sábado, 11 de abril de 2026

Trump Derrotado: Suspende su Ultimátum y Decreta un Alto el Fuego de Dos Semanas





Trump Derrotado: Suspende su Ultimátum y Decreta un Alto el Fuego de Dos Semanas:

ultima hora, “el alto al fuego continuara mientras este abierto estrecho de Ormuz”... otra derrota yanqui.

Por José Antonio Gómez* – Diario Sabemos/escritor y analista internacional/ADDHEE.ONG:

El presidente de los Estados Unidos demuestra una vez más que es un bocalán que se tiene que tragar sus amenazas en cuanto sus oponentes no caen en la coacción y el chantaje tan habitual en Trump.

La decisión de Donald Trump de conceder una nueva prórroga a Irán no es un simple gesto táctico en el marco de una negociación. Es, en realidad, la manifestación de una estrategia geopolítica basada en la presión máxima, la imprevisibilidad y la diplomacia coercitiva, donde el tiempo se convierte en un instrumento de poder. La ampliación de dos semanas del ultimátum, solicitada por Shehbaz Sharif y respaldada por el estamento militar pakistaní, introduce además un actor clave en el tablero regional: Pakistán como mediador indirecto en una de las crisis más volátiles del sistema internacional. Sin embargo, dentro del mundo de matón de instituto del presidente estadounidense, esta decisión sino que es una derrota.

El epicentro de esta tensión no es otro que el estrecho de Ormuz, uno de los corredores energéticos más estratégicos del planeta. Por esta vía transita aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial, lo que convierte cualquier alteración en su operatividad en un factor de riesgo sistémico para la economía global. La exigencia estadounidense de su apertura “completa, inmediata y segura” revela que, más allá del conflicto militar, lo que está en juego es el control de las rutas energéticas y, por extensión, la estabilidad del mercado internacional.

La prórroga anunciada por Trump a través de su red Truth Social se produce en un contexto de extrema tensión, apenas horas antes de la expiración de un ultimátum que incluía amenazas explícitas de destrucción masiva. Este elemento es clave para entender la lógica de la actual política exterior estadounidense: una combinación de escalada retórica y repliegue táctico que busca maximizar concesiones sin llegar necesariamente al enfrentamiento directo. En este sentido, la decisión de suspender el ataque no implica una desescalada estructural, sino más bien una reconfiguración temporal del conflicto.

El papel de Pakistán en esta ecuación resulta especialmente significativo. Históricamente alineado con intereses occidentales pero con vínculos complejos con el mundo islámico, Islamabad emerge como un intermediario capaz de dialogar tanto con Washington como con Teherán. La intervención de Sharif y del jefe del Estado Mayor, Asim Munir, sugiere una diplomacia de seguridad donde los actores militares adquieren protagonismo en la gestión de crisis internacionales. Esta mediación refuerza la posición de Pakistán como actor geopolítico relevante en un escenario donde las alianzas tradicionales se encuentran en transformación.

Por su parte, Trump presenta la prórroga como un acuerdo de “doble vía”, en el que ambas partes obtienen beneficios. Sin embargo, esta narrativa encierra una lógica asimétrica. Estados Unidos afirma haber alcanzado sus objetivos militares, mientras que Irán se ve presionado a realizar concesiones estratégicas sin garantías claras de reciprocidad a largo plazo. La referencia a una supuesta propuesta iraní de diez puntos apunta a la existencia de canales de negociación activos, pero también evidencia la opacidad que caracteriza este proceso.

Desde una perspectiva geopolítica, la reiteración de ultimátums y su posterior aplazamiento plantea interrogantes sobre la credibilidad de la estrategia estadounidense. La multiplicación de plazos (hasta cinco en pocas semanas) puede interpretarse como una táctica de desgaste, pero también como un síntoma de indecisión, de cálculo erróneo o de que a Trump le han abierto los ojos y le han mostrado que, posiblemente, fue engañado por Israel. En un entorno internacional donde la percepción de firmeza es crucial, estas oscilaciones pueden debilitar la posición negociadora de Washington y ofrecer margen de maniobra a Teherán.

El componente discursivo de la crisis añade una dimensión adicional. Las declaraciones de Trump sobre la posibilidad de destruir “toda una civilización” no solo generan alarma internacional, sino que sitúan el conflicto en un terreno que roza la retórica de guerra total. La reacción de figuras como el papa León, que calificó estas amenazas de inaceptables, evidencia el rechazo global a una escalada que podría tener consecuencias humanitarias devastadoras.

En el ámbito interno estadounidense, la crisis ha reactivado debates constitucionales de gran calado. La invocación de la Vigésimoquinta Enmienda por parte de legisladores demócratas refleja la preocupación por la capacidad del presidente para gestionar una situación de alta complejidad. Este elemento introduce una variable doméstica en la ecuación geopolítica, donde la estabilidad del liderazgo estadounidense se convierte en un factor de incertidumbre internacional.

El estrecho de Ormuz, en este contexto, se consolida como un punto de fricción global donde convergen intereses energéticos, militares y políticos. Su cierre o apertura no solo afecta a Irán y Estados Unidos, sino a potencias como China, India o la Unión Europea, altamente dependientes del suministro energético que transita por esta ruta. La internacionalización del conflicto es, por tanto, inevitable.

La estrategia de Trump también debe analizarse en relación con su aproximación general a Oriente Próximo. La coordinación con Israel en operaciones militares y la presión simultánea sobre Irán sugieren un intento de redefinir el equilibrio regional en favor de aliados tradicionales de Washington. Sin embargo, esta política conlleva riesgos significativos, incluyendo la posibilidad de una escalada regional que involucre a múltiples actores estatales y no estatales.

Irán, por su parte, afronta un dilema estratégico. Ceder a las demandas estadounidenses podría interpretarse como una señal de debilidad interna y externa, mientras que resistir aumenta el riesgo de un conflicto abierto. En este escenario, la diplomacia indirecta a través de actores como Pakistán se convierte en una herramienta clave para evitar una confrontación directa.

La prórroga de dos semanas no resuelve el conflicto, pero redefine sus términos. Introduce un margen temporal para la negociación, pero también prolonga la incertidumbre. En términos geopolíticos, este tipo de decisiones tienen efectos acumulativos: cada aplazamiento, cada amenaza y cada concesión contribuyen a moldear un nuevo equilibrio de poder.

*Director de Diario Sabemos. Escritor y analista político. Autor de los ensayos políticos «Gobernar es repartir dolor», «Regeneración», «El líder que marchitó a la Rosa», «IRPH: Operación de Estado» y de las novelas «Josaphat» y «El futuro nos espera».

¿Quién Decide lo que Es Legítimo?

Por Ramzy Baroud- Rebelión/escritor y analista internacional/ADDHEE.ONG

Se invoca la “seuda” democracia como legitimidad moral en la maldita guerra imperialista, mientras que la autoridad de Irán descansa sobre unas complejas bases políticas, religiosas e históricas.

Sin embargo, la Democracia no es el enemigo, lo es manipularla.

El discurso político occidental ha equiparado durante décadas la legitimidad con las elecciones, números que se cuentan en un solo día, certificados por unas instituciones que, a su vez, operan dentro de sistemas moldeados por un inmenso poder financiero. El resultado es una preocupante simplificación: la legitimidad es más procedimental que moral.

En Estados Unidos la democracia funciona dentro de una economía política profundamente influenciada por la financiación corporativa, las estructuras de lobby y la propiedad concentrada de los medios. No se informa meramente a la opinión pública, se la manipula. Existe la competencia electoral, pero dentro de los límites trazados por la riqueza y la continuidad institucional.

Sin embargo, cuando Donald Trump gana unas elecciones, la legitimidad se considera absoluta. Poco importa que se enfrente a acusaciones que van desde conducta criminal hasta extralimitación constitucional. Poco importa que sus políticas puedan violar el derecho humanitario internacional, poco importa que las acciones militares de su gobierno provoquen la muerte de civiles en el extranjero.

Es legítimo porque el recuento de votos fue correcto.

La suposición es clara: la democracia santifica el poder automáticamente, pero el éxito electoral no neutraliza los crímenes de guerra. No borra las violaciones del derecho internacional, no transforma unas políticas cuestionadas en verdades morales.

La democracia es valiosa, pero no es un elemento de disuasión moral.

El escudo “seudo” democrático del sionismo colonialista israelí.

En ningún lugar esta tendencia es más visible como en Israel.

La pretensión de Israel de ser «la única democracia en Oriente Medio» ha servido durante mucho tiempo como armadura diplomática. La frase se invoca no meramente como una descripción política, sino como una exención del escrutinio.

A pesar de que Benjamín Netanyahu se enfrenta a acciones legales nacionales, internacionales y a acusaciones relacionadas con el genocidio de Gaza, sigue presentando el marco democrático de Israel como prueba de su posición moral, las elecciones se citan como prueba de legitimidad y el debate parlamentario se ofrece como prueba de un equilibrio político saludable.

Pero la democracia no anula la ocupación militar, no legaliza el castigo colectivo, no absuelve de violaciones graves del derecho internacional humanitario y no hace que el genocidio sea permisible.

La cuestión no es que Israel celebre elecciones, la cuestión es cómo se utiliza el lenguaje de la democracia para marginar las acusaciones de genocidio y reformular la agresión militar como el comportamiento propio de un Estado civilizado que se defiende a sí mismo.

Desde la Segunda Guerra Mundial a menudo se ha recurrido retóricamente a la democracia para justificar cambios de régimen, invasiones y «guerras preventivas». Irak fue invadido en nombre de la liberación, Afganistán fue ocupado bajo el estandarte de la libertad y las intervenciones en América Latina, África y el Oriente Medio se presentan habitualmente como esfuerzos por defender los valores democráticos.

El problema no es la democracia, sino el excepcionalismo democrático: creer que una estructura electoral de un Estado le otorga inmunidad moral.

El relato iraní

La misma lógica conforma el discurso bélico en torno a Irán.

Se suele calificar a Irán de ilegítimo porque no cumple con las normas democráticas liberales occidentales. Los llamados a un cambio de régimen no se enmarcan simplemente como cálculos estratégicos, sino como imperativos morales.

Incluso quienes son críticos con Trump o Netanyahu frecuentemente operan dentro de este marco. Pueden oponerse a políticas específicas, pero aceptan la premisa más amplia de que las democracias occidentales poseen una autoridad moral inherente, mientras que los sistemas no occidentales deben demostrar su legitimidad.

Este binomio es profundamente perverso.

Cuando se asume la superioridad moral, las víctimas civiles se vuelven desafortunadas pero tolerables, las sanciones que devastan las economías se convierten en herramientas de disciplina, la escalada militar se convierte en una defensa basada en principios. El derecho internacional se vuelve selectivo y vinculante para los adversarios, flexible para los aliados.

Cuando el lenguaje de la democracia se utiliza como arma, se transforma en un escudo retórico tras del cual opera el poder con una responsabilidad mermada.

La legitimidad de Irán

Para entender la resistencia de Irán, hay que ir más allá de lo caricaturesco.

Irán no es una democracia liberal en el sentido occidental, pero tampoco es una autocracia simplista que se mantiene únicamente gracias a la coerción. Su legitimidad proviene de un complejo sistema político arraigado en la historia, la religión y el modelo institucional.

En la cúspide se encuentra el Líder Supremo, elegido por la Asamblea de Expertos, un organismo establecido por la constitución y compuesto por juristas islámicos electos. La propia Asamblea se elige a través de elecciones nacionales y tiene la autoridad de nombrar y supervisar al Líder Supremo.

Esta estructura refleja la doctrina de Wilayat al-Faqih , la tutela del jurista islámico. En el pensamiento político chiita esta doctrina fusiona la autoridad religiosa con la supervisión política, que emergen tanto de la tradición jurisprudencial como de la ideología revolucionaria.

Sin embargo, el sistema iraní no es exclusivamente religioso...

El presidente se elige por votación popular. Se elige el parlamento (Majles), las facciones políticas compiten dentro de unos parámetros constitucionales definidos. Instituciones como el Consejo de Guardianes supervisan la legislación y las elecciones para asegurar la continuidad constitucional e ideológica.

Quienes lo critican sostienen que estos mecanismos restringen el pluralismo, mientras que sus partidarios afirman que preservan la coherencia y la soberanía.

Independientemente de la posición que se tenga, la legitimidad en Irán proviene de múltiples fuentes:

– La legitimidad revolucionaria de la Revolución Islámica de 1979.

– La legitimidad religiosa arraigada en la jurisprudencia chiíta.

– La legitimidad electoral a través de la recurrente participación pública.

– La legitimidad nacionalista fortalecida por la resistencia a las presiones extranjeras.

Estas formas no reflejan los patrones liberales occidentales, pero la legitimidad es cultural e históricamente contextual, no es un molde universal.

Estas estructuras gozan de suficiente aceptación dentro de Irán como para mantener la continuidad política, incluso bajo una inmensa presión externa.

La supervivencia como prueba

Irán ha soportado durante cuatro décadas una guerra devastadora contra Irak, décadas de sanciones, aislamiento económico, operaciones cibernéticas, asesinatos de altos funcionarios y repetidas amenazas militares.

Los Estados carentes de legitimidad estructural colapsan bajo semejante presión acumulada, se fragmentan internamente o se desintegran institucionalmente.

Esto no implica unanimidad, han estallado protestas, existen divisiones políticas y los problemas económicos son reales. Pero la legitimidad no es la ausencia de desacuerdo, sino la presencia de una cohesión suficiente.

Cuando se intensifica la confrontación externa, se suele fortalecer la consolidación nacional. En contextos existenciales, las poblaciones se unen en torno a la soberanía, aun cuando critiquen la gobernanza.

El discurso occidental/USA, Unión Europea/OTAN, Inglaterra, Japón, Canadá y el patio trasero latinoamericano/yanqui suele suponer que es inevitable que colapse el régimen en Irán si se intensifica lo suficiente la presión, una suposición que ha demostrado ser incorrecta una y otra vez.

La cuestión de la legitimidad

El debate no es democracia frente a no democracia, sino autenticidad frente a manipulación.

La democracia es un sistema de gobierno valioso cuando opera con transparencia y dentro de los límites de la ley. Pero cuando se utiliza el marketing de la democrática para justificar la guerra, para proteger a los dirigentes de la asunción de responsabilidades o normalizar las violaciones del derecho internacional, se convierte en un instrumento retórico de poder.

Estados Unidos e Israel invocan la legitimidad electoral para considerar que la escalada militar está fundada moralmente. Irán, mientras tanto, deriva su legitimidad de un modelo híbrido que fusiona la religión, la revolución y las instituciones republicanas.

Un sistema se promociona en todo el mundo, mientras que el otro se deslegitima en todo el mundo. Sin embargo, su perseverancia habla por sí misma.

Lo subrayado/interpolado es nuestro.

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