¡Qué vergüenza, los resultados de las recientes elecciones presidenciales y parlamentarias en Chile!.
Soy de los chilenos que siente vergüenza por los
resultados de las recientes elecciones presidenciales y parlamentarias.
Especialmente por los votos obtenidos por los tres candidatos francamente
pinochetistas, que superaron el 50 por ciento de los sufragios. Sabemos que
vamos a enfrentar en un mes más una segunda vuelta electoral, en la cual la
unidad de la derecha tiene la gran posibilidad de reinstalar a un candidato de
sus filas en La Moneda, heredero de la dictadura cívico militar
pinochetista...
Siento vergüenza, también, por una de las
principales causas de la victoria de la derecha. Esto es el fracasado gobierno
de Gabriel Boric, como la continua corrupción política, con episodios
bochornosos que involucran a quienes se ofrecieron para “suprimir las malas
prácticas” de los gobiernos anteriores, de los legisladores, alcaldes y de esos
miles de funcionarios públicos contratados por la administración pública nada
más que por su militancia partidaria y su falta de escrúpulos.
Desde hace años nuestro Estado se ha convertido en
el botín de los gobernantes o de la llamada “clase política”. Sucesivos jefes
de Estado, partidos y subalternos designados para servir por sobre los
intereses del país a quienes detentan el poder, administran la caja fiscal y
lucran del negocio más rentable, cual es el de los altos salarios y granjerías
financiados por el desfalco al erario nacional.
Vergüenza al comprobar que la corrupción nos
ofreció, en apenas cuatro años, los más graves desfalcos al fisco como el de
aquellas multifacéticas aristas del caso “fundaciones”, cuyo veneno infectara
la sangre de los nóveles gobernantes que, desde la universidad saltaron a los
ministerios, embajadas y a las posiciones tan bien remuneradas como las de los
operadores políticos. Unos cien mil, a los menos, en toda la administración
pública.
Vergüenza por los que se rindieron al discurso de
la ultraderecha que le imputa hipócritamente a los inmigrantes y delincuentes
comunes el enorme clima de miedo que reina entre todos los habitantes decentes
del país. Como si este fenómeno no tuviera raíces en el propio sistema
económico que defienden, que ha sacralizado la desigualdad social, la cesantía,
la podredumbre moral enquistada, por ejemplo, en todo nuestro sistema de salud.
O en la dramática situación de “los sin casa” y campamentos, como en la
previsión y salarios de hambre de millones de trabajadores y pensionados. Así
como en las horrendas asimetrías existentes entre los establecimientos
educacionales para los pobres y los ricos.
Como si no fueran la ignorancia y el descrédito
popular la explicación en votos de cientos de miles de ciudadanos. En unos
comicios electorales con ocho candidatos presidenciales y donde lo más acertado
deben ser los sufragios de quienes dejaron la papeleta en blanco o la anularon.
Con foros televisivos y radiales realmente para la risa, en que las promesas
fueron pobres y coincidentes entre quienes se declaran de derecha o izquierda.
En que se aludió constantemente a la situación de Venezuela o Cuba y se soslayó
universalmente el merecido repudio que se merece el mandamás de la Casa Blanca.
Un delincuente, un abusador sexual y un asesino solo comparable en los
despropósitos a los de los peores dictadores y tiranos de nuestra historia
universal. El mismo que, para mala suerte del mundo entero, escapó a un
atentado que podría haber salvado a la humanidad de horrores como el genocidio
israelí y las amenazas que ahora enfrenta nuestro continente que hasta pudo
gloriarse de ser el más pacífico de la Tierra.
Una vergüenza que nos hace augurar que todo lo que
les moleste a las nuevas autoridades será imputada a todos los opositores
motejados de narcoterroristas apenas salgan a las calles a demandar justicia. A
ser imputados como “comunistas”, anarquistas y todos los epítetos recogidos por
la prensa servil y uniformada, incapaz de reconocer los términos más
elementales de la ciencia política. Cuyos “rostros” mediáticos no dominan más
que unos doscientas o trescientas palabras del vocabulario y que, por su abismal
ignorancia e indolencia, desestiman constituirse en” la voz de los sin voz”, la
que debiera ser su principal misión.
Quiera ahora que aquel “buen dios del cielo”, como
cantaban las liturgias estudiantiles de las décadas de los 60 y 70, se apiade
de nuestra población y los ayer pinochetistas se rediman en el poder si llegan
a este y nos libren de los más tenebrosos asesinos ahora a la espera de ser
indultados por sus crímenes de lesa humanidad. Que además de gobernar para los
grandes y más inescrupulosos empresarios le asignen parte significativa del
presupuesto a resolver los problemas de los más pobres y marginados. Aunque sea
para asegurarse la continuidad “democrática” en el poder. Que por todo lo que
ya tienen no se empeñen también en asaltar al Fisco como sus predecesores:
Aunque ya sabemos que su codicia no tiene límites.
Ojalá que los perdedores, qué vaya que los hay,
sean capaces de reconocerse humildemente como tales y renuncien a perpetuar sus
revenidas organizaciones. Que los más viejos se motiven a retirarse de la
escena pública y se dediquen anónimamente al goce de sus riquezas mal habidas.
Que no busquen aferrarse a las últimas ubres del poder que todavía controlan.
Que no vayan a pedigüeñar a quienes los derrotaron contundentemente por sus
bochornosos errores y horrores.
Que se avengan a la responsabilidad que ahora les
toca a las nuevas generaciones, excluidos ojalá los que se corrompieron tan
tempranamente. Que permitan el surgimiento como líderes a los que no se
avergüenzan de ser de izquierda, a los que tienen justas razones para vomitar a
los tibios socialdemócratas que han tenido de comparsa. Que insistan en
levantar las banderas de una Carta Magna verdaderamente democrática y alcen los
estandartes de los que asumen sin complejos las causas de la solidaridad
continental e internacional. Así como a la protección de nuestra naturaleza y
recursos naturales ante los que serán sus nuevos e inminentes depredadores.
Que antepongan a sus manidos y burgueses temas
valóricos, la justicia y la equidad social. Los viejos temas pendientes del
verdadero progresismo y de los genuinos humanistas.
Lo subrayado/interpolado
es nuestro.




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