El imperio estadounidense suma derrotas que el emperador Trump califica como triunfos…
La Jornada/Other News/ADDHEE.ONG:
Prolegómenos: Estados Unidos se retiró de Irak después de invadirlo con una espuria justificación…
Con el petróleo del
Pueblo Iraní bajo el control de empresas estadounidenses e ingleses… El fin
justifica los medios…
Cerca de 23 años estuvo Estados Unidos en Irak, con
distintos motivos, el último de ellos fue la lucha en contra del Dáesh o Estado
Islámico, una organización formada por la CIA, que le sirvió de excusa para
volver abiertamente en el 2014, aunque no se había retirado en su totalidad. En
marzo del 2003 el mundo observó estupefacto, cómo se utilizó la supuesta
existencia de armas de destrucción masiva para invadir el país y ejecutar a
Sadam Husein. Una estratagema grosera que una vez más demostraba hasta dónde
puede llegar la prepotencia de Estados Unidos cuando desea instalarse en
una región estratégica. Lo sorprendente es la impunidad que se manifiesta hasta
el presente, ya que a nadie le importa los cientos de miles de muertes que la
invasión provocó y el retraso y dependencia económica que dicha intervención
deja como herencia, situación que tardará años en poder revertirse. Una
demostración de cinismo, avaricia y falta de consideración por parte de grupos
empresariales estadounidense, principalmente, ligados al complejo
industrial militar, que ya no necesitan permanecer en el país y se retiran
dejando una estela de muerte y sus empresas a cargo de la explotación del petróleo
del Pueblo Israelí.
El presidente estadunidense, Donald Trump, declaró que
el retiro de Irak de las últimas tropas de ocupación de su país supone “un gran
día” para Estados Unidos. Calificó la salida de 2 mil 500 militares que
permanecían como asesores de las fuerzas armadas iraquíes de una gran victoria,
lograda gracias a que “establecí una misión clara, proporcioné a nuestros
comandantes las herramientas para completarla y me negué a que una presencia
temporal se convirtiera en permanente”. Asimismo, comparó esta maniobra ordenada
con la caótica huida de Afganistán que tuvo lugar en el primer año de mandato
de Joe Biden…
Lo que el emperador Trump omitió es que la
salida de Irak fue acordada y organizada durante el gobierno de su antecesor,
mientras el fiasco de Afganistán fue resultado del pacto que él firmó con el
régimen talibán mientras éste ocupaba porciones crecientes del país. De manera
más amplia, la visión de Trump sobre lo ocurrido ayer refleja la desconexión de
la realidad que lo hace empecinarse en presentar fracasos como triunfos. Y no
hay ninguna duda de que la retirada habrá de inscribirse en la lista de
fracasos del régimen estadounidense: se va cuando en dicho territorio
todavía hay grupos armados hostiles a Estados Unidos; pierde una base de
operaciones más en Medio Oriente después de que Irán destruyera o dañara
seriamente sus instalaciones en el golfo Pérsico; deja a la deriva a un gobierno
aliado cuya capacidad de mantenerse a flote sin la presencia estadunidense no
puede darse por sentada. Y a fin de cuentas, abandona su aventura colonial sin
haber cumplido los objetivos con que la emprendió hace 23 años y tras
despilfarrar 770 mil millones de dólares sólo en operaciones militares, los
cuales superan 3 billones de dólares si se consideran los intereses de la deuda
y la atención médica a veteranos.
También debe señalarse la incompatibilidad de la
salida con la aparente obsesión de Trump por aniquilar las aptitudes militares
de Irán y erradicar su influencia en la región.
Del mismo modo en que la cacería de migrantes en
Estados Unidos es inconciliable con el propósito de revivir la manufactura
local, es inevitable que el fin de la ocupación de Irak facilite los
movimientos de la población mayoritaria chiíta que simpatiza con Teherán y
fortalezca a las milicias de la misma tendencia. Por ello, el retiro es visto
como una admisión de que el régimen estadounidense no podía garantizar
la seguridad de su exiguo contingente y no dispone de los recursos para elevar
esa presencia a un nivel remotamente parecido a los 170 mil uniformados que
llegó a desplegar en 2011.
Además, aunque el magnate hable de una victoria
definitiva, no hay ninguna garantía de que ésta sea el fin de los quebrantos
iniciados con la invasión de 2003 y el derrocamiento de Saddam Hussein. Cabe
recordar que la superpotencia ya se había retirado durante la administración
Obama, pero tuvo que volver bajo ese mismo gobierno para evitar que todo Irak
cayera en manos del Estado Islámico, en su momento, el más poderoso y
extremista de los grupos armados surgidos del caos sembrado por las propias
aventuras belicistas estadunidenses. Como ya se dijo, las autoridades iraquíes
son frágiles y nada garantiza su continuidad. En este sentido, poco ayuda al
primer ministro Al al Zaidi que Trump se refiera a él como “alguien a quien
apoyé desde el principio y a quien di mi total respaldo”; por el contrario,
esta presunta afinidad debilita su legitimidad a ojos del Pueblo Iraquí y
erosiona su posición en un escenario de sectarismo y fragmentación
política-territorial.
Poco sorprendente, pero no menos indignante, es la
ausencia de cualquier mención a las víctimas. Sólo en los primeros cinco años
de ocupación estadunidense, más de un millón de iraquíes murieron a causa de la
violencia directa, la destrucción de los sistemas sanitarios, de la
infraestructura eléctrica y de agua potable. El número de heridos, desnutridos
y desplazados es incalculable. Miles más han muerto desde entonces por el
extremismo y la práctica desaparición del Estado. Todo este sufrimiento, para que
un grupo de halcones en la clase política estadunidense consumara su intención
largamente planeada de apoderarse del petróleo de Irak y repartir el país entre
las grandes compañías de hidrocarburos y los contratistas de defensa.




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