Acuerdo
de defensa mutuo de La Meca: Arabia Saudita, Pakistán y Turquía.
Colofón del monopolio de la seguridad estadounidense en el Medio Oriente
China el garante último de la Paz fundada en la Justicia Social.
Por Alejandro Marcó del Pon/escritor, comunicador social y analista internacional. El Tábano Economista, OTHER NEWS, ADDHEE.ONG:
Prolegómenos: El Papa León XIV y del Presidente de la República de China Xi Jinping candidatos al Premio Nobel de la Paz por su defensa de la Paz fundada en la Justicia social…
Asumimos con esperanza y
memoria esta candidatura y la reflexión histórica del Pueblo Indígena Cree de
una de las Naciones más grande de Norteamérica: “sólo después de cortar los
últimos árboles, después de envenenar el último río, lago y océano, después de
pescar el ultimo pez, aprenderemos que el dinero/ el dólar- la celestina
universal según el genio universal W. Shakespeare-, no es comestible” …
Lo subrayado es nuestro.
Prof. Dr. Moreno Peralta /IWA
Secretario ejecutivo
Addhee.Ong
Berlín, 13/8/2026
Imagine usted un tablero de ajedrez donde, durante cincuenta años, un
solo jugador movía todas las piezas. Ese jugador era Estados Unidos.
Ponía y quitaba reyes, decidía qué peones avanzaban y cuáles morían, y cobraba
por cada movimiento una comisión llamada petrodólar. Ahora imagine que, una
mañana de agosto de 2026, tres jugadores que antes movían sus piezas por
separado se sientan juntos, y dicen: a partir de hoy, jugamos nosotros.
Acuerdo de la Meca de defensa conjunta entre Arabia Saudita, Pakistán y Turquía…
Eso es exactamente lo que ocurrió en La Meca el 7 de agosto de 2026.
Arabia Saudita, Pakistán y Turquía firmaron un acuerdo de defensa conjunta que,
sobre el papel, dice algo muy simple: si tocan a uno, nos tocan a todos. Pero
debajo de esa frase aparentemente defensiva se esconde una nueva
reconfiguración de poder en Oriente Medio desde la caída del Imperio Otomano.
Para entender por qué este acuerdo hace temblar los cimientos del orden
mundial, hay que comprender una fórmula que los analistas militares llevaban
décadas temiendo y que nadie había logrado materializar hasta ahora. Es una
ecuación de tres variables que, sumadas, producen algo explosivo. La primera
variable es el dinero/el dolar. Arabia Saudita tiene petróleo, reservas
billonarias y la capacidad de financiar cualquier empresa militar durante
generaciones sin pestañear. La segunda variable es el músculo. Pakistán tiene
el sexto ejército más grande del mundo, experiencia de combate real en tres
guerras contra la India, y algo que nadie más en el mundo islámico posee:
ojivas nucleares. La tercera variable es la tecnología. Turquía, bajo el
liderazgo de Erdogan, ha construido en quince años una industria militar que ya
no envidia a nadie: drones que cambiaron la guerra en Nagorno-Karabaj, cazas de
quinta generación en desarrollo, sistemas navales y de guerra electrónica de
primer nivel.
Cuando usted suma capital saudí, músculo pakistaní y tecnología turca,
no obtiene una alianza. Produce una superpotencia regional que no responde a
ningún Estado occidental, que no necesita permiso de nadie para existir y que
tiene alcance desde el Mediterráneo hasta el océano Índico. Es, si se me
permiten la analogía, como si tres empresas medianas que competían entre sí
decidieran fusionarse y, de la noche a la mañana, se convirtieran en un
monopolio que hace irrelevante al antiguo líder del mercado.
Y aquí viene lo verdaderamente revolucionario: cada uno consigue algo
que no podía obtener solo. Arabia Saudita gana un escudo. Durante años, Riad
vivió con el terror de que un dron hutí o un misil iraní pudiera destruir una
refinería, un aeropuerto, un proyecto turístico de la Visión 2030. Ahora, ese
escudo ya no depende del humor del presidente de turno en Estados Unidos.
Depende de divisiones paquistaníes y de enjambres de drones turcos que
responden a una llamada directa desde La Meca.
Pakistán gana oxígeno. Su economía estaba al borde del colapso,
mendigando préstamos al FMI y a China. Ahora recibe un flujo constante de
petrodólares saudíes, energía subsidiada y tecnología militar turca que
moderniza su ejército sin tener que pedirle nada a nadie. Y Turquía gana algo
que Erdogan lleva veinte años buscando: un asiento en la mesa grande. Ya no es
el socio incómodo de la OTAN al que le niegan cazas F-35. Ahora es el proveedor
tecnológico del mundo islámico, el cerebro industrial de una alianza que abarca
tres continentes.
Pero lo que este acuerdo demuestra, por encima de todo, es algo que Estados
Unidos se negaba a aceptar: las potencias medias del mundo islámico ya no
necesitan a Estados Unidos ni a Gran Bretaña para garantizar su supervivencia.
Durante medio siglo, la doctrina fue simple. Nosotros les damos seguridad,
ustedes nos dan petróleo barato y compran nuestros bonos del Tesoro. Ese trato
se llamaba petrodólar y era el verdadero motor del poder estadounidense.
No era el portaaviones en el Golfo lo que sostenía al dólar como moneda
de reserva. Era el pacto silencioso de 1974: yo te protejo, tú vendes en
dólares. Si la protección ya viene de Islamabad y Ankara, el dólar pierde su
razón de ser. Y sin el petrodólar, Estados Unidos pierde el privilegio de
imprimir dinero sin consecuencias, de sancionar a medio mundo sin represalias,
de financiar su deuda a tasas ridículamente bajas.
Estamos presenciando, y no es una exageración, el acta de defunción del
monopolio de seguridad estadounidense en Oriente Medio. No murió de un golpe.
Murió de irrelevancia después de los ataques iraníes. Murió porque sus antiguos
clientes encontraron un proveedor mejor, más barato y sin condiciones
políticas. Y cuando un monopolio muere, el antiguo monopolista no se retira
elegantemente. Se enfurece. Castiga, sabotea. Y aquí es donde la cosa se pone
peligrosa.
Colofón del monopolio de la seguridad estadounidense en el medio oriente.
Hay un actor que queda huérfano en este nuevo escenario, y ese actor es
Israel. Piénsenlo con calma. Israel construyó toda su doctrina de seguridad
sobre dos pilares. El primero, Estados Unidos me protege y me financia. El
segundo, los árabes me necesitan como contrapeso contra Irán. Si Arabia Saudita
ya tiene a Pakistán y a Turquía para disuadir a Teherán, ¿para qué necesita a
Israel? Si el Golfo ya no depende del paraguas estadounidense, ¿por qué iba
Riad a normalizar relaciones con Tel Aviv como moneda de cambio por armas que
ya no necesita?
Israel impredecible constituye un desaguisado, el mayor peligro para la región…
Los Acuerdos de Abraham pierden su lógica. Israel se queda con su
arsenal nuclear, con su tecnología de punta, con su ejército formidable, pero
solo. Se convierte en una Esparta regional: temida, armada hasta los dientes,
pero aislada, sin amigos, sin rutas de vuelo garantizadas, sin inteligencia
compartida. Y un Israel aislado es un Israel impredecible, y un Israel
impredecible es el mayor peligro para la estabilidad de toda la región.
Ahora bien, este nuevo bloque no existe en el vacío. Existe en un mundo
donde hay otra superpotencia que observa todo con una sonrisa silenciosa. Esa
superpotencia es China. Y China es, paradójicamente, la mayor beneficiaria de
este acuerdo sin haber disparado una sola bala ni firmado un solo tratado. ¿Por
qué? Porque China necesita tres cosas desesperadamente: energía barata, rutas
comerciales seguras y un dólar débil. Y este acuerdo le entrega las tres en
bandeja de plata.
Piensen en los corredores energéticos. El petróleo del Golfo tiene que
pasar por dos cuellos de botella para llegar a Asia y Unión Europea: el
estrecho de Ormuz y el estrecho de Bab el-Mandeb, en el Mar Rojo. Irán controla
el primero. Los hutíes, aliados de Irán, controlan el segundo. Cualquier
analista militar le dirá que, por muy poderoso que sea el nuevo bloque
trilateral, no puede bombardear Ormuz sin destruir la economía mundial. No
puede invadir Yemen sin desatar una guerra que nadie quiere. Entonces, ¿qué
hacen Arabia Saudita, Turquía y los países del Golfo? Tienen que hablar con
Irán. Tienen que negociar. Tienen que llegar a un entendimiento. Y ¿saben quién
es el único país del mundo que tiene influencia simultánea sobre Irán, sobre
Pakistán y sobre Arabia Saudita? China. Compra el petróleo de los tres.
Beijing financia infraestructura en los tres. China tiene contratos de
armas con los tres. China se convierte en el árbitro natural, en el notario de
la paz, en el garante último de que los estrechos permanezcan abiertos...
Y eso es exactamente lo que China quiere. No necesita portaaviones en el
Golfo. No necesita bases militares. Le basta con ser el cliente principal, el
prestamista paciente y el mediador discreto. Mientras Estados Unidos
gasta billones en bases militares que ya nadie necesita y fueron destruidas,
Beijing construye puertos, ferrocarriles y oleoductos que todos necesitan. Es
la diferencia entre un imperio que cobra por proteger y un imperio que cobra
por conectar.
Los corredores energéticos quedan así cubiertos por una red de acuerdos.
Arabia Saudita negocia con Irán porque necesita que sus petroleros pasen por
Ormuz. Turquía negocia con Rusia porque necesita que el grano y el gas fluyan
por el Mar Negro. Pakistán ofrece el puerto de Gwadar como alternativa
logística. Y China, desde arriba, teje todos estos hilos en una sola red
comercial que se llama la Nueva Ruta de la Seda. El resultado es que el flujo
de energía ya no depende de la Quinta Flota estadounidense. Depende de una
arquitectura de acuerdos regionales donde cada actor tiene algo que perder si
dispara primero.
¿Y qué pierde Estados Unidos en todo esto? Pierde el Golfo, pierde el
petrodólar, pierde la capacidad de sancionar unilateralmente, pierde la
exclusividad de vender armas, pierde el monopolio de la inteligencia. Pero,
sobre todo, pierde algo que no se recupera con dinero ni con misiles, pierde la
narrativa. Pierde la historia que se contaba a sí mismo y al mundo de que era
indispensable, de que sin él habría caos, de que su presencia era el precio de
la paz. Esa historia se acabó. Y cuando una historia se acaba, no importa
cuántos portaaviones tengas, el mundo ya no te mira igual.
Hay quien dirá que esto es una exageración, que Estados Unidos sigue
teniendo la economía más grande, el ejército más poderoso, la tecnología más
avanzada. Y es cierto. Pero la hegemonía no se mide solo en fuerza bruta. Se
mide en relevancia. Se mide en si los demás te necesitan o no. Y la verdad
incómoda de este agosto de 2026 es que, por primera vez en medio siglo, los
países del Golfo, de Turquía y del subcontinente indio han decidido que
no necesitan a Estados Unidos para sobrevivir. Han encontrado su propia
fórmula. Y esa fórmula, por ahora, funciona.
El mundo que nace no es un mundo sin conflictos. Irán y Arabia Saudita
seguirán desconfiando. India mirará con recelo a Pakistán reforzado. Israel
hará algo desesperado. Turquía y Rusia chocarán en el Mar Negro. Pero será un
mundo donde esos conflictos se resuelven, o al menos se gestionan, sin que solo
Estados Unidos tenga la última palabra. Será un mundo más desordenado,
sí. Pero también más honesto. Un mundo donde el poder se negocia entre muchos,
en lugar de imponerse desde uno solo.
La historia no termina aquí. Nunca termina. Pero el 7 de agosto de 2026,
en una ciudad sagrada del desierto arábigo, tres hombres firmaron un papel y,
sin saberlo quizás, cerraron un capítulo de cincuenta años. El capítulo donde
un solo país decidía quién vivía y quién moría en la región más energética del
planeta. Ese capítulo se cerró. Y el siguiente, el que se está escribiendo
ahora mismo, tiene muchos autores. Esa es la verdadera noticia. No que nazca un
nuevo bloque. Sino que muera un monopolio. Y los monopolios, cuando mueren,
nunca vuelven.
LO SUBRAYDO/INTERPOLADO ES
NUESTRO




No hay comentarios:
Publicar un comentario