El Sur no puede decir no. Eso se llama dominación, no desarrollo...
“Al saqueo de las riquezas naturales de los
Pueblos del sur”...
Por Tommaso Biagi /escritor y analista
internacional...
La narrativa dominante
llama a todo esto desarrollo. Los países del Sur global tienen recursos
naturales. Los mercados internacionales los necesitan. El intercambio es
voluntario. Todos ganan.
Esta narrativa es falsa.
Y la razón por la que es falsa no es simplemente que los términos del
intercambio sean injustos — aunque lo son. Es que el intercambio no es
voluntario. Los países del Sur global no pueden permitirse decir no. Y cuando
no puedes permitirte decir no, no estás participando en un intercambio libre.
Estás obedeciendo una estructura de poder.
Raúl Prebisch lo llamó
deterioro de los términos de intercambio. Ruy Mauro Marini lo llamó
superexplotación. Eduardo Galeano lo llamó las venas abiertas. Lo que estos
autores identificaron con instrumentos distintos es la misma realidad: la
inserción de América Latina en el mercado mundial no ha sido un intercambio
entre iguales sino una relación estructural de extracción. Lo que este artículo
propone es una forma más precisa de nombrar el mecanismo que la hace posible.
La prueba del rechazo
aplicada a los Estados
Existe una forma de
identificar la dominación que funciona tanto para las personas como para los
estados. La llamamos la prueba del rechazo: una relación es libre si la parte
más débil puede negarse sin consecuencias catastróficas. Una relación es de
dominación si el rechazo significa perder algo esencial para la supervivencia.
Apliquemos esta prueba a
Argentina y el litio.
¿Puede Argentina negarse
a extraer litio y venderlo al mercado internacional? Formalmente, sí. Tiene
soberanía sobre sus recursos naturales. Ninguna empresa extranjera la obliga
con amenazas explícitas.
Pero ¿qué le cuesta
decir no?
Argentina tiene una deuda externa de más de 400.000
millones de dólares. Sus reservas en
divisas son crónicamente insuficientes. El FMI supervisa su política
macroeconómica. Los mercados financieros internacionales determinan el costo de
su financiamiento. En este contexto, negarse a extraer y exportar litio no es
una decisión soberana libre — es una decisión que puede desencadenar una crisis
de balanza de pagos, una fuga de capitales, una nueva ronda de negociaciones
con el FMI bajo condiciones aún más restrictivas.
El costo del rechazo es
catastrófico. Por lo tanto, Argentina no puede realmente decir no. Y eso
significa que la relación entre Argentina y los mercados internacionales de
litio no es un intercambio libre. Es dominación estructural. ¿Y la soberanía
de Argentina?
Lo que la teoría de la
dependencia identificó como estructura, el concepto de comando estructural
permite nombrarlo como mecanismo: no es solo que los términos sean
desfavorables, es que la arquitectura de la dependencia hace que el rechazo sea
sistemáticamente imposible para la parte más débil.
Cómo funciona el comando
estructural a escala global
El concepto de comando estructural — el control
ejercido no a través de la coerción explícita sino a través de la arquitectura
de las alternativas disponibles — funciona con idéntica lógica a escala estatal
e internacional.
Un trabajador de
plataforma no puede negarse a trabajar bajo las condiciones de Glovo porque
hacerlo significa no pagar el alquiler. Un país del Sur global no puede negarse
a exportar sus recursos naturales porque hacerlo significa no pagar la deuda,
no importar los bienes que no produce, no mantener el tipo de cambio, no acceder
a los mercados financieros internacionales.
En ambos casos, nadie
apunta con una pistola. En ambos casos, la estructura construye una situación
en la que el rechazo equivale al colapso. En ambos casos, la obediencia no es
consenso — es el resultado previsible de una arquitectura de dependencia.
Esta arquitectura tiene
un nombre en la literatura económica crítica: extractivismo saqueo de las
riquezas naturales. Pero el extractivismo se describe habitualmente como un
modelo económico — una forma de inserción en el mercado mundial basada en la
exportación de materias primas. Lo que raramente se nombra con precisión es su
dimensión política: el extractivismo no es simplemente una opción económica
subóptima. Es la forma que toma el comando estructural cuando se aplica a
estados soberanos en el sistema capitalista determinista global...
La trampa de la deuda
como mecanismo de comando
Para entender cómo
funciona este comando estructural en la práctica, es necesario analizar el
mecanismo central que lo hace posible: la deuda.
La deuda externa no es simplemente un problema
financiero. Es una tecnología de gobierno. Funciona de la siguiente manera.
Un país del Sur global necesita divisas para
importar bienes que no produce internamente — maquinaria, combustibles,
medicamentos, tecnología. Para obtener esas divisas, necesita exportar. Para
exportar en cantidades suficientes con la estructura productiva que tiene,
necesita exportar materias primas. Para desarrollar la capacidad de exportar
otras cosas, necesita inversión. Para obtener inversión, necesita acceso a los
mercados financieros internacionales. Para
mantener ese acceso, necesita cumplir con los criterios de los inversores y de
las instituciones financieras internacionales. Esos criterios incluyen
invariablemente la apertura a la inversión extranjera directa en el sector
extractivo, la garantía de estabilidad jurídica para las empresas
multinacionales y la prioridad del servicio de la deuda sobre el gasto social.
El círculo se cierra:
para salir del extractivismo, necesitas inversión y divisas; para obtener
inversión y divisas, necesitas seguir con el extractivismo. La trampa no es
accidental. Es el producto de décadas de políticas deliberadas del FMI, del
Banco Mundial y de los países acreedores que han configurado el sistema
financiero internacional de manera que hace que el costo del rechazo sea
sistemáticamente catastrófico para los países más vulnerables.
Argentina fue
progresivamente integrada en una arquitectura que hace extremadamente costosas
las alternativas al extractivismo. No es una tragedia natural — es una
construcción política que tiene responsables precisos y que puede, en
principio, ser deshecha.
El litio como caso
paradigmático
El litio argentino —
parte del llamado Triángulo del Litio junto con Bolivia y Chile — ilustra con
particular claridad esta dinámica.
La demanda global de
litio se ha disparado con la transición energética. Los coches eléctricos, las
baterías de almacenamiento, los paneles solares: todo esto requiere litio en
cantidades crecientes. Europa y Estados Unidos han declarado el litio recurso
estratégico crítico. Las empresas multinacionales — europeas, estadounidenses,
chinas, australianas — compiten por acceder a los yacimientos del Triángulo del
Litio.
Desde la perspectiva de
los países productores, esto debería ser una oportunidad. Tienen el recurso que
el mundo necesita. Deberían poder negociar en condiciones favorables.
Pero la realidad es
diferente. Argentina, Chile y Bolivia negocian desde posiciones
estructuralmente débiles. Argentina lo hace con una deuda externa descomunal y
bajo supervisión del FMI. Chile lo hace con una constitución que garantiza la
propiedad privada de los recursos hídricos necesarios para la extracción.
Bolivia, que intentó con Evo Morales una política más soberana de
nacionalización y procesamiento interno del litio, enfrentó presiones
internacionales, inestabilidad política y dificultades de acceso a los
mercados.
El resultado es que los
países del Triángulo del Litio exportan fundamentalmente carbonato de litio — el
mineral procesado en su forma más básica — a precios determinados por mercados
que no controlan, para que sea transformado en baterías y productos de alto
valor añadido en Europa, Estados Unidos, Japón y China. El valor se extrae. La
contaminación queda. Los salarios pagados son una fracción del valor generado.
Y la dependencia estructural se reproduce.
Bajo Milei, Argentina ha
profundizado esta lógica. La desregulación del sector extractivo, la
eliminación de requisitos de procesamiento local, la apertura irrestricta a la
inversión extranjera: todo esto se presenta como libertad económica. Es, en
realidad, la consolidación del comando estructural — la construcción deliberada
de una arquitectura en la que Argentina tiene cada vez menos capacidad de decir
no a las condiciones que los mercados internacionales le imponen. Prebisch
habría reconocido el mecanismo. Solo ha cambiado el vocabulario con que se lo
justifica.
Por qué la soberanía
formal no es soberanía real
Uno de los argumentos
más frecuentes contra este análisis es el de la soberanía formal: los países
del Sur global son Estados soberanos, tienen constituciones, tienen gobiernos
elegidos democráticamente, pueden tomar sus propias decisiones.
Este argumento confunde
la soberanía formal con la soberanía real, exactamente de la misma manera que
el liberalismo confunde la libertad formal con la libertad real.
Un trabajador es
formalmente libre de negarse a firmar un contrato de trabajo en condiciones
abusivas. Pero si negarse significa no comer, su libertad formal no es libertad
real. Del mismo modo, Argentina es formalmente soberana para decidir su
política extractiva. Pero si ejercer esa soberanía significa desencadenar una
crisis financiera que destruye el nivel de vida de millones de personas, su soberanía
formal no es soberanía real.
Vidorria que impone el
sistema capitalista determinista
La soberanía real requiere la capacidad material de
ejercer opciones reales. Y esa capacidad requiere, a escala estatal, lo mismo
que a escala individual: que el costo del rechazo no sea catastrófico. Que
decir no a los términos que ofrece el mercado internacional no equivalga al
colapso económico.
Construir esa capacidad
es el proyecto político central de cualquier izquierda que tome en serio la
libertad como algo más que una fórmula retórica.
Lo que la transición
energética revela
Hay algo particularmente
revelador en el hecho de que esta dinámica se haya intensificado precisamente
en el contexto de la transición energética.
El discurso dominante
sobre la transición energética la presenta como una oportunidad para los países
del Sur global: tienen los recursos que el mundo necesita para descarbonizarse,
y esto les da poder de negociación. El litio argentino, el cobalto congoleño,
el cobre chileno son los nuevos recursos estratégicos de la economía verde.
Pero lo que estamos
viendo en la práctica es lo contrario: la transición energética está
reproduciendo y en algunos casos intensificando las estructuras extractivistas
existentes, con una nueva justificación ideológica. Antes se extraían
combustibles fósiles en nombre del desarrollo. Ahora se extraen minerales
críticos en nombre de la sostenibilidad. El mecanismo de dominación es
idéntico. Solo ha cambiado el relato que lo legitima.
Una transición
energética genuinamente justa requeriría algo radicalmente diferente: tecnologías
diseñadas para minimizar la dependencia de recursos concentrados
geográficamente, inversión en capacidades productivas locales en los países
extractores, cancelación de las deudas que hacen que el rechazo sea
catastrófico, y una arquitectura financiera internacional que no convierta la
dependencia en condición permanente de acceso a los mercados.
Nada de esto está en la
agenda de la transición energética tal como está siendo implementada. Lo que
está en esa agenda es la misma arquitectura de dependencia con un barniz verde.
La misma lógica, la
misma respuesta
El comando estructural
que impide a un trabajador de plataforma decir no a Glovo y el que impide a
Argentina decir no a los mercados internacionales de litio son manifestaciones
de la misma lógica: el control ejercido a través de la arquitectura de las
alternativas, el poder producido por la imposibilidad de sobrevivir al rechazo.
La respuesta, en ambos
casos, tiene la misma estructura: construir las condiciones materiales que
hagan que el rechazo sea sobrevivible. Para el trabajador: renta incondicional,
vivienda garantizada, acceso a la salud independiente del empleo. Para los
estados del Sur global: cancelación de deuda, acceso a financiamiento no
condicional, transferencia de tecnología, arquitecturas comerciales que no
hagan del extractivismo la única opción viable
Estas no son demandas
utópicas. Son las condiciones mínimas sin las cuales la soberanía — tanto
individual como estatal — no es más que una ficción jurídica que cubre una
estructura de obediencia.
Lo que Prebisch, Cardoso
y Marini, Eduardo Galeano, las Venas Abiertas, identificaron como
estructura sistémica, el concepto de comando estructural permite nombrarlo como
mecanismo operativo preciso: no basta describir que el intercambio es desigual,
hay que identificar exactamente cómo la arquitectura de la dependencia del
sistema capitalista determinista hace que el rechazo sea imposible — y qué
se necesita construir para que deje de serlo.
El Sur no puede decir no,
mientras sobreviva en el sistema capitalista determinista globalizado.
Mientras eso sea verdad, hablar de desarrollo es hablar de dominación con otro
nombre.




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