¡Cómo
perdemos soberanía!
Por Prof. Juan pablo Cárdenas S/ académico, escritor, periodista y analista internacional/ADDHEE.ONG:
Los gobiernos de Eduardo Frei Montalva y Salvador
Allende Gossens (1964-73), pese a ser de distinto signo político, dieron
pasos muy importantes en la nacionalización de nuestros yacimientos de cobre
que hasta entonces eran propiedad de inversionistas estadounidenses. Se
iniciaba con estas administraciones un proceso que se proponía recuperar
nuestra soberanía nacional partiendo por lo que era y continúa siendo la “viga
maestra” de nuestra economía.
Con la Dictadura cívico militar de Pinochet
y los gobiernos que le siguieron, gran parte de la extracción y exportación del
cobre volvió a manos de las empresas transnacionales, superando hoy lo que hace
nuestra empresa estatal Codelco. Al mismo tiempo, buena parte de las
generadoras y proveedoras de luz, agua y otros servicios básicos han seguido el
curso de la extranjerización y hasta en el comercio interno han empezado a
prevalecer las inversiones chinas, las que ya extienden sus dominios también a
buena parte de nuestra agricultura, con lo cual los productores de cerezas, por
ejemplo, temen que quienes son nuestros principales consumidores prefieran
adquirir tierras propias para su cultivo.
A pesar de sus orientaciones vanguardistas, los
últimos gobiernos de la Concertación y de la Nueva Mayoría fueron cediendo
soberanía a los inversionistas foráneos, convirtiéndose Estados Unidos y el
gigante asiático en nuestros principales socios comerciales. De esta forma, no
hay que extrañarse que el gobierno de Estados Undios desee proteger a
las múltiples empresas radicadas en nuestro país. Así como que un desquiciado
gobernante como Donald Trump haya empezado a sancionar a las autoridades
nacionales en el propósito de que nuestro país prefiera a las inversiones de su
país y restringa las relaciones de todo tipo con China. Al caducar la visa de
ingreso a Estados Unidos a tres funcionarios del gobierno de Boric, más que un
castigo al gobierno que ya expira, debemos considerarlo como una seria
advertencia o amenaza al gobierno entrante de José Antonio Kast. Así haya
recibido contundentes manifestaciones de adhesión a la administración imperial
de parte de quienes en apenas 15 día más van a instalarse en La Moneda.
Pero no es solo el comercio el ámbito de interés
estadounidense. Está más que claro que Trump quiere someter a Chile a todos los
despropósitos de su gobierno en política exterior. Ello explica la molestia que
le produjo a Estados Undios la decisión chilena de otorgar ayuda
humanitaria a Cuba. Un país que vuelve a estar en la mira de la invasión armada
como lo hizo con Venezuela y se propone, también, con Canadá, Panamá,
Groenlandia y cualquier territorio que pueda satisfacer la codicia imperial.
Si nuestra soberanía popular está en entredicho por
las influencias que ejercen el dinero y los poderes fácticos en nuestros
diversos comicios electorales, peor aún es lo que empieza a materializarse con
nuestros recursos naturales. Con la independencia, además, que pudiera ejercer
Chile respecto de las relaciones militares y la adquisición de armas en un área
en que Estados Unidos busca ganar hegemonía mundial respecto de otros
fabricantes de armas como Rusia, la misma China y los países aliados de la
OTAN.
Cincuenta estrellas exhibe el pabellón
estadounidense, lo que da cuenta de la progresiva expansión territorial
de esta potencia en la geografía del mundo. A éstas, su demente presidente
quisiera agregar dos o tres más en el menor plazo posible, así sea mediante
toda suerte de presiones, junto con alistar sus armas de destrucción masiva en
todos los continentes. En efecto, la principal amenaza de guerra es la que
provocan las decisiones de Trump, quien tiene también el desvarío de aspirar al
Premio Nobel de la Paz.
En el caso chileno de verdad no podemos temer
grandes cambios con el gobierno que asumirá el próximo 11 de marzo. En
realidad, todo lo obrado en política interna por sus antecesores lo más
probable es que los equipos de Kast extiendan las mismas políticas neoliberales
sacralizadas, desgraciadamente, por los gobiernos de la denominada
centroizquierda. Que se prolonguen situaciones como la aguda falta de
viviendas, la pobreza extrema, las largas listas de espera en la salud, las
profundas asimetrías entre los colegios privados y públicos, entre otras
rémoras. Aunque ojalá sea posible la disminución de la delincuencia y el temor
ciudadano, pero temiendo que Kast se proponga seguir lo obrado por Bukele y el régimen
salvadoreño. Iniciativas tan cuestionadas por las organizaciones de Derechos
Humanos.
En general, lo que es dable esperar es que la
concentración económica se agudice y que los niveles de desempleo y bajos
salarios continúen al servicio de los empresarios nacionales que le brindaron
entusiasta apoyo y, entendemos, financiamiento electoral. Pero nada o muy poco
podemos esperar en materia de soberanía nacional, cuando basta comprobar cómo
partidarios suyos, incluso parlamentarios de derecha, han salido a abogar para
que Chile desahucie la estupenda iniciativa de conectar a Valparaíso con Hong
Kong por debajo de nuestro Océano, a fin de no irritar al Trump que quieren ver
convertido en guía y referente en el destino de nuestro país y de toda la
Región.
Da vergüenza observar a aquellos dirigentes que
desde la derecha mantuvieron en el pasado una postura nacionalista, pero hoy
quieran ver arrodillado a nuestro país ante un sujeto inescrupuloso cuestionado
ampliamente entre la población estadounidense y hasta por los máximos
integrantes de la Corte Suprema de Justicia. Más que confiar en las próximas
autoridades nacionales, habría que esperar que lo que queda de democracia en
Estados Unidos le propine contundentes derrotas electorales a Trump y que, en
lo posible, sea depuesto de su rango presidencial. Si además se considera su
culpabilidad en los más bullados escándalos sexuales, su enriquecimiento
ilícito y otros múltiples vicios que su figura personifica.
Lo subrayado/interpolado
es nuestro.





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