El
“estiércol del diablo” y el affaire Epstein: “Hacer que pudra la moral de
los pueblos no es `daño colateral`, es una estrategia central”...
Tal affaire Epstein no es únicamente un
expediente judicial ni una crónica de excesos individuales, es un síntoma
histórico que desnuda la fragilidad de la salud intelectual de los pueblos y la
violencia simbólica que padecen en una intemperie semiótica cuidadosamente
administrada. En ese espacio saturado de signos, imágenes y relatos
fragmentarios, la verdad aparece deshilachada, sometida a un régimen de
distracciones que anestesia la capacidad crítica colectiva. El caso irrumpe
como un relámpago que ilumina, por un instante, la arquitectura del poder
contemporáneo, pero pronto es envuelto en un manto de ruido, tecnicismos
legales, morbo controlado y silencios estratégicos que neutralizan su potencia
pedagógica. No se trata sólo de delitos atroces cometidos contra cuerpos
vulnerables; se trata de la pedagogía inversa que el poder ejerce cuando logra
que semejante horror no desemboque en una revisión profunda de las estructuras
que lo hicieron posible.
Y ahora, la intemperie semiótica es ese estado en el que los
pueblos reciben signos sin abrigo crítico, expuestos a narrativas que no buscan
comprender sino administrar la indignación. El escándalo se dosifica, se
serializa, se convierte en mercancía informativa y, finalmente, desmoraliza a
los pueblos. La repetición de nombres, cifras y detalles sórdidos produce
saturación y apatía moral. Así, lo que debería provocar conmoción ética
duradera se diluye en el consumo rápido de noticias manipuladas. El problema no
es sólo la falta de información, sino su organización al servicio del
espanto.
En ese contexto, la respuesta gubernamental parece tibia, no
por ausencia de claridad, sino porque ha sido sistemáticamente desarmada. Esa tibieza no es espontánea, es el
resultado de décadas de pedagogía del cinismo. Se enseña, explícita o
implícitamente, que el poder siempre escapa, que la justicia es un teatro
selectivo y que la indignación profunda es ingenua o inútil. El caso Epstein,
con su entramado macabro/degenerado/depravado de élites financieras,
políticas, mediáticas y culturales, confirma esa lección perversa, hay crímenes
que, aun siendo evidentes, no encuentran un castigo político proporcional
cuando rozan el corazón de la oligarquía empresarial plutócrata global.
El mensaje es devastador para la salud intelectual de los pueblos, porque
erosiona la idea misma de responsabilidad histórica. Esa toxicidad macabra de
la oligarquía empresarial plutócrata no se manifiesta sólo en la
acumulación obscena de riqueza, sino en la naturalización de la impunidad...
Es macabra porque se alimenta de la cosificación pedófila
del otro, porque convierte cuerpos en objetos intercambiables y silencios en
placeres plutócratas empresariales oligarcas. Y es tóxica porque
contamina el tejido simbólico, cuando los responsables no enfrentan
consecuencias claras, se instala la noción de que el daño es negociable, que la
ética puede subordinarse al prestigio, al dinero o a la influencia. La muerte,
la violencia y la explotación se vuelven externalidades del éxito. En ese
marco, la tibia reacción institucional no es una falla del sistema, es su
funcionamiento normal.
Sin embargo, el daño más profundo no reside sólo en los
hechos, sino en la forma en que son narrados y procesados socialmente. La
intemperie semiótica impide construir un relato emancipador que vincule el
crimen con sus causas estructurales. Se
personaliza el mal en el apellido Epstein para proteger al sistema que lo
produce. Se habla del “monstruo” como excepción, evitando nombrar la red de
complicidades, los valores que la sostienen y las prácticas económicas que la
legitiman. Al aislar el horror, se protege la normalidad que lo incubó.
Así, la plutócrata empresarial oligarca aparece como espectadora
escandalizada de su propio reflejo, fingiendo sorpresa ante una violencia que
es coherente con su lógica de dominación.
Es necesaria la defensa de la salud intelectual de los
pueblos con mucho más que indignación episódica, se requieren herramientas
críticas para leer el mundo, para conectar los puntos, para resistir la
fragmentación del sentido. Exige una alfabetización política y ética capaz de
transformar el escándalo en conciencia histórica. Cuando esa salud está
debilitada, la sociedad reacciona con espasmos de desprecio que no alteran el
orden existente. Se condena el hecho, se lamenta la tragedia, se espera el
próximo tema. El poder respira aliviado.
Un humanismo radical no puede conformarse con la administración
del escándalo. Debe insistir en la Dignidad
como principio no negociable y en la memoria como práctica política.
Recordar no es repetir morbosamente, sino comprender para transformar. El affaire Epstein
interpela a los pueblos a recuperar su capacidad de juicio, a salir de la
intemperie mediante la construcción colectiva de sentido. No para alimentar el
odio, sino para desactivar la maquinaria que convierte el horror en rutina. La
verdadera respuesta no será nunca tibia cuando la inteligencia colectiva se
asume como responsabilidad histórica y cuando la ética deja de ser un adorno
discursivo para convertirse en una práctica cotidiana de resistencia.
Por eso, la ética de la semiótica se vuelve una exigencia
ineludible frente a la inmovilidad de los gobiernos, porque no basta con
constatar el silencio institucional, es necesario interrogar los sistemas de
signos que lo hacen tolerable. Cuando los estados eligen la parálisis, también
eligen un lenguaje, una coreografía discursiva hecha de eufemismos, dilaciones
procesales y declaraciones vacías que simulan preocupación mientras consolidan
la impunidad. La ética semiótica obliga a desnudar esas operaciones, a mostrar
cómo el poder gobierna no sólo mediante leyes o policías, sino mediante relatos
que normalizan la inacción y transforman la ausencia de justicia en un hecho
administrativo.
Callar, archivar, diluir responsabilidades o desplazar la
atención, no son actos neutros, son decisiones simbólicas que impactan a la
sociedad con la aceptación del abuso pedófilo y necrófilo como parte del
paisaje sin confrontar la mentira, sin romper la anestesia narrativa y sin
devolverle a los pueblos la capacidad de leer críticamente al capitalismo determinista
perverso que impone todo, incluso –y sobre todo– con la complicidad de no
moverse.
Lo subrayado/interpolado es nuestro.
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PROLEGOMENO:
· Cuba resiste la barbarie, la obsesión
del imperialismo estadounidense/yanqui...
· El affaire Jeffrey Epstein en Guatemala, “Cuando la impunidad es sistema, no excepción”...
Día y noche la
dictadura mediática mediatizadora de (in) comunicación globalizada / la
telebasura machaca por orden del
imperialismo estadounidense con el apagón,
el desabastecimiento, la migración y el Estado fallido de Cuba: el
socialismo no funciona..., por el
coro de gusanos apátridas financiados
por la CIA/USA.
Cuba carece de petróleo, ¿Cuál es la causa de la
obsesión del régimen imperialista yanqui por derrocar el gobierno Socialista Cubano?
Una sola, recuperar la isla cubana y con ello el cabaret batistiano que
perdieron con la Revolución del Pueblo Cubano de 1969
Sobre el affaire
de Epstein en Guatemala “la prensa
libre”/la SIP, asociación interamericana de la prensa, ha
guardado un cómplice silencio, la destacada
comunicadora social Andrea Ixchiu
precisó, “la violencia sistémica y racial es perpetuada porque desde el régimen
de Guatemala se la ha permitido.
Documentos del FBI de 2019, identifican
niñas indígenas guatemaltecas como víctimas de la depravación de Epstein y de
la taifa de empresarios plutócratas, políticos degenerados, etc. En la Sodoma y Gomorra occidental de Miami y N. York.
Aquí termina la historia: las victimas permanecen invisibles y sus malditos
perpetradores nunca son nombrados...
La fiscal
Consuelo Porras de Guatemala fue tutora legal de niños indígenas robados en
1982, durante la política de tierra arrasada. Es la continuidad de la violencia
sistémica racial conectada no solo a los 126 registros de niñas indígenas de
los archivos del FBI. Las proxenetas
Porras y Maxwel. Son operadoras de un
perverso degenerado sistema
capitalista determinista globalizado donde las reglas no se aplican a
los poderosos, degenerados corruptos empresarios plutócratas y las
víctimas mujeres, niños y niñas son
tratadas como descartables, prescindibles...
“Degenerados,
depravados del régimen estadounidenses, la impunidad no es eterna, porque
existe la justicia plena” ADDHEE.ONG
Con esperanza y
memoria que el Pueblo Estadounidense, de repente, despierte al sentir el
terror de estar sobreviviendo la arcadia
de la felicidad/American way of life, orwelliana sociedad y se sacuda de ella. Esta tiranía despótica y desalmada de los plutócratas empresarios dueños de la
celestina universal/el dólar, el narcotráfico y la “inteligencia artificial
genocida IAG no ha podido convertir el caos social en felicidad humana en el paraíso
estadounidense/yanqui
Prof. Moreno
Peralta /IWA
Secretario
Ejecutivo Addhee.Ong








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