El Imperio estadounidense/yanqui al Desnudo: “¡la
fuerza es el derecho de las bestias!”...
Por Prof. Sergio Wischñevsky/Página 12/ escritor,
académico historiador y analista internacional/ADDHEE.ONG:
Prolegómenos:
El convicto presidente Trump:
“Mi único límite es mi moralidad”...
Prontuario: inculpado de 34 delitos y evasor del
servicio militar en 5 veces – para los neolectores en materia judicial,
convicto es el reo a quien realmente se le a probado su delito aunque no lo
haya confesado – auto designado emperador Trump rige los destinos del Pueblo estadounidense.
Cada pueblo tiene el gobernó/régimen que merecen. Puedes engañar a todo el mundo, algún tiempo. Puedes
engañar a algunos todo el tiempo, pero no puedes engañar a todo el mundo, todo
el tiempo”... No hay mal que dure 100 años.
Con esperanza y memoria, parafraseando al
genial profesor Bertrand Russell, el problema de la humanidad es que los estúpidos
plutócratas, empresarios, dueños de la celestina universal/el dólar, están seguros
de todo, con sus soldadescas cipayas y su testaferra la clase burguesa socialdemócrata/demócrata
cristiana están resignadas en el contexto de la teoría de los demonios
deterministas, la derecha y la izquierda impuesta por los “vencedores” de la guerra
civil francesa, en la asamblea nacional a cambio de las migajas que reciben de
la oligarquía empresarial antes citada...
Prof. Moreno Peralta/IWA
Secretario ejecutivo ADDHEE.ONG
Las declaraciones de Donald Trump al New
York Times después del bombardeo a
Caracas y el secuestro de Nicolás Maduro y de su esposa Celia Flores están
fundando un nuevo orden mundial: “Mi único límite es mi moralidad”. Esto se
reforzó con las declaraciones de su principal asesor militar, Stephen Miller,
que dijo que tenían el control de Venezuela para defender los intereses de
EE.UU. y que “la fuerza es el nuevo
derecho internacional y vamos a ejercerla”. La defensa de la democracia y
la libertad no fueron mencionadas.
Lo que es fundante no es la acción sobre Venezuela
ni la amenaza a Colombia, Cuba, México, Groenlandia, y de paso, a toda Europa;
la novedad absoluta es plantear la legitimidad de esas acciones porque tienen
la fuerza para hacerlo. Ni Putin, ni los ayatolas de Irán, ni Netanyahu, ni
Hitler, ni Bush, ninguno de los grandes usuarios de la fuerza en la historia se
atrevió a explicar de esa manera sus políticas. Siempre hubo un discurso
legalista justificador, una teología, una ideología, nunca el reconocimiento de
la fuerza al desnudo, sin ropajes jurídicos. Es un paso hacia el abismo de
consecuencias imprevisibles. Tal vez, ahora sí empecemos a entender de que se
trata el siglo XXI.
La novedad escandalosa no está en el uso de la fuerza porque todos
sabemos que EE.UU., como todos los Imperios, viene haciendo un uso sistemático
de su poderío militar desde hace por lo menos dos siglos. Incluso la tan
mentada Doctrina Monroe de 1823 que establecía que “América era para los
americanos/yanquis” tenía una base de sustentación en la pretensión de un
continente sin colonialismo europeo. Después,
el tiempo dejó claro que América era todo el continente y los americanos eran
solo los estadounidenses. EE.UU. participó en cientos de golpes de estado
en América latina y en el resto del mundo, invadió decenas de países, financió
guerras civiles, tiró bombas atómicas sobre poblaciones civiles, practica en
forma habitual la tortura y asesina líderes políticos opositores sin juicio
previo. Nadie puede sorprenderse de que usen la fuerza. Pero siempre lo
hicieron bajo pretexto de estar dándole un servicio a la humanidad, siempre se
presentaron como los garantes del capitalismo, la libertad y la democracia. No es la imagen que quieren difundir desde
que empezó este segundo gobierno de Trump, el gobierno de la fuerza buscan
ejercerlo hacia el mundo y hacia su propio pueblo. Es fascismo, es la praxis
de la ideología de la granja orwelliana.
A lo largo de la historia muchos Imperios dominaron el mundo, o vastas
zonas del planeta. Antes de la actual hegemonía de EE.UU. fue Gran Bretaña la
que sometió a sus intereses regiones infinitamente extensas. La frase “En
imperio español donde nunca se pone el sol” popularizada durante el reinado de
Felipe II (siglo XVI), describe la inmensa extensión global de los dominios de
la Corona española. Abarcaba territorios en los cinco continentes, incluyendo
Europa, América, Filipinas y África, asegurando que siempre fuera de día en
alguna parte del imperio.
Imperios como el Otomano, Roma o Babilonia, cada uno con sus
características y especificidades, se alzaron como fuerzas dominantes. Pero todos tuvieron algo en común: no
fundamentaron su extenso dominio solo en la fuerza. Al mismo tiempo que se
imponían construían un orden, un universo cultural, político, jurídico y
económico que les daba sustento, que los hacía invencibles porque vencían y en
gran medida también convencían. Claro que no a todos...
El Derecho romano surgió de esa pretensión de instaurar un orden
duradero que no tuviera que exhibir las armas como único modus operandi. Por el
contrario, grandes Imperios que se formaron al calor de las conquistas de
líderes como Alejandro Magno o Genghis Khan se desvanecieron al morir sus
fundadores porque no pudieron convertir los éxitos militares en un ordenamiento
estructural.
Lo curioso del nuevo orden internacional basado en la fuerza que
pretende construir Trump es que viene a destruir el anterior ordenamiento que
es el que el propio EE.UU. construyó. Durante los últimos 80 años hemos vivido
sobre ese paradigma creado en los acuerdos de Yalta y Potsdam en los dramáticos
momentos en que estaba terminando la Segunda Guerra mundial.
Por esos días se crearon casi todas las instituciones que iban a regir
al mundo hasta el día de hoy. La ONU, El Banco Mundial, el FMI, tiempo después
la OTAN. Se definió que la moneda de intercambio internacional iba a ser el
dólar, contrariando la propuesta de Keynes de crear una nueva moneda mundial.
Todo el nuevo orden, salvo los países que quedaron dentro del bloque soviético,
fue a imagen y semejanza de los intereses de EE.UU. Dos miedos los unían: la
expansión del “comunismo”/stalinismo, y la posibilidad de caer en una
nueva y destructiva guerra mundial. Esa
Pax Americana incluyó los créditos blandos del Plan Marshall para reconstruir
Europa. La única condición que puso EE.UU. para otorgarlos era subordinarse al
nuevo orden y usar esos dólares para comprar mercancías estadounidenses.
Lo que vino a continuación fueron 20 años de un crecimiento exponencial
del capitalismo occidental. La época que el historiador Eric Hobsbawm llamó
“Los años dorados”. Las películas de Hollywood convencieron a buena parte del
mundo de que fue EE.UU. quien derrotó a los nazis, obviando el pequeño detalle
de que fueron los rusos los que entraron a Berlín.
Ese orden internacional que le permitió a EE.UU. ser la potencia
indiscutida por tanto tiempo se reforzó a partir de 1989 con la caída del Muro
de Berlín y dos años después la disolución de la Unión Soviética. Sin embargo
esa malla de contención, esa armadura se fue convirtiendo en un corsé en el que
EE.UU. comenzó a sentirse asfixiado. El crecimiento de nuevas potencias
económicas como China, India, Brasil y todo el grupo de los BRICS, al que ahora
se sumó Arabia Saudita, amenazan su hegemonía. Tal vez por eso decidieron
patear el tablero y poner en crisis todas esas instituciones, incluida la OTAN.
Sin superioridad económica y sobreviviendo en bancarrota la
superioridad militar no puede defenderse teniendo en cuenta que el presupuesto
anual militar de EE.UU. para 2026 es de 900 mil millones de dólares. Nadie
puede competirle en ese terreno. Han soltado todas las amarras, le palmean la
espalda a los que se subordinan, como Milei, y amenazan y atacan a quién se les
pone en su camino.
El Imperio está desnudo porque la fuerza es su único discurso. Como
escribió Perón en 1956, “La fuerza es el derecho de las bestias”. Todo está en
movimiento pero puede que estemos asistiendo al efecto supernova, nunca brillan
más fuerte en el firmamento como cuando van a desaparecer.
*Sergio Wischñevsky, historiador, periodista y docente universitario
argentino.
Lo subrayado/interpolado
es nuestro.



























