El emperador Trump/secuestrador del imperio estadounidense globalizado/hegemónico, esperando a los narcos terroristas y la elección legislativa…
Por Dr. Lautaro Rivara/Escritor, comunicador social y analista internacional/Other News/ADDHEE.ONG:
Prolegómenos: Pueblo de Estados Unidos: “Un Pueblo enajenado es un instrumento ciego de su propia destrucción” …General Libertador Simón Bolívar Palacios y Blanco
A partir del fin de la segunda maldita guerra
mundial, la arcadia de la felicidad estadounidense, American way of life, gracias a las drogas del narcotráfico,
las malditas guerras, bajo la égida de la celestina universal/ el dólar, desde
el club Bildenberg quedó preceptuado, “que la libertad, la democracia y la
justicia deben ser deseables, aunque sólo una minoría de mercachifles oligarcas
plutócratas obtengan ventajas de ellas”. Decisión profundizada desde el Foro
Mundial de Davos/Suiza, cada año…
Colofón: sí el protectorado Venezolano pago al
secuestrador Trump con el petróleo del Pueblo Venezolano Bolivariano el
secuestro del presidente Maduro y de su esposa Celia Flores, diputada, ¿Por qué
aún ambos continúan presos en Estados Unidos?. Para garantizar el saqueo de ésta y de todas
las riquezas de propiedad del Pueblo Venezolano Bolivariano…
- El presidente de Chile, Dr. Salvador Allende Gossens, el 11 de septiembre de 1973, demostró con las armas en las manos como se defiende la Dignidad, Soberanía, el Estado de Derecho, y las riquezas del Pueblo chileno frente a la agresión imperialista estadounidense, llevada a cabo por la clase oligarca empresarias CPC/SOFOFA y las fuerzas armadas, vendepatrias: “tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales, ni con el crimen ni con la fuerza, la historia es nuestra y la hacen los pueblos”…
- Pueblo
de Estados Unidos, porqué un día despertaste al sentir el terror de ser
estadounidense, asumiendo que otro mundo es posible, porque “bajo el sistema capitalista determinista
globalizado no hay destino viable para la Humanidad” … Dr. Karl Marx.
- Ciudadanos
estadounidenses están despertando, si saben lo que tienen que hacer y no lo
hacen, entonces están peor que antes…
“Luz, más luz, Sapere aude” …
sólo merecen la Libertad y la Vida, quienes cada día las conquistan…
Prof. Moreno Peralta /IWA
Reflexiona Dr. Rivara:
Esperando a los narco-terroristas
Primero fue un concepto dudoso.
Ahora resulta poco más que una invectiva peligrosa. El vocablo «terrorista», o
su declinación del régimen estadounidense, la de “narco-terrorista”,
sirve hoy para todo o casi todo. Niños palestinos, periodistas de oficio,
defensores de la naturaleza, sindicalistas organizados, activistas
humanitarios, presidentes en funciones, todo ellos pueden ser rotulados con tan
temible categoría.
El exabrupto lingüístico, el
adefesio conceptual, no sería tan grave si no pudiera conllevar, en la propia
legislación estadounidense, penas muy reales de hasta 20 años de prisión por
brindar “apoyo financiero” a estos grupos, o si no pudiera resultar, en una
madrugada cualquiera, en el bombardeo de una capital latinoamericana y en la
“extracción”/secuestro de su máxima autoridad ejecutiva. El
narco-terrorista es el nuevo indeseable, como lo fue ayer el guerrillero, el
comunista, el moro, el idólatra o el salvaje.
El antiterrorista, su presunto
reverso moral, es por tanto el nuevo cruzado de la civilización occidental,
liberal y judeo-cristiana –cada vez más exasperado ante el huntingtoniano
“choque de civilizaciones”–, aunque su moral trastabille demasiado seguido,
como lo demuestra el truculento novelón del caso Cerimedo, sus granjas de bots,
su largo historial de estafador y falsario, y la investigada tentativa de
homicidio contra Nadie Beller.
Pero como en Esperando a
los bárbaros, ya sea en el clásico poema de Constantino Kavafis, o en la
celebrada novela homónima del premio nobel sudafricano J. M. Coetzee, los
bárbaros nunca llegan. Su función no es otra que reforzar, de manera paranoide,
las alicaídas fronteras físicas y espirituales de una civilización decadente,
incapaz de sobrevivir sin azuzar los muñecos de paja de enemigos imaginarios, y
el peligro inminente de invasiones inexistentes que puedan conjurar la
disgregación total de sociedades profundamente anómicas. Desde el país
imaginario de Cavafis y Coetzee hasta el anime Shingeki no
Kyojin, las murallas, todas las murallas, sirven siempre para atajar a
los de adentro y nunca para repeler a los de afuera.
Los terroristas de verdad, como
los que arrasaron Gaza y evaporaron los cuerpos de miles de personas con armas
termobáricas, o los que hoy construyen cárceles y patíbulos con puestos de
observación privilegiados, o los que volaron con buzos tácticos el Nord Stream
II o asesinaron en su casa al Ayatolá Alí Jameneí y toda su familia, estos,
lejos de ser criminalizados, ocupan importantes cargos en el Pentágono y el
Departamento de Estado. Los narcotraficantes reales, convictos y confesos como
el ex presidente hondureño Juan Orlando Hernández, gozan del perdón oficial, y
resultan amnistiados, o lavan sus narco-dólares en las guaridas fiscales
convenientemente distribuidas por el capital a lo largo y ancho del planeta.
Mucho se ha hablado en estos
meses de las estrategias gemelas de los Estados Unidos –y algo hemos escrito
sobre ello–; la de “defensa nacional” y la de “seguridad nacional”. Pero poco
se habló de la existencia de una tercera, denominada la “estrategia nacional
para la lucha contra el terrorismo”. Lo dicho: sin un conveniente chivo
expiatorio, es imposible justificar los presupuestos cada vez más elásticos del
complejo militar industrial, esos mismos que rebasaron –y con mucho– los gastos
de la administración civil a fines de los años 60, dando inicio a lo que el
dominicano Juan Bosch supo llamar el “pentagonismo” y la “sociedad
pentagonizada”.
Esta estrategia tiene muchos
déficits alarmantes, pero como en las anteriores, lo más grave no es lo que se
expresa, sino lo que se calla; no se dice en ella una sola palabra sobre el
sistema internacional, el multilateralismo, los derechos humanos, las garantías
procesales, el principio de proporcionalidad y distinción, las políticas de
prevención o el Estado de derecho.
La ambigüedad constitutiva del
constructo “terrorista” no es nueva, pero se desquició completamente con el
lanzamiento de la “Guerra Global contra el Terror” de George W. Bush tras el
atentado del 11 de septiembre de 2001 a las Torres Gemelas, y se institucionalizó
con la publicación de la ONU en 2006 de la primera Estrategia Global contra el
Terrorismo.
Pero el debate es mucho más
antiguo; en todas las revoluciones históricas, pasando por la francesa, la
haitiana, las hispanoamericanas o la rusa, el debate sobre el terror como
instrumento legítimo o ilegítimo para alcanzar ciertos fines políticos fue una
constante. Pero más allá del intrincado debate sobre violencia, política e
insurgencia, la elasticidad del concepto llega al ridículo cuando se aplica a
iniciativas militantes que hacen profesión de fe de su carácter pacífico, no
armado y no violento, como las flotillas humanitarias y los convoyes terrestres
a Gaza.
El “terrorismo”, incluso si
tomamos la definición del propio FBI, implica “el uso ilegal de la fuerza o la
violencia contra personas o propiedades para intimidar o coaccionar a
gobiernos, a la población civil o un segmento de la misma, en la persecución de
objetivos sociales o políticos”. La definición le calza sin una tirantez, sin
una arruga, tanto a las cacerías humanas del ICE, como al asalto de las bases
trumpistas al Capitolio, como a las demostraciones de fuerza de los
supremacistas blancos del Patriot Front en las calles de Washington el pasado 4
de julio.
Para la definición de terrorista
tampoco puede cegarnos al hecho de que todo terror es instrumento de otra cosa,
y nunca es una sustancia químicamente pura. Lo que está claro es que el
terrorismo fue siempre un fenómeno político, conceptual y materialmente
diferente del narcotráfico y la criminalidad; pero la “estrategia” de los
Estados Unidos los confunde y los revuelve adrede, sin establecer ninguna
distinción precisa entre grupos terroristas y bandas criminales, reservando a
unos y otros tratamientos idénticos. En todos los casos se trata de la
aplicación de procedimientos arbitrarios, y en ocasiones letales, como sucedió
con las más de 200 personas asesinadas en el Gran Caribe en el marco de la
llamada Operación Lanza del Sur.
La mencionada “estrategia”
clasifica las “amenazas” en tres grandes rubros o categorías “narcoterroristas
y pandillas trasnacionales”, “organizaciones terroristas islámicas
tradicionales” y “extremistas violentos de izquierda”. Además, propone
expresamente el derecho de intervención imperial y sugiere dejar en suspenso el
principio de soberanía: propone actuar con gobiernos locales cuando haya
colaboración (una colaboración subalterna y vasalla, como la que se expresa de
manera unilateral en la articulación ultra conservadora y ultra alineada del
Escudo de las Américas), pero se reserva el derecho de intervenir de manera
unilateral y discrecional cuando no la haya, es decir violando la soberanía de
nuestras Repúblicas.
¿Esto significa que el terrorismo
no exista? No, el problema es quiénes son sindicados e investigados como tales.
Hace algunas décadas el antropólogo mexicano Gilberto López y Rivas hablaba del
“terrorismo de Estado trasnacional”, precisamente para referirse a esta etapa
abierta a comienzos de siglo con el recrudecer y la trasnacionalización de la
“lucha anti-terrorista”. Hoy el terrorismo de Estado trasnacional refuerza su
carácter colonial y se rearticula con antiquísimas narrativas imperiales como
la Doctrina Monroe, el Destino Manifiesto, el Gran Garrote, la diplomacia de
las cañoneras y un anticomunismo cada vez más histérico y extemporáneo, pasadas
tres décadas y media desde la disolución de la Unión Soviética.
Nuestra hipótesis es la
siguiente: más allá de sus evidentes, preocupantes y mortíferas consecuencias
externas, el objetivo de estas estrategias tiende también –y quizás
fundamentalmente– al disciplinamiento de la propiedad sociedad estadounidense,
como lo demuestra la criminalización del movimiento Antifa, del sindicato de
trabajadores de Amazon, o el retorno a las listas negras del macartismo y la
CIA. Sin narco-terroristas, los ciudadanos de los Estados Unidos podrían
despertar un día consternados y repetir aquellas palabras del poeta griego:
[…] se hizo de noche y los bárbaros no llegaron.
Algunos han venido de las fronteras
y contado que los bárbaros no existen.
¿Y qué va a ser de nosotros ahora sin bárbaros?
Esta gente, al fin y al cabo, era una solución.
Lo subrayado/interpolado es
nuestro.





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