El derecho a gobernar.... “¡Gobernar es educar!”
Lo acontecido en Chile en las últimas décadas
es una comprobación palmaria de que los partidos de la Concertación y de la
Nueva Mayoría incumplieron con mucho de lo prometido para terminar consolidando
el modelo institucional y económico concebido por la derecha y el pinochetismo.
Desde sus propias filas, al propio presidente
Sebastián Piñera se le reprochó gobernar más al estilo de la oposición que al
deseo de sus partidarios, lo que la postre terminara debilitando el apoyo
popular a su coalición, en favor de la consolidación de un partido, como el
Republicano, con ideas más extremas y que hoy están en los fundamentos de
gobierno de José Antonio Kast. Muchos recordamos, asimismo, que un prominente
líder socialista declarara que el gobierno de Ricardo Lagos había sido el mejor
de la derecha/CMPC/SOFOFA.
Se repite por muchos que un régimen
democrático supone la alternancia en el poder, afirmación que se contradice en
muchos países en que hay fuerzas políticas que se mantienen por largos años en
el poder y nadie duda de la solidez de su sistema institucional. En efecto,
existen regímenes democráticos en que el poder radica mucho más en el
parlamento que en el gobierno. Muchos jefes de estado o presidentes resultan
menos conocidos y gravitantes que los primeros ministros y las fuerzas que dominan
en el Poder Legislativo.
Casi toda Europa da testimonio de esto y nadie
reclama la alternancia en el poder como una condición de su solidez
republicana. Lo que ocurre ahora en nuestro país es que ha arribado a La Moneda
un presidente y un equipo de gobierno mucho más empecinado que los anteriores
en hacer valer lo que el pueblo le mandató en las urnas. Esta situación es la
que hace pensar en muchos que la política va a terminar muy pronto encrispada y
que va trasladar a las calles la contienda ideológica. En el temor, incluso, de
que podamos revivir situaciones como la de la Rebelión de octubre del
2019, un fenómeno de alta tensión política y social que se vio interrumpida por
la pandemia de coronavirus que afecta al mundo.
Si bien es innegable que el Gobierno de Kast
quiere imponer sus ideas con o sin consentimiento del Parlamento su error
consiste en creer que la democracia le confiere el derecho a gobernar como
quiera, despreciando que en las cámaras legislativas existen diputados y
senadores que también acaban de ser elegidos popularmente, así como también
existen miles de alcaldes y concejales comunales en todo el país. Es cierto que
el oficio de la política vive su peor momento en prestigio y credibilidad y que
la corrupción y el abuso de los dirigentes lleva a despreciar sus facultades.
Pero desgraciadamente en esto y en otras materias hay que “arar con los bueyes
que se tiene”. Nuestra solidez institucional debe contar en la práctica con el
co gobierno de los distintos poderes del Estado. Ni Kast y la oposición están
facultados para imponer a rajatabla sus ideas y propósitos. Menos, todavía, si
nuestra pecaría democracia limita tanto la voluntad ciudadana, evita las
consultas públicas o plebiscitos y le confiere tanto poder a las fuerzas
represivas y policiales para reprimir la movilización social, que tan
importante ha sido en nuestra historia para concretar las más lúcidas reformas.
Desgraciadamente, la insolvencia del discurso
oficial y las malas prácticas de tantos “representantes del pueblo” amenazan
con enturbiar nuestro sistema institucional, cuando en las últimas semanas las
propuestas gubernamentales se han agotado en eslóganes y promesas ligeras que
no nos permiten concebir cómo y con cuántos recursos el Gobierno quiere
fundamentar sus transformaciones. En este sentido, el reciente mensaje
presidencial ante el parlamento y la nación se quedó dramáticamente en lo
superficial y los “lugares comunes”, simulando más una proclama electoral que un
contundente plan de acciones. Asimismo, es evidente que los reiterados cambios
de gabinete de los últimos días hablan mucho de improvisación, la debilidad
ideológica y la falta de cohesión del oficialismo.
Vergonzosa como ha sido, también, la intolerancia
demostrada por los principales actores de la oposición, dispuestos a bloquear
cualquier iniciativa legislativa de las nuevas autoridades, en un
empecinamiento tan infantil e insano como el del mismo Mandatario. Co un poder
electoral que resultara tan menguado por negativo veredicto popular respecto de
la gestión de sus anteriores gobiernos. Especialmente, por los escándalos de
corrupción de más corta data. Muchos de los cuales todavía quedan impunes o ni
siquiera todavía han visto la luz.
Las democracias deben garantizar el disenso,
pero más importante todavía facilitar el entendimiento, el respeto a la misión
de los poderes del estado. Y a ambas instancias bien les haría tener en cuenta
la voz del pueblo para dirimir sus controversias. Las elecciones en nuestro
país se saben que están muy condicionadas por el dinero, la publicidad y una
bajísima formación cívica de los ciudadanos. Lo que entre otros males ha
llegado a consagrar la alternancia en el poder y el breve tiempo de os
gobiernos para cumplir lo prometido.
Lo subrayado/interpolado es nuestro





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