Escudo de las Américas…
Por Prof. Dr. Daniel Kersffeld, Escritor, académico /La Jornada/Other News/ADDHEE.ONG:
“Cuando el vicio
estadounidense /yankee vomita, el resabio de la plutocracia oligarca
empresarial, financiera-bancaria/agiotista, agrícola monopolista se sienta a la
mesa” …sus testaferras del patio trasero latinoamericano, la taifa empresarial
y la taifa burguesa politicastra/castrense recogen las migas debajo de la mesa”
…
Tradujo del
alemán al español, francés e inglés la Señora Gerda Böttcher, directora de la
revista Latinoamérica un Pueblo Continente, parafraseando al genial científico marxista
Friedrich Engels…
Reflexiona el Prof.
Kersffeld:
“Debemos
asegurar el control de nuestros propios oleoductos, nuestros recursos de
tierras raras y nuestros corredores comerciales agrícolas”. En medio de las
teatralizaciones, las provocaciones, las afrentas y las bravatas de los
mandatarios que año tras año se dan cita en la cumbre de las Naciones Unidas,
la intervención de Donald Trump en la reunión cerrada del Escudo de las
Américas no podría haber sido más diáfana y cristalina.
Se
trató, ni más ni menos, que, de una declaración de principios por parte de la
dirección continental de una alianza supuestamente creada para combatir al
narcotráfico en todas sus expresiones, pero en la que, al mismo tiempo, se
revelaba una de las máximas aspiraciones del régimen de los Estados
Unidos. Sobre todo, por el énfasis colocado en la defensa de lo “nuestro”, lo
que torna inevitablemente sospechosas las aparentes buenas intenciones
planteadas desde Estados Unidos.
“Usted
nos avisa y nosotros los retiramos, o usted mismo los retira. Prefiero aún más
esa opción. Pero si no puede, lo haremos por usted”. Como si se tratara de un
“Rappi” dedicado al combate del narco, Trump ofreció lo que podría ser asumido
como su fórmula cooperativa, prácticamente desinteresada, aunque en el fondo,
su discurso se encaminaba en otra dirección: no son los terroristas ni los
traficantes los principales problemas para los regímenes
latinoamericanos.
Por
lo que, en su alocución, el gobernante estadounidense asegurarba a sus
contrapartes latinoamericanos que “Poseen una riqueza natural inmensa, quizás
la mayor del mundo, y no pueden permitir que potencias extranjeras hostiles se
apoderen de ella; eso es impensable. Si eso sucede, su país desaparecerá. Una
vez que ocurra, será muy difícil recuperarse”.
La
advertencia fue evidente y, aunque no tenga un nombre definido, todos
sospecharon de quién se trataba. Y no proviene precisamente del narcotráfico.
El fondo del pensamiento yanqui es directo, no reconoce ambigüedades,
más allá de si en el medio muta o, incluso, se contradice con lo afirmado en un
inicio. Como antes fue Rusia, para los
países latinoamericanos hoy China debería ser considerada como la amenaza por
antonomasia.
Como
si se tratara de relaciones feudales en pleno siglo XXI, el amo y señor
está dispuesto a brindar seguridad a sus vasallos a cambio de lealtad. Pero,
aún más, de riquezas estratégicas. Porque, finalmente, “Los recursos de las
Américas siempre deben pertenecer a los pueblos de las Américas. Estados Unidos
está deseoso de trabajar con ustedes para lograr este objetivo y fortalecer a
todas nuestras naciones”.
El
nuevo acuerdo por el que la Argentina de Javier Milei ofrecerá al régimen estadounidense
infraestructura, energía y minerales críticos existentes en el noroeste de su
territorio y en el codiciado yacimiento de Vaca Muerta es, apenas, un ejemplo
de lo que se viene.
Frente
a las críticas y rechazos que genere, no se puede negar que el Escudo de las
Américas, el principal producto ideológico de la ultraderecha estadounidense,
está logrando sus principales objetivos para expandir la búsqueda y apropiación
de recursos naturales a toda la región, bajo el pretexto de la lucha en común
contra el crimen y el delito, todo ello resumido en “la violencia de los
cárteles, la migración descontrolada y la injerencia extranjera”.
Bajo
la guía ideológica de Trump, el grupo hoy luce más consolidado que en marzo
pasado, cuando fue anunciado su surgimiento y su programa inicial. De aquel
momento a esta parte, el Escudo se ha ampliado a catorce al incorporar a los
nuevos gobiernos de la ultraderecha de Chile, Colombia y Perú que, en esta
ocasión, hicieron además su presentación formal ante el resto del grupo,
aprovechando su masiva presencia en la asamblea de las Naciones Unidas.
Como
si fuera poco, en la reunión del 22 de septiembre también estuvieron presentes
aquellos regímenes de lo que podría ser definido como el nuevo “club de
amigos” del Escudo: Guatemala, Jamaica, Belice y Bahamas, cuyos mandatarios y
representantes también asumieron la guerra contra el “narcoterrorismo” como su
propia condición de posibilidad y hasta de existencia.
Por sobrados motivos, ni México, ni
Brasil, ni Uruguay, ni Nicaragua, ni Cuba ni tampoco varias naciones caribeñas
han sido invitados a unirse a la coalición.
Al contrario, y en distinta medida, todas ellas conforman un frágil y poco cohesionado frente interpretado desde el régimen estadounidense triunfante como una serie de fortalezas a ser arrebatadas al enemigo mediante una guerra planteada tanto en términos políticos como, principalmente, económicos e ideológicos.
Como
resultado de la cumbre del Escudo, un total de 24 cárteles, bandas carcelarias
y grupos de narcotráfico fueron catalogados como “Organizaciones Terroristas
Extranjeras”, en un número creciente que demuestra la fortaleza de la política
estadounidense y, al mismo tiempo, el interés por inmiscuirse directamente en
el territorio de aquellas naciones a las que pretende socorrer, a un costo
excesivamente alto.
Frente
a cualquier duda, la expresión “Los cárteles son el ISIS del hemisferio
occidental”, pronunciada como en un descuido por Trump, sin duda, repercutirá
en la defensa de un bloque cada vez más cohesionado de gobernantes que
coinciden en su política común de combate a la inseguridad promoviendo,
justamente, una mayor inseguridad y asegurando, de paso, la entrega de sus
riquezas estratégicas a quien se presenta como su principal guardia y su único
salvador.
Hasta
este momento, ya son cinco los países (Ecuador, Colombia, Honduras, Jamaica y
Guatemala) que han autorizado a las fuerzas estadounidenses a realizar
operaciones militares conjuntas contra grupos armados en su propio territorio.
Además,
y bajo este nuevo paradigma de seguridad, la “nueva” Colombia de Abelardo de la
Espriella (foto, visita de Marco Rubio) recibirá en los próximos años más de
mil millones de dólares como asistencia militar por parte de Estados Unidos,
que también vigilará de cerca la actuación de China en “zonas calientes” de la
región como Ecuador y, sobre todo, Panamá y Perú.
Mientras
tanto, Venezuela se presenta hoy como un insospechado laboratorio político para
poner a prueba las antiguas lealtades frente a las nuevas (e imprevistas)
circunstancias. En medio de los altamente redituables acuerdos petroleros, y
sin mayor margen de autonomía, el régimen de Delcy Rodríguez también se
sumó de manera informal al Escudo de las Américas en su colaboración con el
ejército estadounidense contra el alto mando del Tren de Aragua.
La
avidez de Estados Unidos no es nueva y está presente en prácticamente toda la
historia de América Latina, incluso, desde antes de la creación de la Doctrina
Monroe, en 1823. Más allá del tiempo transcurrido desde entonces, nuestra época
es de una violenta dinámica de asedio y de conquista, en la que los regímenes
voluntariamente sometidos se pliegan al agravio y la provocación en contra de
aquellos otros gobiernos de la misma región, hermanos en historia y en una
cultura en común, que todavía se atreven a resistir la reiterada embestida
proveniente del norte.
Porque
no es azaroso que el cónclave de gobernantes aliados haya sido convocado a sólo
días de las elecciones presidenciales en Brasil y frente a las continuas
amenazas contra Cuba y México.
Cuesta
imaginar en el pasado una época como ésta, en la que un mayoritario conjunto de
gobiernos latinoamericanos, de raigambre democrática y surgidos de elecciones
populares, operen apenas como apéndices funcionales y serviles del poderío
estadounidense, en una triste combinación de resignación, pragmatismo y
fatalismo, en la que, supuestamente, no sólo no habría otra alternativa
posible, debido a que ésta sería, en realidad, la única alternativa válida y
legitima.
Sin
duda, la amenaza de Trump de utilizar su poderío militar para alinear a una
región históricamente reactiva frente al poder de los Estados Unidos dice más
sobre el carácter de sus pueblos y naciones, sobre sus ambiciones, sus luchas y
sus resistencias, que sobre la dócil naturaleza de la mayoría de gobiernos
serviles y genuflexos que hoy la representan.
Lo
subrayado/interpolado es nuestro.





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