viernes, 19 de junio de 2026

Cuba, sobreviviendo castigada por rechazar las exigencias del escudo de las Américas del amigo y socio Emperador Trump...


Cuba, sobreviviendo castigada por rechazar las exigencias del escudo de las Américas del amigo y socio Emperador Trump...

Prolegómeno: “Quien tenga Patria  que la honre, quien no la tenga que la conquiste”... “Cuando menor es un país, mayor debe ser su confianza en si mismo y su sentido de la Dignidad”...

Lic.  José Martí Pérez, Maestro libertario de la Patria Continente Latinoamericana y Caribeña.

Estados Unidos, la hegemonía imperialista globalizada – globalización del capital-.  Es  la tiranía más despótica y desalmada del 1% de los plutócratas empresarios dueños de la celestina universal/el dólar, el narcotráfico y la “inteligencia artificial genocida”/IAG. La defensa de sus sórdidos y avaros intereses en el contexto de su desvergonzado maquiavelismo, su fría avaricia y su profunda inmoralidad, el fin justifica los medios, lo que no puede destruir,  lo frivoliza. Se ha apropiado del nombre del Continente Americano. El cartógrafo alemán Martin Waldseemüller al publicar su mapa del Continente Americano en 1507, en homenaje a  Américo Vespucio le dio el nombre de América. La  oligarquía empresarial plutócrata estadounidense en forma  irreflexiva y reiterativa se lo apropió. Este plagio  es una  distorsión  geográfica, histórica y social...

En ninguna parte de nuestro desgraciado planeta hay tantos tartufos hipócritas desleales y farsantes como en Estados Unidos. La nación más corrompida,  degenerada, violenta, agresiva y dominante. No hay pueblo digno libre y soberano que no quiera verla humillada.

Con esperanza y memoria, para todo aquel ser humano  que esté luchando por la vida y la liberación del maldito sistema  capitalista determinista  y su régimen estadounidense imperialista,  consciente que bajo ésta  patética y orwelliana realidad “no hay destino viable para la Humanidad”...

Prof. Moreno Peralta/IWA

Secretario Ejecutivo Addhee.Ong

Reflexiona Sushovan Dhar – Viento Sur:

Estados Unidos no imputa a Raúl Castro Ruz porque de pronto le preocupe un incidente que ocurrió hace unos treinta años. Si fuera la justicia el principio que le guía, la demora sería difícil de explicar. ¿Por qué ocurre esto ahora, en un momento en que Cuba sufre su crisis económica más grave en décadas? ¿Por qué ahora, en un momento en que todos los días se producen cortes de luz, los hospitales padecen problemas de abastecimiento y cientos de miles de cubanas y cubanos han abandonado la isla en busca de un futuro en otro lugar?

La respuesta es más política que judicial. La imputación debe entenderse como parte de una campaña de presión más amplia que incluye sanciones, restricciones al abastecimiento de petróleo, amenazas a los socios comerciales de Cuba y llamamientos cada vez más agresivos a un cambio de régimen por parte de figuras influyentes en Estados Unidos. Es un instrumento más de una estrategia conocida: aumentar la presión sobre una sociedad vulnerable con la esperanza de forzar la capitulación política.

Para comprender esta estrategia, es necesario ir más allá de la ficción conveniente de que el conflicto entre EE UU y Cuba comenzó cuando esta última se proclamó comunista. Las raíces de la confrontación son mucho más profundas. Durante gran parte de los siglos XIX y XX, Cuba ocupó un lugar especial en el imaginario geopolítico de EE UU. Desde la teoría de la fruta madura de John Quincy Adams hasta la Doctrina Monroe, los sucesivos líderes estadounidenses siempre han considerado que la isla cae naturalmente dentro de la esfera de influencia de Estados Unidos. Por tanto, la lucha de Cuba por la independencia no ha sido nunca tan solo una lucha contra el colonialismo español, sino también una lucha por evitar la sustitución de una forma de dominación por otra, el colonialismo esatdounidense

La Enmienda Platt, impuesta apenas obtenida la independencia formal, concedió a Estados Unidos el derecho a intervenir en los asuntos cubanos y convirtió la isla en lo que efectivamente fue un protectorado. Las empresas estadounidenses acudieron para dominar amplios sectores de la economía. Cuba gozaba de soberanía política, pero dentro de unos límites minuciosamente definidos. La dictadura de Fulgencio Batista representó la culminación de este sistema: un régimen estrechamente vinculado a los intereses económicos y estratégicos de EE UU, acompañado de la profundización de las desigualdades en la sociedad cubana.

La Revolución de 1959 quebró este orden. Lo que hizo que la Revolución Cubana resultara intolerable para Estados Unidos no fue, al principio, su carácter socialista. La revolución se volvió socialista en el curso de la confrontación. Lo que Estados Unidos no podía aceptar fue la afirmación de la verdadera independencia en lo que consideraba su propio patio trasero. La prueba de ello está meridianamente clara: en 1960, antes de que cristalizara plenamente la confrontación de la Guerra Fría, un alto cargo del Departamento de Estado, Lester Mallory, dijo que la mejor manera de debilitar el apoyo popular al gobierno cubano pasaba por generar “hambre, desesperación y derrocamiento”. Pocos documentos revelan la lógica de la política estadounidense con tanta honestidad brutal. El objetivo no era el diálogo o la coexistencia, sino dificultar la vida del pueblo cubano hasta el punto de que finalmente se vuelva contra su propio gobierno.

Más de sesenta años después, el lenguaje ha cambiado, pero la lógica subyacente sigue resultando notablemente familiar. Los métodos han cambiado: en lugar de intentar una invasión y planear operaciones encubiertas, ahora se utilizan sanciones, restricciones financieras, batallas jurídicas y presiones diplomáticas, pero la premisa fundamental persiste: el Pueblo Cubano no debe determinar el futuro de Cuba por sí solo. Vista de esta manera, la imputación de Raúl Castro Ruz  no aparece como un procedimiento judicial sino más bien como parte de un continuum histórico mucho más arraigado. Es otro recordatorio de que Estados Unidos sigue reservándose “el derecho” a decidir qué clase de sistema político, gobierno y proyecto social es aceptable dentro de su esfera de influencia.

Sin embargo, hay otra razón por la que la escalada actual merece atención: pese a todas sus dificultades, Cuba ha sobrevivido. Sobrevivió a la invasión de Bahía de los Cochinos. Sobrevivió al colapso de la Unión Soviética. Ha sobrevivido a décadas de embargo, aislamiento y guerra económica. Hoy se enfrenta a una de las crisis más graves de su historia, pero sigue siendo políticamente independiente. Este hecho importa.

“Quien tenga Patria  que la honre, quien no la tenga que la conquiste”

La verdadera lección de Cuba no es que sea perfecta, sino que un país pequeño, situado a 90 millas de distancia del Estado más poderoso del mundo, se niega a renunciar al derecho a determinar su propio futuro. Y esto durante más de seis décadas, pese a los intentos de Estados Unidos de revertir esta decisión...

Castigo por otros medios

Si la imputación de Raúl Castro Ruz no es ante todo una cuestión de justicia, ¿a qué se debe entonces? Los métodos variables de ejercer el poder en el siglo XXI encierran una parte de la respuesta: EE UU ya no necesita enviar a sus marines para imponer su voluntad. Dispone de otros instrumentos, a menudo menos visibles, pero igualmente efectivos.

Durante décadas, el embargo ha sido el mecanismo principal con el que Estados Unidos ha tratado de aislar a Cuba. El objetivo era claro: privar a la isla de recursos, limitar sus opciones económicas e incrementar el coste del mantenimiento de un rumbo político independiente. Sin embargo, en los últimos años la presión ha evolucionado. Hoy, el castigo se administra a menudo a través de los bancos y no de los buques de guerra. Una compañía naviera que hace negocios con Cuba corre el riesgo de que la penalicen. Un banco extranjero que gestiona transacciones cubanas puede verse investigado. Compañías de seguros, inversores, proveedores de petróleo y socios comerciales han de calcular si tratar con Cuba supone un riesgo excesivo. En muchos casos, simplemente se desentienden.

El resultado es que medidas que formalmente apuntan contra el Estado cubano acaban afectando a todos los aspectos de la vida cotidiana. Cuando no llegan los envíos de petróleo, las gasolineras no pueden funcionar con normalidad. Cuando las transacciones financieras se complican, resulta más difícil adquirir medicamentos. Cuando las navieras evitan los puertos cubanos, la escasez invade toda la economía. Esta es la razón por la que muchos mecanismos de sanciones se conciben para que operen indirectamente. Su efectividad no solo depende de las prohibiciones legales, sino del clima de incertidumbre y miedo. No hace falta sancionar a una empresa para que cambie de comportamiento: a menudo basta con que quepa la posibilidad.

Las consecuencias se perciben lejos de las salas de juntas en que se toman tales decisiones. Se ven en farmacias con los estantes vacíos, los hospitales que tienen dificultades para encontrar equipos y los hogares que sufren repetidos apagones. La presión económica viaja a través de las cadenas de suministro hasta que llega a las casas de la población.

Esta estrategia más amplia ha venido acompañada cada vez más de otro instrumento: el lawfare o acoso judicial. La imputación de Raúl Castro Ruz es un ejemplo. La Ley Helms-Burton es otro. A lo largo de las últimas décadas, Estados Unidos ha tratado de convertir los mecanismos legales en instrumentos de presión geopolítica. Intervienen tribunales, organismos sancionadores, reclamaciones de propiedad y causas penales borrando la línea que separa la ley de la política exterior. La finalidad no siempre radica en castigar a los culpables. A menudo se trata de enviar un mensaje. El mensaje es que dirigentes políticos, empresas, inversores e incluso países terceros pueden sufrir consecuencias si mantienen relaciones que Washington desaprueba.

Vista aisladamente, cada medida puede parecer técnica o administrativa, pero todas juntas constituyen una estrategia coherente. El objetivo no es solo castigar al gobierno cubano, sino incrementar los costes de la resistencia. Esta es una razón por la que la escalada actual merece que todo el mundo preste atención: Cuba no es el único país que afronta tales métodos. Se han utilizado técnicas similares contra Venezuela, Irán y otros países que han desafiado las prioridades de EE UU. Lo que está en juego no es solo Cuba, sino también el creciente uso de la coacción jurídica y económica como instrumentos de la política internacional.

La vida sitiada

Quienes apoyan las sanciones suelen decir que son la alternativa pacífica a la guerra. Esto implica que la presión económica permite a los gobiernos perseguir objetivos políticos sin incurrir en los costes humanos asociados a la intervención militar. La experiencia cubana (entre otras muchas) cuenta una historia diferente. La guerra se imagina habitualmente como algo dramático: explosiones, tropas, edificios destruidos e imágenes televisadas de la devastación. La guerra económica opera de modo diferente: su violencia es más lenta, silenciosa y a menudo invisible para quienes la imponen. Sin embargo, los efectos pueden ser igual de reales.

Cuando no llegan los envíos de petróleo, las gasolineras cierran. Cuando escasea la electricidad, los hospitales apenas pueden funcionar con normalidad. Los medicamentos que han de conservarse en frigorífico son difíciles de almacenar. Fallan los sistemas de bombeo de agua. El transporte público deja de ser fiable. Los alimentos se estropean antes. Lo que comienza como una política de sanciones en Estados Unidos repercute finalmente en la vida cotidiana de millones de personas.

Para la mayoría del Pueblo Cubano, este no es un debate político abstracto, sino la realidad de planificar el día a día en función de los apagones. Es la preocupación de padres y madres por si habrá medicamentos disponibles cuando enferma un hijo o hija. Son los médicos que tratan de mantener el servicio a pesar de la escasez de equipos y suministros. Son personas mayores esperando en largas colas para satisfacer necesidades básicas. Es gente joven preguntándose si tendrán un futuro en la isla. En muchas partes del país, los cortes de luz determinan la organización de la vida cotidiana. Familias esperando que vuelva la electricidad para recargar los móviles, bombear agua, cocinar o refrigerar los alimentos. Los hospitales y clínicas han de trabajar en condiciones que se considerarían inaceptables en cualquier otro lugar. Lo que aparece sobre el papel como un decreto de sanciones se transforma en una crisis práctica en el día a día.

En los últimos años, Cuba experimenta una de las peores crisis de su historia contemporánea. Los apagones prolongados ya son el pan de cada día. Se ha intensificado la escasez de alimentos. La inflación ha erosionado el poder adquisitivo. Los servicios públicos están cada vez más tensionados. Cientos de miles de personas han abandonado el país, protagonizando una de las oleadas emigratorias más amplias desde la revolución.

Las sanciones por sí solas no explican todos esos problemas. La economía cubana sufre desde hace tiempo deficiencias estructurales, ineficiencias burocráticas y errores políticos. Pretender lo contrario sería intelectualmente deshonesto. Pero también sería deshonesto ignorar el papel de las presiones foráneas. Un país que padece escasez de combustibles se vuelve más vulnerable cuando se torpedean las importaciones de petróleo o gas natural. Un sistema sanitario que se enfrenta a dificultades de suministro se torna más frágil cuando se restringe su acceso a las redes financieras internacionales. Una economía que trata de recuperarse ve cómo se reducen sus opciones cuando las compañías navieras, los bancos y los inversores temen las consecuencias de entrar en tratos con ella.

Las sanciones no crean cada uno de los problemas, pero magnifican los que ya existen. Y lo hacen de manera que a menudo es difícil calibrarlos, pero imposibles de ignorar. Uno de los indicadores más claros de este deterioro es la tensión que ha invadido el sistema sanitario cubano. Estudios recientes han relacionado la intensificación de las sanciones con el empeoramiento de los resultados en materia de salud, inclusive un aumento de la mortalidad infantil, ilustrando las consecuencias humanas de políticas que suelen debatirse únicamente en términos geopolíticos. Durante décadas, Cuba era conocida internacionalmente por sus logros en el ámbito de la salud pública, muy superiores a lo que cabía esperar de un país pequeño y relativamente pobre. Hoy, facultativos y personal sanitario siguen realizando una labor extraordinaria en condiciones cada vez más precarias, pero el compromiso por sí solo no puede compensar indefinidamente la escasez de medicamentos, equipos, combustibles e infraestructuras.

Las consecuencias no solo se miden en las estadísticas, sino también en la ansiedad humana. Por esta razón. el lenguaje de las sanciones a menudo oscurece más que lo que revela. Expresiones como presiónrestricciones o medidas selectivas dan la impresión de referirse a decisiones técnico-administrativas. En realidad, esas decisiones se propagan a la sociedad. Un decreto redactado en Estados Unidos puede materializarse finalmente en una maternidad de Santiago de Cuba, una farmacia de La Habana o la cocina de una familia de Camagüey.

Los problemas de Cuba son reales

Quienes critican el embargo suelen recibir una respuesta predecible: las dificultades de Cuba son el resultado de sus propios fallos. Sin duda hay un elemento de verdad en esta afirmación. Cuba se enfrenta hoy a graves problemas internos. El crecimiento económico se ha estancado. La producción agraria no deja de ser insuficiente. Las ineficiencias burocráticas se han acumulado durante décadas. Ha aumentado la desigualdad. Mucha gente joven ve en la emigración y no en la reforma el camino más realista a un futuro mejor. La frustración visible en toda la isla no puede explicarse solamente por la presión exterior. Reconocer estas realidades no es traicionar la solidaridad ni dar pábulo de las narrativas anticubanas. Es simplemente reconocer la realidad.

Sin embargo, reconocer los problemas de Cuba nos lleva a una conclusión diferente de la que a menudo se formula en Estados Unidos. Si un país se enfrenta a dificultades económicas, ¿justifica esto que haya que empeorar esas dificultades? Si un sistema sanitario está tensionado, ¿justifica esto que haya que restringir el acceso a medicamentos y equipos médicos? Si una sociedad sufre escaseces, ¿justifica esto la adopción de políticas que agravan la carestía? Esta lógica es difícil de defender.

Ningún observador serio propondría resolver los problemas de un hospital cortándole el suministro de electricidad. Y esto es precisamente el tipo de razonamiento que subyace a los regímenes de sanciones. Las deficiencias existentes se convierten en argumentos para intensificar la presión, no en razones para reducirla. Las mismas voces que a menudo critican a Cuba por su ineficiencia económica apoyan ahora medidas que hacen que la normalización económica sea casi imposible. Los mismos políticos que hablan de reforma respaldan políticas que restringen el comercio, la inversión, la disponibilidad financiera y el acceso a los mercados internacionales. Exigen un cambio mientras contribuyen a crear unas condiciones en las que el cambio resulta cada vez más difícil.

Al fin y al cabo, estas decisiones incumben al propio Pueblo Cubano. Dentro de la sociedad cubana hay debates legítimos sobre la reforma económica, la participación política, las instituciones del Estado y el futuro del proyecto revolucionario. Estas cuestiones no podrán resolverse mediante el asedio económico, la coacción jurídica o la presión exterior.

El delito de sobrevivir...

Si Cuba no fuera más que una pequeña isla que lidia con una crisis económica, sería difícil explicar la hostilidad persistente de Estados Unidos. Más de seis décadas después de la revolución, Cuba no representa ninguna amenaza militar para EE UU. No dispone de recursos estratégicos capaces de alterar el equilibrio de fuerzas global. No es una competidora económica en ascenso. Según cualquier criterio geopolítico convencional, Cuba debería ocupar tan solo un lugar marginal en la política exterior de EE UU. No obstante, las sucesivas administraciones siguen dedicando una cantidad notable de energía a aislar, sancionar y presionar a la isla. ¿Por qué? La respuesta no está en el poder de Cuba, sino en su ejemplo.

La Revolución Cubana fue uno de los acontecimientos políticos definitorios del siglo XX. Por primera vez, un pequeño país en lo que Estados Unidos consideraba su patio particular derrocó una dictadura apoyada por EEUU, nacionalizó las propiedades extranjeras, redistribuyó tierras y trató de construir un orden social alternativo. Y, sobre todo, sobrevivió. Esta supervivencia tuvo consecuencias mucho más allá de la propia Cuba.

En toda América Latina, África y Asia, generaciones de activistas, sindicalistas, estudiantes y movimientos anticoloniales vieron en Cuba la prueba de que la resistencia era posible. No necesariamente había que aprobar todos los aspectos del modelo cubano para reconocer el significado simbólico de un país pobre negándose a aceptar el papel que le ha asignado el orden mundial. El impacto de este ejemplo no solo se reflejó en discursos o ideologías, sino que se hizo visible en la acción.

Cuando el apartheid todavía imperaba en Sudáfrica  y atacaba Angola, soldados cubanos lucharon junto a fuerzas angoleñas contra el ejército sudafricano. En un tiempo en que muchos gobiernos occidentales seguían tratando al régimen del apartheid como aliado estratégico, miles de cubanos se desplazaron miles de kilómetros para apoyar una lucha que no les reportó ningún beneficio material evidente. Cuando se necesitaban urgentemente médicos en regiones del mundo remotas y empobrecidas, Cuba envió brigadas médicas, que llegaron a trabajar en comunidades en las que a menudo no había ningún médico. Con motivo de epidemias, catástrofes naturales y emergencias sanitarias, aparecieron en lugares que no solían acaparar la atención internacional. Mientras que naciones poderosas proyectan a menudo su influencia mediante bases militares y sanciones, Cuba era famosa por exportar médicos, maestras y ayuda médica.

Podemos debatir sobre los éxitos y fracasos del sistema cubano, pero esos actos de solidaridad internacional formaban parte de una cultura política que desentonaba en un mundo cada vez más organizado en torno a la competencia, el beneficio y la ventaja geopolítica. De ahí que Cuba ocupe un lugar en la memoria global que supera de lejos su tamaño. Para muchas personas del Sur global, Cuba vino a representar algo más grande que ella misma: la idea de que un país pequeño puede actuar con dignidad, de que las prioridades sociales pueden organizarse de modo diferente y de que la solidaridad internacional puede significar más que el lenguaje diplomático. Esta memoria sigue siendo políticamente significativa.

En efecto, la continuación del embargo hasta mucho después del fin de la Guerra Fría revela una cosa importante. Si el conflicto hubiera tenido que ver realmente con la influencia soviética, debería haber terminado cuando desapareció la Unión Soviética. Si solo hubiera tenido que ver con “el comunismo”, cabía esperar que las relaciones se normalizaran una vez desaparecido el mundo bipolar. En cambio, en la era de la posguerra fría vimos cómo se reforzaban muchas de las sanciones más duras. Este hecho por sí solo ya nos dice algo.

Lo que sigue considerándose intolerable no es meramente una determinada ideología, sino la continuación de un proyecto político independiente que rechaza la completa sumisión al orden dominante. Esto no significa que Cuba se ha quedado congelada en el tiempo. La Cuba contemporánea es muy distinta de la Cuba que inspiró a los movimientos revolucionarias y de liberación de las décadas de 1960 y 1970. Se enfrenta a dificultades económicas, declive demográfico, frustración social y profunda incertidumbre sobre el futuro. Muchas de las esperanzas que animaron a generaciones anteriores se cuestionan ahora dentro de la propia sociedad cubana. Ahora bien, no podemos valorar la historia tan solo a la luz de las circunstancias actuales.

El motivo por el que Cuba genera tanta hostilidad no radica en que represente una poderosa alternativa, sino en que representa una alternativa que sobrevive, y esta distinción cuenta. Los Estados que fracasan pueden ser ignorados. Los Estados que sobreviven a pesar de décadas de acoso plantean un problema distinto: ponen en entredicho la afirmación de que el orden vigente es inevitable. Recuerdan a la gente que la historia podría haber seguido otros caminos y que puede seguir haciéndolo.

Un Pueblo sin memoria histórica nada significa ni nada vale”...

También es una lucha por la memoria: la memoria de la resistencia anticolonial, la solidaridad internacional y la de un país pequeño que insiste en decidir su propio futuro. Para Estados Unidos, esta memoria es un estorbo. Para mucha gente de todo el mundo, sigue siendo fuente de inspiración.

¿Quién decide el futuro de Cuba?

La imputación de Raúl Castro Ruz se presenta como una cuestión de justicia. En realidad, se entiende mejor como parte de un esfuerzo mucho más prolongado por disciplinar a un país que ha pasado más de seis décadas resistiéndose a integrarse en el orden político y económico que Estados Unidos considera que debe prevalecer en el hemisferio occidental. Dicho esfuerzo ha adoptado muchas formas. Ha comportado intentos de invasión, sabotaje, aislamiento diplomático, sanciones económicas, restricciones financieras y, cada vez más, guerra jurídica. Los instrumentos han cambiado con el tiempo, pero el objetivo subyacente sigue siendo el mismo: aumentar el coste de la independencia hasta el punto de que Cuba acabe abandonando el camino que emprendió en 1959.

Pero hay algo revelador con respecto a la persistencia de esta campaña. Los países irrelevantes se dejan de lado. Los países que han sido derrotados se olvidan. Cuba no entra en ninguna de estas categorías. La isla sigue sometida a presiones precisamente porque no ha dejado de representar un hecho incómodo: un país pequeño, situado a 90 millas de distancia del país más poderoso del mundo, se niega a perder su soberanía a pesar de unas presiones económicas y políticas extraordinarias.

Nada de esto nos exige romantizar la Cuba contemporánea. El país afronta problemas graves. Su economía se tambalea. Mucha gente joven se ha ido. La frustración de la población es real. El futuro del proyecto cubano está sumido en la incertidumbre y en última instancia vendrá determinado por debates que se producen dentro de la propia sociedad cubana. Esa es precisamente la cuestión: esos debates pertenecen al pueblo cubano. No deberían dirimirse mediante sanciones pensadas para agravar la escasez. No deberían resolverse a base de medidas que dificultan la obtención de medicamentos, pongan más obstáculos a la importación o retrasen la recuperación económica. No deberían zanjarse con intentos de imponer un sufrimiento suficiente a la gente común para que el cambio político sea fruto del agotamiento en vez de una decisión democrática.

Detrás de cada sanción, cada transacción bloqueada y cada acto de coacción jurídica hay seres humanos que tratan de vivir una vida normal. Hay familias que soportan apagones, médicos que trabajan con recursos limitados, estudiantes que no saben si tendrán un futuro en su propio país y gente mayor con dificultades para asegurar sus necesidades básicas. Para estas personas, la guerra económica no es un concepto geopolítico, sino que forma parte de la vida cotidiana. Por esto la lucha en torno a Cuba importa mucho más allá del Caribe. Está en juego un principio que se extiende a todos los países, grandes y pequeños: ¿quién tiene derecho a determinar el futuro de una nación?. “Cuando menor es un país, mayor debe ser su confianza en si mismo y su sentido de la dignidad”...

Si es que significa algo, la soberanía significa que los sistemas políticos nacen y mueren en virtud de las decisiones de los pueblos que los sostienen, no de sanciones económicas impuestas desde el extranjero. Cuba no está siendo castigada porque suponga una amenaza para EE.UU. La castigan porque ha sobrevivido. Y esa es precisamente la razón por la que la cuestión planteada por Cuba sigue siendo relevante hoy en día. No se trata de si se está de acuerdo con cada una de las decisiones adoptadas por el gobierno cubano. La cuestión es si Estados poderosos deben poder utilizar el hambre, la escasez, el aislamiento y la coacción para determinar el destino de otros pueblos. La cuestión no solo afecta a Cuba, sino también al futuro de la propia política internacional.

Lo subrayado/interpolado es nuestro

No hay comentarios:

Publicar un comentario