Trump Derrotado: Suspende su Ultimátum y Decreta un Alto el Fuego de Dos Semanas:
ultima hora, “el alto al fuego continuara
mientras este abierto estrecho de Ormuz”... otra derrota yanqui.
El presidente de los Estados Unidos demuestra una vez más que es un
bocalán que se tiene que tragar sus amenazas en cuanto sus oponentes no caen en
la coacción y el chantaje tan habitual en Trump.
El epicentro de esta tensión no es otro que el estrecho de Ormuz, uno de
los corredores energéticos más estratégicos del planeta. Por esta vía transita
aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial, lo que convierte
cualquier alteración en su operatividad en un factor de riesgo sistémico para
la economía global. La exigencia estadounidense de su apertura “completa,
inmediata y segura” revela que, más allá del conflicto militar, lo que está en
juego es el control de las rutas energéticas y, por extensión, la estabilidad
del mercado internacional.
La prórroga anunciada por Trump a través de su red Truth Social se
produce en un contexto de extrema tensión, apenas horas antes de la expiración
de un ultimátum que incluía amenazas explícitas de destrucción masiva. Este
elemento es clave para entender la lógica de la actual política exterior
estadounidense: una combinación de escalada retórica y repliegue táctico que
busca maximizar concesiones sin llegar necesariamente al enfrentamiento
directo. En este sentido, la decisión de suspender el ataque no implica una
desescalada estructural, sino más bien una reconfiguración temporal del
conflicto.
El papel de Pakistán en esta ecuación resulta especialmente
significativo. Históricamente alineado con intereses occidentales pero con
vínculos complejos con el mundo islámico, Islamabad emerge como un
intermediario capaz de dialogar tanto con Washington como con Teherán. La
intervención de Sharif y del jefe del Estado Mayor, Asim Munir, sugiere una
diplomacia de seguridad donde los actores militares adquieren protagonismo en
la gestión de crisis internacionales. Esta mediación refuerza la posición de
Pakistán como actor geopolítico relevante en un escenario donde las alianzas
tradicionales se encuentran en transformación.
Por su parte, Trump presenta la prórroga como un acuerdo de “doble vía”,
en el que ambas partes obtienen beneficios. Sin embargo, esta narrativa
encierra una lógica asimétrica. Estados Unidos afirma haber alcanzado sus
objetivos militares, mientras que Irán se ve presionado a realizar concesiones
estratégicas sin garantías claras de reciprocidad a largo plazo. La referencia
a una supuesta propuesta iraní de diez puntos apunta a la existencia de canales
de negociación activos, pero también evidencia la opacidad que caracteriza este
proceso.
Desde una perspectiva geopolítica, la reiteración de ultimátums y su
posterior aplazamiento plantea interrogantes sobre la credibilidad de la
estrategia estadounidense. La multiplicación de plazos (hasta cinco en pocas
semanas) puede interpretarse como una táctica de desgaste, pero también como un
síntoma de indecisión, de cálculo erróneo o de que a Trump le han abierto los
ojos y le han mostrado que, posiblemente, fue engañado por Israel. En un
entorno internacional donde la percepción de firmeza es crucial, estas
oscilaciones pueden debilitar la posición negociadora de Washington y ofrecer
margen de maniobra a Teherán.
El componente discursivo de la crisis añade una dimensión adicional. Las
declaraciones de Trump sobre la posibilidad de destruir “toda una civilización”
no solo generan alarma internacional, sino que sitúan el conflicto en un
terreno que roza la retórica de guerra total. La reacción de figuras como el
papa León, que calificó estas amenazas de inaceptables, evidencia el rechazo
global a una escalada que podría tener consecuencias humanitarias devastadoras.
En el ámbito interno estadounidense, la crisis ha reactivado debates
constitucionales de gran calado. La invocación de la Vigésimoquinta Enmienda
por parte de legisladores demócratas refleja la preocupación por la capacidad
del presidente para gestionar una situación de alta complejidad. Este elemento
introduce una variable doméstica en la ecuación geopolítica, donde la
estabilidad del liderazgo estadounidense se convierte en un factor de
incertidumbre internacional.
El estrecho de Ormuz, en este contexto, se consolida como un punto de
fricción global donde convergen intereses energéticos, militares y políticos.
Su cierre o apertura no solo afecta a Irán y Estados Unidos, sino a potencias
como China, India o la Unión Europea, altamente dependientes del suministro energético
que transita por esta ruta. La internacionalización del conflicto es, por
tanto, inevitable.
La estrategia de Trump también debe analizarse en relación con su
aproximación general a Oriente Próximo. La coordinación con Israel en
operaciones militares y la presión simultánea sobre Irán sugieren un intento de
redefinir el equilibrio regional en favor de aliados tradicionales de
Washington. Sin embargo, esta política conlleva riesgos significativos,
incluyendo la posibilidad de una escalada regional que involucre a múltiples
actores estatales y no estatales.
Irán, por su parte, afronta un dilema estratégico. Ceder a las demandas
estadounidenses podría interpretarse como una señal de debilidad interna y
externa, mientras que resistir aumenta el riesgo de un conflicto abierto. En
este escenario, la diplomacia indirecta a través de actores como Pakistán se
convierte en una herramienta clave para evitar una confrontación directa.
La prórroga de dos semanas no resuelve el conflicto, pero redefine sus
términos. Introduce un margen temporal para la negociación, pero también
prolonga la incertidumbre. En términos geopolíticos, este tipo de decisiones
tienen efectos acumulativos: cada aplazamiento, cada amenaza y cada concesión
contribuyen a moldear un nuevo equilibrio de poder.
*Director de Diario Sabemos. Escritor y analista político. Autor de los
ensayos políticos «Gobernar es repartir dolor», «Regeneración», «El líder que
marchitó a la Rosa», «IRPH: Operación de Estado» y de las novelas «Josaphat» y
«El futuro nos espera».
¿Quién Decide lo que Es
Legítimo?
Por Ramzy Baroud- Rebelión/escritor
y analista internacional/ADDHEE.ONG
Se invoca la “seuda” democracia
como legitimidad moral en la maldita guerra imperialista,
mientras que la autoridad de Irán descansa sobre unas complejas bases
políticas, religiosas e históricas.
Sin
embargo, la Democracia no es el enemigo, lo
es manipularla.
El
discurso político occidental ha equiparado durante décadas la legitimidad con
las elecciones, números que se cuentan en un solo día, certificados por unas
instituciones que, a su vez, operan dentro de sistemas moldeados por un inmenso
poder financiero. El resultado es una preocupante simplificación: la
legitimidad es más procedimental que moral.
En
Estados Unidos la democracia funciona dentro de una economía política
profundamente influenciada por la financiación corporativa, las estructuras de lobby y
la propiedad concentrada de los medios. No se informa meramente a la opinión
pública, se la manipula. Existe la competencia electoral, pero dentro de los
límites trazados por la riqueza y la continuidad institucional.
Sin
embargo, cuando Donald Trump gana unas elecciones, la legitimidad se considera
absoluta. Poco importa que se enfrente a acusaciones que van desde conducta
criminal hasta extralimitación constitucional. Poco importa que sus políticas
puedan violar el derecho humanitario internacional, poco importa que las acciones
militares de su gobierno provoquen la muerte de civiles en el extranjero.
Es
legítimo porque el recuento de votos fue correcto.
La
suposición es clara: la democracia santifica el poder automáticamente, pero el
éxito electoral no neutraliza los crímenes de guerra. No borra las violaciones
del derecho internacional, no transforma unas políticas cuestionadas en
verdades morales.
La
democracia es valiosa, pero no es un elemento de disuasión moral.
El escudo “seudo” democrático del
sionismo colonialista israelí.
En
ningún lugar esta tendencia es más visible como en Israel.
La
pretensión de Israel de ser «la única democracia en Oriente Medio» ha servido
durante mucho tiempo como armadura diplomática. La frase se invoca no meramente
como una descripción política, sino como una exención del escrutinio.
A
pesar de que Benjamín Netanyahu se enfrenta a acciones legales nacionales, internacionales
y a acusaciones relacionadas con el genocidio de Gaza, sigue presentando el
marco democrático de Israel como prueba de su posición moral, las elecciones se
citan como prueba de legitimidad y el debate parlamentario se ofrece como
prueba de un equilibrio político saludable.
Pero la democracia no anula la
ocupación militar, no legaliza el castigo colectivo, no absuelve de violaciones
graves del derecho internacional humanitario y no hace que el genocidio sea
permisible.
La cuestión no es que Israel
celebre elecciones, la cuestión es cómo se utiliza el lenguaje de la democracia
para marginar las acusaciones de genocidio y reformular la agresión militar
como el comportamiento propio de un Estado civilizado que se defiende a sí
mismo.
Desde
la Segunda Guerra Mundial a menudo se ha recurrido retóricamente a la
democracia para justificar cambios de régimen, invasiones y «guerras
preventivas». Irak fue invadido en nombre de la liberación, Afganistán fue
ocupado bajo el estandarte de la libertad y las intervenciones en América
Latina, África y el Oriente Medio se presentan habitualmente como esfuerzos por
defender los valores democráticos.
El
problema no es la democracia, sino el excepcionalismo democrático: creer que
una estructura electoral de un Estado le otorga inmunidad moral.
El relato iraní
La
misma lógica conforma el discurso bélico en torno a Irán.
Se
suele calificar a Irán de ilegítimo porque no cumple con las normas
democráticas liberales occidentales. Los llamados a un cambio de régimen no se
enmarcan simplemente como cálculos estratégicos, sino como imperativos morales.
Incluso
quienes son críticos con Trump o Netanyahu frecuentemente operan dentro de este
marco. Pueden oponerse a políticas específicas, pero aceptan la premisa más
amplia de que las democracias occidentales poseen una autoridad moral
inherente, mientras que los sistemas no occidentales deben demostrar su
legitimidad.
Este
binomio es profundamente perverso.
Cuando
se asume la superioridad moral, las víctimas civiles se vuelven desafortunadas
pero tolerables, las sanciones que devastan las economías se convierten en
herramientas de disciplina, la escalada militar se convierte en una defensa
basada en principios. El derecho internacional se vuelve selectivo y vinculante
para los adversarios, flexible para los aliados.
Cuando
el lenguaje de la democracia se utiliza como arma, se transforma en un escudo
retórico tras del cual opera el poder con una responsabilidad mermada.
La legitimidad de Irán
Para
entender la resistencia de Irán, hay que ir más allá de lo caricaturesco.
Irán
no es una democracia liberal en el sentido occidental, pero tampoco es una
autocracia simplista que se mantiene únicamente gracias a la coerción. Su
legitimidad proviene de un complejo sistema político arraigado en la historia,
la religión y el modelo institucional.
En la cúspide se encuentra el
Líder Supremo, elegido por la Asamblea de Expertos, un organismo establecido
por la constitución y compuesto por juristas islámicos electos. La propia
Asamblea se elige a través de elecciones nacionales y tiene la autoridad de
nombrar y supervisar al Líder Supremo.
Esta
estructura refleja la doctrina de Wilayat al-Faqih ,
la tutela del jurista islámico. En el pensamiento político chiita esta doctrina
fusiona la autoridad religiosa con la supervisión política, que emergen tanto
de la tradición jurisprudencial como de la ideología revolucionaria.
Sin embargo, el sistema iraní no
es exclusivamente religioso...
El
presidente se elige por votación popular. Se elige el parlamento (Majles), las
facciones políticas compiten dentro de unos parámetros constitucionales
definidos. Instituciones como el Consejo de Guardianes supervisan la legislación
y las elecciones para asegurar la continuidad constitucional e ideológica.
Quienes
lo critican sostienen que estos mecanismos restringen el pluralismo, mientras
que sus partidarios afirman que preservan la coherencia y la soberanía.
Independientemente
de la posición que se tenga, la legitimidad en Irán proviene de múltiples
fuentes:
–
La legitimidad revolucionaria de la Revolución Islámica de 1979.
–
La legitimidad religiosa arraigada en la jurisprudencia chiíta.
–
La legitimidad electoral a través de la recurrente participación pública.
–
La legitimidad nacionalista fortalecida por la resistencia a las presiones
extranjeras.
Estas formas no reflejan los
patrones liberales occidentales, pero la legitimidad es cultural e
históricamente contextual, no es un molde universal.
Estas
estructuras gozan de suficiente aceptación dentro de Irán como para mantener la
continuidad política, incluso bajo una inmensa presión externa.
La supervivencia como prueba
Irán
ha soportado durante cuatro décadas una guerra devastadora contra Irak, décadas
de sanciones, aislamiento económico, operaciones cibernéticas, asesinatos de
altos funcionarios y repetidas amenazas militares.
Los
Estados carentes de legitimidad estructural colapsan bajo semejante presión
acumulada, se fragmentan internamente o se desintegran institucionalmente.
Esto
no implica unanimidad, han estallado protestas, existen divisiones políticas y
los problemas económicos son reales. Pero la legitimidad no es la ausencia de
desacuerdo, sino la presencia de una cohesión suficiente.
Cuando
se intensifica la confrontación externa, se suele fortalecer la consolidación
nacional. En contextos existenciales, las poblaciones se unen en torno a la
soberanía, aun cuando critiquen la gobernanza.
El discurso occidental/USA, Unión
Europea/OTAN, Inglaterra, Japón, Canadá y el patio trasero latinoamericano/yanqui
suele suponer que es inevitable que colapse el régimen en Irán si se
intensifica lo suficiente la presión, una suposición que ha demostrado ser
incorrecta una y otra vez.
La cuestión de la legitimidad
El debate no es democracia frente
a no democracia, sino autenticidad frente a manipulación.
La
democracia es un sistema de gobierno valioso cuando opera con transparencia y
dentro de los límites de la ley. Pero cuando se utiliza el marketing de
la democrática para justificar la guerra, para proteger a los dirigentes de la
asunción de responsabilidades o normalizar las violaciones del derecho
internacional, se convierte en un instrumento retórico de poder.
Estados Unidos e Israel invocan
la legitimidad electoral para considerar que la escalada militar está fundada
moralmente. Irán, mientras tanto, deriva su legitimidad de un modelo híbrido
que fusiona la religión, la revolución y las instituciones republicanas.
Un
sistema se promociona en todo el mundo, mientras que el otro se deslegitima en
todo el mundo. Sin embargo, su perseverancia habla por sí misma.
Lo
subrayado/interpolado es nuestro.




No hay comentarios:
Publicar un comentario