Arabia Saudí, el régimen estadounidense y la sombra interminable del asesinato del presiodista Khashoggi
Por Mario Gontade* – escritor y analista internacional/ADDHEE.ONGLa política internacional acostumbra a escenificar sus contradicciones
en lugares solemnes. Pero pocas veces se concentran tantas en un mismo despacho
como las que afloraron durante la visita del príncipe heredero saudí, Mohamed
bin Salmán, al Despacho Oval. Allí, interrogado por una periodista de la cadena
ABC, el líder de facto de Arabia Saudí calificó el asesinato del reportero
Jamal Khashoggi como un “enorme error” y algo “muy doloroso”. La reacción de
Donald Trump, sin embargo, fue un reflejo de su aproximación a la diplomacia:
regañó a la reportera por “poner en una situación embarazosa” a su invitado y
zanjó el asunto con un “cosas que pasan” impropio de un presidente que presume
de defender la libertad de prensa.
La escena resume un dilema recurrente en la política exterior
estadounidense: cómo equilibrar la defensa de los derechos humanos con la
búsqueda de alianzas estratégicas en una región marcada por guerras, ambiciones
tecnológicas y equilibrios militares precarios. En esta ocasión, la balanza
volvió a decantarse del lado del pragmatismo geopolítico. Y de los negocios.
La visita de Bin Salmán tenía un objetivo claro: dejar atrás el episodio
que más ha dañado la imagen internacional del reino y de su propio liderazgo.
Khashoggi, residente en Estados Unidos, fue asesinado y descuartizado en el
consulado saudí en Estambul en 2018, en una operación que los servicios
secretos estadounidenses atribuyeron directamente al príncipe heredero. Pese a
ello, Trump ha optado por un cierre en falso del caso, elogiando incluso el
historial en derechos humanos de su invitado, mientras impulsa una agenda de
acuerdos que podrían alterar la arquitectura de seguridad en Oriente Próximo.
Ese pragmatismo ha dado frutos inmediatos. Washington ha ofrecido a Riad
garantías de seguridad similares —aunque no idénticas— a las otorgadas a Qatar;
ha resucitado la posibilidad de vender cazas furtivos F-35, hasta ahora
bloqueada por el riesgo de filtración tecnológica y por el rechazo de Israel; y
ha celebrado un compromiso saudí de inversión en Estados Unidos que el heredero
sitúa ya en un billón de dólares, pese a que la cifra supera casi todo el PIB
anual del propio país. Más allá de la hipérbole financiera, lo que cuenta es la
señal política: Arabia Saudí quiere un rol preferente en la relación con
Washington, acceso a tecnología puntera y algún tipo de blindaje frente a Irán.
Trump, por su parte, persigue su gran hito diplomático: sumar a Arabia
Saudí a los acuerdos de Abraham y sellar así la normalización entre Israel y
los principales países musulmanes. En su primer mandato los convirtió en un
emblema de política exterior; en su segundo, aspira a consagrarlos como un
legado histórico. De hecho, la Casa Blanca acaba de anunciar nuevos pactos con
Indonesia y Kazajistán. Pero la pieza clave sigue siendo Riad.
Y ahí es donde asoman los límites. Bin Salmán ha reiterado que solo se
sumará a esos acuerdos si existe una hoja de ruta creíble hacia un Estado
palestino. El plan para Gaza diseñado por la Administración Trump no contempla
ese horizonte, e Israel se opone frontalmente incluso a los pasos más modestos.
La reciente resolución 2803 del Consejo de Seguridad de la ONU, que reconoce un
proceso de 20 puntos hacia la autodeterminación palestina, ofrece un marco,
pero no el consenso político necesario en la región.
El resultado es un equilibrio incómodo: Riad mantiene su exigencia de
una solución de dos Estados, Washington insiste en que sin acuerdo con Israel
no habrá tratado de defensa, e Israel se niega a cualquier compromiso que
perciba como una cesión. Mientras tanto, la guerra en Gaza y los ataques
cruzados en Líbano, Yemen o Irán han debilitado a Teherán y a sus aliados, pero
han congelado cualquier avance diplomático sostenible.
La visita de Bin Salmán —acompañada de honores reservados a jefes de
Estado, desfiles militares y una puesta en escena propia de las vanidades
presidenciales de Trump— buscaba precisamente navegar ese laberinto
geopolítico. La devolución fue generosa en gestos, pero cauta en resultados.
Washington y Riad parecen dispuestos a reconstruir su relación estratégica,
pero no a cualquier precio.
Un artículo de opinión no puede eludir la cuestión moral: el asesinato
de Khashoggi, por más que se presente ahora como un “error doloroso”, sigue
siendo un crimen de Estado. Y la respuesta de Trump, intentando minimizarlo
ante la prensa, envía una señal inquietante sobre las prioridades de su
administración. Las democracias no pueden actuar como si la defensa de los
derechos humanos fuese un accesorio prescindible.
La realpolitik es inevitable. Pero también lo es preguntarse qué se
pierde cuando se renuncia a ciertos principios en nombre de un equilibrio
regional que ni es estable ni está garantizado. Entre la sombra de Khashoggi y
la ambición de un gran pacto geopolítico, la visita del príncipe saudí deja la
impresión de que Estados Unidos y Arabia Saudí avanzan, sí, pero hacia un
destino que ambos prefieren no describir del todo.
No subrayado/interpolado es nuestro.




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