Alto el fuego, pero no
un gran acuerdo entre Estados Unidos e Irán: Un triunfo pirro del
imperialismo estadounidense.
Por Vijay Prashad
El Memorando de
Entendimiento (MdE) entre Irán y Estados Unidos no surgió de la reconciliación,
sino del agotamiento y el fracaso estratégico de Estados Unidos y sus aliados.
Fue el resultado de una guerra que había alcanzado sus límites políticos. Estados
Unidos e Irán presentaron su guerra de agresión ilegal como una respuesta
necesaria al programa nuclear iraní, su capacidad misilística y sus alianzas
regionales. Sin embargo, tras este discurso de seguridad se escondía un
objetivo más amplio: debilitar a Irán de forma decisiva y restaurar un orden
regional centrado en el dominio indiscutible de Estados Unidos e Israel…
Durante más de dos
décadas, las sucesivas administraciones estadounidenses intentaron contener a
Irán mediante sanciones, aislamiento diplomático, operaciones encubiertas,
guerra cibernética y asesinatos selectivos. La reciente guerra representó la
expresión más intensa de esta estrategia. En Estados Unidos e Irán se
partía de la premisa de que una fuerza abrumadora paralizaría la
infraestructura militar de Irán, fracturaría su capacidad estatal, provocaría
inestabilidad interna y, tal vez, allanaría el camino para una transformación
política.
Esa expectativa no se
cumplió. Irán sufrió graves daños en sus instalaciones militares,
infraestructura y activos económicos. La vida civil se vio seriamente afectada.
Sin embargo, el Estado iraní no colapsó. Sus estructuras de mando continuaron
funcionando, sus fuerzas armadas conservaron su capacidad de represalia y su
liderazgo mantuvo la suficiente cohesión para resistir el ataque. A pesar del
asesinato de varios líderes clave de la República Islámica, esta se mantiene en
el poder y, de hecho, su legitimidad se ha fortalecido.
Igualmente, importante,
Irán demostró que podía imponer costos más allá de sus fronteras. Los ataques
con misiles y drones alcanzaron territorio israelí y amenazaron
infraestructuras estratégicas en los estados árabes del Golfo. El conflicto
provocado por Estados Unidos e Israel terminó con la interrupción de las rutas
marítimas, el aumento de los costos de los seguros, la inestabilidad de los
mercados energéticos y recordó a los gobiernos de todo el mundo que la
inestabilidad en el Golfo no puede limitarse a la región.
A medida que la guerra
continuaba, la brecha entre el poder militar y los logros políticos se hizo
cada vez más evidente. Estados Unidos e Israel poseían una superioridad militar
abrumadora, pero no lograron convertir la presión en el campo de batalla en
resultados políticos decisivos. Irán permaneció intacto; no se produjo ningún
cambio de régimen. El Eje de la Resistencia —desde Irán hasta el mar
Mediterráneo— se debilitó, pero no se eliminó. La escalada continua prometía
mayor destrucción, pero no una victoria estratégica. Por ello, el Memorando de
Entendimiento no es un tratado de paz definitivo. Es un marco provisional
diseñado para detener las hostilidades directas, reabrir los canales de
negociación e impedir que el conflicto se extienda aún más.
Su primera y más inmediata disposición es el cese temporal de las
operaciones militares directas. El marco establece un período de 60 días
durante el cual se espera que las partes negocien los términos de una solución
más duradera. Esta pausa no resuelve el conflicto subyacente, pero crea un
margen para prevenir una escalada accidental y reducir el riesgo inmediato de
una guerra regional de mayor envergadura.
En segundo lugar, el Memorando de Entendimiento se centra en el
Estrecho de Ormuz. Este es el aspecto más significativo del acuerdo desde el
punto de vista económico. Aproximadamente una quinta parte del petróleo
comercializado a nivel mundial transita por este estrecho canal. Durante la
guerra, las amenazas al transporte marítimo demostraron tanto la influencia
geográfica de Irán como la vulnerabilidad de la economía global ante la
inestabilidad en el Golfo. El Memorando de Entendimiento considera la
resolución de conflictos marítimos no como una cuestión técnica, sino como un
pilar fundamental de la estabilidad económica regional y global.
En tercer lugar, el acuerdo establece un proceso de negociación sobre
el programa de energía nuclear de Irán. Fundamentalmente, no impone el
desmantelamiento inmediato de la infraestructura nuclear iraní. En cambio,
abre el diálogo sobre los niveles de enriquecimiento, los mecanismos de
inspección, los acuerdos de monitoreo y el posible restablecimiento de la
supervisión técnica internacional. Esto marca un cambio de la coerción a la
negociación: Irán no está siendo tratado simplemente como un objetivo, sino
como un Estado cuyo consentimiento es necesario para cualquier acuerdo nuclear
duradero.
En cuarto lugar, el memorando de entendimiento incluye conversaciones
sobre el alivio de las sanciones, las exportaciones de petróleo y la posible
liberación o movilización de activos financieros iraníes. Los detalles
siguen siendo objeto de debate. Pero el principio es claro: el estrangulamiento
económico no produjo la rendición. Un acuerdo sostenible requerirá cierto grado
de conciliación económica.
En quinto lugar, el acuerdo incluye, según se informa, mecanismos
regionales de desescalada, especialmente en torno al Líbano. Esto refleja que
el conflicto nunca fue exclusivamente bilateral. Las alianzas regionales de
Irán, las operaciones militares de Israel, los compromisos de seguridad de
Estados Unidos y el frágil equilibrio en el Líbano, Irak, Siria, Yemen y los
países del Golfo están interconectados. Cualquier acuerdo que ignore esta
estructura regional seguirá siendo inestable.
El aspecto más revelador
del memorando de entendimiento es lo que omite. No exige un cambio de régimen,
no obliga a Irán a abandonar su programa de misiles ni fuerza a Teherán a
retirarse por completo de los asuntos políticos y de seguridad regionales. En resumen, el acuerdo reconoce a Irán
como una potencia regional cuyos intereses deben negociarse, no simplemente
aniquilarse mediante bombardeos.
El memorando de
entendimiento pone de manifiesto importantes diferencias entre las prioridades
estratégicas de Estados Unidos e Israel. Para Israel, la guerra representaba
una oportunidad para reconfigurar el equilibrio de poder regional. Los
responsables políticos israelíes consideraban desde hacía tiempo a Irán como el
principal obstáculo para sus ambiciones estratégicas en Asia Occidental. El
debilitamiento de Hezbolá, la fragmentación de las redes de resistencia y el
aislamiento de Irán se percibían como pasos necesarios hacia un orden
regional más favorable a Israel. Estados Unidos compartía algunos de estos
objetivos, pero operaba bajo limitaciones más amplias. El régimen estadounidense
debía considerar no solo los resultados militares, sino también los mercados
petroleros, el comercio mundial, los aliados del Golfo, las presiones políticas
internas y el riesgo de una mayor implicación internacional. A medida que
aumentaban los costes, los cálculos estadounidenses divergieron cada vez más
del maximalismo israelí.
El resultado es un acuerdo
que muchos en Israel probablemente consideren insuficiente. La guerra no
eliminó a Irán como actor estratégico. No provocó un cambio de régimen. No
destruyó la capacidad de Irán para influir en los acontecimientos más allá de sus
fronteras. Y lo que es más importante, no terminó con una capitulación, sino
con una negociación. Este resultado revela un problema más profundo para la
estrategia israelí. La superioridad militar puede infligir un daño enorme, pero
no puede, por sí sola, generar legitimidad política ni aceptación regional.
Israel puede atacar objetivos en todo Oriente Medio, pero no puede determinar
el futuro político de las sociedades más allá de sus fronteras únicamente
mediante la fuerza.
“Imperialismo estadounidense: el dominio militar no garantiza
obediencia política”…
Para Estados Unidos, el
memorando de entendimiento representa el reconocimiento de otra realidad: el
dominio militar ya no garantiza la obediencia política. Esta lección se ha
aprendido repetidamente en Irak, Afganistán, Líbano y ahora, una vez más, en relación
con Irán.
Las monarquías árabes del
Golfo se encuentran entre los observadores más importantes de este acuerdo. A
lo largo del conflicto, los gobiernos del Golfo se vieron atrapados entre
presiones contrapuestas. Siguen dependiendo de las garantías de seguridad estadounidenses
y han ampliado sus relaciones, tanto abiertas como encubiertas, con Israel. Al
mismo tiempo, comprenden que cualquier guerra regional con Irán pone en riesgo
su propia estabilidad económica y social. La interrupción de las rutas
marítimas y las amenazas a la infraestructura regional hicieron innegable esta
vulnerabilidad. Los Estados del Golfo
poseen una inmensa riqueza, pero sus economías dependen de un comercio marítimo
seguro, exportaciones energéticas estables, inversión extranjera y la confianza
de los mercados globales. Una guerra prolongada pone en peligro todo esto.
La conclusión más probable
para Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Kuwait y Omán es
pragmática, más que ideológica. Continuarán colaborando con Estados Unidos
Algunos mantendrán o profundizarán sus relaciones con Israel. Pero también
buscarán canales de comunicación con Irán y evitarán convertirse en
plataformas directas para la escalada del conflicto. Esta tendencia ya era
visible antes de la guerra. El acercamiento entre Arabia Saudita e Irán,
facilitado por China en 2023, reflejó un creciente reconocimiento de que la estabilidad
regional no puede lograrse mediante una confrontación permanente. La guerra ha
reforzado esta conclusión. Las monarquías del Golfo han aprendido que ni Irán
ni Estados Unidos desaparecerán. Su futuro no depende de tomar partido
permanentemente por uno u otro bando, sino de gestionar las contradicciones
entre ellos protegiendo sus propios intereses.
Que Irán haya ganado o no
depende de cómo se defina la victoria. Si la victoria significa evitar la
destrucción, Irán no ganó. El país sufrió graves pérdidas económicas, daños en
la infraestructura, deterioro militar y un alto costo humano. La carga de la
guerra recayó pesadamente sobre los iraníes de a pie. Pero los resultados estratégicos no se miden únicamente por los daños
sufridos, sino también por los objetivos políticos alcanzados o evitados.
El objetivo central de
Estados Unidos e Israel no era simplemente dañar a Irán, sino debilitarlo
fundamentalmente como actor regional independiente. En ese sentido, la campaña
fracasó. Irán conserva su soberanía y el gobierno de la República Islámica se mantiene
en el poder. Sus capacidades militares se han reducido, pero no eliminado. Su
relevancia diplomática se ha fortalecido gracias a que las negociaciones ahora
giran en torno a obtener el consentimiento iraní en lugar de imponer dictados
extranjeros. En este sentido, Irán logró lo que muchos Estados que enfrentan
una presión militar abrumadora han buscado a lo largo de la historia: la
supervivencia. La supervivencia no es
romántica. A menudo es costosa, brutal e incompleta. Pero en la política
internacional, la supervivencia puede ser la medida más importante del éxito
estratégico.
El verdadero significado
de la guerra reside en otro lugar. El conflicto demostró una vez más que la
destrucción no es sinónimo de poder. La fuerza militar puede arrasar
infraestructuras, matar combatientes e infligir sufrimiento. Sin embargo, no
siempre puede generar una transformación política. Estados Unidos e Israel
poseían capacidades militares muy superiores, pero no lograron el resultado
político deseado. Por lo tanto, el Memorando de Entendimiento entre Irán y
Estados Unidos no es la historia de una victoria decisiva de ninguna de las
partes, sino la historia de una guerra que reveló los límites de la coerción.
Irán emerge maltrecho, pero en pie. Estados Unidos e Israel emergen poderosos,
pero incapaces de imponer sus condiciones. Los Estados del Golfo emergen más
conscientes de su vulnerabilidad. La región entra en una nueva fase en la que
las negociaciones, más que las victorias en el campo de batalla, determinarán
el próximo capítulo de la política de Asia Occidental. Ese es el significado
político más profundo del Memorando de Entendimiento: el poder militar puede
destruir, pero no siempre puede gobernar.
Irán afirma que la
diplomacia con EE.UU. es posible si el régimen estadounidense abandona
la presión
El ministro de Asuntos
Exteriores de Irán, Abbas Araghchi,
sostuvo conversaciones calificadas como “constructivas” con el primer ministro
y titular de Exteriores de Qatar, Mohammed
bin Abdulrahman Al Thani, en una visita oficial destinada a rebajar la
crispación geopolítica y abrir espacios para el diálogo con Estados Unidos.
Durante el encuentro celebrado este viernes 28
de agosto en la capital iraní, Araghchi subrayó que el restablecimiento de la vía diplomática se
mantiene como una posibilidad concreta, siempre que la el régimen de estadounidense modifique
su estrategia hacia la Nación Persa.
“Estados Unidos debe
comprender que la presión no es efectiva. Debe fomentar la confianza, dialogar con respeto, reconocer los
derechos iraníes y cumplir de manera transparente sus compromisos”,
enfatizó el canciller.
La presencia de Al Thani en Teherán responde al rol de mediador que ha asumido el
emirato qatarí para apaciguar el reciente intercambio de amenazas
entre el régimen estadounidense y el Gobierno iraní, facilitando un
entorno propicio para retomar los contactos indirectos.
Por su parte, el portavoz del Ministerio de
Asuntos Exteriores de Irán, Esmail
Baghaei, confirmó que la visita del primer ministro qatarí forma parte de
las consultas diplomáticas continuas
entre ambas naciones para fortalecer la estabilidad y la seguridad en Oriente
Medio.
Baghaei precisó que, durante las reuniones con
los altos funcionarios de Irán, la delegación qatarí abordó el seguimiento de sus propuestas de mediación,
así como la evaluación del desarrollo de los últimos acontecimientos en el
escenario regional.
Se cumplen seis meses de que Estados Unidos e Israel
lanzaran una ofensiva aérea contra Irán que acabó con la vida del
líder supremo, el ayatolá Alí
Jamenei, y de parte de la cúpula política y militar del país.
Una guerra que está lejos
de la victoria rápida que el presidente estadounidense, Donald Trump, había anunciado al inicio
del conflicto. El país persa
respondió a los ataques en ejercicio de su legítima defensa, con el
lanzamiento de misiles y drones contra Israel y objetivos militares
estadounidenses en la región.
Estados Unidos partía de la expectativa de una campaña breve y decisiva que permitiera,
en el escenario más favorable, provocar la
caída de la República Islámica y, como mínimo, destruir sus
capacidades nucleares y militares para después abandonar el conflicto en
condiciones que pudiera presentar como una victoria.
Sin embargo, esos objetivos parecen cada vez más
difíciles de alcanzar. Los misiles iraníes mantienen una capacidad de ataque que Irán ha demostrado estar en condiciones de utilizar con
creciente precisión, mientras tampoco existen señales concluyentes de que la
infraestructura de su programa nuclear con fines pacíficos haya sido destruida.
Lo
subrayado/interpolado es nuestro.


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