China Socialista: propiedad y control social de medios de producción...
La respuesta no es menor. Tiene implicancias estratégicas
para quienes buscan alternativas viables al capitalismo determinista en
el siglo XXI. Si China ha logrado construir un modelo eficaz de desarrollo bajo
conducción estatal, su experiencia podría estar reabriendo un debate que muchos
dieron por cerrado tras la caída de la Unión Soviética. Si se revisa el
pensamiento de Vladimir Lenin en El Estado y la Revolución, y las bases
teóricas de Karl Marx, se entiende que el socialismo nunca fue concebido como
un punto de llegada definitivo, sino como una fase de transición entre
capitalismo determinista y comunismo, entiéndase por comunismo la
sociedad sin clases. En esa etapa pueden persistir desigualdades y
contradicciones heredadas, pero existe una diferencia esencial: desaparece la
apropiación privada de los medios fundamentales de producción. En otras
palabras, los sectores estratégicos de la economía dejan de responder a los
intereses de una élite capitalista y pasan a estar subordinados al interés
colectivo.
Pero Lenin fue claro en advertir que la mera nacionalización
no basta. Estatizar empresas sin desarrollar la capacidad productiva solo
reproduce escasez. El verdadero núcleo del socialismo radica en la expansión de
las fuerzas productivas: aumentar la riqueza material, la productividad y la
capacidad tecnológica. Solo sobre esa base es posible construir una sociedad
capaz de distribuir según las necesidades y no únicamente según el trabajo
aportado.
Y es precisamente ahí donde China ofrece el caso más
interesante del siglo XXI.
Desde las reformas iniciadas en 1978 bajo el liderazgo de
Deng Xiaoping, China ha protagonizado el proceso de modernización más rápido de
la historia contemporánea. Pasó de ser una economía predominantemente rural,
pobre y periférica, a convertirse en la segunda economía del mundo y en muchos
indicadores — como paridad de poder adquisitivo— la primera. Lo decisivo es que
ese crecimiento no fue abandonado al mercado, sino orientado por el Estado.
Aunque la apertura introdujo mecanismos de mercado y
permitió el surgimiento de un dinámico sector privado, el Estado nunca perdió
el control de los sectores estratégicos: banca, energía, telecomunicaciones,
transporte, infraestructura y defensa siguen bajo conducción pública. Las
grandes empresas estatales continúan siendo el corazón del sistema económico. Y
sobre todo, el Partido Comunista Chino mantiene la dirección política del
proceso. Esto marca una diferencia sustancial con el capitalismo liberal determinista:
en China, el mercado es una herramienta; no el soberano. Deng entendió algo que
transformó la praxis socialista: la pobreza no podía ser romantizada. “La
pobreza no es socialismo”, afirmó, en una frase que redefinió el debate
ideológico. Bajo esa lógica, la igualdad inmediata dejó de ser la prioridad
absoluta. Primero había que crear riqueza; después, distribuirla mejor. Esa reinterpretación
permitió combinar planificación estatal con mecanismos de mercado, sin
abandonar la conducción política central./Estado.
Otro elemento central es la planificación económica.
Mientras en Occidente las economías son arrastradas por ciclos financieros,
especulación y decisiones fragmentadas del capital privado, China sigue
estructurando su crecimiento mediante planes quinquenales. Estos no solo fijan
metas económicas, sino objetivos en innovación tecnológica, transición
energética, reducción de emisiones, desarrollo regional y bienestar social.
Eso significa que la economía china no está sometida al caos
del mercado, sino subordinada a una visión estratégica nacional. Y quizás el
aspecto más decisivo hoy sea la apuesta por la ciencia y la tecnología. China
comprendió tempranamente que la soberanía del siglo XXI no depende solo de
recursos naturales o poder militar, sino de innovación. La inversión masiva en
inteligencia artificial, telecomunicaciones, energías renovables y exploración
espacial es parte de esa lógica. Lo que antes era monopolio tecnológico
occidental hoy es terreno de disputa abierta.
El punto más complejo sigue siendo la desigualdad. Sería
ingenuo negar que las reformas económicas ampliaron brechas sociales durante
décadas. Pero el fenómeno debe ser leído en perspectiva histórica. A diferencia
de muchas economías capitalistas donde la desigualdad crece junto al
estancamiento de las mayorías, en China esa desigualdad coexistió con una
mejora generalizada del nivel de vida. Cientos de millones salieron de la
pobreza extrema, en la mayor reducción de pobreza registrada en la historia
humana.
Hoy, bajo la política de “prosperidad común”, el Estado
chino busca corregir esos desequilibrios y avanzar hacia una distribución más
equilibrada. Todo esto lleva a una conclusión incómoda para muchos analistas
occidentales: China no encaja fácilmente en las categorías tradicionales. No es
el socialismo clásico del siglo XX, pero tampoco es restauración del
capitalismo determinista. Es una síntesis propia, adaptada a sus
condiciones históricas y nacionales.
Y quizás allí radique su mayor importancia.
En momentos en que el capitalismo determinista global
muestra señales evidentes de agotamiento estructural, China emerge como una
alternativa histórica concreta. Su combinación de planificación estatal,
control estratégico de la economía, uso instrumental del mercado y apuesta
tecnológica plantea un modelo que desafía la idea de que no existe alternativa.
La gran disputa del siglo XXI no será solo geopolítica o
comercial. Será, en esencia, una disputa entre modelos de organización
económica y social. Y en ese terreno, China
ya no es solo un actor: es el laboratorio vivo de una nueva forma de
socialismo.
Lo subrayado/interpolado
es nuestro.






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