¿COP
30 o COP 525?: CONFERENCIA SOBRE EL CAMBIO CLIMARICO EN bELEN/BRASIL
Por Prof. Boaventura
De Sousa Santos* – escritor y analista internacional/
ADDHEE.ONG:
Diario red, el Clarín de
Colombia, el nortino de Chile, el Clarín de Chile, Jornada de México,
Xinhua.net, la Haine, enred sin fronteras, red latina sin fronteras, telesur,
publico.es, Amy Goodman/Colombia University, el Sur Andino, Al Jazeera, Tass,
Sputnik:
COP 30 es la denominación oficial de la conferencia de la ONU sobre el
cambio climático que se celebra en Belém, Brasil, del 10 al 21 de noviembre.
Pero los pueblos indígenas de todo el mundo llevan años asignándole otra
numeración más acorde con su experiencia histórica sobre los problemas que se
debaten. La fecha es la de la llegada de los colonizadores europeos a sus territorios.
En el caso de Brasil, 1500.
El problema del cambio climático comenzó con el colonialismo y el
capitalismo determinista y continúa hasta hoy. No se resolverá mientras
el colonialismo y el capitalismo determinista dominen nuestras vidas. La
crisis ecológica es la otra cara de la crisis social y política.
No vale la pena dar cifras porque son formas de neutralizar la revuelta,
ya sean cifras sobre la deforestación de los bosques, el peso de los plásticos
en los océanos, el genocidio de Gaza o las matanzas regulares de poblaciones
empobrecidas de las favelas de Río de Janeiro. Las cifras son entidades
abstractas, introducidas con el único objetivo de contar. Los objetos que
contamos (muertos, árboles talados) no son cifras, son seres únicos que
reducimos a una cifra para poder acomodarlos en una concepción de la realidad
que no cambia, sea cual sea la cifra.
Al igual que los presos no son números, aunque tengan un número. Nos
hemos acostumbrado a designar el horror por la cantidad para convivir más
fácilmente con él, es decir, sin tener que cambiar las concepciones políticas,
económicas y culturales que lo producen de manera sistemática. Quién hace los
cálculos no es contado.
Según las circunstancias, la COP 30 será una orgía o una guerra de
números presentes y futuros. Al final, habrá números ganadores y números
perdedores para que todo siga igual. Los números solo son útiles para pequeños
cambios que no alteran lo esencial. E incluso en este ámbito, el pesimismo
sobre la COP 30 está justificado. El negacionismo medioambiental de Donald
Trump ha producido un retroceso civilizatorio incalculable al obligar a todos
los países ricos en recursos naturales (y empobrecidos en salud, educación,
seguridad humana, etc.) a proclamar su soberanía sobre ellos y a demostrarla
mediante una explotación más intensa. La reacción a Trump tuvo el perverso
resultado de debilitar aún más la cooperación internacional que sería necesaria
para hacer frente al inminente colapso ecológico.
Lo que estará en juego en la COP 30, como lo estuvo en las anteriores y
lo estará en las futuras, es la falta de voluntad política para afrontar esta verdad
fácil de formular, pero muy difícil de poner en práctica: la naturaleza no nos pertenece; nosotros pertenecemos a la Madre naturaleza.
La dificultad también es fácil de identificar, pero muy difícil de
afrontar: el capitalismo determinista y el colonialismo, que dominan la
economía y la sociedad mundial desde el siglo XVI, se han vuelto incompatibles
con la supervivencia de la vida humana y de la vida en general en el planeta
Tierra. La incompatibilidad también es fácil de formular: para la modernidad
eurocéntrica, constituida principalmente por el capitalismo y el colonialismo,
la naturaleza nos pertenece y, como tal, podemos disponer de ella libremente.
Disponer de ella implica el poder de destruirla.
Para el capitalismo determinista y el colonialismo existe una
separación radical entre la Humanidad y la Naturaleza. La filosofía cartesiana
que preside esta dualidad establece una separación y una jerarquía absolutas
entre el ser humano y la naturaleza, al igual que separa la mente del cuerpo. Mientras que el ser humano es una res cogitans,
una sustancia pensante, la naturaleza es una res extensa, una
sustancia extensa e impenetrable.
Como Dios es el pensamiento humano sobre el infinito, el ser humano está
inmensamente más cerca de Dios que la naturaleza. El ser humano es
verdaderamente digno de la dignidad que Dios le ha concedido en la medida en
que se desnaturaliza. Aquí reside la raíz de la línea abismal que caracteriza
la dominación moderna, la posibilidad de dualismos absolutos y, con ello, la
imposibilidad de un pensamiento holístico. La naturaleza está sometida a una
exclusión abismal de la sociedad y lo mismo ocurre, lógicamente, con todas las
entidades consideradas más cercanas a la naturaleza. Históricamente, las
mujeres, los indígenas, los negros y, en general, todas las razas consideradas
inferiores han sido ejemplos de estas entidades.
Todos los principales mecanismos de exclusión y discriminación
existentes en las sociedades modernas, ya sea por clase, raza o género, se
basan en última instancia en los dualismos radicales humanidad/naturaleza,
mente/cuerpo, espiritualidad/materialidad. Las formas en que la sociedad
moderna trata la inferioridad tienen como modelo las formas en que trata la
naturaleza. Si la exclusión abismal significa dominación por
apropiación/violencia, la naturaleza —incluida la tierra, los ríos y los
bosques, así como las personas y las formas de ser y de vivir cuya humanidad ha
sido negada precisamente por formar parte de la naturaleza— ha sido el objetivo
preferido de esta dominación y, por lo tanto, de la apropiación y la violencia,
desde el siglo XVII.
La destrucción del medio ambiente y la crisis ecológica son la otra cara
de las crisis sociales y políticas a las que nos enfrentamos y que las
políticas convencionales son cada vez menos capaces de resolver. Diferentes
corrientes de pensamiento han intentado dar cuenta del doble vínculo entre la
crisis ecológica y la crisis social. La mayoría apunta a la urgente necesidad
de un cambio de paradigma, lo que, por sí solo, indica tanto la gravedad de la
crisis que estamos atravesando como la magnitud de lo que está en juego.
Coinciden en la idea de que el cambio de paradigma consiste en sustituir el
dualismo humanidad/naturaleza por una concepción holística centrada en una
nueva comprensión de la naturaleza y la sociedad y de las relaciones entre
ellas.
Un paradigma es un tipo específico de metabolismo social, un conjunto de
flujos materiales y energéticos controlados por el ser humano que se producen
entre la sociedad y la naturaleza y que, de forma conjunta e integrada,
sostienen la autorreproducción y la evolución de las estructuras biofísicas de
la sociedad humana. A partir del siglo XVI, tras la expansión colonial europea
y, en particular, tras la primera revolución industrial del mundo occidental
(década de 1830), el metabolismo social característico del paradigma
capitalista determinista y colonialista generó un desequilibrio
creciente en los flujos entre la sociedad y la naturaleza, lo que provocó una
ruptura metabólica. Hoy en día se acepta que esta ruptura, al crear un
desequilibrio sistémico entre la actividad humana y la naturaleza, marcó el
comienzo de una nueva era en la vida del planeta Tierra, el Antropoceno.
Este desequilibrio se ha agravado de tal manera que actualmente nos
encontramos ante una catástrofe ecológica inminente, una situación que, cuando
se vuelva irreversible, pondrá en grave peligro la vida humana en la Tierra. Es
imperativo poner en marcha, lo antes posible, un proceso de transición hacia un
tipo diferente de metabolismo social, basado en un tipo diferente de relación
entre la sociedad y la naturaleza. De esto se trata la necesaria transición
paradigmática.
La transición paradigmática presupone la necesidad de una filosofía que
la sustente y de una fuerte movilización social que la ponga en práctica. La
transición es un proceso histórico, es decir, es urgente iniciarla, pero es
imposible predecir su ritmo y su duración.
Tenemos más razones para ser optimistas en lo que respecta a la filosofía que
en lo que respecta a la movilización, rebelión social.
La filosofía lleva mucho tiempo disponible, es el conjunto de filosofías
de los pueblos que más han sufrido por el capitalismo determinista y el
colonialismo, los pueblos que a menudo han sido exterminados, cuyos territorios
han sido invadidos, cuyos recursos naturales han sido robados, un proceso
histórico que comenzó en el siglo XVI y que continúa en nuestra época. Me
refiero a las filosofías de los pueblos indígenas u originarios.
Afortunadamente, estas filosofías han llegado hasta nosotros gracias a la
resistencia y las luchas de estos pueblos contra la opresión, la explotación y
la aniquilación. Constituyen uno de los núcleos duros de las epistemologías del
sur.
Aunque estas filosofías son muy diversas, convergen en un punto. Lo que
denominamos naturaleza es concebido por estas filosofías como Pachamama o Madre
Tierra. Si la naturaleza es madre, es
fuente de vida, es cuidado, merece el mismo respeto que merecen nuestras madres
que nos dieron la vida. En resumen, la
madre naturaleza no nos pertenece; nosotros pertenecemos a la madre naturaleza.
Esta pertenencia radical contradice cualquier idea de dualismo entre el ser
humano y la naturaleza. La entidad divina, independientemente de cómo se
conciba, es una entidad de este mundo y puede manifestarse en un río, una
montaña o un territorio determinado. Lo divino es la dimensión espiritual de lo
material y ambos pertenecen al mismo mundo inmanente.
Estas filosofías estarán presentes en la Cumbre de los Pueblos, la COP
525. Serán excluidas de las salas principales de la COP 30, donde los causantes
del problema se disfrazarán incesantemente de promotores de la solución. Y si
los pueblos indígenas son ocasionalmente admitidos para hablar, en ese momento
los delegados oficiales y sus corbatas físicas o mentales aprovecharán para ir
al baño, consultar el móvil/celular y responder a mensajes urgentes. De
vez en cuando levantarán la cabeza para ver si los indígenas ya han terminado.
Después, todo volverá a la sonámbula normalidad del alegre viaje hacia el
desastre final.
Todo esto demuestra que disponemos de las filosofías que permitirían
rescatar la vida humana y no humana, pero no disponemos de la movilización
social que las impulse y de la transición paradigmática que presuponen. De
hecho, el período actual parece mucho más hostil a la idea de la transición
paradigmática que los períodos anteriores. La máxima hostilidad se deriva de la
amenaza de guerra global que se cierne sobre el mundo y de la creciente
polarización entre «nosotros» y «ellos» que alimenta la política del odio.
¡Una guerra nuclear mundial no tendrá
ganador alguno, sino un perdedor, el Género Humano, la Humanidad!
Una nueva guerra mundial será sin duda más destructiva que las
anteriores y la destrucción no solo afectará a la vida humana, sino también a
lo que queda de los ecosistemas que sustentan la vida en general. A su vez, la
polarización social y el tribalismo que crece en su seno, alimentados por los
promotores del odio y del identitarismo, hacen imposible que la humanidad
dialogue entre sí y con todos los seres no humanos con los que comparte el
planeta Tierra. La lucha por la transición paradigmática comienza hoy con la
lucha contra la guerra y contra la polarización social alimentada por el
tribalismo, el identitarismo y la política del odio.
*Prof. Boaventura de Sousa Santos es una referencia mundial en el
campo de la ciencia social. Ha escrito y publicado exhaustivamente en las áreas
de sociología del derecho, sociología política, epistemología, estudios
poscoloniales, movimientos sociales, globalización, democracia participativa,
reforma del Estado y derechos humanos.
Lo subrayado interpolado es
nuestro
¿Puede América Latina
Llegar con un Frente Unido a la COP30?
Por Prof. Fermin Koop*/ escritor y
analista internacional:
Ahora que la conferencia de cambio
climático de Naciones Unidas vuelve a la región, revisamos su historial de
liderazgos y fragmentación.
Luego
de más de una década, las negociaciones anuales de cambio climático de Naciones
Unidas vuelven a América Latina en noviembre. En Belém, bajo la presidencia de
Brasil, gobiernos, sociedad civil, empresas y otros actores se reunirán por dos
semanas en la COP30 para discutir políticas
climáticas, financiamiento, transición energética y protección de los bosques,
entre otros temas.
La
última vez que la región albergó la conferencia fue en Lima, Perú, en 2014, el
año previo a firmar el Acuerdo de París, el tratado climático que busca limitar
la suba de la temperatura a 2 °C, preferiblemente a 1,5 °C. Buenos Aires,
Argentina, (1998 y 2004) y Cancún, México (2010) también fueron sedes. Santiago
de Chile debía serlo en 2019 pero fue trasladada
a España por la Rebelión social, 18/octubre.
Los
países de la región han participado activamente en las negociaciones sobre el
clima desde
principios de la década de 1990. Aunque en su mayoría lo han hecho
de manera fragmentada, hay indicios de un frente más unido de cara a la cumbre
de Belém: las naciones parecen estar de acuerdo en que, por un lado, se
encuentran entre las más vulnerables al cambio climático y, por otro, cuentan
con grandes sumideros de carbono y un gran potencial para las energías
renovables.
Diversos
países han tenido un papel relevante en momentos clave de las negociaciones,
como la creación del Protocolo de Kioto y el Acuerdo de París, coinciden
especialistas consultados por Dialogue Earth. Ahora, en la COP30, será una nueva
oportunidad para demostrar ese liderazgo y reafirmar la importancia del
multilateralismo en medio de tensiones globales, sostienen.
“Es
un buen momento para organizar la COP en la región. Tenemos muy buenas cosas
para mostrar al mundo. No hay nuevos proyectos de carbón, estamos avanzando
rápidamente en energías renovables, podemos presentar soluciones y trabajar por
el multilateralismo”, sostuvo Natalie Unterstell, presidenta de Talanoa, un
think-tank climático de Brasil. “Estamos listos para empezar”.
América Latina y las negociaciones
climáticas
En
la mayoría de negociaciones ambientales internacionales, desde biodiversidad a
mercurio, la región participa en un único bloque, el Grupo América Latina y el
Caribe (Grulac). Pero en cambio climático, los países se distanciaron desde el
comienzo, recuerda Jimena Nieto Carrasco, quien fue parte de la delegación de
Colombia durante las negociaciones del Acuerdo de París en 2015.
“No
se puede hablar de ‘la región’ en temas de cambio climático hace más de 20
años. Nos dimos cuenta pronto de que no era posible alcanzar consensos entre
países tan diferentes, desde gigantes como Brasil a los pequeños estados
insulares a países intermedios como Colombia. No tiene sentido intentar porque
no vamos a llegar a un acuerdo sobre la mayoría de los temas”, agrega.
Por
ello, en cambio climático, los países negocian de manera individual y en muchos
bloques que se han armado y desarmado a lo largo de los años. La mayoría de las
naciones forman parte de múltiples agrupaciones de este tipo, basadas en
intereses y posiciones compartidas con sus miembros.
Todos
los países de la región forman parte desde hace tiempo del Grupo de los 77 y
China, una coalición de naciones en desarrollo en la ONU, que ha exigido
constantemente que los países desarrollados reduzcan drásticamente sus
emisiones de gases de efecto invernadero en primer lugar.
Por
otra parte, Chile, Colombia, Costa Rica, Guatemala, Honduras, Panamá, Paraguay
y Perú forman parte de la Asociación Independiente de América Latina y el
Caribe (AILAC);
Argentina, Brasil, Ecuador, Paraguay y Uruguay son miembros del Grupo
SUR; Brasil también coordina sus posiciones con Sudáfrica, India y
China como parte del Grupo BASIC; y 16 países insulares de la región forman
parte de la Alianza de Pequeños Estados Insulares (AOSIS),
que reúne a un total de 39 países en todo el mundo.
Otros
grupos incluyen a la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América
(ALBA), creado por Venezuela en 2004 y
que incluye a Cuba y Venezuela, hoy con menor actividad y con Bolivia temporalmente
suspendida; la Coalición de Naciones con Bosques Tropicales (CfRN),
con 18 países de la región; y los Países en Desarrollo con Ideas Afines (LMDC),
con 24 países a nivel global, incluyendo a Bolivia, Venezuela y El Salvador,
entre otros.
“América
Latina no ha sido capaz de romper su fragmentación, lo que genera que tenga una
voz desunida y poco concertada en las negociaciones. A pesar de esa diversidad,
la región contribuyó mucho al debate climático global”, sostuvo Manuel Pulgar
Vidal, líder global de Clima y Energía en World Wide Fund for Nature (WWF) y ex
ministro de Ambiente de Perú y presidente de la COP20.
Momentos claves y líderes regionales
El
recorrido de las negociaciones climáticas comenzó formalmente en América Latina
con la Cumbre de la Tierra en Río de Janeiro en 1992. Allí se abrió a la firma
la Convención Marco de Cambio Climático de Naciones Unidas (CMNUCC),
identificando al cambio climático como un problema global urgente. La primera
COP tuvo lugar en 1995, realizada de manera anual desde entonces.
En
1997, los países acordaron el Protocolo de Kioto, un acuerdo climático que
estableció objetivos vinculantes para que los países industrializados reduzcan
sus emisiones. El diplomático argentino Raúl Estrada Oyuela presidió las
negociaciones. Brasil respaldó con fuerza que se respete en el acuerdo la
diferenciación entre países desarrollados y en desarrollo.
Los
investigadores Guy Edwards y J. Timmons Roberts, en su libro “Un
continente fragmentado: América Latina y la política global del cambio
climático”, describen a Kioto como un éxito para la región al no
haber tenido que asumir compromisos de reducción de emisiones. “Fuera de
Brasil, la mayoría de los demás países de América Latina apenas hicieron oír su
voz en Río o Kioto”, sostuvieron.
El
protocolo entró en vigor en 2005. En ese año Costa Rica, junto con Papúa Nueva
Guinea, propuso un
mecanismo para reducir emisiones de la deforestación que luego se transformaría
en REDD+, que hoy financia acciones para proteger los bosques. Las versiones
anteriores del mecanismo fueron criticadas por Brasil, que temía perder el
control sobre su territorio, según Edwards y Roberts.
A
pesar de no tener que asumir compromisos bajo Kioto, Perú ofreció
en 2008 reducir emisiones en el sector forestal a cambio de
nuevas medidas por parte de los países desarrollados. Se le sumaron Costa
Rica, con una meta de ser carbono neutral para 2021 (un objetivo que
finalmente no
alcanzó), México, con una meta de reducir
50% sus emisiones al 2050, y Brasil, con el objetivo de reducir
70% la deforestación para 2017 (un objetivo que tampoco se
logró debido a los retos que surgieron en la última parte de la década).
En
2009, los países debían lograr un nuevo acuerdo climático. Sin embargo,
diferencias no les permitieron avanzar. Ello generó cuestionamientos sobre las
negociaciones y puso presión a México como sede de la próxima cumbre. Sin
embargo, Patricia Espinosa, presidenta de la COP16, y Christiana Figueres,
secretaria ejecutiva de la CMNUCC, pudieron reactivar el proceso.
“La
región ha tenido momentos de contribuciones grandes al proceso de la
negociación. Destaco presidencias complicadas, como la COP16. El sistema de la
ONU estaba cuestionado, al igual que el multilateralismo. Pero la presidencia
de México tuvo un papel importante para recuperar la confianza”, dijo Alejandra
López Carbajal, directora de Diplomacia Climática en el centro de pensamiento
latinoamericano Transforma.
En
2012 fue el lanzamiento de AILAC, un bloque descripto por Edwards y Roberts
como la “tercera vía” por su papel de búsqueda de puentes entre países
desarrollados y vías de desarrollo. Luego, en 2014, tuvo lugar la COP20 en Lima
bajo la presidencia de Perú. Allí, se allanaría el camino para el posterior
Acuerdo de París, con la presentación de numerosos compromisos
climáticos.
Manuel
Pulgar Vidal y Christiana Figueres son usualmente descriptos como dos de los “arquitectos
del Acuerdo de París” por sus habilidades diplomáticas y optimismo.
A nivel de los grupos, AILAC también tuvo un papel destacado para lograr el
acuerdo, de acuerdo a un
análisis de Edwards, quien señala sus esfuerzos para construir
puentes y subir la ambición de los países.
El camino a la COP30
En
agosto, representantes de áreas ambientales de 22 países de América Latina
participaron en México de un encuentro para fortalecer la cooperación de la
región de cara a la COP30. “Frente a las múltiples crisis que enfrentamos, es
más importante que nunca dialogar sobre nuestros desafíos comunes”, sostuvo la
ministra de Medioambiente de México, Alicia Bárcena, en
la apertura.
El
encuentro tuvo como resultado un
documento de posición de la región para la COP30. Los países
encontraron puntos en común en llevar adelante una transición “que deje atrás”
los combustibles fósiles, acelerar la acción climática y priorizar la
adaptación. Además, resaltaron la urgencia de aumentar el financiamiento y se
comprometieron a conservar y proteger los bosques.
“Fue
una sorpresa positiva. Se reunieron en un foro que no existía y generaron una
buena declaración que habla desde la ambición. Hay interés genuino en trabajar
en conjunto. El liderazgo de México como anfitrión trae un ambiente diferente
de cooperación en la región”, sostuvo López Carbajal.
La
expectativa de los especialistas consultados es que América Latina pueda
aprovechar esos puntos en común para lograr un frente más unificado en la
COP30. Y que la presidencia de Brasil pueda impulsar temas particularmente
relevantes para la región a partir de iniciativas en marcha como el
Fondo Bosques Tropicales para Siempre (TFFF) para la protección
de los bosques.
Para
Pulgar Vidal, Brasil tendrá éxito en la COP30. “Este año la COP tendrá muchos
frentes, no hay un único objetivo a lograr. Pero el éxito pasa porque haya un
foco en la implementación. Necesitamos que el resultado final sea disruptivo.
La COP tiene que demostrar que aún sin voluntad política la economía está
madurando y ya es capaz de darle el impulso necesario”, concluyó.
Lo
subrayado/interpolado es nuestro.




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