“TENIENTE.-…la guerra no la vamos a ganar nosotros…los ganadores serán
los ingleses…o los yanquis…esta guerra la ganarán Gibbs y Compañía…o Dreyfus…o
cualquiera de esos…es una cuestión de plata, capitán…no de honor…”. (Personaje
del filme chileno “Caliche Sangriento” (1969), de Helvio Soto).
Osman Cortés Argandoña. Periodista/Comunicador Social/Académico
Universidad del Norte/Chile.
El análisis histórico riguroso ha
llegado al consenso referencial que la denominada Guerra del Pacífico de 1879,
fue una conflagración masiva que llevó a los pueblos de Bolivia, Perú y Chile a
desangrarse por intereses empresariales, ingleses y chilenos, que explotaban el
salitre en territorio boliviano, desarrollando una industria que sustentaba la
revolución industrial, siempre liderada por potencias imperialistas, como
Inglaterra.
Consigna el historiador, abogado y periodista chileno, Manuel Ravest Mora en su
obra “La Compañía Salitrera y la Ocupación de Antofagasta 1878-1879” (Editorial
Andrés Bello. Santiago de Chile. Febrero 1983) los fuertes capitales de
empresarios y actores políticos chilenos insertos en la Casa Antonio Gibbs and
Sons, de Londres. Agrega que esta situación suscitó “comentarios reprobatorios
en el Parlamento”.
Sobre esa base, el vicepresidente
del senado chileno, Alejandro Reyes, precisó en abril de 1879, a casi dos meses
de la ocupación de Antofagasta por 200 soldados, el 14 de febrero del mismo año:
“La presente guerra tuvo su origen en la protección dispensada por el gobierno
a la Compañía de Salitre de Antofagasta”. Similar opinión tuvo el diputado
Francisco Donoso Vergara en la cámara respectiva.
Reseña Ravest que el historiador
Benjamín Vicuña Mackenna, en una intervención en el senado, “culpa de la guerra
al proteccionismo del gobierno del presidente Anibal Pinto a la Compañía de
Salitre y a la Casa Gibbs, de Inglaterra, uno de sus mayores accionistas”.
Se une a Ravest Mora el
historiador Gonzalo Bulnes, quien responsabiliza de influencia en el gobierno de Pinto al
empresariado chileno y menciona al empresario Francisco Puelma Castillo, “quien
revisaba las instrucciones de la Cancillería antes que fueran enviadas a la
Paz. Utilizaba el telégrafo de la Moneda como si fuera Secretario de Estado”.
Historiadores extranjeros
aportaron con opiniones en este síndrome proteccionista del gobierno de Anibal
Pinto, como lo consigna Ravest Mora en su investigación: “Mariano Paz, Tomás
Caivano y Jacinto López acusaron a la sociedad salitrera ser la causante del
hecho inicial de la guerra”.
Socios estratégicos
La investigación de Manuel Ravest
Mora se cimentó en Londres con el rescate de las cartas comerciales del gerente
de la salitrera chileno-británica, Jorge Hicks, misivas que este funcionario
inglés con asiento en Antofagasta enviaba regularmente a sus jefes en la
capital de Inglaterra, comprobando el auscultador chileno que esos informes
poseían valiosos comentarios sobre contingencias políticas que daban cuenta del
ambiente y comentarios de los gobiernos chileno y bolivianos sobre la
explotación creciente del oro blanco.
El investigador chileno comprobó
un aspecto que confirma el carácter mercantilista de la guerra ya que los
ministros de Guerra y de Hacienda del gobierno de Anibal Pinto, a febrero de
1879, eran socios de la Compañía de Salitres y Ferrocarril de Antofagasta.
Ravest dice que también lo eran
Rafael Sotomayor Baeza y José Francisco Vergara Echevers, futuros ministros de
Guerra y Campaña; y ampliando la información sobre los nexos de los empresarios
y actores políticos con la explotación del salitre, acota, “Entre los socios se
contaban senadores, diputados, hombres de negocios como Jorge Ross, vinculado a
la millonaria e influyente familia Edwards, (ya detentadora de “El Mercurio”,
de Valparaíso) dueña del 42 % de la Sociedad Anónima. La Casa de Antonio Gibbs
and Sons era accionista a través de Guillermo Gibbs y Cía, su rama chilena”.
Esta situación permite que Manuel
Ravest defina una posición: “Era fácil colegir que los aristocráticos y
acaudalados miembros de la Compañía habían procurado defender sus amagadas
inversiones en Bolivia exigiendo protección del gobierno chileno, y que éste,
controlado por la empresa salitrera, ordenó la intervención militar en
Antofagasta”.
Es usual que la prensa se ponga
al servicio de los intereses comerciales de los detentadores del poder. La
deducción es planteada por el investigador después de traducir las cartas de
Jorge Hicks en Londres: “Los manuscritos de la Casa Gibbs demuestran que los
accionistas salitreros actuaron como cualquier grupo de poder económico cuando
intenta presionar a la autoridad llegando, incluso, hasta valerse de la prensa
para crear el clima propicio a sus pretensiones”.
¿Imposición o tratado consensuado?
El historiador chileno Oscar
Pinochet de la Barra, señala que a febrero de 1879, Bolivia no mantenía a más
de ocho mil habitantes en Antofagasta. Agrega que la falta de recursos además
de la reducida visión económica y política del gobierno boliviano, determinó que
la nación altiplánica arrendara los yacimientos a chilenos e ingleses,
preferencialmente, cobrando los lógicos arriendos, lo que ahora podríamos
denominar royalties.
El impuesto que dispuso Bolivia
fue de diez centavos de libra por quintal de salitre exportado. No deja de
llamar la atención el Tratado de 1874 que sentencia: “Las personas, industrias
y capitales chilenos no quedarán sujetos a más contribuciones que las que al
presente existen”.
La clausula tiene el sospechoso
síndrome de imposición económico-imperialista,
con alguna variante beneficiosa para los gobernantes bolivianos de la época que
habría que investigar.
El gobierno chileno estimó que hubo
vulneración del Tratado de 1874, por parte del gobierno boliviano al elevar éste el impuesto al quintal de salitre
exportado que debía ser pagado, como fecha final, el 14 de febrero de 1879.
La educación chilena de todos los
tiempos, sustentada en la historia oficial escrita por los historiadores de los
diferentes regímenes de gobierno, transformó esta guerra empresarial, minera y
de intereses oligárquico-personales, en una pretendida y fundamentalista Guerra
Patria de defensa de hipotéticos valores superiores de la nación, con la
tradicional apologética de batallas, héroes, superioridad avasalladora del
Ejército y el triunfalismo natural y visceral de la masa indolente, manejada
por los medios mediáticos de comunicación.
Las preguntas son obvias que, por
ser tan obvias, no se ha formulado la sistemática gubernamental en ningún
tiempo en Chile. De los escritos de
Manuel Ravest Mora, que hemos reseñado en esta ponencia, se desprenden varias
interrogantes deductivas.
¿Es posible que una empresa
privada influya de tal manera en un gobierno hasta contemplar la invasión de
territorios extranjeros con las Fuerzas Armadas oficiales?
¿Qué llegaron a defender esos 200
soldados de avanzada que desembarcaron de la fragata “Cochrane”, el 14 de
febrero de 1879, al mando del capitán José Manuel Borgoño?
¿Las acciones bursátiles de los
ministros de Guerra y Hacienda del gobierno de Anibal Pinto? ¿Ese sería el
sustento de la Guerra Patria que conmemoramos cada 14 de febrero y los 21 de
mayo, los chilenos enardecidos de patriotismo alegórico y apologético?
¿Por defender las acciones
bursátiles de los ministros de Guerra y Hacienda del gobierno de Chile murieron
25 mil representantes de los pueblos de Bolivia, Perú y Chile?
La dignidad de A. Pinto
La fuerza y contundencia de las
presiones, opina Ravest, respaldan la actitud del presidente Pinto quien se
habría opuesto a aceptar las peticiones de los empresarios y actores políticos
chilenos, junto a la de los accionistas ingleses.
“Todo prueba que nada lograron.
Las gestiones empresariales ante el gobierno resultaron ineficaces…se
estrellaron ante la firme, digna y responsable actitud del presidente de
Chile”, opina el historiador.
La pregunta no es posible de
soslayar: ¿Si el presidente Anibal Pinto no aceptó las presiones de los grupos
de poder…porqué desembarcaron las tropas chilenas en Antofagasta el 14 de
febrero de 1879?
Una de las razones que esgrime
Ravest para dejar libre de culpa a Pinto es el telegrama que se recibió en
Valparaíso el 11 de febrero de 1879 donde se informaba que el gobierno
boliviano había determinado suspender la ley que gravaba la explotación de
salitre y la cambiaba por la anulación de las concesiones salitreras y la
reivindicación de las pertenencia bolivianas.
Anibal Pinto y su equipo
gubernamental decidieron de inmediato la ocupación de Antofagasta motivada por
“la infracción y vulneración” del Tratado de 1874, recuperando los territorios
cedidos por el pacto. “Lo realmente defendido por el gobierno fue la dignidad y
el honor de Chile, por lo que no existió relación causal entre la subasta y la
intervención militar”, recalca Ravest como conclusión en su estudio.
Consideramos forzada y simplista la
conclusión de Ravest ya que con el remate o anulación de las concesiones se
terminaba la incursión de la Compañía de Salitres y Ferrocarril de Antofagasta
a Bolivia. Y con ello se perdía uno de los negocios más contundente de ese
tiempo para los empresarios chilenos e ingleses. El imperialismo de entonces, actual
neoliberalismo, se sustentaba en la utilización económica por las naciones que detentaban el poder de aquellas que luchaban
por integrarse a un esquema utilitario y conformista.
Caliche sangriento

El cineasta Helvio Soto, filmó en
las dunas de Antofagasta, “Caliche Sangriento”, en el año 1969. El autor de
este análisis entrevistó a Soto cuando tenía la intención de hacer el filme y
estaba en etapa de construcción del guión, advirtiendo que se iba a apartar de
especulaciones patrioteras y triunfalistas al poner en imágenes el
desplazamiento de un batallón perdido del ejército chileno en un trayecto entre
Ilo y Moquegua, territorio peruano, en plena guerra.
Intensos son los diálogos entre
el capitán ( Héctor Duvachelle) y el teniente (Jaime Vadell). Delimita las
visiones contrapuestas de ambos donde el capitán deja en claro su posición
militarista de oficial profesional y la del teniente, de profesión abogado y
llamado al servicio cuando se desató el conflicto.
Extendiendo un mapa sobre las
candentes arenas, el capitán y el teniente tienen un sustantivo y tenso diálogo
donde queda establecido el claro pensamiento ciudadano del teniente.
CAPITAN.-…en esta zona tiene que
haber un caserío…allí encontraremos agua…y espero que sea pronto…
TENIENTE.-…usted cree que estamos
en esa zona…
CAPITÁN.-…hablemos claro…nosotros
no nos entendemos, teniente…pero eso importa poco…si su capitán dice que
estamos en esa zona, es porque es así…es la manera de ganar una guerra…
TENIENTE.-…trataré de aprenderlo…
CAPITÁN.-...será mejor para
todos…
TENIENTE.-…no necesita pensar…es
penoso saber que en una guerra no se piensa…
CAPITAN.-…se piensa solamente
para la guerra…
TENIENTE.-… ¿lo dice con
orgullo?...
CAPITAN.-…usted está en la guerra
más grande que conoce América…si quiere que la ganemos… haga solamente lo que
le ordenan…
TENIENTE.-…no la vamos a ganar
nosotros…los ganadores serán los ingleses…o los yanquis…esta guerra la ganarán
Gibbs y Compañía…o Dreyfus…o cualquiera de esos…es una cuestión de plata,
capitán…no de honor…
CAPITÁN.-…cosa que usted no
tiene…si tuviera honor sabría que su bandera es la de Chile…
TENIENTE.-…lo sé…por eso estoy
aquí…pero ahora me da pena que hayamos sido arrastrados a una guerra por unos
enemigos que usted no quiere ver…y que no son peruanos ni bolivianos…
CAPITAN.-…curiosa tontería…eso es
política…no me interesa…
TENIENTE.-…una guerra es un
asunto de política…no de banderas, capitán…
CAPITAN.-…politiquería…
TENIENTE.-… ¿no sabe que hemos
ganado el desierto más rico del mundo?...no entreguemos entonces el
salitre y menos a los comerciantes
extranjeros…
CAPITAN.-…puede que los políticos
estén ahora muy espantados pensando en lo que harán…no se preocupe…si son
políticos cambiarán de parecer de la noche a la mañana…allá ellos…esto es una
guerra…no una asamblea…
TENIENTE.-…es una asamblea
también…nuestro gobierno está hablando de entregar las salitreras…nosotros
decidimos aquí la victoria pero será una derrota si damos el salitre a quienes nos metieron en esto…déjeme usar mi libertad
de pensar y hacer la guerra con los ojos
abiertos…sé que tenemos que sacrificarnos para ser dueños de nuestro
territorio…pero si las riquezas son de extranjeros…es mentira que somos
libres...si se entrega todo el tesoro de una tierra conquistada por Chile…¿cuál
es nuestra ganancia?...¿qué quedará para la viuda del soldado que usted mató
para cumplir con nuestro deber?...
CAPITAN.-...no soy político como
usted y sus amigos de Santiago...llevo años defendiendo territorios de su país,
señor Gómez y no sé lo que harán ellos, ni me interesa…pero, por ahora sólo
obedézcame…y le irá mejor…
(Diálogo rescatado directamente
de la película “Caliche Sangriento”( 1969), del director chileno Helvio Soto).
Es indudable que en Chile, en 133 años, ha prevalecido la visión
militarista-económica y empresarial que ha sido traspasada a la ciudadanía como
una responsabilidad sustentada en una insólita “Guerra Patria” cimentada por el
sistema educacional chileno.
Amargo Mar
Quince años después de “Caliche
Sangriento”, el cineasta boliviano, Antonio Eguino, realiza una interesante y
polémica cinta con un guión de Oscar Soria, Paolo Agazzi y Raquel Romero, los
asesores históricos Edgar Oblitas y Fernando Cajías y la Productora
Cinematográfica Ukamau, con un decidor nombre, “Amargo Mar” (1984).
En febrero de 1993 vimos el filme
al introducirlo el maquinista del ferrocarril de Antofagasta a Bolivia en su
casetera, una vez que el convoy cruzó la frontera hacia La Paz. La obra fue
presentada en julio del 2007 en Santiago de Chile, específicamente en el Centro
Cultural Palacio La Moneda, con la asistencia del cónsul de Bolivia en Chile.
Eguino plantea un serio alegato
donde también se concuerda, como en el filme de Helvio Soto, en el sentido
empresarial del conflicto ubicando a los soldados en víctimas de transacciones
y especulaciones, apartándola bastante de ese sentido patrio que han pretendido
otorgarle los historiadores interesados en privilegiar los afanes economicistas
en desmedro del sacrificio humano de una generación de soldados-pueblos de
Bolivia, Perú y Chile.
El historiador y crítico de cine
de Bolivia, Carlos Mesa Gisbert, señaló en su obra “La Aventura del Cine
Boliviano” ( Editorial Gisbert. La Paz. 1985), sobre “Amargo Mar”: “la posición
revisionista del filme desató una de las polémicas más encendidas de prensa de
la que se tenga memoria en los anales del cine boliviano”.
Esa necesaria revisión de los
pasados de los pueblos, sus orígenes, hechos y consecuencias es un ejercicio
que no tiene la importancia que debiera, para Mesa Gisbert, lo que potencia el
filme de su compatriota: “Eguino demuestra una vez más que sólo a través de un
esclarecimiento de la historia que nos obligue al debate y la reflexión será posible una comprensión de lo que somos,
del sentido de nuestra identidad nacional y de las razones que nos han
conducido hasta donde hoy estamos”.
Concuerda en sus análisis con
nuestra visión de analizar la denominada historia oficial que escriben los
detentadores del poder: “Pero “Amargo Mar” es sobre todo una tesis y una interpretación
de la historia de nuestro país. Tanto Eguino como Soria y el equipo de
guionistas, como por supuesto de los asesores históricos, asumen una postura
crítica ante el pasado sobre la base de que la historia oficial nos ha contado
las cosas a su modo y desde su peculiar perspectiva”.
Ubica a “Amargo Mar” en el camino “de la defensa de
la Nación (en la concepción de Carlos Montenegro) y en esa medida me parece un
aporte no sólo valioso sino necesario”.
La autocrítica, soslayada en
nuestras historias oficiales, se hace presente en el trabajo fílmico de Eguino,
de acuerdo a la consideración de Mesa:…”Amargo Mar” es la constatación de que
tanto en el lado de la oligarquía como en el de la nación primaba la incapacidad,
la imposibilidad de una conducción política y militar mínimamente coherente. Da
la impresión de que por encima de la agresión chilena y del imperialismo inglés,
el destino trágico está en este lado de la cordillera de los Andes. Es la
insuficiencia como país la que desnuda “Amargo Mar”, la confirmación de una
desarticulación tal que ha truncado los más importantes esfuerzos históricos de
Bolivia.”
Consideraciones fundamentadas
Los antecedentes acotados en este
trabajo inédito hasta este momento permiten revisar los conceptos de “Guerra
Patria” para la Guerra del Pacífico y, sobre esa base, comenzar a considerar
reparaciones para las naciones afectadas, especialmente Bolivia que quedó
enclaustrada geográficamente atentando contra su desarrollo integral.
La historia nos plantea
disyuntivas y consideraciones tales que conviene rescatarlas periódicamente
para evitar el olvido por muy increíble que se nos presente esa realidad.
En febrero de 1975, dos
dictadores militares, Augusto Pinochet y Hugo Banzer, lograron acuerdos en el
encuentro presidencial de Charaña, frontera de ambas naciones, donde Chile propuso
una formal solución estipulando la cesión de un corredor al norte de Arica con
salida al mar y soberanía para Bolivia en ocho kilómetros de costa. Perú se
opuso en virtud al Tratado de 1904.
Dos militares golpistas pudieron
estar de acuerdo. El escritor boliviano Alfonso Crespo en “Banzer, el destino
de un soldado” (Editorial Gráfica, Buenos Aires. 1999) consigna un diálogo
entre ambos dictadores sostenido en marzo de 1974, en Brasilia. Dice Banzer: “Mi
general, es tiempo que resolvamos el problema que atañe a la amistad de
nuestros dos países y que lo hagamos con la franqueza y comprensión propia de
dos soldados”.
Pinochet habría retrucado:
“Cuente usted con toda mi buena voluntad. Pienso que no es imposible que
lleguemos a entendernos”.
El diálogo lo consigna el
diplomático, historiador, ensayista, periodista y académico boliviano, Ramiro
Prudencio Lizón en su obra “Historia de la negociación de Charaña”. (Editorial
Plural, La Paz, septiembre 2011).
Al huronear en el diálogo emergen
conceptos inusuales en dos militares que llegaron al poder mediante sangrientos
golpes de estado: AMISTAD, FRANQUEZA, COMPRENSIÓN, BUENA VOLUNTAD,
ENTENDIMIENTO.
Urge comenzar a establecer acuerdos
reparatorios, racionales e inteligentes mediante consensos entre pueblos,
ahora, liderados por civiles demócratas que, queremos suponer, tendrán que equiparar
esa predisposición increíble de “amistad, franqueza, comprensión, buena
voluntad y entendimiento”, formuladas con la pistola al cinto entre dos
dictadores.
*Periodista, ensayista y
académico chileno. Formado y titulado en la Universidad del Norte/Chile, sede
Antofagasta/Desaparecida por la dictadura fascista cívico militar. Vive en
Copiapó, ciudad que aportó con centenares de vidas y muertes a la Guerra
Imperialista del Pacífico.
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