Derechas e izquierdas – según la teoría de los demonios deterministas -, vicios comunes...
Por Prof. Juan Pablo Cárdenas S. /escritor, académico y analista internacional/ADDHEE.ONG:
En el mundo de hoy son los multimillonarios empresarios los
que se imponen a los gobiernos y a las organizaciones internacionales, mediante
el control de los medios de comunicación, los ejércitos y el comercio mundial.
Con los cuales alientan las guerras, la discriminación étnica y social, ejercen
su influencia sobre las leyes y los jueces, además de favorecer conscientemente
la ignorancia y el atraso de los pueblos para convencer que los millones de
excluidos de que son las ideas de los poderosos las mejores o las únicas viables.
Lo dramático es que las supuestas democracias se dobleguen a
sus encantos y se produzcan resultados electorales en que los Trump, los Milei y
Kast, y tantos otros perturbados se conviertan en sus representantes. Es lo
que ha estado ocurriendo en América Latina y los otros continentes donde habita
el mayor número de desposeídos. Aunque también sucede en Europa, donde se
supone viven los ciudadanos más cultos, y desde donde históricamente han
surgido las ideas más humanistas y reformadoras.
De esta forma es que el dinero crea ilusiones en los pobres,
manipula conciencias y corrompe voluntades. Ni Napoleón, ni el mismo Hitler, Mussolini
o Franco arribaron al poder con
las ideas de derecha. Simplemente se doblegaron a ellas una vez instalados en
los gobiernos, para convertirse en emperadores y dictadores. En sus inicios
fueron políticos vanguardistas, como tantos otros caudillos latinoamericanos
que terminaron oprimiendo a sus pueblos después de sepultar sus ímpetus
revolucionarios. Uno por uno en Argentina, Paraguay, Brasil y en casi todas las
naciones centroamericanas y caribeñas.
También en Chile, hasta hoy, se le rinde tributo a un Arturo
Alessandri Palma, por ejemplo, que viró desde las posiciones más progresistas a
la condición de ser el gobernante que más reprimió a los obreros, campesinos y
estudiantes, mediante aquellas bochornosas “matanzas” alentadas por él y otros
gobernantes autoritarios, como el mismo Diego Portales, dícese el fundador de
nuestra república. Porque la derecha ha sido siempre muy seductora, capaz de detectar
tempranamente a los políticos movidos por la ambición personal. Así como
también es hábil para comprarse el favor de los militares y las policías e,
incluso, la voluntad de los dirigentes sociales que tanta decepción provocan en
trabajadores y organizaciones gremiales.
“Chile: Asilo
contra toda forma de opresión”...
Miles de muertos que siguen sumándose a decenas de mapuches
y ahora también a los inmigrantes, después de valerse de su mano de obra barata
y haberlos traídos desde Haití, Perú, Bolivia, Venezuela, Colombia y otras
naciones hermanas. A los mismos que quieren ahora expulsar, cavarles una
vergonzosa zanja en el desierto o eliminarlos uno por uno en esas diarias
balaceras policiales que poco distinguen entre personas decentes y
delincuentes, y en que nadie les pide justificar sus actos. Todos hemos podido
comprobar cómo se los asalta en sus viviendas precarias, destruyendo sus
modestos enseres en los centenares de campamentos y “rucas” que se obligan a
levantar para subsistir en un país con un enorme déficit habitacional y de
climas tan severos.
Cuentan para todo ello con millones de chilenos que abrazan
los despropósitos del nacionalismo y, hasta se han dejado poseer por el odio
racial. Ese irracional patrioterismo/chovinismo que se expresa tan
neciamente en los estadios por el consumo de drogas del narcotráfico o
las borracheras de Fiestas Patrias, convencidos frívolamente de que
somos el mejor país del mundo, hasta darse cuenta, posteriormente, de nuestra
inferioridad económica y esclava dependencia del exterior. De que la derecha,
en la cual depositó millones de sufragios, en menos de una semana les encarece
la vida, retrotrae la clase media a la pobreza y ésta a la indigencia. Para
comprobar, una vez más en nuestra historia, la codicia empresarial y la
mediocridad de sus políticos devenidos en su guardia pretoriana, ahora otra vez
en La Moneda y, desde siempre, en el Parlamento.
Pero la derecha no tiene toda la culpa de lo que sucede
actualmente en Chile como al otro lado de los Andes. Gran parte del fracaso del
centro y de la izquierda en los últimos comicios se debe a sus propias
inconsecuencias y corrupciones. Por ello es que con tanta certeza se repite “no
hay nada más derechista que un izquierdista en el poder”. La corrupción que
siempre ha acompañado a los políticos esta vez extremó su avidez en los
gobiernos que se autocalificaban de izquierda o de centro izquierda.
Desde el llamado “retorno de la democracia”, no han dejado
de sucederse los escándalos derivados del cohecho, el nepotismo y otros vicios.
Sobresueldos millonarios, tráfico de influencia y malversaciones del erario
público han comprometido a cada uno de los gobiernos que siguieron a Pinochet,
quien a sus crímenes sumó también el enriquecimiento personal y de tantos
cómplices activos y pasivos de la dictadura. Muchos de los cuales siguen
vigentes e impunes en los grandes negocios y la política.
Aunque vinieron presidentes de distinto color político, la
verdad es que los escándalos de la Concertación y de la Nueva Mayoría fueron
comunes, al mismo tiempo que abrazaron las ideas neoliberales heredadas del
régimen de facto, junto con prolongar la vigencia de su Constitución de 1980.
En resumen, para mayor concentración de la riqueza, privatizaciones de
yacimientos y servicios básicos como el agua y la electricidad. Como también de
la educación, la salud y del sistema previsional.
Menos pobres e indigentes que antes, posiblemente, pero
mayor asimetría entre los ingresos de los ricos y la inmensa mayoría del país.
Un abismo sideral entre la calidad de la salud pública y la privada; entre los
establecimientos escolares para los que pueden pagar, y los que son
subvencionados por el Estado. Millones de chilenos sin techo y la prácticamente
nula posibilidad de adquirir hoy una modesta casa o departamento. Cientos de
miles de emprendedores pequeños y medianos que terminan vendiendo sus productos
y servicios a las grandes empresas que son las que obtienen las
multimillonarias utilidades, pagando muy discretos impuestos en relación al IVA
que se nos cobra a todos y que representa la mayor recaudación fiscal. Grandes
empresarios que ahora quieren ver disminuidos sus tributos con el entusiasta
consentimiento de quienes están gobernando.
Es muy pronto para hacer un balance de lo que significó el
gobierno de Gabriel Boric, pero mucho se explica en el contundente triunfo
electoral de su sucesor José Antonio Kast. De lo que sí sabemos es de sus
promesas incumplidas, como la de la “educación gratuita y de calidad”, el fin
de las codiciosas Asociaciones de Fondos de Pensiones (AFPs) y de las isapres
de la salud. También del turbio manejo de los recursos destinados a los pobres,
para ser distraídos en las fundaciones y municipios oficialistas. Controladas
por una nueva entidad política que declaró sin complejos ser de izquierda, pero
muchos de sus militantes terminaron comportándose como la misma derecha y los
partidos otrora también vanguardistas, como el PPD y el Partido Socialista. O
como la propia Democracia Cristiana que ahora quema sus últimos cartuchos en la
política, después de haber sido el primer partido, de haber chilenizado el
cobre, de haber emprendido la reforma agraria y otros avances previos al Golpe
Militar. O el Partido Comunista, de estirpe revolucionaria, pero también muy
rendido a los embrujos del poder.
Cuatro años nos vienen ahora con la ultra derecha en el
poder, cuyo protagonista es el Partido Republicano que se dio el lujo de vencer
electoralmente humillando a la UDI y Renovación Nacional que ahora los tiene de
séquito en La Moneda. Un nuevo período presidencial en que varios de sus
miembros declaran tener las mejores intenciones, incluso una “evangélica”
compasión con los pobres y la clase media, pero que no le ha temblado la mano
para subir en más de un 30 por ciento el precio de los combustibles, reconocer
que vendrá una fuerte inflación y anunciar una política tributaria en favor de
los más ricos. Por culpa, como dicen, “de una guerra que no es de nosotros”, a
pesar de los besamanos de Kast a Trump y los gobernantes más reaccionarios del
mundo.
La esperanza que en realidad le queda al pueblo es la de
mirar hacia la calle, a los miles de estudiantes que vuelven a movilizarse, a
los millones de trabajadores que se resistirán a seguir esperando. En las ideas
que siguen tan vigentes del humanismo y la redención de los oprimidos.
Convenciéndose de que la derecha en La Moneda o la oposición es la que, en
realidad, nos ha gobernado por largas décadas.
Lo subrayado/interpolado
es nuestro.





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