América Latina: el Gran
Laboratorio.
Alimentado por gobiernos progresistas y animados por éxitos relativos, el movimiento popular se fortalece…
Por Prof. Boaventura De Sousa Santos. Universidad de Coímbra, Portugal. Académico, escritor, sociólogo, filosofo y analista internacional/ OTHER NEWS/ ADDHEE.ONG:
Prolegómenos: Es la hora de la patria continente Latinoamericana y Caribeña. El aporte pertinente, preciso e indispensable del professor Boaventura de Sousa Santos, académico de la Universidad de Coímbra, Portugal.
“Un Pueblo ignorante es un instrumento ciego de su propia destrucción: Estados Unidos parecen destinados por la providencia para plagar de miseria Nuestra América…” General Libertador Simón Bolívar Palacios y Blanco: ¡Yanke go home!
Estimado y
admirado Professor Boaventura de Souza Santos:
Su extraordinario ensayo: América
Latina el gran laboratorio, alimentado por gobiernos progresistas y animado por
éxitos relativos, el movimiento popular se fortalece. Lo estoy haciendo
llegar a los pueblos de la Patria Continente América Latina y el Caribe, y a
intelectuales al servicio del ser humano y de su realización, luchadores por
una Paz basada en la Justicia social para el Género Humano, la Humanidad. Lo
fundamental es que ha llegado la hora de nuestra América Latina y Caribeña, su
trabajo excepcional adjunto es una gran contribución. El hecho trascendente es
que los Pueblos del Sur han tomado consciencia de ello y están dispuestos a
afrontar las responsabilidades consecuentes del desafío histórico…
En la vida, muchos seres humanos talentosos son ignorados, frivolizados,
destruidos, proscritos por no someterse a los intereses de los empresarios
oligarcas plutócratas dueños de la celestina universal/el dólar, del perverso
sistema capitalista determinista globalizado…
En la lucha por “un mundo donde
seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres “,
los mediocres, oportunistas, pueden triunfar, pues se adaptan mejor a la
siniestra ideología antes señalada. Para la gloria sólo cuentan las obras
inspiradas por un ideal, como son las suyas, Professor De Souza Santos, tajos
de luz en la penumbra de la barbarie capitalista determinista y consolidada por
el tiempo, que es donde triunfan los genios. Su triunfo no depende del homenaje
transitorio que pueden otorgarle o negarle los mercachifles dueños de los
medios mediáticos de (in) comunicación globalizado, sino su propia capacidad
/talento para cumplir su misión de ser protagonista de la historia que hacen
los pueblos libres y soberanos y no testigos al servicio de los
empresarios de la tiranía mediática mediatizadora comunicacional antes
citada para enajenar e impedir que la
verdad sea dicha y transmutar a la persona en un guarismo orwelliano…
El portador de ideales va por caminos rectos, sin reparar que sean ásperos y abruptos. No transige
nunca movido por el vil interés/el dólar, repudia el mal cuando concibe el bien. Ama al ser humano y siente vibrar
en su propia alma, la de toda la Humanidad…
Cuando alguna generación siente el hartazgo de chatura, de rastrerismo,
tiene que buscar en los seres humanos como el Professor de Souza Santos los
símbolos de pensamiento y de acción, que la templen, para nuevos esfuerzos y
desafíos por la construcción de un nuevo mundo mejor…
Con esperanza y memoria, le saluda fraternalmente, reiterándole los
sentimientos de mi más alta consideración y estima…
Prof. Dr. Hugo Moreno Peralta/IWA
Secretario Ejecutivo ADDHEE.Ong
CC.:
Prof. Dr. Noam Chomsky, Estados
Unidos
Dr. Roberto Savio, presidente
Other News, Roma, Italia
Dr. Mariano Sierra S., Bogotá,
Colombia
Prof. Juan Pablo Cárdenas
Squella, Universidad de Chile, Santiago de Chile
Prof. José Miyar Barrueco,
Universidad de La Habana, Cuba
Prof. Luis P. Matos, Universidad
de La Habana, Cuba
Prof. Antonio Martin. Universidad
de La Habana
Prof. Dra. Julia von Blumenthal, presidenta/Rectora
Universidad de Humboldt, Berlín, Alemania
Prof. Dr. Viktor Sadovnichi.
Rector de la Universidad de Lomonosov, Moscú, Rusia.
Prof. Dr. Li Luming. Rector de la
Universidad de Tsinghua, Pekín, China
Profesora Elsa M. Bruzzone /
Cemida. Buenos Aires, Argentina.
Prof. Dr. Jorge Majfud de la Jachsonville
University, Estados Unidos.
Humboldt International University
(HIU). Rector Prof. Carlos Montes de Oca, Florida/USA.
Señora Gerda Bottcher. Directora
de la Revista Latinoamérica Un Pueblo Continente. Berlín, Alemania.
Dr. Joan Garcés Ramón, presidente
Fundación Presidente Salvador Allende Gossens, Madrid. España.
Prof. Tomás Lindgren. Universidad
de Estocolmo, Suecia
Prof. Fernando Buen Abad
Domínguez. Universidad Nacional de México.
Prof. Felipe Portales,
Universidad Católica de Santiago, Chile
Prof. Dra. Patricia Mena Ledezma.
Universidad Pedagógica Nacional, Oaxaca. México
Prof. Dr. Héctor Muñoz Cruz.
Universidad Autónoma Metropolitana de México.
Prof. Emir Sader. Rio de Janeiro/
Brasil.
Prof. Dr. Juan Gallardo Osorio.
Antofagasta. Chile.
Prof. Nelson Caucoto Pereira. Santiago,
Chile
Dr. Luis Ravanal Zepeda. Santiago
de Chile
Señor Presidente Aram Ahronian Fundación
por la Integración Latinoamericana. Montevideo, Uruguay
Jorge González Camarena (1908 - 1980).
Mural "Presencia de América Latina",
1965, Hall de entrada de la Casa del Arte de la Universidad de Concepción,
Concepción, Chile
Desde finales del siglo XV, América Latina (donde
incluyo a México, América Central y el Caribe) ha servido de gran laboratorio
para la experimentación social, política y económica del capitalismo determinista
- colonialismo.
PRIMERA PARTE: AYER
Hasta la independencia de EE.UU., América del Norte le
pertenecía. A medida que EE.UU. se fue consolidando como la nueva potencia
capitalista mundial, ocupó el lugar que antes ocupaba el colonialismo europeo y
convirtió a América del Sur, su patio trasero en su laboratorio…
Este laboratorio cuenta con dos departamentos
principales: el de la opresión y el de la liberación. Ambos se han mantenido
activos a lo largo de los siglos, aunque su protagonismo varía según los
períodos históricos. Aquí se cometieron los primeros genocidios de la era
moderna. Tras la independencia de EE.UU., aquí se libraron las grandes luchas
contra el colonialismo europeo, entre las que destaca la figura de Simón
Bolívar Palacios y Blanco. Aquí se manifestó por primera vez, bajo
diversas formas, la contradicción entre la independencia política y la
continuidad del colonialismo más allá del fin del colonialismo histórico: el
colonialismo interno, el neocolonialismo, la doctrina Monroe de 1823 hasta hoy…
Basta con pensar en la distancia entre la
independencia de Haití, en 1804, y la de los demás países del continente
durante la primera mitad del siglo XIX. Fue la experiencia de algunos de ellos,
con Honduras a la cabeza, la que justificó la acuñación del concepto de
«república bananera» por parte del escritor estadounidense O. Henry.
En una trágica aparcería con África, aquí estalló la
primera gran contradicción entre los principios supuestamente universales del
liberalismo europeo y las prácticas de los países europeos fuera de Europa.
Basta con recordar las críticas del misionero Bartolomé de las Casas. Aquí tuvo
lugar la primera revolución de la era moderna, la Revolución Mexicana de
1910-1920, de la que surgieron la primera gran reforma agraria, el lema «la tierra es de quien la trabaja»,
la garantía de los derechos de los trabajadores y las primeras
nacionalizaciones de empresas multinacionales.
Más cerca de la época contemporánea, aquí tuvo lugar
la revolución que desató más energía revolucionaria en el mundo durante las
primeras décadas de la Guerra Fría: la Revolución Cubana. Un pequeño país, a
140 kilómetros de EE.UU., casi en las «entrañas del monstruo», en palabras de
José Martí Pérez, desafiaba a la potencia imperial, prometía expandirse
al resto del continente y se disponía a compartir sus fuerzas con los
movimientos anticolonialistas de otros continentes, de lo que Angola y Namibia
son un testimonio elocuente.
Fortalecidas por la esperanza de justicia social que
alimentaba la Revolución Cubana, las fuerzas progresistas y democráticas de
otros países del continente intentaron en los años siguientes llevar a cabo
reformas estructurales, sobre todo en materia de derechos laborales y propiedad
de la tierra. Tal fue el caso del Brasil de João Goulart (1961-1964). Fue
derrocado por un golpe militar orquestado por la CIA y respaldado por el régimen
de Lyndon Johnson, con una fuerza naval en estado de alerta frente a la
costa brasileña. Con las dictaduras cívico militares que se sucedieron a
continuación —en Chile entre 1973 y 1990, en Argentina entre 1976 y 1983—, se
consolidó el departamento de opresión del laboratorio latinoamericano…
“Si la revolución esta
en el voto, la causa revolucionara esta en el sufragio: voto libre y secreto”. Lic.
José Martí Pérez…
Dado que el laboratorio latinoamericano cuenta con dos
departamentos, el refuerzo de la opresión no desactivó la liberación. Fue
también en América Latina donde, diez años después de la Revolución Cubana, se
llevó a cabo el primer experimento de socialismo democrático del período de la
Guerra Fría. Me refiero al Chile de Dr. Salvador Allende Gossens,
elegido presidente en 1970. A diferencia de la Revolución Cubana, esa
experiencia pretendía alcanzar los objetivos socialistas por la vía democrática
liberal y no se dejó intimidar por el fracaso de intentos similares en Europa,
sobre todo en la Alemania posterior a la Primera Guerra Mundial. Terminó tres
años después con un golpe de Estado orquestado por Henry Kissinger y la CIA. El
11 de septiembre latinoamericano.
El departamento de opresión iniciaba entonces en Chile
la gran experiencia de la segunda mitad del siglo XX, una experiencia que
perdura hasta hoy y que se extiende ahora a todo el mundo capitalista
determinista. Se trata de la gestión de la relación contradictoria entre el
capitalismo neoliberal y la democracia. La experiencia opera con dos hipótesis:
– La primera, la
incompatibilidad total entre el neoliberalismo y la democracia.
– La segunda, la compatibilidad de ambos mediante el
desmantelamiento de todos los instrumentos democráticos que constituyan un
obstáculo para el avance del neoliberalismo, avance que se considera y se desea
imparable.
En un resumen muy breve, el neoliberalismo es la
versión del capital determinista que respondió a la crisis más reciente
de la acumulación (reciente hasta hace poco) con un puñado de recetas. El
mercado como gran regulador social, no solo de las relaciones económicas, sino
también de las relaciones sociales y políticas. La privatización del sector
empresarial del Estado. La desregulación de la actividad económica, o, mejor
dicho, su re-regulación para convertir al Estado en un instrumento más de
acumulación. La reducción al mínimo de las políticas sociales mediante la
transformación de los bienes públicos en negocios, con especial énfasis en la
salud, la educación, el sistema de pensiones, la producción científica y, en
los últimos tiempos, la prestación de servicios religiosos.
De todo ello se deriva una inmensa transferencia de
ingresos de las clases populares y las clases medias (allí donde existan) hacia
diferentes sectores de la clase dominante capitalista-colonialista. Con el
neoliberalismo se consagra la dualidad entre pobres y ricos, cuando en realidad
dicha dualidad opone a grandes mayorías empobrecidas al enriquecimiento de
pequeñas minorías.
La primera hipótesis dominó el período inicial de esta
experiencia. Milton Friedman, padre de las reformas económicas neoliberales del
dictador chileno Augusto Pinochet, reconoció en una entrevista concedida a un
periódico alemán en 1994 que algunas de las reformas deseables solo podían
aplicarse bajo una dictadura cívico militar…
La segunda hipótesis dominó la fase que se inició en
2009. Denomino estas dos fases así: «Entre la dictadura y la democracia
avanzada o la revolución democrática» y «Entre la democracia decente, la ditamole o
la guerra híbrida».
Entre la dictadura y la
democracia avanzada o la revolución democrática
Conviene tener presente que el «laboratorio»
latinoamericano siempre mantiene ambos departamentos y que la visibilidad de
uno y otro oscila a lo largo del tiempo. Los golpes militares en Brasil en
1964, en Uruguay y Chile en 1973 y en Argentina en 1976 pretendían confirmar
que el capitalismo determinista es incompatible con la democracia. Esta
despierta en las clases populares expectativas de mejora de la vida que no se
materializan sin cuestionar la distribución desigual de la riqueza social,
distribución que la clase capitalista impone para mantener y consolidar su
poder económico, social y político. La represión, los asesinatos, las
desapariciones y el exilio no impidieron que el «departamento de la liberación»
siguiera funcionando, tanto en las ideas como en la práctica.
En el plano de las ideas, la gran innovación teórica
fue la teoría de la dependencia, propuesta por intelectuales que a menudo se
encontraban en el exilio. Me limitaré al caso brasileño. En el ámbito de la
educación destaca la obra monumental de Paulo Freire. En el ámbito de las
ciencias sociales, la teoría de la dependencia del primer Fernando Henrique
Cardoso, de Theotônio dos Santos, de Vânia Bambirra y de Ruy Mauro Marini. Este
último acuñó un concepto que sigue en uso: el subimperialismo. Con él, Marini
caracterizaba el papel de Brasil bajo la dictadura en el contexto regional del
imperialismo estadounidense.
En el plano de la lucha política, la revolución
sandinista de Nicaragua, entre 1979 y 1990, fue el proceso de liberación que,
tras la Revolución Cubana, más entusiasmó al continente y al mundo progresista.
Un proceso innovador, con un fuerte componente de catolicismo progresista
anclado en la Teología de la Liberación. Tras siglos de complicidad activa con
el colonialismo, el capitalismo y la dictadura, la religión católica asumía los
riesgos que corrió el Nazareno al solidarizarse con los pobres y los oprimidos.
Fue también un proceso revolucionario que se desarrolló bajo una fuerte
intervención imperialista, en forma de los Contras, los grupos armados que
EE.UU. financió y entrenó para derrocar la revolución.
La oposición popular a las dictaduras en Argentina,
Uruguay, Brasil y Chile conduciría al retorno de la democracia, respectivamente
en 1983, 1985, 1985 y 1990. Surgía una democracia debilitada, mermada por los
años de dictadura y, en el caso chileno, sin ninguna intención de revertir la
devastación social que había causado el neoliberalismo.
“Libertad,
democracia y Justicia en la medida de lo posible”… Patricio Aylwin Azocar.
A partir del nuevo milenio, sin embargo, estos países
intentaron, de diversas formas, profundizar la democracia en una dirección
socialdemócrata: menos injusticia social, mayor intervención del Estado en la
economía, políticas sociales más sólidas. Se inspiraban en la tradición europea
de la posguerra y en su propio pasado: el peronismo y el getulismo. En Brasil,
el proceso se desarrolló durante los mandatos del Partido de los Trabajadores,
bajo la presidencia de Lula da Silva (2003-2010, 2023-) y de Dilma Rousseff
(2011-2016). En Argentina, merece una mención especial la presidencia de Néstor
Kirchner (2003-2007). En Uruguay, la de José Mujica (2010-2015). En Chile, las
de Michelle Bachelet (2006-2010, 2014-2018) y de Gabriel Boric (2022-2026). No
olvidemos a Paraguay y al gobierno progresista del exobispo católico Fernando
Lugo, presidente entre 2008 y 2012, ni a Honduras durante la presidencia de
Manuel Zelaya (2006-2009).
“Nuestra América
Latina solo caminara cuando camine el indígena”… Lic. José Martí Pérez.
Alimentado por los gobiernos progresistas y animado
por sus éxitos relativos, el movimiento popular se fortalece en el continente a
partir de la última década del milenio, destacando el movimiento indígena, que
se convierte en un actor político importante en países tan diferentes como
Bolivia, Ecuador, Colombia, México y Chile. En 1994, el gran levantamiento
zapatista en el sur de México despertó el interés y la simpatía de todo el
mundo progresista y prometió nuevas formas de activismo, más allá del viejo dualismo
entre reforma y revolución.
En 2001 nació en Porto Alegre el Foro Social Mundial,
del que fui activista comprometido durante quince años. Se trataba de un
movimiento de movimientos sociales de todo el mundo, con sede en la ciudad
brasileña porque allí habían surgido las experiencias más innovadoras de
democracia participativa a escala local, por iniciativa del Partido de los
Trabajadores, bajo el liderazgo inspirador de Olívio Dutra y Tarso Genro.
En el seno de esta movilización progresista y
polifacética, la primera década del milenio fue testigo de tres grandes
innovaciones políticas. Constituyeron un experimento liberador particularmente
ambicioso, al menos en cuanto a sus objetivos. Adoptaron el nombre de
revolución o un término equivalente para subrayar la voluntad de romper con la
injusticia históricamente arraigada en el continente. Me refiero a la
revolución bolivariana en Venezuela, bajo el liderazgo del comandante Hugo
Chávez Frías (1999-2013), a la revolución ciudadana en Ecuador, bajo el
liderazgo de Rafael Correa (2007-2017), y al Proceso de Cambio en Bolivia,
liderado por Evo Morales Aima (2006-2019), el primer presidente indígena de la
era moderna.
Fueron procesos muy distintos, pero todos se
plantearon como una ruptura radical con el pasado reciente. La instauración de
asambleas constituyentes simbolizó esa ruptura y dio lugar a nuevas
constituciones que aspiraban a una auténtica refundación del Estado. En Venezuela, la Constitución de 1999. En
Ecuador, la de 2008. En Bolivia, la de 2009. Para que quede clara mi postura al
respecto, fui asesor tanto de la Constitución de Ecuador como de la de Bolivia
en materia de plurinacionalidad, derechos de los pueblos indígenas y pluralismo
jurídico.
El carácter transformador de estas constituciones
queda patente en el artículo 1 de cada una de ellas. Cito:
Constitución de
Venezuela, artículo 1
“La República Bolivariana de Venezuela es
irrevocablemente libre e independiente y fundamenta su patrimonio moral y sus
valores de libertad, igualdad, justicia y paz internacional en la doctrina de
Simón Bolívar, el Libertador. Son derechos irrenunciables de la Nación la
independencia, la libertad, la soberanía, la inmunidad, la integridad
territorial y la autodeterminación nacional.”
Constitución de
Ecuador, artículo 1
“El Ecuador es un Estado constitucional de derechos y
justicia, social, democrático, soberano, independiente, unitario,
intercultural, plurinacional y laico. Se organiza en forma de república y se
gobierna de manera descentralizada. La soberanía radica en el pueblo, cuya
voluntad es el fundamento de la autoridad, y se ejerce a través de los órganos
del poder público y de las formas de participación directa previstas en la
Constitución. Los recursos naturales no renovables del territorio del Estado
pertenecen a su patrimonio inalienable, irrenunciable e imprescriptible”.
Constitución de
Bolivia, artículo 1
“Bolivia se constituye en un Estado Unitario Social de
Derecho Plurinacional Comunitario, libre, independiente, soberano, democrático,
intercultural, descentralizado y con autonomías. Bolivia se funda en la
pluralidad y el pluralismo político, económico, jurídico, cultural y
lingüístico, dentro del proceso integrador del país”.
El carácter jurídico-político de estas Constituciones
era tan innovador que dio lugar a una nueva concepción del constitucionalismo,
conocida como «nuevo constitucionalismo
latinoamericano», «constitucionalismo transformador» o «constitucionalismo
del Sur». Se proponía una nueva organización del Estado, con más órganos de
soberanía más allá de los tres tradicionales (legislativo, ejecutivo y
judicial), la radicalización de la intervención democrática más allá del canon
liberal y una concepción firme de la soberanía, que incluía una mayor
intervención del Estado en la economía y el control nacional de los recursos
naturales. En Ecuador y Bolivia, se proponía además una fuerte presencia
constitucional de la identidad nacional indígena, con la adopción en la
Constitución, por primera vez en la historia latinoamericana, de conceptos en
lenguas no coloniales, el quechua y el aimara. La democracia de tradición liberal se mantenía, pero se radicalizaba
con la introducción de formas de democracia participativa y comunitaria.
El carácter sociopolítico de estos procesos puede
designarse, siguiendo un concepto del científico social boliviano René Zavaleta
Mercado, como movimientos nacional-populares, con un fuerte énfasis en un
nacionalismo progresista basado en la soberanía popular y en el control
nacional de los recursos naturales. La retórica política que los alimentaba y
las prácticas en las que se traducían dieron credibilidad a la recuperación y
la reinvención de la memoria histórica del socialismo, bajo la forma del «socialismo
del siglo XXI».
La experimentación social y política en el
departamento de la liberación del gran laboratorio latinoamericano no se
produjo únicamente a escala nacional. Fue en este período cuando los países
latinoamericanos alcanzaron la mayor capacidad para organizarse sin la tutela
del «big brother» del Norte, es
decir, al margen de la Organización de los Estados Americanos, dominada desde
siempre por EE.UU. En gran medida por iniciativa del comandante Hugo
Chávez Frías, se crearon varias organizaciones de cooperación regional
con una lógica igualitaria, basada en la complementariedad, como nunca antes se
había visto en el continente.
Así surgieron el ALBA, la UNASUR, el Banco del Sur y
la CELAC. El ALBA, Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América,
nació como bloque de cooperación política, social y económica de América Latina
y el Caribe. Fidel Castro Ruz y Hugo Chávez Frías la fundaron en
La Habana, en 2004, como contrapunto y alternativa al proyecto de tratado de
libre comercio que EE.UU. quería imponer a América Latina (ALCA, Área de Libre
Comercio de las Américas), proyecto que había generado una fuerte oposición
política y social en el continente.
La UNASUR, Unión de Naciones Suramericanas, se creó en
2008 como bloque intergubernamental de integración regional destinado a unir a
los países de Sudamérica mediante la concertación política, los proyectos
sociales y la cooperación en materia de infraestructuras. Su primer secretario
general fue Néstor Kirchner.
El Banco del Sur surgió en 2009 como organización
financiera multilateral con el objetivo de promover la integración regional de
los países sudamericanos y reducir su dependencia respecto a las instituciones
multilaterales hegemónicas, el FMI y el Banco Mundial. Firmaron el acuerdo
Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay, Ecuador, Bolivia y Venezuela.
La CELAC, Comunidad de Estados Latinoamericanos y
Caribeños, nació en 2010 como organismo internacional regional que abarca
América Latina y el Caribe. La primera reunión se celebró en Caracas, en 2011.
Toda esta arquitectura institucional regional
respondía a la devastación social que el neoliberalismo había causado en las
décadas de los 80 y los 90, cuando EE.UU. impuso a los países del
subcontinente, sin grandes restricciones, el dominio financiero, el comercio
desigual y el acceso a sus recursos naturales. Era una alternativa valiente a
la Doctrina Monroe y a la consiguiente transformación del subcontinente en el
«patio trasero» de EE.UU. La fuerza de esa alternativa residía en la fortaleza
de los Estados que la promovían. Se fue desvaneciendo a lo largo de la segunda
década del milenio por la convergencia de tres factores, que menciono sin orden
de prioridad: errores de liderazgo, quintas columnas de las clases dominantes
insatisfechas con la pérdida relativa de poder, agresión y cerco por parte del
imperialismo estadounidense, cada vez más respaldado, como recordó Ruy Mauro
Marini, por el subimperialismo de la Unión Europea e Israel.
Entre democracia
decente, “ditamole” o guerra híbrida
El departamento de opresión del gran laboratorio
latinoamericano, a cargo del imperialismo estadounidense y de sus cómplices
internos y externos, observaba con preocupación los avances del departamento de
liberación. Durante la primera década del milenio se había centrado en los
trágicos acontecimientos de su 11 de septiembre de 2001, la autodestrucción
de las Torres Gemelas, y en lo que les siguió, sobre todo la guerra ilegal
contra Irak en 2003. De alguna manera, había prestado menos atención a lo que
ocurría en el subcontinente. Alarmado por la energía progresista y autonomista
que surgía en su propio patio trasero, decidió intensificar la injerencia
tutelar. Esa injerencia, que perdura
hasta hoy, ha pasado por dos fases, correspondientes a dos procesos
complementarios de desfiguración de la democracia y de conversión de esta en un
instrumento dócil al servicio de los intereses imperiales.
La primera fase consiste en convertir, mediante golpes
suaves, democracias decentes en democracias truncadas y autoritarias. No hay
una ruptura violenta con los procesos democráticos. Se refuerzan los
componentes autoritarios de los regímenes democráticos, con el fin de alcanzar,
al menos en parte, los mismos objetivos que se lograrían por la vía
dictatorial. Para caracterizar esta desfiguración de la democracia recurro al
concepto de ditamole, del politólogo Guillermo O’Donnell, en
contraposición a la dictadura. De hecho,
se produce el paso de una democracia decente a una democracia indecente,
autoritaria y truncada. La desfiguración puede alcanzar diferentes
intensidades, en función de las «necesidades» de la injerencia externa y de sus
aliados internos.
La segunda fase intensifica la democracia desfigurada
mediante intervenciones abiertamente antidemocráticas y violentas, que pueden
incluir intentos de asesinato, sanciones económicas, embargos, confiscación de
reservas depositadas en bancos internacionales y expulsión de la tecnología
digital. Así se inicia una guerra híbrida entre democracia y dictadura. La
dictadura se va instaurando poco a poco, gota a gota, hasta que un día los
ciudadanos y las ciudadanas se despiertan y se dan cuenta de que ya no viven en
democracia. El objetivo es que, en un primer momento, la gran mayoría no le dé
importancia a este descubrimiento.
La idea de las dos fases solo llama la atención sobre
el diferente énfasis en los medios utilizados. En la primera fase se puede
recurrir, de forma excepcional, a los medios privilegiados de la segunda. Es el
caso de Venezuela, donde desde el principio el presidente Hugo Chávez Frías fue
objeto de varios intentos de asesinato y donde, hasta hoy, no se han
esclarecido plenamente las causas de su muerte. Cuba es un caso particularmente
trágico porque la Revolución Cubana, por muchas razones —entre ellas, el hecho
de estar demasiado cerca de las «entrañas del monstruo»—, no adoptó el giro
democrático liberal de los demás países del subcontinente. Lleva más de sesenta años sometida a la injerencia imperial estadounidense
más violenta, característica de la segunda fase. Además de los intentos de
invasión, los embargos y las sanciones de todo tipo, se calcula que la CIA ha
llevado a cabo 638 intentos de asesinato contra el comandante Fidel
Castro Ruz.
La primera fase
(2009-2026)
El recuerdo de las atrocidades cometidas durante las
dictaduras y la nueva legitimidad que la democracia había adquirido en el
subcontinente no permitían recurrir, como era habitual, al golpe de Estado y al
establecimiento de dictaduras con la participación activa de las Fuerzas
Armadas entrenadas en la infame Escuela de las Américas, en Columbus, Georgia.
Se optó por recurrir a los instrumentos democráticos, manipulando su uso hasta
obtener los resultados deseados. En una primera fase, esos resultados consistían
en apartar a los líderes de las transformaciones progresistas e intervenir
activamente en los procesos electorales posteriores, de modo que de las urnas
salieran gobiernos “amigos de EE.UU.”.
“Los golpes blandos Made
in USA”
Este tipo de intervención recibió el nombre de «golpe
blando», por producirse sin violencia militar y con una fachada democrática, a
veces centrada en los tribunales, otras en los parlamentos. Los golpes eran
«suaves» solo para quienes los perpetraban. Para quienes los sufrían, eran
extremadamente violentos. Así se
sucedieron el golpe en Honduras, contra el presidente Manuel Zelaya (2009); en
Paraguay, contra el presidente Fernando Lugo (2012); en Brasil, contra la
presidenta Dilma Rousseff (2016); y, de nuevo en Brasil, el golpe judicial
destinado a decapitar a los líderes del Partido de los Trabajadores y a
inhabilitar al candidato favorito para las presidenciales de 2018, Lula da
Silva. Este golpe blando, sin duda el de mayor envergadura del continente,
recibió el nombre de “Operación Lava Jato” y se prolongó entre 2014 y 2021.
Cabe mencionar también el golpe blando en Bolivia
contra Evo Morales, en 2019, y las persecuciones judiciales contra la
expresidenta de Argentina, Cristina Kirchner Fernández, y contra el
expresidente de Ecuador, Rafael Correa, que se prolongan desde hace más de una
década.
Esta oleada de golpes blandos ha causado profundos
daños políticos y sociales a los países afectados, así como daños personales a
los líderes que los han sufrido. Me limitaré al caso de Brasil. Dichos golpes
condujeron a la elección de un presidente de extrema derecha que, entre otros
estragos, adoptó una política negacionista durante la pandemia de la COVID-19,
la cual, según los cálculos de la OMS y de Oxfam, causó entre 120 000 y 400 000
muertes evitables, de haberse adoptado las medidas de control recomendadas a
nivel mundial. Sería difícil enumerar los daños personales. Basta con recordar
que Lula da Silva, actual presidente, permaneció injustamente encarcelado
durante 580 días.
A pesar del protagonismo del departamento de la
opresión en este período, el departamento de la liberación no ha permanecido
inactivo. El gran laboratorio latinoamericano ha seguido siendo fiel a sí
mismo. Tres ejemplos bastan para ilustrar que la injerencia imperial no siempre
ha tenido un éxito total.
Brasil
En el caso de Brasil, el golpe blando contra los
gobiernos del Partido de los Trabajadores y, sobre todo, contra su líder
histórico, Lula da Silva, no tuvo el éxito que deseaban los golpistas. La
persecución judicial contra Lula quedó al descubierto; volvió a ser elegido
presidente en 2022 y hoy es candidato a la reelección en las elecciones de
octubre. Sin embargo, no se puede decir que el golpe blando fracasara por
completo. El Brasil al que Lula ha regresado como presidente es un país
diferente al que existía cuando lo detuvieron. Y la diferencia es a peor. Es un
país mucho más conservador, con un parlamento minado por las estrategias
golpistas y de extrema derecha del período anterior, socialmente más injusto y
con mucho menos margen de maniobra para revertir la situación a favor de las
clases populares. Está mucho más
sometido al uso político conservador de la religión, sobre todo la evangélica
neopentecostal, y cuenta con una población más desinformada por las redes
sociales y más vulnerable a la política del odio. El trabajo del
departamento de opresión durante casi una década no ha sido en vano para los
intereses del imperialismo estadounidense y de sus aliados internos.
El segundo y el tercer ejemplo se refieren a dos
países que se mantuvieron al margen de la ola progresista que recorrió el
subcontinente durante la primera década del milenio: México y Colombia.
México
México, al igual que Cuba, tiene un pasado
revolucionario, aunque mucho más lejano, y se encuentra muy cerca de las
«entrenas del monstruo». A diferencia de Cuba, es un país enorme, con inmensos
recursos naturales, una riqueza cultural enorme, una impresionante historia
precolonial, un desarrollo económico, social y cultural complejo y un sistema
político que pasó pacíficamente de un partido revolucionario único a la
pluralidad partidista. También es un país con elevados niveles de violencia
común y política —que no siempre es fácil distinguir entre sí— y cuenta quizá
con la experiencia histórica más diversa en sus relaciones con EE.UU., marcada
por la guerra y la diplomacia, el robo de tierras y el tratado de libre
comercio, la dependencia política de la diáspora mexicana y la deportación de
emigrantes.
México se mantuvo al margen de la ola progresista de
la primera década del milenio. En 2018, sin embargo, Andrés Manuel López
Obrador (AMLO) ganó las elecciones. Ya había ganado elecciones
presidenciales anteriores, pero el fraude electoral bloqueó durante algún
tiempo, con éxito, el proyecto de cambio que anunciaba, la 4T. La 4T es la cuarta transformación, siendo
las tres primeras la Guerra de Independencia (1810-1821), la Guerra de la
Reforma (1858-1861) y la Revolución Mexicana (1910-1920). Tal y como formuló el propio AMLO, la 4T
completaría de forma ordenada y pacífica los procesos reformistas llevados a
cabo por las transformaciones anteriores. Los cambios prometidos daban
prioridad a la lucha contra la corrupción, al fortalecimiento de la democracia
mediante consultas populares, a la libertad de expresión y de culto, a la
revisión constitucional, a la soberanía energética y a la mejora de las condiciones
de vida de las clases populares en materia de salarios, derechos sociales —con
especial atención a la salud y la educación públicas— y pensiones.
Se trataba de un programa socialdemócrata al que tanto
aliados como adversarios tildaron de izquierdista, de centroizquierda o de
populista. La verdad es que, cuando dejó
la presidencia en 2024, AMLO dejó un país mejor que el que había encontrado en
2018. El éxito de su política se refleja en el protagonismo político de
MORENA, el partido —que en sus inicios fue un movimiento— que siempre le apoyó.
Fue también ese éxito, combinado con el mérito propio de la candidata, lo que
hizo posible la elección de Claudia Sheinbaum, su sucesora y continuadora de la
4T.
De ello se deduce que el gobierno progresista de AMLO
floreció, con dificultades y ambigüedades ineludibles, durante el período en
que el imperialismo estadounidense volvió a prestar atención prioritaria a su
propio patio trasero. Desde el punto de vista del imperio, la estrategia de
injerencia de la primera fase no había tenido pleno éxito.
Colombia
Colombia fue el otro país importante del subcontinente
ausente de la ola progresista de la primera década del milenio. Al igual que
México, es un país enorme, riquísimo en recursos naturales, en biodiversidad y
en diversidad cultural. Un país que, salvo en un breve período (1953-1957),
siempre ha estado gobernado por un régimen democrático, pero en el que, al
igual que en México, la violencia común y política siempre ha dominado la vida
de la ciudadanía. De hecho, la violencia política organizada alcanzó en
Colombia una intensidad mucho mayor que en México, lo que se tradujo en la
aparición de las guerrillas de gran dimensión que han condicionado la vida
política y, sobre todo, la vida de las comunidades rurales desde finales de la
década de 1950 hasta hoy, a pesar de los sucesivos procesos de paz, el último
de los cuales tuvo lugar en 2016. En las últimas décadas, a la violencia de la
guerrilla se ha sumado, aparentemente para combatirla, la violencia de los
paramilitares, grupos privados de extrema derecha que se autodenominan «grupos
de autodefensa». Colombia es uno de los
países más injustos del continente, donde el 1 % de los más ricos controla el
40 % de la riqueza nacional.
Colombia ha sido tradicionalmente el aliado más fiel
de EE.UU. en el continente. Por esta razón, y por el volumen de ayuda
financiera y militar, llegó a considerarse el «Israel de América Latina».
Cuando, en junio de 2021, la Asamblea General de la ONU votó una resolución que
exigía el fin del bloqueo económico de EE.UU. contra Cuba, Colombia no votó a
favor. Se abstuvo junto a Brasil de Jair Bolsonaro.
En el año 2000,
Colombia firmó con EE.UU. un ambicioso acuerdo bilateral militar y diplomático,
el Plan Colombia. El
plan inyectó miles de millones de dólares para modernizar las Fuerzas Armadas
colombianas, combatir los cárteles de la droga y debilitar a los grupos
insurgentes. Hasta 2015, se habrán invertido diez mil millones de dólares en
las Fuerzas Armadas colombianas sin que se haya alcanzado ninguno de los
objetivos, salvo el refuerzo de la capacidad represiva de dichas Fuerzas
Armadas, orientada a combatir a enemigos internos y no a enemigos externos,
como era su vocación inicial. Además, se
recurrió a medidas muy problemáticas desde el punto de vista de la salud humana
y el medio ambiente, sobre todo la fumigación de las plantaciones con
herbicidas prohibidos en muchos países, entre ellos el glifosato.
El objetivo de desarrollo social anunciado en el Plan
Colombia no se materializó en absoluto. Por el contrario, el país se volvió más
desigual, aumentaron el malestar social, la precariedad y la falta de
oportunidades, y se agravó el desempleo juvenil. En abril de 2021 estalló la
revuelta popular en los barrios periféricos de Cali, con una enorme
participación juvenil. A pesar de la fuerte represión policial y militar, la
revuelta se mantuvo durante meses y ocupó calles y plazas. Esto dio lugar a
nuevas formas de movilización y de participación intergeneracional, como las
cocinas comunitarias —en las que las cocineras eran, en su mayoría, las madres
de los jóvenes manifestantes— y a “ecologías de saberes”, como las clases que
impartieron profesores universitarios identificados con la lucha en una
universidad popular creada para debatir temas de interés para los revueltos. Fue la Comuna de Cali, que aún hoy se
manifiesta, entre otras cosas, en la magnífica escultura colectiva de diez
metros de altura titulada «Resiste».
Este movimiento animó otras resistencias en otras
ciudades del país y la acumulación de fuerzas se materializó en 2022 con la
elección del primer presidente de izquierdas de la historia de Colombia,
Gustavo Petro. Petro asumió el
compromiso de luchar por la «paz total», mejorar las condiciones de vida de las
clases populares y defender la soberanía y la autodeterminación del país, sobre
todo en la gestión de sus inmensos recursos naturales. Desde el principio
dejó claro lo que su mandato acabaría confirmando: fue el jefe de Estado que,
en el mundo contemporáneo, articuló de forma más elocuente la conciencia
ecológica que debe guiar a las próximas generaciones. Los discursos que pronunció en las Naciones Unidas y en otros
encuentros internacionales pasarán a la historia del movimiento ecologista.
La Colombia de Petro fue un caso más en el que el
imperialismo estadounidense se vio obligado a concluir que las estrategias
blandas de la primera fase habían fracasado o habían agotado su utilidad.
Nuevas injerencias: cristianismo político e Israel
La segunda fase se caracteriza por una injerencia
imperial más intensa contra las instituciones democráticas de los países
blancos, combinando manipulaciones institucionales y acciones
extrainstitucionales, violentas o no, que implican graves violaciones del Derecho
Internacional.
También se caracteriza por dos nuevas líneas de
injerencia: el cristianismo político y la participación cada vez más invasiva
de Israel. De ahí la denominación de «guerra híbrida». La magnitud de la
injerencia reaccionaria aumenta exponencialmente en esta fase; sus instrumentos
son tan sofisticados que reducen la soberanía de los países a juguetes de niños
o a chistes de bar, y el número de países implicados no deja de crecer. Se está
llevando a cabo un vasto proceso de recolonización cuya forma política es el
fascismo global. Se está gestando una Internacional de extrema derecha cuyos
objetivos principales son los países de América Latina y Europa.
Dado el carácter secreto de lo que se está planeando,
solo podemos identificar las tácticas y estrategias de manera indirecta, a
través de su aplicación concreta en el terreno de las operaciones de
contrainsurgencia. Es muy posible que su alcance sea mucho mayor de lo que se
puede detectar en las injerencias conocidas. Ya a principios de 2026, tres
casos merecen una mención especial: Venezuela, Honduras y Colombia. El hecho de
que en tan poco tiempo hayamos sido testigos de tres intervenciones tan diversas,
aunque igualmente intensas, revela un plan de intervención muy ambicioso. En
este gran laboratorio, el departamento de opresión está trabajando a toda
máquina.
Venezuela y la injerencia imperial estadounidense/yanqui.
Lo ocurrido en Venezuela desde enero de 2026 no tiene
precedentes en la historia reciente de América Latina. La injerencia imperial/estadounidense
en la política interna venezolana viene de lejos y se ha intensificado mucho
desde que el presidente Hugo Chávez Frías inició la revolución
bolivariana a principios del milenio. A pesar del firme discurso
antiimperialista del comandante Chávez Frías, las relaciones comerciales
con EE.UU. continuaron, sobre todo en el sector petrolero. Con personalidad
carismática, Chávez manifestó desde el principio su intención de ejercer la
soberanía total sobre los recursos naturales del país, con el fin de utilizar
los ingresos generados para mejorar las condiciones de vida de las poblaciones
que hasta entonces no se habían beneficiado de la inmensa riqueza nacional. Se
crearon amplios programas de redistribución social, entre los que destacarían
las misiones, intervenciones en ámbitos como la sanidad, la
educación y las infraestructuras, organizadas al margen de las normas
burocráticas de la intervención estatal. Así surgió una forma de Estado
paralelo que granjeó una inmensa popularidad del comandante Chávez Frías
y, al mismo tiempo, exacerbó la oposición interna de las clases sociales que
hasta entonces se habían beneficiado, directa o indirectamente, de los ingresos
petroleros generados y distribuidos por el «Estado Mágico», según la
denominación del gran científico social venezolano Fernando Coronil. En textos
anteriores analicé, con solidaridad y espíritu crítico, el proceso bolivariano,
liderado por el presidente Chávez Frías hasta su prematura muerte
en 2013 y posteriormente por su sucesor, el antiguo vicepresidente Nicolás
Maduro.
En este texto me limito a señalar que la política
regional e internacional de Chávez y Maduro traspasó varias líneas rojas del
imperialismo estadounidense. Una solidaridad concreta y sin precedentes con
Cuba. Una política regional que promovía la organización de los países del
subcontinente al margen de la tutela de EE.UU. Relaciones políticas y
comerciales privilegiadas con China, Rusia e Irán. Una política de gestión del
petróleo que podría llegar a amenazar la posición del dólar como moneda de
reserva mundial.
La respuesta imperial no se hizo esperar.
Desde el principio incluyó los instrumentos de
injerencia hoy generalizados: golpe de Estado, intentos de asesinato, embargos,
sanciones, confiscación de reservas depositadas en el extranjero,
deslegitimación del presidente electo y promoción internacional de un
presidente títere, farsa en la que la Unión Europea participó alegremente. Como
nada de esto surtió efecto, el componente militar de la injerencia se fue
intensificando, con el bombardeo de pequeñas embarcaciones en aguas
territoriales venezolanas con el pretexto de que transportaban droga. Así
surgió la caracterización del Estado bolivariano como Estado narcoterrorista.
Fue la primera gran ampliación del concepto de terrorismo, a la que seguirían
otras, como veremos.
El 3 de enero, fuerzas especiales de EE.UU. capturaron
durante la noche al presidente Nicolás Maduro y a su esposa, asesinaron
a más de dos docenas de militares de la guardia presidencial, en su mayoría
cubanos, y se llevaron a la pareja a EE.UU. para que Maduro responda ante la
justicia estadounidense por supuestos vínculos con el tráfico de drogas.
También neutralizaron todo el sistema de defensa antiaérea. Rápidamente se
restableció la «normalidad» y la vicepresidenta Delcy Rodríguez asumió la
presidencia de la República.
Poco después se supo que la gestión de la producción y
el comercio del petróleo había pasado a manos de empresas estadounidenses y que
los ingresos petroleros, en lugar de ingresar en el Tesoro venezolano, lo
harían en el Tesoro de EE.UU., desde donde se distribuirían a Venezuela según
criterios definidos por las autoridades estadounidenses, es decir, por el
secretario de Estado Marco Rubio. En
pocas semanas, la Venezuela antiimperialista de la Revolución Bolivariana quedó
reducida a la condición de protectorado estadounidense, gestionado por el
virrey Marco Rubio.
Sorprende que esta
violación sin precedentes de la integridad de un país soberano no haya
provocado reacción alguna en el llamado mundo occidental, ni siquiera en
América Latina, donde las críticas no fueron más allá de vagas declaraciones de
protesta.
De la ONU mejor no
hablar, para no echarse a llorar. Ha desaparecido, se encuentra en paradero
desconocido y las búsquedas para rescatarla se están suspendiendo, dada la
escasa esperanza de encontrarla con vida.
La intensidad de la injerencia imperial en la segunda
fase es, por tanto, cualitativamente superior a la de la primera. Es difícil
determinar hasta dónde llegará. Las señales son inquietantes. Más inquietante
aún es el hecho de que la influencia israelí en la intervención sea cada vez
más visible. Pongo tres ejemplos, que valen lo que valen y de los que no
pretendo sacar conclusiones definitivas.
Como las tragedias nunca vienen solas, dos violentos
terremotos sacudieron Venezuela el pasado 24 de julio. Varios países ofrecieron
ayuda humanitaria y es comprensible que Venezuela no haya podido elegir entre
ellos. No deja de ser curioso, sin embargo, la visibilidad que se le dio a la
ayuda de los militares israelíes. Las fuerzas militares responsables de la
muerte de miles de niños palestinos en Gaza mostraban ahora todo su celo por
salvar de entre los escombros a niños venezolanos. Sin restar mérito a la ayuda
prestada, aquello parecía una operación de blanqueo de imagen o, sencillamente,
un subrayado de la «banalidad del mal» cometido en Gaza. No pude evitar
recordar que Heinrich Himmler, el jefe nazi responsable de la muerte de muchos
miles de judíos, entraba en casa por la puerta trasera para no despertar al
canario.
El segundo ejemplo tiene que ver con la Corte Penal
Internacional (CPI). Es sabido que Israel, con la complicidad de EE.UU., libra
una lucha encarnizada contra la Corte desde que esta solicitó una orden de
detención contra líderes israelíes, con Netanyahu a la cabeza. El 24 de julio,
Venezuela anunció su salida «firme e irrevocable» de la CPI. Sea cual sea
nuestra valoración de la CPI a lo largo de su existencia —y la mía es bastante
crítica—, el momento y las circunstancias de la decisión venezolana no apuntan
a una mera coincidencia. Cabe señalar que el comandante Chávez Frías
criticaba a la CPI por ser un «brazo del imperio estadounidense». No resulta
creíble que esas sean las razones que subyacen a la decisión del Gobierno
venezolano en este momento.
Por último, la composición de la delegación de
congresistas estadounidenses que visitó Venezuela a finales de julio dice mucho
de lo que se avecina. Dos de ellos, Brian Mast y Randy Fine, están
estrechamente vinculados al lobby israelí en EE.UU., el AIPAC. Una congresista,
Kat Cammack, está especializada en seguridad interior, fronteras y defensa.
Otro congresista, Jonathan Jackson, hijo de Jesse Jackson, aboga por el fin de
las sanciones a Venezuela y del bloqueo de las reservas internacionales del país.
El factor Israel, con inversiones y participación en la defensa de los
minerales raros, y la reformulación del Escudo de las Américas, proyecto de
Trump, con la posible participación de Venezuela, parecen ser los temas que se
debatirán en un futuro próximo.
Honduras
Como mencioné anteriormente, Honduras fue el primer
país en sufrir el regreso del golpismo imperial al subcontinente, en 2009. En
abril de 2026 se hicieron públicos unos archivos de audio con intercambios de
mensajes entre el actual presidente, Nasry Asfura, y el expresidente Juan
Orlando Hernández, encarcelado en EE.UU., condenado en 2024 a 45 años de
prisión por narcotráfico e indultado por el presidente Trump en 2025. Ambos
políticos pertenecen al mismo partido conservador y los mensajes revelaban las
condiciones del regreso del expresidente al país, en el marco de un plan
internacional liderado por EE.UU., Israel y Argentina para desestabilizar a los
gobiernos progresistas del subcontinente, sobre todo en Colombia, con Gustavo
Petro, y en México, con Claudia Sheinbaum. El plan incluía el uso de las
iglesias evangélicas para la manipulación ideológica, nuevas bases militares,
inversiones estadounidenses y la creación de zonas económicas especiales; ya
conocemos la ciudad privada de Próspera, en la isla de Roatán, financiada por
Peter Thiel, de Palantir. También preveía una unidad de periodismo digital para
difundir noticias falsas destinadas a desestabilizar a los gobiernos
progresistas y un marco jurídico que favoreciera a las empresas de inteligencia
artificial de EE.UU. e Israel.
Nuevas grabaciones de audio, publicadas el 26 de julio
por el Diario Red1, en un artículo de Valeria Duarte
Galleguillos, revelaban proyectos para «recuperar las instituciones», como el
Tribunal Supremo y la cúpula del Ministerio Público. Pero lo más inquietante de
las nuevas filtraciones, de confirmarse, es un amplio plan de espionaje y
cibervigilancia a cargo de empresas israelíes, en colaboración con los
operadores de telefonía Claro y Tigo, que tiene como objetivo a políticos,
activistas de derechos humanos y ciudadanos de a pie.
Los israelíes afirmaron que, siempre que las personas
se comuniquen dentro de Honduras con números que se encuentren en el territorio
de Honduras, es posible obtener cierta información, como con quién se comunican
y otros datos. El software del que disponen se limita exclusivamente a la
colaboración de Tigo y Claro.
(Nota de voz de Nasry Asfura—audio 168—)
Al parecer, nada de esto es nuevo, ya que durante la
presidencia de Hernández se detectó la interceptación de llamadas telefónicas,
sin dejar rastro para el usuario, mediante el uso de las tecnologías Palantir,
de Peter Thiel, y Pegasus, el programa del grupo israelí NSO, que tampoco es
nuevo en el subcontinente. En 2011, México fue el primer comprador mundial de
Pegasus, aun bajo la presidencia de Felipe Calderón, y con él habrá vigilado
cibernéticamente, ya bajo el mandato de Enrique Peña Nieto, a 15 000 personas,
entre las que se encontraban periodistas, activistas contra la corrupción y
abogados de víctimas2. Lo mismo habría ocurrido en Colombia bajo la
presidencia de Iván Duque.
Al espionaje se suma la industria de la
desinformación.
El 2 de agosto de 2026, el Times of Israel informó
de que Facebook había prohibido decenas de cuentas, páginas y grupos, muchos de
ellos vinculados al Archimedes Group, de Israel, por:
Comportamiento “inauténtico coordinado”, con actividad
en el África subsahariana, en América Latina y en el sudeste asiático, y con el
objetivo de modificar la realidad según los intereses del cliente3.
Su actuación se basa siempre en la misma combinación: capacidad técnica para
vigilar —lo que presupone una legislación que permita eliminar el anonimato en
las redes sociales y en los teléfonos— e instrumentos para fabricar ‘hechos’ y
relatos.
El uso masivo del espionaje, combinado con la
desinformación, parece ser uno de los instrumentos preferidos de esta segunda
fase de injerencia en países soberanos con gobiernos progresistas.
Colombia
Colombia es el tercer ejemplo de las operaciones de
injerencia y desestabilización de gobiernos progresistas que caracterizan la
segunda fase.
Las elecciones del pasado mes de mayo dieron la
victoria al candidato de extrema derecha Abelardo de la Espriella, abogado de
narcotraficantes y de grupos armados paramilitares —las autodefensas—, con
doble nacionalidad colombiana y estadounidense y residente en Miami. La
candidatura, apoyada activamente por Donald Trump, sustituyó la plaza pública
por las plataformas digitales. No solo contó con una mayor financiación. Se
basó en gran medida en la desinformación y la manipulación de los votantes.
Según el periodista Lucas Ospina, en La Silla
Vacía, la mayor parte de la operación se desarrolló en servidores
informáticos y en grupos de WhatsApp organizados por niveles de
«destinatarios», con vídeos generados algorítmicamente que se adaptaban al
perfil del votante. Al uribista convencido, el candidato se le presentaba con
la imagen del «Tigre» aplastando a los guerrilleros. Al evangélico, aparecía
rodeado de pastores. Al joven indignado con Gustavo Petro, el presidente de
izquierdas, el meme transformaba a De la Espriella en un felino omnipotente que
saltaba sobre las ruinas del palacio petrista. A la madre soltera y cabeza de
familia, el vídeo se lo mostraba como un marido proveedor «bíblico». Al votante
de la nueva clase media que sueña con el orden, se le presentaba el vídeo épico
con música de superhéroes, en el que el candidato de mano dura llega a la
región devastada por la violencia para capturar al malhechor y traer
prosperidad.
Cito este artículo con cierto detalle porque ilustra
las estrategias de manipulación y desinformación que se utilizan hoy en día en
todo el mundo. Resistirse a ellas supone conocerlas:
Un estudio del Observatorio de Redes Sociales de la
Universidad Católica de Colombia identificó que la campaña electoral de De la
Espriella fue la que dominó de forma más contundente el espacio virtual, al
presentar «los problemas sociales como amenazas urgentes», creando “la
necesidad de respuestas inmediatas” y reforzando “su mensaje de autoridad”.
La plataforma de la campaña electoral de De la
Espriella se denominó “defensoresdelapatria.com” y funcionó siguiendo la misma
lógica piramidal que gruposrodolfistas.com, el candidato de la derecha en 2022:
enlaces de referencia personalizados, código QR propio, panel de puntos y un
«kit de batalla» para descargar. La campaña llegó incluso a lanzar un concurso
que prometía viajes al Mundial de fútbol de 2026 al militante que reuniera más
contactos. Un modelo multinivel al estilo de Herbalife con bandera tricolor y
camiseta.
Pero el gasto declarado es solo la cara visible. Una
investigación del blog Hyperconectado documentó una campaña activa en Google
Ads, con 600 anuncios simultáneos en la red de display, visibles en cualquier
sitio web con monetización en Colombia, que redirige a los usuarios a un
formulario de recopilación de datos personales: nombre completo, edad, correo
electrónico, número de WhatsApp, departamento y ciudad. El anunciante
registrado en Google se identifica como «Luisa Portela», sin identidad verificada.
El financiador declarado del gasto publicitario es otra persona, “Juan Esteban
Méndez”, cuya identidad tampoco está verificada. El formulario no incluía
ninguna política de privacidad ni mecanismo de autorización, lo que infringe la
Ley n.º 1581 de 2012, sobre protección de datos, y la Circular Externa n.º 002
de 2026 de la Superintendencia de Industria y Comercio.
Todo se presenta astutamente como una «iniciativa
ciudadana».
Hoy en día, alguien dispone de una base de datos con
los números de WhatsApp y la geolocalización de miles de colombianos que
hicieron clic en un anuncio de Google. Se desconoce quién la gestiona ni con
quién se comparte. Pero su valor operativo es evidente: una lista segmentada
por departamento y ciudad es exactamente el activo que completa el circuito de
la red multinivel, su red de contactos, nivel de consumo, educación y
ubicación. Es la diferencia entre disparar con una ametralladora y disparar con
un francotirador, en palabras del operador digital Lester Toledo, que colaboró
para llevar a Bukele a la presidencia de El Salvador, cuando reduce a cualquier
ser humano al algoritmo electoral: “Un ciudadano es alguien con un móvil”4.
Otro factor nuevo de la segunda fase de injerencia es
la religión política. Los mercaderes de la fe sacan provecho de las creencias
religiosas de las poblaciones desfavorecidas para ofrecerles una supuesta
satisfacción que no modifica en absoluto el statu quo de la
desigualdad y la precariedad social. Se trata de un factor nuevo por la
intensidad con la que se utiliza ahora, ya que se viene empleando desde el
informe Rockefeller de 1969, ante el fracaso de la Alianza para el Progreso a
la hora de contener el impulso progresista que la Revolución Cubana había
inyectado en las clases populares. Poco después, los pastores evangélicos
invadieron el subcontinente, sobre todo pentecostales y neopentecostales. Sus
iglesias y sus emisoras de radio, bien financiadas, fueron convirtiendo poco a
poco a la religión católica progresista que entonces predominaba —la de las
comunidades eclesiales de base, basada en la Teología de la Liberación— en
agente del «ateísmo satánico del comunismo».
La primera señal del poder que tenían llegó desde
Guatemala, cuando el general Efraín Ríos Montt, miembro de la iglesia
neopentecostal El Verbo, llegó al poder mediante un golpe de Estado
y con el apoyo de Ronald Reagan. Casi cuarenta años después, en 2019, Jeanine
Áñez asumió el poder tras el golpe de Estado contra Evo Morales y contra el
Estado plurinacional de Bolivia, empuñando la Biblia y proclamando que «la
Biblia vuelve al Palacio».
La victoria de De la Espriella en Colombia no se
explica sin este factor religioso5. En el Diario Red del
29 de junio de 2026 se puede leer un análisis detallado del peso del fenómeno
religioso, con el ejemplo de una de las regiones del país:
El verdadero salto cuántico en las urnas se produjo a
través de la Asociación de Pastores de Bucaramanga y Santander y de la red de
megaiglesias aliadas, que llegó a extenderse por todo el país. El bloque
confesional lanzó una campaña silenciosa, pero feroz, de educación electoral
desde los púlpitos. A diferencia del voto de opinión, que varía en función de
los debates o los escándalos de la semana, el voto confesional articulado
responde a directrices de preservación de la identidad. Fuentes cercanas a las
uniones pastorales de la región confirman que el discurso difundido en las
semanas previas al 31 de mayo equiparaba la propuesta de De la Espriella a la
«defensa de la familia y las libertades frente a la agenda progresista». Esta
red sectorial proporcionó una base electoral inquebrantable de más de 35.000
votos altamente movilizados en el área metropolitana de Bucaramanga y sirvió
para dinamizar y velar por los votos en las mesas electorales el día de las
elecciones.
Colombia es el primer país latinoamericano de gran
tamaño en el que se aplica con mayor intensidad la ingeniería más sofisticada
de manipulación y desinformación de la opinión pública, combinada con la
politización conservadora del cristianismo. Los tres pilares políticos de la
injerencia son el imperialismo de EE.UU., el sionismo de Israel y el
cristianismo político. Todo lleva a creer que los próximos países objetivo
serán Brasil y México. Si esta ingeniería tiene pleno éxito, se cerrará, por
ahora, el ciclo de políticas progresistas en el subcontinente. Dos siglos
después de su primera proclamación, la Doctrina Monroe alcanza su máxima
realización.
La intensidad de la manipulación y la desinformación
hace que, en muchos casos, el debate sobre la existencia o no de fraude
electoral pierda sentido. El fraude no se comete en el recuento de votos. Se
comete antes, cuando se desinforma libre y masivamente a la opinión pública. La
famosa frase, tal vez inspirada en Umberto Eco y Pier Paolo Pasolini, cobra
todo su sentido: “Se vota a un verdadero fascista pensando que es falso, por
miedo a un comunismo falso que se cree que es verdadero”.
Conclusión
Algunos científicos sociales latinoamericanos de
izquierdas, cuyos nombres no menciono para no avergonzarlos, han criticado
duramente durante años a los países y gobiernos progresistas que, desde hace
más de una década, son objeto de un ataque imperial cada vez más sofisticado.
Para sintetizar las críticas, inventaron el concepto de «progresismo», con el
que caracterizaban de forma despectiva a esos gobiernos. De forma implícita y,
a veces, explícita, defendían que dichos gobiernos no eran de izquierdas. La
extrema derecha de estos últimos años se ha aprovechado de la deslegitimación
procedente de los propios «aliados» para profundizar en la desestabilización.
Como tantas veces en el pasado, esos científicos sociales fueron los «idiotas
útiles» de estrategias que los trascendían. ¿Por qué será que una izquierda
bienpensante se equivoca siempre más que una derecha que no piensa?
Estoy convencido de que el departamento de liberación
del gran laboratorio latinoamericano no está completamente inactivo, pero por
ahora solo se ven ruinas. Estoy seguro de que son ruinas-semillas, a la vez
recuerdo de un pasado de lucha y resistencia y anuncio de un futuro de vida
digna, para la vida humana y no humana.
Lo
subrayado/interpolado es nuestro.








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