sábado, 1 de agosto de 2026

Cuba, legado y Revolución: ¡Patria o muerte, venceremos!... quien tenga patria que la defienda, quien no la tenga que la conquiste...

Cuba, legado y Revolución: ¡Patria o muerte, venceremos!... quien tenga patria que la defienda, quien no la tenga que la conquiste...


Por Dannys Díaz Domínguez/escritor, periodista y analista internacional:

La historia de Cuba durante la segunda mitad del siglo XX estuvo marcada por uno de los procesos políticos y sociales más trascendentes de América Latina: la Revolución Cubana. Aunque el triunfo revolucionario ocurrió el 1 de enero de 1959, sus raíces se encuentran en acontecimientos previos que expresaban el descontento de amplios sectores de la sociedad cubana ante la situación política, económica y social existente. Entre esos acontecimientos destaca el asalto al Cuartel Moncada, ocurrido el 26 de julio de 1953, considerado el punto de partida de un movimiento de liberación nacional que, tras varios años de lucha, desembocaría en una revolución de carácter popular.

El asalto al Moncada constituyó mucho más que una acción militar fallida. Representó el surgimiento de una nueva generación política que buscaba transformar las estructuras del país mediante la lucha contra la dictadura instaurada por Fulgencio Batista tras el golpe de Estado de 1952. A partir de ese momento comenzó a configurarse un movimiento que integró diversas corrientes sociales y políticas, unidas por la aspiración de recuperar la soberanía nacional, restaurar el orden constitucional y promover profundas reformas sociales.

El contexto histórico y el surgimiento del Movimiento

Para comprender el significado histórico del asalto al Cuartel Moncada resulta necesario analizar las circunstancias que atravesaba Cuba a comienzos de la década de 1950. El golpe militar encabezado por Fulgencio Batista el 10 de marzo de 1952 interrumpió el proceso electoral previsto para ese año y puso fin al orden constitucional establecido por la Constitución de 1940. La suspensión de las garantías democráticas generó una creciente oposición entre sectores estudiantiles, obreros, profesionales e intelectuales. Al mismo tiempo, la sociedad cubana enfrentaba profundas desigualdades económicas. Aunque el país mostraba indicadores de desarrollo superiores a los de muchas naciones latinoamericanas, amplios sectores rurales vivían en condiciones de pobreza, con limitadas oportunidades de empleo, educación y acceso a la tierra. La concentración de la propiedad agraria, la dependencia económica respecto al mercado estadounidense y los problemas estructurales vinculados al monocultivo azucarero constituían desafíos permanentes para el desarrollo nacional. En este contexto surgió un grupo de jóvenes que consideró insuficientes las vías tradicionales de oposición política. Entre ellos se encontraba Fidel Castro Ruz, joven abogado que había intentado impugnar jurídicamente el golpe de Estado sin obtener resultados. Convencidos de que era necesario emprender una acción directa contra la dictadura, comenzaron a organizar un movimiento clandestino cuyo objetivo inicial consistía en desencadenar un levantamiento popular que restaurara la legalidad constitucional.

El plan se materializó el 26 de julio de 1953 mediante el ataque al Cuartel Moncada, en Santiago de Cuba, y al Cuartel Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo. Aunque la operación fracasó desde el punto de vista militar y muchos de sus participantes fueron asesinados, encarcelados o perseguidos, el acontecimiento tuvo una enorme repercusión política. Lejos de significar el fin del movimiento, el Moncada se convirtió en un símbolo de resistencia frente al régimen y en el punto de partida de una nueva etapa de lucha revolucionaria.

De la derrota militar a la reorganización revolucionaria

Tras el fracaso del asalto al Cuartel Moncada, el gobierno de Batista desplegó una intensa represión contra los participantes de la acción. Numerosos combatientes fueron capturados y ejecutados extrajudicialmente, mientras otros enfrentaron largos procesos judiciales. Sin embargo, la dureza de la respuesta gubernamental contribuyó a despertar simpatías hacia los jóvenes rebeldes en diversos sectores de la población, que comenzaron a percibirlos como representantes de una causa nacional frente a la arbitrariedad del régimen.

La historia me absorberá”...

Entre los detenidos se encontraba Fidel Castro Ruz, quien asumió su propia defensa durante el juicio celebrado en Santiago de Cuba. Su alegato final, posteriormente conocido como La historia me absolverá, trascendió el marco judicial para convertirse en un programa político. En aquel documento se exponían los principales problemas que afectaban a la sociedad cubana y se proponían medidas dirigidas a transformar la realidad nacional. La reforma agraria, la ampliación del acceso a la educación, la protección de los trabajadores y la recuperación de la soberanía económica aparecían entre los objetivos fundamentales planteados por el movimiento...

Condenado a prisión junto a otros participantes de la acción, Fidel Castro fue trasladado al Presidio Modelo de la Isla de Pinos. Durante su estancia en la cárcel, los integrantes del movimiento aprovecharon el tiempo para fortalecer su preparación política y consolidar los vínculos organizativos que más tarde resultarían esenciales para la continuidad de la lucha. La prisión no significó una interrupción del proyecto revolucionario, sino una etapa de reorganización y maduración estratégica. En 1955, como resultado de una amnistía impulsada por la presión de distintos sectores de la opinión pública, los moncadistas recuperaron la libertad. Poco después, comprendiendo las limitaciones existentes para desarrollar sus actividades en Cuba, varios de sus principales dirigentes partieron hacia México. Desde el exilio comenzaron a reorganizar las fuerzas opositoras y a preparar una nueva fase de la lucha contra la dictadura.

La estancia en México resultó decisiva para el futuro del movimiento. Así la Generación del Centenario del Natalicio del Maestro libertario José Martí Pérez, nombre del grupo de jóvenes que asaltaron el Moncada, se convertiría en el Movimiento 26 de Julio (M-26-7), en memoria de aquella fecha que marcó el comienzo de todo un movimiento de liberación nacional. Allí se incorporaron nuevos combatientes procedentes de diferentes experiencias políticas y sociales. Entre ellos destacó Ernesto Guevara de la Serna, joven médico argentino que compartía la convicción de que los problemas latinoamericanos estaban estrechamente vinculados a las estructuras de dependencia económica y dominación política existentes en la región. Su incorporación contribuyó a enriquecer el carácter internacionalista que posteriormente adquiriría la Revolución Cubana. Durante esos meses se desarrolló un intenso proceso de preparación militar y organizativa. El objetivo consistía en regresar a Cuba para iniciar una lucha armada que permitiera crear las condiciones necesarias para un levantamiento popular más amplio. Esta estrategia se apoyaba en la idea de que la resistencia armada podía convertirse en el núcleo de un movimiento capaz de aglutinar a campesinos, obreros, estudiantes y otros sectores descontentos con el régimen.

“El que tenga Patria que la defienda, quien no la tenga que la conquiste”... desembarco del Granma, 2 diciembre 1956...

La materialización de esos planes ocurrió el 25 de noviembre de 1956, cuando ochenta y dos expedicionarios partieron desde el puerto mexicano de Tuxpan a bordo del yate Granma. A pesar de las dificultades de la travesía y de los reveses sufridos tras el desembarco en las costas orientales de Cuba, la expedición marcó el inicio de una nueva etapa en el proceso revolucionario. La lucha dejaba de ser un proyecto clandestino limitado a pequeños grupos urbanos para transformarse en una guerra de liberación nacional que encontraría en las montañas de la Sierra Maestra su principal escenario de desarrollo.

De esta manera, el período comprendido entre 1953 y 1956 representó la transición entre el impulso inicial del Moncada y la consolidación de un movimiento revolucionario organizado. Lo que comenzó como una acción armada aislada terminó convirtiéndose en una fuerza política con capacidad para desafiar al régimen de Batista y proyectar una alternativa de transformación para la sociedad cubana.

La guerra revolucionaria y el camino hacia el triunfo de 1959

El desembarco del Granma el 2 de diciembre de 1956 estuvo lejos de desarrollarse según lo planificado. Las fuerzas expedicionarias fueron detectadas rápidamente y sufrieron importantes pérdidas durante los primeros enfrentamientos con el ejército. Sin embargo, un pequeño grupo de sobrevivientes logró reagruparse en la Sierra Maestra, región montañosa del oriente cubano que se convertiría en el principal escenario de la lucha revolucionaria durante los años siguientes. Desde sus inicios, la guerrilla enfrentó enormes dificultades materiales y militares. El ejército gubernamental contaba con una superioridad considerable en armamento, efectivos y recursos logísticos. No obstante, los rebeldes encontraron en las zonas rurales un espacio favorable para reorganizarse y establecer vínculos con la población campesina. La relación construida entre la guerrilla y numerosos habitantes de la Sierra Maestra resultó fundamental para la supervivencia y posterior expansión del movimiento.

A medida que avanzaba la lucha, el Movimiento 26 de Julio fue ampliando su influencia más allá de las montañas orientales. En las ciudades, diversos grupos clandestinos desarrollaban actividades de propaganda, sabotaje y organización política destinadas a debilitar al régimen. Estudiantes, trabajadores, profesionales e intelectuales participaron de distintas formas en la oposición a Batista, contribuyendo a convertir la lucha revolucionaria en un fenómeno de alcance nacional. Durante los años 1957 y 1958, la situación política del régimen comenzó a deteriorarse progresivamente. Las denuncias sobre la represión, la corrupción administrativa y las limitaciones de las libertades públicas erosionaron su legitimidad ante amplios sectores de la sociedad. Paralelamente, los éxitos militares de la guerrilla fortalecieron la imagen del movimiento revolucionario y aumentaron su capacidad de convocatoria.

Un momento decisivo ocurrió en el verano de 1958, cuando el ejército lanzó una gran ofensiva contra las posiciones rebeldes en la Sierra Maestra. El objetivo era destruir definitivamente a la guerrilla y poner fin a la insurrección. Sin embargo, la operación no logró alcanzar sus propósitos. Los combatientes revolucionarios resistieron los ataques y, posteriormente, pasaron a la ofensiva. Este cambio en la correlación de fuerzas marcó el inicio de la fase final de la guerra.

En los últimos meses de 1958, las columnas rebeldes extendieron sus operaciones hacia diferentes regiones del país. La lucha dejó de concentrarse exclusivamente en Oriente y adquirió una dimensión nacional. Las victorias obtenidas por las fuerzas revolucionarias, junto con el creciente aislamiento político del gobierno, aceleraron el proceso de descomposición del régimen batistiano. La situación alcanzó su desenlace durante los últimos días de diciembre de 1958. Diversas ciudades fueron ocupadas por las fuerzas rebeldes y el control gubernamental comenzó a derrumbarse. Ante la imposibilidad de revertir el avance revolucionario, Fulgencio Batista abandonó Cuba en la madrugada del 1 de enero de 1959. Con la huida del dictador, llegó a su fin el régimen instaurado tras el golpe de Estado de 1952.

El triunfo revolucionario fue recibido con amplias manifestaciones de apoyo popular. Para numerosos sectores de la sociedad cubana, aquel acontecimiento representaba la posibilidad de construir un país más justo, soberano y democrático. La victoria militar no significó únicamente el reemplazo de un gobierno por otro, sino la apertura de un profundo proceso de transformaciones políticas, económicas y sociales que modificaría de manera significativa la historia nacional y tendría repercusiones en toda América Latina.

De este modo, el movimiento iniciado con el asalto al Cuartel Moncada en 1953 culminó una primera etapa de su desarrollo con el triunfo revolucionario de 1959. Lo que comenzó como la acción de un reducido grupo de jóvenes opositores terminó convirtiéndose en un amplio movimiento de liberación nacional capaz de movilizar a diversos sectores de la sociedad cubana y transformar el rumbo histórico del país.

La Revolución Cubana

El proceso revolucionario cubano constituye uno de los acontecimientos más relevantes de la historia latinoamericana contemporánea. Su origen puede situarse en el asalto al Cuartel Moncada del 26 de julio de 1953, acción que, aunque militarmente derrotada, logró convertirse en el símbolo fundacional de un movimiento de liberación nacional que canalizó las aspiraciones de cambio de amplios sectores de la sociedad cubana. Desde entonces, la lucha contra la dictadura de Batista evolucionó hacia un proyecto político de transformación profunda que culminó con el triunfo revolucionario del 1 de enero de 1959.

La Revolución Cubana fue el resultado de un complejo proceso histórico en el que confluyeron factores políticos, económicos y sociales. La oposición al régimen dictatorial, las demandas de justicia social, la búsqueda de una mayor independencia económica y el anhelo de soberanía nacional se combinaron para dar forma a un movimiento capaz de movilizar a campesinos, obreros, estudiantes, intelectuales y otros sectores de la población. Esta amplia participación popular explica, en gran medida, la capacidad de resistencia y crecimiento que caracterizó al movimiento revolucionario desde sus inicios hasta la victoria final.

Tras el triunfo de 1959, el nuevo gobierno impulsó una serie de transformaciones orientadas a modificar las estructuras heredadas del pasado. Las reformas agrarias, la expansión de la educación, las campañas de alfabetización, el fortalecimiento de los servicios de salud y la ampliación del acceso a diversos derechos sociales formaron parte de un programa de cambios que buscó reducir las desigualdades históricas existentes en el país. Al mismo tiempo, la Revolución redefinió el papel de Cuba en el escenario internacional, proyectando una política exterior basada en la defensa de la soberanía nacional y la solidaridad con otros movimientos de liberación.

El legado histórico de este proceso ha trascendido las fronteras cubanas. Para numerosos movimientos sociales y políticos de América Latina, África y otras regiones del mundo, la experiencia revolucionaria cubana se convirtió en una referencia de lucha contra la dependencia, el colonialismo y las distintas formas de dominación externa. La figura de sus principales dirigentes y los acontecimientos vinculados a la Revolución adquirieron una dimensión internacional que influyó en los debates políticos del siglo XX y continúan siendo objeto de estudio e interpretación en la actualidad.

Su victoria modificó el panorama político de América Latina y convirtió a la isla en un referente para numerosos movimientos de liberación nacional durante la segunda mitad del siglo XX. Como señala Sergio Guerra Vilaboy, la historia latinoamericana ha estado marcada por una permanente búsqueda de integración, soberanía y resistencia frente a las distintas formas de dominación externa, ideales que hunden sus raíces en el pensamiento del general libertador Simón Bolívar Palacios y Blanco, del maestro libertario José Martí Pérez y otros líderes independentistas.

En ese contexto, el triunfo revolucionario de 1959 fue interpretado por amplios sectores del continente como la demostración de que era posible desafiar estructuras políticas consideradas dependientes y promover proyectos nacionales basados en la autodeterminación. Durante las décadas de 1960 y 1970, diversas organizaciones revolucionarias y movimientos de liberación encontraron en la experiencia cubana una fuente de inspiración política e ideológica. Paralelamente, el gobierno cubano brindó apoyo de distinta naturaleza —político, diplomático y, en algunos casos, militar— a procesos revolucionarios y anticoloniales en América Latina y África, convirtiéndose en un actor de relevancia en el escenario internacional de la Guerra Fría.

Desde una perspectiva histórica, la Revolución Cubana fortaleció también la idea de una América Latina unida por una historia común de luchas por la independencia, la justicia social y la soberanía. El concepto de América Latina expresa precisamente esa comunidad histórica de pueblos hermanados por sus luchas anticoloniales, anticapitalistas y antiimperialistas, así como por la aspiración de construir un destino común.

Por ello, el legado de la Revolución Cubana trasciende los cambios ocurridos dentro de la isla. Su influencia se manifestó en los debates políticos, en el desarrollo de movimientos sociales y revolucionarios y en la consolidación de un pensamiento latinoamericanista que continuó reivindicando la integración regional y la defensa de la soberanía de los pueblos. Aunque sus resultados históricos han sido objeto de diversas interpretaciones, su impacto en la historia de América Latina resulta incuestionable y constituye uno de los fenómenos políticos más significativos del siglo XX.

Asimismo, la Revolución Cubana dejó una profunda huella en la identidad nacional. Más allá de las diversas valoraciones que existen sobre sus resultados y evolución histórica, constituye un fenómeno inseparable de la historia contemporánea de Cuba. Su impacto se refleja en la cultura, la educación, la memoria colectiva y en la manera en que varias generaciones han comprendido conceptos como independencia, soberanía y justicia social.

En definitiva, el asalto al Cuartel Moncada marcó el comienzo de un proceso que transformó radicalmente la realidad cubana. Lo que inició como la acción de un grupo de jóvenes comprometidos con la restauración del orden constitucional terminó convirtiéndose en una revolución popular que modificó las estructuras políticas y sociales del país y proyectó su influencia más allá de las fronteras nacionales. Por ello, el Moncada no solo representa el inicio de una lucha revolucionaria, sino también el punto de partida de un acontecimiento histórico cuyo legado continúa ocupando un lugar central en la historia de Cuba y de América Latina.

Lo subrayado/interpolado es nuestro.

Temporales desnudan su pobreza y la miseria real

Chile, exitista y autocomplaciente:

Temporales desnudan su pobreza y la miseria real...


Por Prof. Juan Pablo Cárdenas Squella/académico, escritor, periodista y analista internacional:


Prolegómenos: “Un pueblo sin memoria histórica y dignidad nada dignifica ni nada valen”...

Cuando las miserias morales asolan a un país, culpa es de todos los que por falta de educación/cultura y de ideales no han sabido amarlo como Patria. De todos los parásitos, vende patria/CPC/SOFOFA, que han vivido de ella sin trabajar, por y para ella...

Prof. Moreno Peralta

Secretario Ejecutivo ADDHEE.ONG

Reflexiona el Prof. Cárdenas Squella

Con los terremotos, temporales y otras calamidades, los canales de televisión compiten en difundir imágenes de las tragedias, así como del dolor de quienes las padecen. Todo lo más sórdido es lo que pasa a protagonizar sus noticiarios

Pero de pronto todo el país puede enterarse de las precarias condiciones en que viven millones de personas y de cómo los afectan particularmente estos desastres naturales. De cómo cinco o seis días de lluvias y vientos pueden acabar con sus viviendas, arrasar con sus escuelas, hospitales, plazas, caminos, puentes y carreteras. Esto es, quebrar con la conectividad de sus pueblos echar al suelo sus enseres, emprendimientos, cultivos y crianza de animales para su sostenimiento. Además de perder servicios fundamentales como la luz eléctrica y el agua potable. 

Cierto es que la última emergencia climática ha sido inédita, desmedida, y que igualmente habría provocado serios trastornos en nuestro territorio, pero todo se vio agravado por la precariedad de las viviendas en que habita el 17,3 por ciento de chilenos, esto es 3 millones 500 mil personas. Además del 6 por ciento de indigentes que no logran superar la extrema miseria, que viven en las calles, centros religiosos de acogida, de allegados o guarecidos por las estaciones de autobuses o edificios públicos.

Condiciones muy similares a las de esas mil 200 familias que pueblan los más de mil 400 campamentos “irregulares” a lo largo y ancho de Chile, y que el Estado democrático se encuentra demoliendo y erradicando a sus moradores para cumplir con la demanda de sus propietarios y el “sacrosanto” derecho de propiedad consagrado en la Constitución/artilugio de  1980.

Dificulto que quien haya seguido las trasmisiones de la televisión puedan pensar que Chile es un país pudiente, que estaría dando pasos relevantes en ponerle fin a la pobreza, cuando centenares de viviendas populares y miles de personas se incorporan abruptamente a la miseria al quedarse sin nada. Con suerte solo con sus mascotas. 

Damnificados esta vez por los temporales que han acabado con sus trabajos y fuentes de ingreso, pasando automáticamente a incrementar la cifra de ese 10 por ciento de trabajadores desempleados. Que, por cierto, son muchos más si se considera el empleo estacional y solo por horas. En los últimos días una voz oficial ha confirmado que los que encuentran empleo irregular son más si se compara con los contratados con sus derechos previsionales, horas de trabajo, vacaciones y otros. Afectando sobre todo a las mujeres.

La patética ley de reconstrucción nace propiciada por el régimen de los ricos!

Pero mientras la lluvia se hacía copiosa y se extendía al norte del país de geografía desierta, el Parlamento no suspendía sus afanes para que los parlamentarios pudieran visitar sus regiones y tomar debida cuenta del desastre, cuando próximamente tengan que discutir y aprobar una nueva ley de presupuesto. Por el contrario, siguieron apoltronados en sus cómodos y calientitos curules para aprobar, y muchos lamentar, la miscelánea ley de Reconstrucción Nacional propiciada por el Gobierno. Un conjunto de medidas que, en lo fundamental, significan rebajarle los impuestos a los más ricos y rebajar los recursos destinados a los más pobres y de clase media. Una iniciativa que ha dejado meridianamente claro que estamos ante un gobierno de los ricos, que se humilla ante los inversionistas extranjeros, desprecia los derechos de los trabajadores y carece de sensibilidad para conmoverse, siquiera, frente los terribles efectos sociales de los cataclismos. 

Cuando todavía estamos lejos de cumplir con las víctimas de los terremotos, sunamis, incendios y avalanchas sucedidas durante los gobiernos de Michelle Bachelet y Gabriel Boric, poco se puede confiar en la promesa de La Moneda de ir al rescate de las nuevas víctimas y comprometerse a la edificación de sus viviendas en lugares que no estén expuestos a recibir los embates de la naturaleza.

Paradojalmente, son estos desastres naturales y las imágenes televisivas las que nos desnudan la realidad de un país precario, de escandalosa inequidad social y ese arrogante sentido de superioridad respecto de tantos países próximos o lejanos. Con una democracia tan frágil como nuestra naturaleza y un sistema económico que pone la esperanza de los pobres en manos de las ganancias de los millonarios.  Que históricamente lo único que señala es la ilimitada voracidad de los ricos y el amargo devenir de los que menos tienen. 

En efecto, estas graves condiciones ambientales han hecho crecer el número de pobres en cientos de miles. Aunque, por otro lado, hay otros que aseguran que la tragedia se constituye en una gran oportunidad para las grandes empresas constructoras y habitacionales.

Lo subrayado/interpolado es nuestro.