“Estados Unidos trata inútilmente de politizar la pandemia”.
Sergio
Rodríguez Gelfenstein.
Escritor, analista internacional. Addhee.Ong
Hace
dos años, se conmemoró el 70 aniversario del nacimiento de la República Popular
China. Han sido siete décadas de esfuerzo denodado para superar las condiciones
de atraso y miseria en que estaba sumido el país. Hace solo 40 años, el 25% de
la población vivía por debajo de la línea de pobreza. El PIB per cápita anual
era de sólo 127 dólares ubicando al país en los últimos puestos mundiales.
Desde
1978 el gobierno chino se abocó a la lucha por el desarrollo y la superación de
la pobreza en el esfuerzo por hacer del país una nación moderna en la que los
ciudadanos tuvieran condiciones para llevar adelante una vida armoniosa y
plena.
En
el plano internacional, el inicio de la política de reforma y apertura tuvo
importantes repercusiones porque se reafirmó el carácter independiente que
habría de tener su política exterior. En relación con Estados Unidos, implicaba
el convencimiento mutuo de la necesidad de coexistir y colaborar. La
desaparición de la Unión Soviética y la inexistencia de un “enemigo” común
fueron forjando otro tipo de relación, que sin embargo no se caracterizó por
una idea similar respecto de la estructura que debía tener el orden
internacional. Durante algunos años prevaleció la necesidad mutua de poner el
énfasis en la utilidad que tenía para uno y otro mantener los mejores vínculos.
A
comienzos de siglo, en Estados Unidos predominaba la idea de que China debía
ser un aliado, en primera instancia en la lucha contra el terrorismo, pero
también en otros asuntos como la no proliferación de armas nucleares y el
mantenimiento de la estabilidad en el Medio Oriente, así como en las finanzas y
el comercio bilateral necesario para ambos, lo que los obligaba a conservar una
situación de estabilidad en las relaciones, a pesar del contexto de tirantez
que prevalecía en estos ámbitos. En la “vereda de enfrente”, China partía de la
aceptación de que Estados Unidos era la primera potencia mundial y lo seguiría
siendo por algún tiempo, pero su inevitable declive iba necesariamente a
conducir a un mundo multipolar.
Esto
comenzó a cambiar durante el gobierno del presidente George W. Bush. En ese
momento, China se encontraba en una situación de estabilidad política y
económica que le permitía enfrentar una realidad que no estaba prevista. Desde
ese instante y hasta 2019, China todavía pensaba que era posible construir su
modelo económico y su sociedad sin enfrentamientos estratégicas de ningún
tipo. En cualquier circunstancia eludió
la retórica confrontacional, asegurando de forma permanente que no aspiraba a
la hegemonía global ni a ser una amenaza para ningún otro país. La filosofía de
su política exterior se basa en la cooperación, el multilateralismo y la
práctica del ganar-ganar, eludiendo la doctrina suma cero propia de los
sistemas bipolares.
No
obstante a eso, los gobiernos de Bush, Obama y Trump, cada cual a su manera y a
partir de doctrinas propias desataron una escalada de presiones y agresiones
contra China que se resistía a la confrontación. En los últimos años, durante
el regimen de Donald Trump, el conflicto llegó a niveles peligrosos ya no solo
para la relación bilateral, también influyendo negativamente en la estabilidad,
el desarrollo económico y la paz del planeta.
En
marzo de 2018, el presidente Trump adoptó medidas unilaterales que
incrementaban sustancialmente los aranceles para productos chinos. China
respondió con acciones similares, pero Estados Unidos incursionó en otras áreas
que habían permanecido bastante ajenas al eje de las desavenencias: se
comenzaron a sancionar empresas chinas sobre todo las de tecnología, se limitó
el intercambio académico entre los dos países, se le pusieron restricciones a
los medios de prensa, además de otras acciones que deterioraron muy rápidamente
la relación.
Junto
a ello, Estados Unidos se posicionó públicamente en asuntos internos que China
considera de su absoluta incumbencia como la situación de los derechos humanos
en Xinjiang y el Tíbet, la injerencia directa en el fomento de las acciones
violentas durante manifestantes en Hong Kong en 2019 y la violación de los acuerdos que rigen las relaciones bilaterales
sustentados en tres documentos firmados en diferentes épocas de la historia que
parten del reconocimiento de que existe “una sola China”.
Estados
Unidos puso en cuestión –como nunca antes lo había hecho otro presidente
estadounidense desde la normalización de relaciones en 1972- la pertenencia de
Taiwán a China, llegando incluso a incrementarse la ayuda militar de Washington
a Taipéi fuera de toda norma. De la misma manera, Estados Unidos incrementó su
presencia en el Mar Meridional de China, realizando permanentes maniobras
provocadoras que han puesto a esa región del mundo en la dudosa designación de
lugar más peligroso del planeta donde podría iniciarse una conflagración
nuclear.
Y
ahora, en fecha más reciente, Estados Unidos ha adoptado un nuevo formato en su
escalada agresiva contra China, usando para ello el origen de la pandemia de
Covid19 que sin ningún tipo de fundamento científico, ubica en el país asiático.
Lo que es peor, Washington –también sin pruebas- le atribuye al gobierno chino
intenciones malignas en cuanto a la diseminación del virus.
Lo
cierto es que el combate a la pandemia ha mostrado dos caras en el esfuerzo
gubernamental por brindarle la mejor salud al pueblo, evitar la propagación de
la pandemia y disminuir al máximo la cantidad de víctimas fatales. China
reaccionó de inmediato ante la aparición del virus en su territorio dando una respuesta múltiple en el que se ha involucró no solo el
gobierno, también millones de ciudadanos, empresas y organizaciones sociales
que hicieron donaciones hasta superar los 7 mil millones de yuanes (alrededor
de mil millones de dólares) lo cual se sumó a los diez mil millones de dólares
que autorizó el Estado en un primer momento para enfrentar la crisis. Así mismo,
se recibieron 5.29 mil millones en donaciones materiales para finales de enero
del año pasado, cuando el virus solo afectaba a China.
Igualmente, desde diciembre de 2019 cuando se
detectó la infección, se activaron los mecanismos de respuesta en el nivel
local, provincial y nacional ante la situación creada. El 25 de enero de 2020,
el primer ministro Li Keqiang fue designado presidente de un pequeño grupo
central establecido para luchar contra la epidemia Covid-19, por lo que visitó
Wuhan dos días después para inspeccionar los últimos avances y transmitir al
pueblo la responsabilidad que el gobierno central asumía en el enfrentamiento
del virus. De la misma manera, se crearon más de 50 grupos de alrededor de
6.000 médicos y especialistas para atender a los afectados.
La ejemplar conducta del gobierno chino frente a la
pandemia/Coronavirus
En este sentido, el Director General de la OMS,
Tedros Adhanom Ghebreyesus, señaló en una conferencia de prensa el 30 de enero
de 2020 después de visitar China que: "…el
gobierno chino debe ser felicitado por las medidas extraordinarias que ha
tomado para contener el brote, a pesar del grave impacto social y económico que
esas medidas están teniendo sobre el pueblo chino”.
Ante esta situación, al día siguiente, 31 de enero, se
hizo saber con claridad la opinión interesada de Estados Unidos de que la
epidemia se extendiera en China. El secretario de Comercio Wilbur Ross afirmó
que creía que el brote de coronavirus -que en ese
momento ya había dejado miles de víctimas en ese país y obligado al gobierno a
implantar la cuarentena en varias ciudades- “ayudará a crear empleos en Estados
Unidos”.
El Coronavirus arma bacteriológica del sistema capitalista en general y de Estados Unidos en especial contra la Humanidad. Las vacunas chinas han sido consideradas como un bien de la Humanidad

Paradójicamente, una de las vacunas desarrollada por China emergió de la
Academia Militar de Ciencias Médicas del Ejército Popular de Liberación. Es
decir, mientras las fuerzas armadas de Estados Unidos realizan ejercicios
militares por todo el mundo, entre ellas la de mayor escala desde el fin de la
segunda guerra mundial -en medio de la expansión del virus por el planeta- las
fuerzas armadas chinas se volcaban a la investigación para proveer salud al
mundo. Esta es otra gran diferencia entre las fuerzas armadas imperiales que
sirven al capital y las del socialismo que sirven al pueblo.
El esfuerzo de Estados Unidos se ha orientado -de forma unilateral y sin
ningún tipo de consenso internacional- a presionar para que la OMS realice una
segunda fase de estudios sobre el origen del coronavirus en territorio chino.
Es evidente que esta propuesta tiene un claro contenido político, toda vez que
carece de sustento científico.
Vale decir que en febrero de este año un equipo de científicos enviado
por la OMS estuvo un mes en Wuhan y sus adyacencias realizando una
investigación sobre el origen del virus y la propagación que lo transformó en
pandemia. Sus conclusiones fueron contundentes en el sentido de considerar como
improbable que el virus tuviera origen en un laboratorio chino. No obstante,
desde mayo y tras su regreso a la OMS después de la criminal retirada decidida
en plena pandemia por la administración Trump, Estados Unidos ha convocado a la
realización de una segunda investigación del mismo tipo de la anterior.
Ante esto, China ha rechazado la propuesta, dadas las fuertes
motivaciones políticas que encara la misma. El argumento más sólido está
sustentado en que una nueva investigación es ilegal en términos de las normas
internacionales aceptadas en el marco de la OMS porque es una solicitud
unilateral de un país que no cuenta con el consenso de todos los miembros de la
organización. China opina que si se realiza otra investigación, ésta tiene que
partir de los resultados obtenidos en la anterior, no comenzar de nuevo, como
si nada se hubiera hecho.
No obstante, el gobierno chino ha expresado su voluntad de cooperar con
la realización de cualquier investigación que se haga sobre fundamentos
científicos y en bien de la humanidad. Habría que agregar que más de 60 países
de todo el mundo han expresado su beneplácito y aprobación con los resultados
de la investigación realizada en febrero.
Lo subrayado/
interpolado es nuestro
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