Un Hitler de dos cabezas 
Por Boaventura De Sousa Santos*/ académico, escritor y analista internacional/ADDHEE.ONG:
En el que quizá sea el mejor libro sobre Hitler, Allan
Bullock escribió en Hitler: a study in tyranny que la
filosofía de Hitler es la filosofía “natural” de los albergues para personas
sin hogar, una filosofía que aprendió viviendo en esos albergues de Viena
durante un tiempo. Por supuesto, Bullock se olvidó de pedir perdón a las
personas sin hogar porque entre ellas hay más de una filosofía y, sobre todo,
hay filosofías contrarias a la que él identifica. Pero la que él identifica no
es menos verdadera por ello. Tal y como
se desprende de Mein Kampf y de los discursos y prácticas
posteriores de Hitler, los elementos principales de dicha filosofía son los
siguientes:
1. La idea de la lucha es tan antigua como la vida misma,
pues la vida solo se preserva porque otros seres vivos perecen a través de la
lucha. En esta lucha, los más fuertes, los más capaces, vencen, mientras que
los menos capaces, los débiles, pierden.
2. En esta lucha, cualquier truco o artimaña, por muy
inescrupulosa que sea, el uso de cualquier arma u oportunidad, por muy
traicionera que sea, están permitidos.
3. Cualquier objetivo que los humanos hayan alcanzado se
debe a su originalidad unida a su brutalidad.
4. La astucia es crucial: la capacidad de mentir,
distorsionar, engañar y adular.
5. La eliminación del sentimentalismo o la lealtad en favor
de la crueldad. Estas fueron las cualidades que permitieron a los humanos
ascender. Y, sobre todo, la fuerza de voluntad.
6. Nunca confiar en nadie, nunca comprometerse con nadie,
nunca admitir ninguna lealtad.
7. La falta de escrúpulos debe sorprender incluso a aquellos
que se enorgullecen de su falta de escrúpulos.
8. Mentir con convicción y disimular con franqueza.
9. La desconfianza debe ir acompañada de desprecio.
10. Las personas se mueven por el miedo, la codicia, la sed
de poder, la envidia, a menudo por motivos mezquinos e insignificantes. La
política es el arte de saber cómo utilizar esas debilidades para sus propios
fines.
11. Despreciar a las
masas: las masas existen para ser manipuladas por el político capaz.
12. Los demócratas,
en particular los socialdemócratas, envenenan la mente popular y explotan
cínicamente el sufrimiento de las masas para sus propios fines. Los agentes de
este envenenamiento son los judíos.
La historia no se repite y Hitler murió. Pero su filosofía
está presente en dos políticos que dominan la actualidad política
internacional. Esos políticos son Benjamin Netanyahu y Donald Trump. Está
presente de diferentes maneras y por eso el Hitler de hoy tiene dos cabezas. Netanyahu
es la cabeza del horror de la guerra, mientras que Trump es la cabeza del
horror de la paz. Se dirá que no tiene sentido hablar de equivalencia con
Hitler porque el núcleo central de su filosofía era el antisemitismo y los
«Hitlers» de hoy, uno es judío sionista y el otro está incondicionalmente de su
lado. La relación entre el sionismo y el judaísmo es muy compleja. Dada la
intoxicación de la opinión pública que impera sobre este tema y la severa
censura de las voces disidentes, no es fácil abordar esta cuestión. De ahí que
abordarla sea muy importante para la supervivencia del pensamiento crítico al
que, por cierto, el judaísmo europeo está íntimamente ligado y al que tanto
deben los intelectuales críticos.
Sionismo y judaísmo
El historiador Yakov Rabkin resumiría así las
contradicciones entre el sionismo y el judaísmo:
El sionismo fue, en sus inicios, un movimiento marginal.
La oposición a la idea sionista se manifestaba tanto a nivel espiritual y
religioso como a nivel social y político. La mayoría de los judíos
practicantes, tanto ortodoxos como reformistas, rechazaban el sionismo,
refiriéndose a él como un proyecto y una ideología que entraba en conflicto con
los valores del judaísmo. Los judíos que se adhirieron a diversos movimientos
socialistas y revolucionarios veían el sionismo como un ataque a la igualdad y
como un intento de desviar a la mayoría judía de la búsqueda del cambio
social. Por último, aquellos que, gracias a la Emancipación, se habían
integrado en la sociedad en general y se habían convertido en liberales
convencidos estaban convencidos de que el sionismo era, tan gravemente como el
antisemitismo, una amenaza para su futuro. El nacionalismo judío fue, por
tanto, rechazado porque se consideraba un peligro no solo para el judaísmo, sino
también para el estatus social y los valores políticos de los judíos
emancipados (What is Modern Israel? Londres: Pluto Press, 2016, p. 122).
A continuación se detallan algunas de las razones que han
enfrentado a judíos y no judíos al sionismo1.
El sionismo es una forma de nacionalismo que contradice la
idea de la diáspora. El fundador del sionismo, Theodor Herzl, consideraba que,
al pretender la expulsión o la emigración de los judíos, los antisemitas eran
los amigos y aliados más fieles del sionismo. El sionismo tiene su origen en la
experiencia de los judíos de Europa del Este, sobre todo tras los pogromos de
Rusia de 1881 que provocaron la emigración de los judíos hacia Occidente,
creando tensiones entre los judíos orientales y los occidentales. El sionismo refuerza la idea de separación
del pueblo judío, cuando este siempre ha luchado por integrarse en las
sociedades en las que vivía con autonomía para poder practicar libremente su
religión, ya que el judaísmo es una religión y nada más.
“La esencia del
sionismo es el antisemitismo”...
El escritor y publicista judío austriaco Karl Kraus
consideraba que la esencia del sionismo era el antisemitismo. El sionismo
sirvió a los intereses del imperialismo europeo (británico) para controlar el
acceso a los recursos naturales de Oriente Medio. El Estado de Israel fue
concebido como una colonia europea de poblamiento que garantizaría el acceso a
los recursos naturales y la libertad de comercio con Oriente. En su libro
publicado en 1896, Der Judenstaat (El Estado judío), Theodor
Herzl afirma:
Suponiendo que Su Majestad, el Sultán, nos concediera
Palestina, podríamos, a cambio, encargarnos de administrar todas las finanzas
de Turquía. Formaríamos allí una parte de la muralla de Europa contra Asia, un
puesto avanzado de la civilización frente a la barbarie. Como Estado neutral,
mantendríamos contacto con toda Europa, que tendría que garantizar nuestra
existencia (The Jewish State, Londres, 1946: 30).
El sionismo fue
promovido por antisemitas, como Arthur Balfour, que querían deshacerse de los
judíos de Europa. En 1850, no habría más de 9700 judíos en Palestina. El
sionismo judío se combina hoy con el sionismo cristiano, que se basa en las
ideas de la supremacía racial y la extrema derecha, ideas contra las que los
judíos han luchado con gran tenacidad y sacrificio en los últimos cien años. El
sionismo cristiano es una forma encubierta de antisemitismo. El sionismo
fundamentalista que domina hoy la política de Israel es el principal
responsable del aumento del antisemitismo en el mundo, incluso por la forma en
que critica a los judíos antisionistas. Todos estos argumentos refuerzan la
posición de que el sionismo, lejos de servir a la causa de la religión judía en
el mundo, puede suponer, a la larga, un duro golpe contra ella.
Benjamin Netanyahu/Benzion Mileikowsky, el horror
de la guerra
La lógica del
exterminio preside la filosofía securitaria y expansionista de Israel. La
guerra contra el islam es religiosa y, como tal, solo puede terminar con la
extinción o la rendición incondicional del más débil. El enemigo a abatir
debe inventarse sin cesar, desde Palestina hasta Siria, desde Irán hasta el
Líbano. Por encima de todo, el enemigo no puede renacer de sus cenizas, de ahí
que sea crucial asesinar a mujeres y niños. La paz es anatema. El expansionismo
se basa en un elemento mesiánico cuyos orígenes pueden encontrarse en la obra
de Moses Hess, Roma y Jerusalén (1862). Es inminente la
victoria de la idea judía, el «Sabbath de la historia», como él la denomina.
Cuenta hoy a su servicio con un nuevo instrumento mesiánico, la inteligencia
artificial, la nueva divinidad tan irresponsable como los dioses, incluso
cuando comete el escandaloso error de confundir una escuela con un cuartel
militar, como ocurrió recientemente en Irán.
Al igual que Hitler,
Netanyahu tiene prisa y es incapaz de detenerse. Al igual que Hitler, inventa o
dramatiza agresiones para justificar la continuidad de la guerra y hacerla cada
vez más violenta. Un poco de historia ayuda a aclarar las cosas.
Fue la prisa de Hitler la que dictó el inicio de la Segunda
Guerra Mundial con la invasión de Polonia. Militares y diplomáticos se
manifestaban en contra de esa prisa. Göring advertía que la economía ya se
estaba viendo afectada por el esfuerzo exigido por la preparación de la guerra.
Por no hablar de los ingleses de Chamberlain, que no tenían otra estrategia que
las negociaciones de paz, Mussolini, socio del Eje, envió a Hitler el 30 de
mayo de 1939 un memorándum secreto en el que pedía el aplazamiento del inicio
de la guerra (si esa fuera la decisión) hasta finales de 1942. Hitler no
respondió y su silencio fue interpretado por Mussolini como un asentimiento.
Pero mientras fingía estar a favor de las negociaciones, Hitler exhortaba a sus
comandantes el 22 de agosto: «Cerrad vuestros corazones a la piedad. Actuad con
brutalidad».
Proponía un tratado de paz con Polonia que no era más que la
capitulación total de Polonia. Celebró un pacto de no agresión con su declarado
«enemigo irreconciliable», la Unión Soviética, solo para ganar tiempo, ya que
su objetivo era conquistar Lebensraum (espacio vital) en el
Este y, por lo tanto, un pacto para violar tan pronto como le conviniera, es
decir, un año después. Definió la invasión de Polonia como una blitzkrieg,
una guerra que duraría poco tiempo, y la justificó con la invención de una
supuesta agresión polaca.
En un acto de bandera falsa, las SS atacaron la emisora de
radio de la pequeña ciudad alemana de Gleiwitz, junto a la frontera polaca,
vistieron a delincuentes alemanes con uniformes militares polacos y los mataron
a continuación. Se había puesto en escena otra fatal agresión polaca. El 1 de
septiembre, Hitler invadió Polonia. A continuación, se sucedieron seis años de
carnicería que comenzaron contra combatientes enemigos para terminar contra los
millones de civiles inocentes víctimas del holocausto.
Donald Trump: el horror de la paz
Donald Trump es a la vez el aliado incondicional de
Netanyahu y el autoproclamado ángel de la paz. Solo en su segundo mandato,
Trump se jacta de haber promovido 10 tratados de paz o alto el fuego: entre
Israel y el Líbano, entre Israel y Hamás, entre Armenia y Azerbaiyán, entre la
República Democrática del Congo y Ruanda, entre India y Pakistán, entre Israel
e Irán, entre Camboya y Tailandia, entre Serbia y Kosovo, entre Egipto y
Etiopía. La realidad nos dice que toda esta actividad en pro de la paz ha sido
un espectáculo político. No ha logrado ningún resultado permanente y, en el
mejor de los casos, solo ha permitido treguas temporales. Asia Occidental está
en llamas o en ruinas.
Pero lo más grave es que, cuando está en juego uno de dos
objetivos —el acceso a los recursos naturales o los intereses de su aliado
incondicional, Israel—, las propuestas de paz de Trump significan, al igual que
las de Hitler, la capitulación de la «otra parte», el eufemismo para designar
al «enemigo irreconciliable». En lugar de una propuesta de paz, hay un
ultimátum, la «paz fuerte» de la que habla Netanyahu en sus escritos2,
que no es más que la paz del más fuerte, la paz del fait accompli.
Se trata, pues, de una paz violenta. Una paz horrible al servicio de una guerra
horrible.
¿Por qué las dos cabezas de Hitler?
Si analizamos con atención los discursos y las prácticas
políticas de Netanyahu y Trump, verificamos que los doce puntos de la ideología
de Hitler están muy presentes. Pero están presentes de manera diferente y,
sobre todo, con estilos diferentes, y esa diferencia no es casual. Pretende
reforzar la eficacia de ambos. Mientras que Hitler se encargaba él solo (con
Ribbentrop, Göring y otros) de proponer negociaciones de paz y de boicotearlas
cuando le convenía, siempre con el objetivo de intensificar la guerra, hoy
existe una división del trabajo entre dos “Hitlers”: el que propone
negociaciones y planes de paz (Trump) y el que los boicotea e intensifica la
guerra (Netanyahu).
Solo por ingenuidad se puede pensar que no están
compinchados o que, al menos, no existe entre ellos un pacto para aceptar todo
lo que hace el otro siempre que sirva al objetivo común de destruir a los
pueblos islámicos de Oriente Medio para controlar los recursos naturales y
neutralizar a China. La tragedia (y la comedia) de nuestro tiempo es que se
necesitan dos “Hitlers” para hacer un Hitler. Un Hitler de dos cabezas, el
monstruo de nuestro tiempo.
Lo subrayado/interpolado
es nuestro.





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