. La historia ha demostrado adónde conducen esas fuerzas: a cámaras de tortura, encarcelamiento masivo, campos de concentración y la institucionalización de la crueldad como principio de gobierno.

Lo que se necesita es una ruptura fundamental con un orden político y económico que concentra la riqueza y el poder en manos de oligarcas financieros, al tiempo que desmantela los bienes públicos, las protecciones sociales y las instituciones democráticas al servicio de la codicia organizada. Esta es una lucha que debe situar la educación en el centro de la política para cambiar la conciencia pública, como parte de una lucha más amplia para desmantelar las instituciones económicas y políticas del capitalismo mafioso.

Al fin y al cabo, la corrupción que subyace en el régimen de Trump no puede separarse de la cultura autoritaria y neofascista más amplia que la alimenta y la legitima, una cultura en la que el militarismo, el nacionalismo apocalíptico, la masculinidad tóxica, el capitalismo mafioso y una política de desechabilidad se funden en una maquinaria de dominación. Se trata de una política que libra una guerra no sólo contra las instituciones democráticas, las ideas críticas y los valores públicos, sino también contra las condiciones mismas que hacen posibles la justicia, la solidaridad, la compasión y la libertad colectiva.

La lucha contra la corrupción autoritaria debe, por tanto, formar parte de una lucha más amplia para recuperar la política como un proyecto moral, social y colectivo arraigado en la memoria histórica, la justicia económica, la responsabilidad compartida y la promesa radical de la vida democrática. Sin embargo, esta lucha debe tener en cuenta la advertencia de Frederick Douglass de que «el poder no concede nada sin una exigencia». Para Douglass, el poder opresor nunca retrocede por sí solo. Sólo cede cuando se enfrenta a una fuerza colectiva capaz de socavar su autoridad, poner al descubierto sus injusticias y hacer que el dominio sea cada vez más difícil de mantener. En este caso, la resistencia se vuelve peligrosa para el poder autoritario no sólo porque se opone al dominio, sino porque encarna una energía moral y política colectiva capaz de desestabilizar los cimientos mismos sobre los que se asienta ese poder.

Lo que está en juego no es sólo la defensa de las normas democráticas, sino la creación de un futuro radicalmente diferente. Los retos que se nos plantean consisten en desmantelar el capitalismo determinista mafioso y la política fascista que este genera. En su lugar, tenemos la tarea de construir una visión socialista basada en la dignidad humana, la solidaridad, la justicia, la igualdad y el bien común. Como señaló Douglass en su famosa frase: «Sin lucha, no hay progreso». Este es el poder del pensamiento crítico, la resistencia de las gentes y la esperanza militante.

Lo subrayado/interpolado es nuestro