viernes, 24 de julio de 2026

China Socialista: propiedad y control social de medios de producción...


China Socialista: propiedad y control social de medios de producción...


Por Luis Lizama Barrientos/ Cidecon/Sur andino/ADDHEE.ONG


En un mundo marcado por crisis económicas recurrentes, guerras prolongadas, desigualdad creciente y deterioro ambiental, China se ha convertido en una anomalía histórica difícil de ignorar. Mientras gran parte de Occidente enfrenta estancamiento productivo, polarización política y pérdida de cohesión social, China mantiene un crecimiento sostenido, estabilidad interna y una capacidad de transformación económica y tecnológica que ha alterado el equilibrio global.  La pregunta, entonces, es inevitable: ¿estamos ante el éxito de una lógica socialista o simplemente frente a una sofisticada forma de capitalismo de Estado?

La respuesta no es menor. Tiene implicancias estratégicas para quienes buscan alternativas viables al capitalismo determinista en el siglo XXI. Si China ha logrado construir un modelo eficaz de desarrollo bajo conducción estatal, su experiencia podría estar reabriendo un debate que muchos dieron por cerrado tras la caída de la Unión Soviética. Si se revisa el pensamiento de Vladimir Lenin en El Estado y la Revolución, y las bases teóricas de Karl Marx, se entiende que el socialismo nunca fue concebido como un punto de llegada definitivo, sino como una fase de transición entre capitalismo determinista y comunismo, entiéndase por comunismo la sociedad sin clases. En esa etapa pueden persistir desigualdades y contradicciones heredadas, pero existe una diferencia esencial: desaparece la apropiación privada de los medios fundamentales de producción. En otras palabras, los sectores estratégicos de la economía dejan de responder a los intereses de una élite capitalista y pasan a estar subordinados al interés colectivo.

Pero Lenin fue claro en advertir que la mera nacionalización no basta. Estatizar empresas sin desarrollar la capacidad productiva solo reproduce escasez. El verdadero núcleo del socialismo radica en la expansión de las fuerzas productivas: aumentar la riqueza material, la productividad y la capacidad tecnológica. Solo sobre esa base es posible construir una sociedad capaz de distribuir según las necesidades y no únicamente según el trabajo aportado.

Y es precisamente ahí donde China ofrece el caso más interesante del siglo XXI.

Desde las reformas iniciadas en 1978 bajo el liderazgo de Deng Xiaoping, China ha protagonizado el proceso de modernización más rápido de la historia contemporánea. Pasó de ser una economía predominantemente rural, pobre y periférica, a convertirse en la segunda economía del mundo y en muchos indicadores — como paridad de poder adquisitivo— la primera. Lo decisivo es que ese crecimiento no fue abandonado al mercado, sino orientado por el Estado.

Aunque la apertura introdujo mecanismos de mercado y permitió el surgimiento de un dinámico sector privado, el Estado nunca perdió el control de los sectores estratégicos: banca, energía, telecomunicaciones, transporte, infraestructura y defensa siguen bajo conducción pública. Las grandes empresas estatales continúan siendo el corazón del sistema económico. Y sobre todo, el Partido Comunista Chino mantiene la dirección política del proceso. Esto marca una diferencia sustancial con el capitalismo liberal determinista: en China, el mercado es una herramienta; no el soberano. Deng entendió algo que transformó la praxis socialista: la pobreza no podía ser romantizada. “La pobreza no es socialismo”, afirmó, en una frase que redefinió el debate ideológico. Bajo esa lógica, la igualdad inmediata dejó de ser la prioridad absoluta. Primero había que crear riqueza; después, distribuirla mejor. Esa reinterpretación permitió combinar planificación estatal con mecanismos de mercado, sin abandonar la conducción política central./Estado.

Sin embargo, el llamado “milagro chino” no puede entenderse sin reconocer el papel previo de Mao Zedong. Su período a la cabeza del Estado chino dejó la infraestructura social básica que hizo posible el despegue posterior: alfabetización masiva, salud pública universal, industrialización básica y una estructura estatal sólida. Deng aceleró el desarrollo; Mao construyó las bases.

Otro elemento central es la planificación económica. Mientras en Occidente las economías son arrastradas por ciclos financieros, especulación y decisiones fragmentadas del capital privado, China sigue estructurando su crecimiento mediante planes quinquenales. Estos no solo fijan metas económicas, sino objetivos en innovación tecnológica, transición energética, reducción de emisiones, desarrollo regional y bienestar social.

Eso significa que la economía china no está sometida al caos del mercado, sino subordinada a una visión estratégica nacional. Y quizás el aspecto más decisivo hoy sea la apuesta por la ciencia y la tecnología. China comprendió tempranamente que la soberanía del siglo XXI no depende solo de recursos naturales o poder militar, sino de innovación. La inversión masiva en inteligencia artificial, telecomunicaciones, energías renovables y exploración espacial es parte de esa lógica. Lo que antes era monopolio tecnológico occidental hoy es terreno de disputa abierta.

El punto más complejo sigue siendo la desigualdad. Sería ingenuo negar que las reformas económicas ampliaron brechas sociales durante décadas. Pero el fenómeno debe ser leído en perspectiva histórica. A diferencia de muchas economías capitalistas donde la desigualdad crece junto al estancamiento de las mayorías, en China esa desigualdad coexistió con una mejora generalizada del nivel de vida. Cientos de millones salieron de la pobreza extrema, en la mayor reducción de pobreza registrada en la historia humana.

Hoy, bajo la política de “prosperidad común”, el Estado chino busca corregir esos desequilibrios y avanzar hacia una distribución más equilibrada. Todo esto lleva a una conclusión incómoda para muchos analistas occidentales: China no encaja fácilmente en las categorías tradicionales. No es el socialismo clásico del siglo XX, pero tampoco es restauración del capitalismo determinista. Es una síntesis propia, adaptada a sus condiciones históricas y nacionales.

Y quizás allí radique su mayor importancia.

En momentos en que el capitalismo determinista global muestra señales evidentes de agotamiento estructural, China emerge como una alternativa histórica concreta. Su combinación de planificación estatal, control estratégico de la economía, uso instrumental del mercado y apuesta tecnológica plantea un modelo que desafía la idea de que no existe alternativa.

La gran disputa del siglo XXI no será solo geopolítica o comercial. Será, en esencia, una disputa entre modelos de organización económica y social. Y en ese terreno, China ya no es solo un actor: es el laboratorio vivo de una nueva forma de socialismo.

Lo subrayado/interpolado es nuestro.

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