¿Y ahora qué, Brasil y el mundo? ...
Por Prof. Boaventura De Sousa
Santos/escritor, académico, filosofo, sociólogo y analista
internacional/ADDHEE.ONG, Meer, Other News:
“El presidente Lula da Silva ha devuelto al Pueblo Brasileño al
mundo democrático, un nuevo equilibrio entre el miedo y la esperanza” …
Duelo entre Lula da
Silva y Donald Trump. Si ganaba Lula, ganaba la Democracia y el movimiento por
un mundo multipolar y una nueva versión de la coexistencia pacífica…
El gran
derrotado Trump y su escudo de las Américas… El gran ganador , Lula da Silva y
el escudo Democrático latinoamericano caribeño… del sur socialista no alienado…
Ganó Lula da Silva, ganó la Democracia,
ganó el Pueblo Brasileño. Las principales causas de la victoria son las
siguientes. La izquierda se movilizó y se unió como no lo había hecho en mucho
tiempo; la movilización traspasó las lealtades y las tácticas partidistas para
convertirse en una avalancha de actos espontáneos de dimensiones históricas, de
entusiasmo democrático y de alegría participativa
El mundo
democrático ha seguido de cerca y con inquietud el proceso electoral brasileño.
El auge de la extrema derecha, la injerencia imperial estadounidense en
la política interna de países que no están totalmente alineados, la
manipulación masiva de la opinión pública por parte de las grandes empresas que
controlan las plataformas de comunicación, la religión evangélica
neopentecostal convertida en una CIA-USAID-Mossad-M16 religiosa son movimientos
globales y, por ello, lo que ocurriera en Brasil tendría repercusiones en todo
el mundo. Las repercusiones serían tan fuertes en un mundo en el que la
democracia liberal, aunque sea de baja intensidad, sigue presente y las
relaciones con EE.UU.-Israel son complejas, como en el mundo que, sea cual sea
su régimen político, se siente más alineado con China, Rusia o Irán.
En el
fondo, el duelo era entre Lula da Silva y Donald Trump. Si ganaba Lula, ganaba
la Democracia y el movimiento por un mundo multipolar basado en una nueva
versión de la coexistencia pacífica. Si
ganaba Trump, en la persona de un fascista de república bananera, ganaba el
movimiento protofascista y reaccionario mundial, la recolonización del mundo al
servicio de un imperio decadente, el complejo
militar-industrial-digital-financiero movilizado para una nueva guerra que
convirtiera la muerte de millones de inocentes en la solución a su crisis de
rentabilidad.
La
curiosidad mundial fue aún mayor porque las elecciones se celebraron en dos
vueltas. Si en la primera vuelta la campaña electoral de Lula da Silva cometió
algunos errores, quizá por estar convencida de la victoria, en la segunda
vuelta fue ejemplar. Llevó al pueblo democrático a las calles en una
manifestación multitudinaria, con especial protagonismo de la juventud;
aprendió de la derrota de Iván Cepeda en Colombia haciendo un uso innovador de
las redes sociales y, sobre todo, presentó a un candidato absolutamente
extraordinario, un joven de ochenta años, corriendo, saltando, bailando,
brillando en las redes sociales, en los mítines y en los debates.
Era un
candidato cuya energía política se había forjado durante la dictadura cívico
militar, acostumbrado a muchas luchas difíciles y convencido de que esta no
solo era su última lucha política, sino también la última lucha democrática de
Brasil al borde de una nueva y prolongada oscuridad fascista. Desde 1985
(movimiento por el fin de la dictadura cívico militar y el retorno a la
democracia) no se veía a tanta gente en las calles con tanto entusiasmo en
defensa de una causa. A ello contribuía el horror que suscitaba el recuerdo del
desgobierno grotescamente arrogante e incompetente de Jair Bolsonaro.
Ganó Lula
da Silva, ganó la Democracia, ganó el Pueblo Brasileño. Las principales causas
de la victoria son las siguientes. La izquierda se movilizó y se unió como no
lo había hecho en mucho tiempo; la movilización traspasó las lealtades y las
tácticas partidistas para convertirse en una avalancha de actos espontáneos de
dimensiones históricas, de entusiasmo democrático y de alegría participativa.
Al
contrario de lo que venía ocurriendo en el continente y en el mundo, la extrema
derecha, laica y religiosa, respaldada por las plataformas de las grandes
empresas tecnológicas, no logró manipular la opinión pública ni desinformar con
tanta libertad como antes, y tuvo que enfrentarse a un sorprendente dominio
técnico de las redes puesto al servicio de la democracia, la verdad y la lucha
contra el fascismo.
Los
votantes del centro político se alarmaron ante la red de ilegalidades y las
tenebrosas complicidades del candidato de extrema derecha con los subterráneos
del crimen organizado y la alta corrupción.
Un
contingente significativo de votantes, independientemente de sus opciones
políticas, tenía muy presente el desastre humanitario y el deterioro de la
convivencia democrática durante el mal gobierno de Jair Bolsonaro y sintió con
horror el riesgo de volver a ese estilo de gobierno.
Pero, más
allá de todos estos factores, es justo destacar que esta victoria lleva la
huella personal de un gigante de la política, de alguien que sintió más
profundamente que nadie que el país volvería al caos si el clan Bolsonaro y sus
aliados llegaran a la presidencia.
La
energía con la que se despertaba cada día era la de quien había conocido muy de
cerca el hambre, la violencia del trabajo sin derechos, la represión policial,
la dictadura cívico militar; era la energía de todo un pueblo decidido a
no volver al infierno de una política empeñada en destruirlo todo y en no
construir nada que se traduzca en un mayor bienestar para la población.
Nunca un
político que hubiera quedado en segundo lugar en la primera vuelta había ganado
las elecciones; nunca un político había sido capaz, en tan poco tiempo, de
convencer a más de 10 millones de nuevos votantes para que repensaran sus
intenciones de voto a su favor. Lula da Silva ocupa un lugar único en la
historia de la democracia mundial de los últimos cincuenta años. Es la imagen
viva del camino pedregoso de la democracia en un mundo cada vez más cautivo del
odio, la avaricia y la política de la muerte. Es el símbolo de las luchas, los
riesgos, las derrotas y las victorias. Lula da Silva ha devuelto a los
brasileños y al mundo democrático un nuevo equilibrio entre el miedo y la
esperanza.
Los
grandes derrotados son las élites, para quienes la democracia siempre ha sido
un ataque a sus privilegios. Han sido derrotados el capital financiero y los
especuladores de los mercados de futuros o predictivos (Polymarket y Kalshi)
que, a pesar de estar prohibidos, multiplicaban sus apuestas, partiendo de la
hipótesis de una amplia victoria de Bolsonaro. Han sido derrotados Meta y Mark
Zuckerberg, así como todas sus maniobras para robar la Democracia y el
bienestar a cambio de beneficios fabulosos, lujosos búnkers en Hawái y
baratijas de este o de otro mundo repartidas entre las poblaciones que utilizan
sus redes.
Por
encima de todo, han sido derrotados Donald Trump y su camarilla de gauleiters
en la Casa Blanca y repartidos por todo el mundo, empeñados en destruir todo lo
que consideran una amenaza para la continuidad de su poder, sobre todo el
surgimiento de un mundo multipolar liderado por grandes países para los que la
soberanía independentista vuelve a tener un sabor nacionalista defensivo.
Con la
derrota de Trump y de la extrema derecha, los demócratas estadounidenses tal
vez recuperen un poco de esperanza de cara a las próximas elecciones parciales.
La extrema derecha europea pierde la arrogancia que venía mostrando y la Unión
Europea, cautiva del complejo militar-industrial-financiero-digital, tendrá que
revisar su descabellada política de arrastrar a Europa a una guerra que nadie
quiere, para defender a los europeos de una amenaza que nadie ve. La imposición
de la austeridad para satisfacer los intereses del capital financiero
armamentístico será cada vez más cuestionada y Emmanuel Macron tendrá que
volver al lugar de donde vino, como empleado de la familia Rothschild, al igual
que Friedrich Merz tendrá que volver a su puesto en BlackRock, la mayor gestora
de fondos.
Los primeros pasos
Los
brasileños y las brasileñas tienen derecho a descansar y a celebrar hoy y
mañana, porque pasado mañana tendrán que volver a movilizarse para llenar las
calles ante la más mínima señal de anulación de la victoria. No nos quepan
dudas: la extrema derecha intentará crear agitación y no cabe esperar que el
próximo período se caracterice por el «funcionamiento normal de las
instituciones». La calle seguirá siendo el escudo democrático contra cualquier
intento de desestabilización. De aquí a la toma de posesión del nuevo gobierno
pueden pasar muchas cosas.
Una
muestra del estado de podredumbre del actual sistema político brasileño es el
hecho de que casi toda una familia de extrema derecha, encabezada por un
antiguo presidente actualmente encarcelado por cinco delitos (liderazgo de una
organización criminal; intento de abolición violenta del Estado democrático de
derecho; golpe de Estado; daño al patrimonio de la Unión; y deterioro de
patrimonio protegido) y condenado a 27 años y 3 meses de prisión, haya logrado
que nada menos que cinco de sus miembros sean elegidos para cargos políticos:
su esposa y dos hijos, senadores; el tercer hijo, diputado federal; su hermano,
diputado federal; y su exmujer, que, aunque no resultó elegida, obtuvo 65 496
votos. Se trata de un clan arraigado en un parlamento dominado por el partido
al que pertenece.
Próximos pasos
La
izquierda tendrá que llevar a cabo una reflexión profunda, no solo sobre los
numerosos errores que cometió en el pasado, sino también sobre las exigencias
de la nueva etapa. La otra cara de ese gigante carismático que es Lula Silva es
la dificultad de reconstruir liderazgos políticos sólidos que sean tan eficaces
como él, pero teniendo siempre presente que un líder carismático no es
sustituible. No va a ser fácil gobernar en este nuevo periodo, ya que el
Congreso es ahora una caricatura aún más grotesca de la diversidad social y
política del Pueblo Brasileño. Pero, al menos, se puede salvaguardar la
independencia del Tribunal Supremo Federal (STF), lo cual no es poca cosa…
Las
luchas por los derechos y la mejora de las condiciones de vida provocarán una
inmensa frustración si se limitan a los espacios que se abran en las
instituciones. La lucha democrática se desarrollará, predominantemente fuera de
las instituciones, en las calles, en los sindicatos, en los movimientos
sociales y en las organizaciones de la sociedad civil.
La lucha
democrática será necesariamente defensiva en un primer momento, es decir, una
lucha por la recuperación de derechos anteriormente conquistados. Pero, a su
debido tiempo, tendrá que ser ofensiva con el fin de lograr las reformas
políticas y sociales que impidan que la extrema derecha vuelva al poder.
Los terceros pasos: cinco ideas
maestras…
El pensamiento a medio y largo plazo no pertenece exclusivamente
a Brasil. Pertenece a todo el Mundo Democrático.
1. En la
actualidad, la extrema derecha utiliza la democracia para llegar al poder,
pero, una vez en él, no lo ejerce ni lo abandona democráticamente. Por lo
tanto, las elecciones nunca podrán ser el único medio utilizado para sacar a la
extrema derecha del poder.
2. El
colonialismo no desapareció con la independencia. Le siguió el colonialismo
interno, y son precisamente las élites generadas en ese sistema las que ahora
solicitan una mayor intervención del potencial imperialismo estadounidense para
mantener su poder. El colonialismo interno siempre ha estado vinculado al
imperialismo. Por eso la extrema derecha, que en otros contextos fue
nacionalista, en la América Latina actual se muestra servil para adaptarse al
proceso de recolonización por parte de EE.UU. que se está llevando a cabo en la
actualidad. El caso de Venezuela es trágicamente paradigmático. Argentina y
Colombia seguirán el mismo camino si no hay resistencia popular. Al igual que
en el colonialismo histórico, la lealtad nunca se garantiza por vías exclusivamente
pacíficas. Siempre exige la posibilidad de una intervención militar. De ahí el
Escudo de las Américas, una alianza de protección militar creada por EE.UU. con
la colaboración dependiente de los gobiernos latinoamericanos que van cayendo
bajo su dominio. La victoria de la democracia en Brasil supone un golpe que
puede resultar fatal para el Escudo de las Américas
3. La
estrategia seguida por los BRICS para crear el multipolarismo/multilateralismo
cobra un nuevo impulso. Para seguir teniendo una presencia fuerte en América
Latina, tendrá que estrechar aún más las relaciones con los países con mayor
capacidad para resistir al unipolarismo estadounidense: China, Rusia e Irán.
4. No
solo América Latina, sino también África y Europa están siendo invadidas por un
nuevo reaccionarismo altamente ideológico, el evangelismo neopentecostal, cuya
principal característica es la ratificación religiosa de las políticas de
extrema derecha y del neoliberalismo más radical. Según esta corriente, dado
que en este mundo no hay solución para la crisis permanente y no existen
responsabilidades sociales por las crisis individuales más allá de las
atribuibles al propio individuo en crisis, no hay remedio para una vida dañada
salvo en el más allá. Para garantizar la salvación, es necesario actuar, en
este mundo, en estricta consonancia con la filosofía existencial del
neoliberalismo. La teología de la prosperidad es la expresión más clara del
conformismo religioso: «Puesto que eres divino y eres uno con Dios, el mero
hecho de pensar que eres uno con Dios hace que no puedas ser pobre, porque Dios
no puede ser pobre […] Siendo la pobreza, desde el principio, una creencia
errónea, cambia la creencia y así se curará la pobreza. La fe nos hace
prósperos». Sentimientos como el amor, la caridad, la compasión, la solidaridad
y el cuidado deben limitarse a la iglesia a la que se pertenece. Fuera de ella,
el odio, el distanciamiento, la indiferencia, el individualismo y la violencia
son la norma.El reaccionarismo neopentecostal crea en la mente de los creyentes
dos realidades paralelas e inconmensurables: la realidad del sufrimiento vivido
en este mundo y la realidad de la prosperidad de la salvación en el otro mundo;
los que son prósperos en este mundo son los benditos que presagian la
prosperidad de la que todos los creyentes disfrutarán en el otro mundo. La
existencia de estas dos realidades paralelas hace que la deliberación
democrática deje de tener ningún valor para los creyentes. Su voto no incide en
este mundo efímero, sino en el mundo inmortal de la salvación.La creación de
dos realidades paralelas se ha visto potenciada por las redes sociales, cuyo
modus operandi consiste precisamente en crear un mundo de vida digital
independiente del mundo de la vida vivida en carne y hueso.
5. El
capitalismo determinista globalizado es hoy, más que nunca, incompatible
con la naturaleza y con la Democracia. La Democracia en el futuro no será
posible si no incluye la democratización de las relaciones entre los seres
humanos y la naturaleza, la Madre Tierra, como la llaman los pueblos indígenas.
La recolonización de América Latina pretende llevar al extremo, y en el mismo
proceso, las dos incompatibilidades del capitalismo (con la democracia y con la
naturaleza).
A partir
de estas cinco ideas, dejo dos reflexiones para el debate entre los demócratas
de Brasil y del mundo, en la familia, en los bares, en los lugares de trabajo,
en las escuelas, en las universidades, en las iglesias, en los partidos, en las
plazas, en las fiestas. A ser posible, sin teléfonos móviles, para impedir el
robo de datos que permitirán a los algoritmos conocer nuestras aspiraciones y
neutralizarlas, ya sea eliminándolas o trivializándolas.
La Madre naturaleza no nos
pertenece: somos nosotros quienes pertenecemos a la Madre naturaleza
La
filosofía cartesiana constituye la base de la modernidad occidental. Según
Descartes, existe una separación absoluta y una jerarquía entre la humanidad y
la naturaleza, así como entre la mente y el cuerpo. La Madre naturaleza
está sometida a una exclusión abismal de la sociedad y lo mismo ocurre,
lógicamente, con todos los grupos sociales considerados más cercanos a la
naturaleza. Las mujeres, los pueblos indígenas y los afrodescendientes (la
mayoría de la población brasileña) han sido objeto de esa exclusión. Todos los
principales mecanismos de exclusión y discriminación existentes en las
sociedades modernas, ya sea por clase, raza o género, se basan, en última
instancia, en el dualismo radical entre sociedad/humanidad y naturaleza, entre
mente y cuerpo. Las formas en que la sociedad moderna aborda la inferioridad
tienen como modelo las formas en que aborda la naturaleza. Si la exclusión
abismal significa dominación mediante la apropiación o la violencia, la naturaleza
—incluida la tierra, los ríos y los bosques, así como las personas y las formas
de ser y de vivir a las que se les ha negado la humanidad precisamente por
formar parte de la naturaleza— ha sido el blanco preferido de esta dominación
en la modernidad occidental desde el siglo XVI.
Esta
concepción fue cuestionada radicalmente por otro filósofo europeo, Baruch
Espinosa, y lo más importante es que su concepción converge totalmente con la
de los pueblos indígenas de América y Oceanía. Para Espinosa, se necesita un
método diferente al de Descartes. El método de Descartes se basa en el dualismo
entre mente y cuerpo, entre pensamientos y cosas, y entre el ser humano y la
naturaleza. Pero si Dios es el creador del universo, Él y su creación son uno
solo. Dios no es trascendente porque Él es la totalidad de su creación, de la
que formamos parte. Si bien no logramos comprender su voluntad, sí podemos
entender la naturaleza de todas las cosas que existen, a partir de las leyes
que Dios ha implantado en ellas.
Mente y
cuerpo, humanidad y naturaleza, son uno solo: la naturaleza es una unidad. Las
cosas, piezas u objetos discretos de Descartes, inconexos e impenetrables, son
abstracciones falsas. Al igual que las ideas, las cosas solo existen por
asociación con otras cosas o ideas. El cuerpo humano forma parte de la
naturaleza tanto como la mente humana, y la extensión y el pensamiento son,
ambos, atributos diferentes de la misma totalidad. Las diferencias son
superficiales y no esenciales, ya que todo existe en relación con todo lo
demás.
Ahora
bien, el principio de inmanencia es, precisamente, el punto en el que la
concepción espinosiana se cruza con la concepción de la naturaleza de los
pueblos indígenas. Estos ven la naturaleza como la Pachamama, o Madre Tierra, y
afirman que la naturaleza no nos pertenece; somos nosotros quienes pertenecemos
a la naturaleza. Si la tierra es madre, debemos cuidarla para que ella pueda
cuidar de nosotros. Esta pertenencia radical contradice cualquier idea de
dualismo entre el ser humano y la naturaleza. La entidad divina,
independientemente de cómo se conciba, es una entidad de este mundo y puede
manifestarse en un río, en una montaña o en un territorio determinado. Lo
divino es la dimensión espiritual de lo material y ambos pertenecen al mismo
mundo inmanente.
Como
afirma Davi Kopenawa, chamán yanomami:
Lo que —los blancos— llaman «naturaleza» es, en nuestra antigua
lengua urihi, la tierra-selva, y también su imagen, visible solo para los
chamanes, a la que llamamos Urihinari, el espíritu de la selva […] Así pues,
para nosotros, los espíritus xapiri son los verdaderos dueños de la naturaleza,
y no los humanos […] A los blancos les parece bonita la naturaleza que ven, sin
saber por qué. Nosotros, por el contrario, sabemos que la verdadera naturaleza
es tanto el bosque como las multitudes de xapiri que lo habitan.
Encontramos
el argumento de Kopenawa en las intervenciones públicas de un gran número de
líderes e intelectuales indígenas que, cada vez más, se están haciendo oír,
expresando sus propios puntos de vista y contrastándolos con «aquello a lo que
los blancos llaman naturaleza». En Brasil, Ailton Krenak ha destacado por
encima de todos.
Los
pueblos indígenas, los más excluidos por la modernidad capitalista
determinista globalizado y colonialista, nos están enseñando el camino
hacia el futuro. No importa si son muchos o pocos. Si son pocos, es porque
fueron exterminados por los colonialistas y sus descendientes. Su
representatividad no es cuantitativa, sino cualitativa. Hay que integrar sus
concepciones en los debates sobre el futuro porque son las que mejor revelan la
contradicción entre el capitalismo determinista globalizado y la
naturaleza y nos ofrecen alternativas.
Hacia la demodiversidad
A corto y
medio plazo debe iniciarse un debate lo más amplio posible sobre la naturaleza
del poder político y de los sistemas políticos, con el fin de incluir los
cambios civilizatorios en la agenda política.
En el
período en el que nos adentramos, las clases populares se encuentran en una
situación paradójica y algo dilemática: no pueden prescindir ni de la
democracia liberal (allí donde existe), ni del Estado moderno, pero ni una ni
otra, tal y como están, sirven para afrontar los retos que se avecinan. La democracia liberal se ha degradado
notablemente, hasta el punto de haberse convertido en un régimen híbrido, en el
que los componentes democráticos se mezclan con componentes antidemocráticos de
carácter fascista, estos últimos en constante crecimiento. Vigilar a los
ciudadanos resulta cada vez más fácil que protegerlos…
En las
próximas décadas, las clases populares tendrán que aprovechar al máximo las
instituciones disponibles —en particular, los derechos humanos, los derechos
sociales y económicos, la democracia y el Estado-nación—, luchando, al mismo
tiempo, por la refundación democrática de la política y del Estado. Las
sociedades, en general, entrarán en un período de gran agitación social y de
relaciones tensas entre luchas institucionales y extrainstitucionales, entre
partidos políticos y protestas callejeras, entre los grandes medios de
comunicación y las redes sociales y las formas de comunicación comunitarias,
entre iniciativas legales e ilegales, entre respuestas laicas al uso político
de la religión y respuestas político-religiosas a la política laica y republicana.
¿Será
posible salvar la Democracia representativa? ¿Y en beneficio de quién? En
cualquier proceso de transformación social progresista, los términos iniciales
de los conflictos los definen las clases o élites dominantes. La mejor forma de
medir el avance de las reivindicaciones y las luchas sociales reside en los
cambios observados en los propios términos del conflicto. En la actualidad, los
términos iniciales del conflicto son la democracia y los derechos humanos. Sin
embargo, esto no significa aceptar acríticamente desde el principio la
interpretación dominante de esos significantes. Las elecciones no garantizan
que los intereses de la mayoría vayan a estar representados, si es que alguna
vez lo garantizaron. Los mercaderes del miedo siempre se encargarán de que los
sueños de las clases populares nunca se eleven por encima del nivel de la
pesadilla. Si la disciplina no funciona y hay resistencia, el Estado estará en
permanente estado de alerta para reprimir. En las próximas décadas, el estado
de excepción (estado de emergencia, estado de sitio) será más la norma que la
excepción.
Los
primeros cambios progresistas que se produzcan en el marco del conflicto
político deberán provenir de reivindicaciones destinadas a demostrar que la
única forma en que la Democracia representativa puede salvarse es articulándose
con la democracia participativa y deliberativa, tanto a nivel local como
nacional. Mucho más que el mero ejercicio del derecho al voto libre y
secreto, resulta crucial la participación ciudadana en la vida política, de
forma organizada y no partidista.
Los
partidos políticos, tal y como existen, no tienen futuro. Deben dar paso a
partidos-movimiento que recurran a los instrumentos de la Democracia
participativa. Esto significa reinventar los partidos políticos de manera que
se conviertan en entidades moldeadas por la Democracia participativa y, de este
modo, garantizar la participación activa de sus miembros y simpatizantes,
especialmente en lo que se refiere a la formulación de los programas
partidistas y a la elección de los candidatos a cargos electos. La lógica del
tiempo burocrático debe dar paso a la lógica del tiempo democrático.
Es
fundamental aislar el mundo político del mundo económico, tal y como lo
idealiza la teoría liberal, mediante medidas como, por ejemplo, el fin de la
financiación empresarial de los partidos políticos y la eliminación del lobbying
y de las asociaciones público-privadas, la creación de un sistema sólido de
incompatibilidades y de vigilancia de los conflictos de intereses, la
revocación de mandatos, el presupuesto participativo y la adopción de reformas
electorales que acerquen a los representantes a quienes los han elegido. Una
vez reformado el sistema político, los magistrados de los tribunales supremos y
constitucionales y el fiscal general de la República deben ser elegidos por
sufragio directo, libre y secreto…
La
reforma de los medios de comunicación es tan urgente como la política. Debe
existir un sector público de la comunicación sólido, y quienes controlen los
medios de comunicación privados no pueden tener intereses económicos en otros
ámbitos. Es imperativo recuperar,
fomentar y reforzar la comunicación ciudadana o comunitaria, incluida la
comunicación en lenguas no coloniales o no oficiales siempre que se justifique…
Otros
cambios progresistas, más profundos y en el marco del conflicto político,
pasarán por considerar la democracia, no como un régimen político, sino como un
proceso integral encaminado a la democratización gradual de las relaciones
sociales, económicas, culturales, políticas e interpersonales dentro de la
sociedad. No existe una única forma legítima de democracia, sino varias, que en
su conjunto constituyen lo que denomino «demodiversidad». Del mismo modo que no
podemos vivir sin biodiversidad, tampoco podemos vivir sin «demodiversidad».
En los
diversos espacios-tiempos de nuestra vida colectiva, las tareas de
democratización deben llevarse a cabo de manera diferente, y los tipos de
democracia serán igualmente distintos. No es posible la democratización del
Estado sin la democratización de la sociedad, sin la democratización de las
relaciones internacionales y sin la democratización de las relaciones entre la
humanidad y la naturaleza.
En su
acepción más amplia, la Democracia es la suma de los procesos mediante los
cuales las relaciones de poder desiguales se sustituyen por relaciones de
autoridad compartida. Las sociedades están constituidas por una multiplicidad
de espacios-tiempos: la familia, la producción, la comunidad, el mercado, la
ciudadanía, el mundo y, quizá, otros más. En cada uno de ellos, la necesidad de
democratización es la misma, pero los tipos y los ejercicios de democracia
varían.
Al
adoptar el pensamiento político del liberalismo, las sociedades capitalistas
deterministas globalizados, colonialistas y patriarcales en las que vivimos
han reducido la democracia al espacio-tiempo de la ciudadanía o, dicho de otro
modo, a lo que denominamos espacio de la ciudadanía, a pesar de que todos los
demás espacios también son políticos. Por eso, la democracia liberal tiende a
ser, en el mejor de los casos, una isla democrática en un archipiélago de
despotismos. Cuando se reduce al espacio de la ciudadanía, la democracia
liberal —también llamada democracia representativa— es frágil y, con frecuencia,
indefensa si es atacada por antidemócratas, fascistas, neonazis y otras fuerzas
de extrema derecha. La actualidad política habla por sí sola.
Mientras
que en algunos países las luchas democráticas se centran en la defensa de las
constituciones vigentes, en otros las luchas democráticas más avanzadas se
centran en la convocatoria de asambleas constituyentes que conduzcan a la
elaboración de nuevas constituciones, en el camino hacia un constitucionalismo
transformador.
Las
sociedades nacionales están sometidas hoy en día a un doble constitucionalismo:
el constitucionalismo nacional, que en la mayoría de los casos garantiza los
derechos de los ciudadanos y la existencia de instituciones democráticas, y el
constitucionalismo global de las empresas multinacionales, los tratados de
libre comercio y el capital financiero. Entre ambos constitucionalismos existen
enormes contradicciones, ya que el constitucionalismo global no reconoce la
democracia como un valor civilizatorio. Y lo más grave es que, en caso de
conflicto entre ambos, suele prevalecer el constitucionalismo global.
Las
lecciones extraídas de los procesos constituyentes de los últimos setenta años
apuntan a tres principios rectores. En primer lugar, el poder constituyente legislativa
debe mantenerse vivo incluso tras la conclusión de la labor de la asamblea
constituyente y la formación del poder político. En segundo lugar, para que la
articulación entre la democracia representativa y la participativa se tome en
serio, es imprescindible romper con la tríada montesquieuana de los tres
poderes soberanos y añadirles un cuarto poder, un órgano de control basado en
los ciudadanos y destinado a garantizar que estos tengan control sobre el
cumplimiento de las decisiones tomadas democráticamente. Por último, el
pluralismo jurídico, la interculturalidad y la plurinacionalidad deben
reconocerse siempre que sea necesario para garantizar que las personas tengan
derecho a ser iguales cuando la diferencia las menosprecia y derecho a ser
diferentes cuando la igualdad las descaracteriza.
Revolucionar la Democracia y Democratizar
la Revolución…
Las
iniciativas y medidas mencionadas anteriormente a modo de ejemplo de los retos
que se avecinan podrían ser consideradas por algunos como una revolución y, por
otros, como una concepción demasiado ambiciosa de lo que es la democracia. En
lo que respecta a las luchas sociales, la tragedia del último siglo fue
contraponer democracia y revolución. Me atrevo a pensar que lo que está en
juego es un doble movimiento: democratizar la revolución y revolucionar la
democracia. El socialismo es democracia sin fin.
La
condición fundamental de este movimiento reside en la articulación de las
luchas sociales. La fragmentación de las luchas sociales es hoy, quizás, el
mayor obstáculo para la lucha por una sociedad radicalmente democrática. El
siglo XXI ha sido testigo de la consolidación de una conciencia crítica
colectiva que había surgido en el siglo anterior. Esa toma de conciencia
implicó la identificación y evaluación de los diferentes factores estructurales
responsables del sufrimiento colectivo y de las vidas destrozadas, sobre todo
el capitalismo determinista, el colonialismo y el heteropatriarcado. El
Foro Social Mundial, que se reunió por primera vez en la ciudad de Porto Alegre
(Brasil) en 2001, fue la gran chispa global que encendió la nueva conciencia de
la resistencia de los oprimidos contra la dominación. Esta conciencia implicó
reconocer, por un lado, las diferentes fuerzas de dominación presentes (y, por
tanto, los diferentes grupos sociales responsables de la opresión) y la forma
interrelacionada en que actúan, y, por otro lado, la necesidad de articular las
luchas de resistencia contra esas fuerzas.
Sin
embargo, la principal dinámica que se generó a partir de entonces no fue, en
realidad, de interconexión, sino de fragmentación, basada en la idea de que «mi
lucha es más importante que la tuya». La incapacidad de distinguir entre luchas
que, si bien eran igualmente importantes a nivel estructural, no lo eran en la
misma medida a la luz de los diferentes contextos regionales, culturales o
políticos en los que se inscribían, resultó ser fatal. Esta fragmentación
alcanzó un punto crítico en el caso de algunos de los movimientos implicados en
luchas que, a pesar de la nobleza y la urgencia de sus objetivos, acabaron
comprometiendo el éxito de otras luchas o incluso resultando contraproducentes
para la causa que defendían, debido a su carácter aislacionista y extremista. A
lo largo del siglo XX, el sindicalismo fue un caso clásico de aislacionismo; en
el siglo XXI, hay motivos de sobra para creer que el próximo ejemplo vendrá de
ciertos movimientos feministas.
Reconozco
que revolucionar la democracia y democratizar la revolución no es tarea fácil,
pero, en mi opinión, no hay otra forma de frenar el avance de las fuerzas de
extrema derecha y fascistas que vienen ocupando el espacio democrático al
tiempo que promueven la libertad económica como valor supremo, superior al
resto de dimensiones de la libertad, por no hablar ya de la igualdad y la
fraternidad. La miseria de la libertad se hará patente cuando la gran mayoría
de la población solo tenga libertad para ser miserable.
El Professor Boaventura de Sousa Santos,
ha escrito y publicado exhaustivamente en las áreas de
sociología del derecho, sociología política, epistemología, estudios
poscoloniales, movimientos sociales, globalización, democracia participativa,
reforma del Estado y derechos humanos.
Lo subrayado/interpolado es nuestro.