Testimonio
en favor de Cuba:“Una agresión contra Cuba es una agresión a la tierra,
a la sangre y a la historia de América Latina... Dr. Salvador Allende Gossens,
presidente del Senado de la Republica de Chile/Julio 1960...
“Cuba que linda y
solidaria es Cuba, quien te defiende, te quiere más”...
De esta forma es que estuvimos unos quince días en
La Habana atendidos magníficamente y cumpliendo con un plan turístico que nos
permitió conocer mejor los avances innegables de la Revolución y la calidez de
todos los cubanos que estuvieron dedicados a nuestro cuidado y procuraban
darnos las mejores vacaciones de nuestras vidas. Se trató de un acto de
solidaridad más de un régimen político y un pueblo hospitalario, lo que también
pudieron comprobar los centenares de chilenos que salían de las cárceles y de
los campos de concentración de nuestro país, la mayor de las veces luego de ser
torturados y vejados de mil formas por lo que conocimos como terrorismo de
estado.
Durante estos días en Cuba no nos fue posible
siquiera agradecerle en persona a quienes nos habían invitado. No hubo
reuniones políticas ni actos correspondientes. Se trataba de que solo
descansáramos y viviéramos en familia unos días placenteros con la más plena
libertad para desplazarnos a donde quisiéramos. Por lo mismo es que pudimos
hasta ahora guardar el recuerdo de un proceso de cambios exitoso a la luz de
una población que satisfacía sus derechos esenciales, alimentaba
convenientemente a sus habitantes y les aseguraba trabajo, salud, vivienda y
educación a todos.
De otra manera no podría Cuba exhibir tan alto
número de medallistas deportivos, las evidentes ventajas de su sistema
sanitario gratuito y de calidad, como los miles de establecimientos escolares
en todo su territorio. Se habían terminado en Cuba los analfabetos, las listas
de espera hospitalarias y el turismo florecía pese al implacable bloqueo
estadounidense. Lo que siempre le causó severos daños a la economía cubana,
pero nada que pudiera quitarle el mérito a Cuba de ser el país caribeño y
latinoamericano con el mejor estándar promedio de vida del continente. Con la
más justa distribución del ingreso y que permitiera el lujo, además, de formar
en sus universidades a miles de jóvenes de todo el mundo que en sus países no
tenían acceso a ese derecho. Ciertamente no apreciamos en nuestra visita ni
barrios lujosos, ni grandes tiendas ni otra suerte de privilegios, pero sí
vimos a la gente bien vestida, alimentada y contenta, porque allí comprendimos
mejor eso de que es la escandalosa desigualdad, más que la pobreza, la que
causa los principales trastornos en la convivencia humana.
Aunque la revolución cubana no adoptó nunca la
aparente democracia de muchas de nuestras naciones, pudimos darnos cuenta de
que sus ciudadanos sí tenían organización popular y deberes cívicos para
decidir, legislar y criticar a las autoridades. Por cierto, mucho más que bajo
nuestros regímenes hipócritas cuyas poblaciones carecen de formación cívica
para bien decidir, expuestos sobre todo a la influencia del dinero y la
propaganda electoral. Así como a padecer la corrupción, la bochornosa
concentración mediática y la impunidad de los poderosos: los que se burlan
hasta de las “leyes del mercado”, se coluden para estafar a los consumidores y
se someten a los dictados del poder imperial y de los inversionistas
extranjeros dueños hasta de los servicios básicos como el agua potable, la luz
y el transporte. Porque, además, cuentan con la lenidad de los jueces, la
voracidad de los grandes empresarios y militares, junto a la arbitrariedad de
sus sistemas policiales.
Enfrentados en estos días a la peor etapa del
bloqueo, los cubanos no pueden acceder al petróleo que sigue todavía
alimentando las centrales de electricidad, moviendo las industrias y
garantizando el funcionamiento de las viviendas, hospitales y hoteles.
Provocando, con ello, una crisis que podría igualarse a la posibilidad de que a
Chile se le prohibiera extraer y vender su cobre, recurso que constituye
nuestro principal ingreso. O que a Argentina se le privara de comerciar en el
mundo los recursos de la agricultura y la ganadería. Y aunque sabemos que
algunos países pueden refugiarse aún en la exportación de estupefacientes, esa
es una actividad de la cual siempre ha estado libre Cuba, según reconocimiento universal.
Estimo que no es el momento de impugnar los logros
de la Revolución Cubana. Que quienes lo hacen demuestran sobre todo su
ignorancia, como la que ostentan los periodistas y rostros de nuestra monótona
y superflua televisión. Aunque lo peor de todo es el silencio cómplice de esa
inmensa cantidad de izquierdistas que en su hora disfrutaron de la solidaridad
cubana, pero que ahora les encanta coincidir en su oportunismo con los más
reaccionarios y papagayos adiestrados por el régimen y el Departamento
de Estado estadounidense. ¡Qué lejos están de practicar la gratitud, de seguro
la más excelsa virtud del amor y la decencia!
Y no fui nunca marxista leninista, socialista o
comunista. Pero quienes tenemos convicciones religiosas, valoramos una enorme realización
revolucionaria que acercó a millones de cubanos a una vida digna, además de
abrazar los ideales también evangélicos de la igualdad y fraternidad. Cuestión
que fuera reconocida por los últimos pontífices romanos, por la Teología de la
Liberación y muchos regímenes del mundo de distinto signo y latitud. Los cuales
hoy, ojalá no sea muy tarde, se movilizan para una inmensa cruzada de justicia
y gratitud hacia Cuba y en contra del demonio instalado en la Casa Blanca que
amenaza al mundo entero, como a la supervivencia misma del Planeta. Que busca,
al igual que las guerras, matar de hambre a los niños, acribillar a las
naciones inermes, destruir ciudades y gastar millonarias sumas en discurrir y
acumular armas de destrucción masiva.
Imagino que todo esto debiera avergonzar a tantos
que tanto le deben a Cuba, encantados con la democracia que antes estimaban
“burguesa”, los horrores del imperialismo yanqui, poniéndose a tono con los
Trump, Milei y sus dominios adláteres en todos los continentes. En la idea
siempre de seguir agregando estrellas a su pabellón nacional tejido por las
mortíferas guerras, las invasiones y campos de concentración y exterminio, como
el de Guantánamo.
Qué ejemplo nos da una vez más México y su
presidenta Claudia Sheinbaum, demostrando un coraje del que carecen muchos
gobernantes y políticos auto considerados vanguardistas.
Mientras escribo estas líneas recorro los nombres y
rostros de los vociferantes de ayer, hoy devenidos en lacayos y cómplices
activos o silenciosos frente a la agresión contra un pueblo que de seguro va a
reemprender una vez más su heroico destino.
Lo subrayado/interpolado
es nuestro.





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