EL DECLIVE DEL IMPERIO ESTADOUNIDENSE, ¡LE ESTÁ LLEGANDO SU HORA!...
Por Àngel Ferrero/escritor, periodista y analista internacional/ADDHEE.ONG:
Al igual que las bestias acorraladas, alerta, “los imperios en declive suelen ser osados y vengativos, atacan en todas direcciones, asumen riesgos descabellados, actúan sin un plan coherente y causan estragos por todas partes”.
La voluntad de un repliegue de su influencia en el hemisferio occidental/USA/Unión Europea/OTAN, Canadá, Inglaterra, Japón y el patio trasero latinoamericano estadounidense, los crecientes problemas internos del país e incluso la victoria de Donald Trump en las pasadas elecciones presidenciales han sido interpretadas por algunos comentaristas como signos de declive de los Estados Unidos. Al mismo tiempo, el secuestro del presidente de Venezuela, las ambiciones territoriales sobre Groenlandia, las presiones económicas a la Unión Europea, la campaña de bombardeos contra Irán en curso o el estrechamiento del cerco sobre Cuba han sido consideradas por otros como muestras de un imperialismo estadounidense revitalizado. ¿Estamos ante una nueva fase del imperialismo estadounidense, más virulento, o, por el contrario, este recurso a la fuerza y el chantaje abierto es, más bien, un intento desesperado para no perder su influencia y predominio, sobre todo en el hemisferio occidental y en Europa?
Muchos analistas parecen inclinarse, pese a todo, por lo segundo. El economista alemán Wolfgang Münchau, por ejemplo, escribía días atrás en Unherd que la desconexión parcial de la política exterior estadounidense de Europa obedece a un caso clásico de sobreestiramiento (overstretching), puesto que el régimen estadounidense se prepara “para el peor escenario posible: un ataque chino a Taiwan unido a un ataque simultáneo ruso contra Europa occidental y un ataque norcoreano contra Corea del Sur.” “Si se piensa estratégicamente”, continúa Münchau, “es claro que EEUU no puede librar simultáneamente una guerra en Asia oriental y en Europa”, y ello explicaría que el régimen estadounidense empuje desde hace años a Bruselas a aumentar sus inversiones en defensa. “Hemos visto un declive constante del gasto europeo en defensa en términos generales. Hay excepciones –como Polonia, como Estonia– pero en la mayor parte hemos visto un declive constante. Esto tiene que cambiar.” Estas palabras no son de Trump, como podría pensarse, sino de Barack Obama en rueda de prensa en el año 2014.
McCoy: Estados Unidos tiene una cita en Samara
Para el historiador Alfred McCoy, los Estados Unidos son claramente “un imperio en declive”. Según McCoy en una entrevista para Democracy Now!, los imperios en declive pueden diagnosticarse por una combinación fatídica de problemas externos e internos. En el primer caso, se “envían tropas al extranjero, en su vertiginoso declive, pensando que algún tipo de intervención militar logrará volver a recuperar el poder global que se les está escapando de las manos.” En el segundo, está la acumulación de problemas económicos y sociales, que lleva a la polarización política y, finalmente, a intentos cada vez más antidemocráticos de hacerse con el poder, gestionarlo y conservarlo. “Creo que lo que hay que hacer es darse cuenta de que somos un imperio en declive, y que nos retorcemos en este tipo de irracionalidad, especialmente en el ámbito internacional”, comenta, y esto, apostilla, “continuará durante otra década o dos, hasta que el poder, el poder estadounidense, finalmente se desvanezca.”
Este historiador ha expuesto sus ideas con mayor detalle en un artículo publicado en Tom Dispatch. McCoy comienza su artículo recordando la parábola del mercader de Bagdad que envió a su criado al mercado y regresó aterrorizado, pues allí se había encontrado con una mujer que era la Muerte y le había hecho, desde lejos, un gesto amenazador. Para escapar de ella, el criado imploró al mercader poder huir a la ciudad de Samara, donde la Muerte no lo encontraría. El mercader se apiadó de su criado y le entregó sin demora un caballo, con el que éste huyó a galope a Samara, a la que llegó más tarde de noche. Aquella misma tarde el mercador encontró a la Muerte en el bazar y le preguntó por qué había amenazado a su criado. “No era un gesto de amenaza”, respondió la Muerte, “sino de sorpresa: no esperaba encontrármelo en Bagdad porque tenía una cita con él esta misma noche en Samara.” Para McCoy, Estados Unidos tiene “una cita en Samara”, por mucho que galope en dirección opuesta.
“Desde que Sargón el Grande de Asiria fundó el primer imperio transregional de la historia en el 2.300 AC el mundo ha sido testigo de una sucesión de unos 200 imperios”, escribe McCoy. “A lo largo de esos 4.000 años”, sigue, “cada uno de esos imperios creció y alcanzó su apogeo, tan poderoso que parecía eterno, sólo para decaer y finalmente desintegrarse, dando paso a la siguiente realidad imperial.” Según McCoy, EEUU podría estar adentrándose en esa fase después de haber alcanzado su apogeo tras el fin de la guerra fría, cuando Francis Fukuyama publicó un artículo proclamando nada menos que “el fin de la historia” debido a la “universalización de la democracia liberal occidental como forma definitiva de gobierno” y ante el “agotamiento de alternativas sistémicas viables” y la “expansión ineluctable de la cultura de consumo occidental”, incluso entre los dos antiguos adversarios sistémicos de Estados Unidos, China y Rusia.
En menos de dos décadas esa impresión comenzó a tambalearse. McCoy cita unos cuantos ejemplos de ello, como el pronóstico del Fondo Monetario Internacional (FMI) de que, en términos de paridad de poder adquisitivo (PPP), China, con un 20%, encabeza la lista, seguido por Estados Unidos, con un 15%, y la Unión Europea, con un 14%. “A medida que la superioridad económica del país, la fundación de su hegemonía global comenzó a retroceder, los dirigentes en Estados Unidos hicieron algunas decisiones cuestionables sobre Oriente Medio y también que China que contribuyeron a la erosión de su influencia internacional.” Trump no habría hecho más que acelerar este proceso.
Mohadensi: “No un signo de fuerza, sino de debilidad”
Éste es un diagnóstico compartido, a grandes rasgos, por otro historiador, Salar Mohandesi. En un artículo para la revista Jacobin, Mohandesi afirma que “por aterradoras que estas ofensivas imperialistas puedan ser, no son un signo de fuerza, sino de debilidad” y “no simplemente la debilidad de individuos que están al mando, sino de los Estados Unidos en su conjunto.” Aunque “la senilidad de Biden y la caprichosidad de Trump ciertamente han desempeñado un papel, la aterradora trayectoria del imperialismo estadounidense tiene su origen en acontecimientos más profundos.”
“Uno por uno”, escribe Mohandesi, “los principales factores que alguna vez lo hicieron tan poderoso han comenzado a desmoronarse.” Estados Unidos, por ejemplo, “ha perdido su ventaja tecnológica en muchos campos, y la reciente guerra de Trump contra las universidades solo ampliará la brecha, retrasando la investigación y el desarrollo de EEUU durante décadas.” También la economía estadounidense/bancarrota “se encuentra en una situación delicada” y Mohadensi cita su “déficit sin precedentes” y cómo gran parte de la economía “está ligada a activos especulativos como los inmuebles, las acciones, los metales preciosos, las criptomonedas y una burbuja de inteligencia artificial”, mientras “rivales como China no solo están alcanzando a Estados Unidos, sino que lo están superando en aspectos importantes.” Así, señala este historiador, mientras, “las principales exportaciones de China a Estados Unidos han sido productos electrónicos, la principal exportación de Estados Unidos a China en los últimos años ha sido la soja.”
Como consecuencia de ello, “el tejido social de la vida estadounidense se desmorona, con un coste de vida que se dispara, un sistema sanitario disfuncional”, e incluso una sucesión de “tiroteos en masa” y un incremento del racismo, al punto que “para muchas personas, este país no es un lugar seguro, estable o agradable para vivir: según una encuesta, solo el 13 % de los jóvenes estadounidenses cree que su país va por buen camino.” En efecto, “la legitimidad interna del Estado estadounidense se ha desplomado y la confianza en las principales instituciones del país –los medios de comunicación, las universidades, el propio Estado– se encuentra en su nivel más bajo.”
Finalmente, Mohadensi menciona cómo régimen estadounidense ha terminado por alienar “a sus aliados europeos, que, en cualquier caso, son mucho más débiles que en los años cincuenta y sesenta”, mientras ha tensado las relaciones con otros aliados, como la India, “y ha infligido un daño permanente al orden internacional que construyó después de la Segunda Guerra Mundial.” “Al carecer de una gran visión organizativa, o de los medios para hacerla realidad aunque la tuvieran”, explica, “los imperialistas estadounidenses están echando mano de todo lo que tienen a su alcance para ver si pueden revertir el declive imperial: apoyan genocidios, imponen aranceles, secuestran a líderes extranjeros, presionan a sus vasallos europeos, libran guerras por control del narcotrafico, atacan a los inmigrantes, aceleran el cambio de régimen en el extranjero, promueven la supremacía blanca y destrozan el orden internacional.” Sin embargo, “ninguna de estas espectaculares maniobras ha logrado resolver la crisis del imperio, por lo que siguen subiendo la apuesta.”
Mohadensi finaliza su artículo con una advertencia: incluso si damos por hecho que el imperialismo estadounidense está en declive, “no está ni mucho menos acabado, y sus frenéticos esfuerzos por salvarse probablemente lo harán aún más amenazador en los próximos años.” Al igual que las bestias acorraladas, alerta, “los imperios en declive suelen ser osados y vengativos, atacan en todas direcciones, asumen riesgos descabellados, actúan sin un plan coherente y causan estragos por todas partes.”
Lo subrayado/interpolado es nuestro



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