Papa León XIV exhortó a Trump a detener violencia en Oriente Medio: ¡No se le escucha padre!...
“Busquemos maneras de reducir la violencia que estamos alimentando, y que la paz, especialmente en Pascua, esté en nuestros corazones” Expresó el Papa León XIV.
En declaraciones a la prensa realizadas la víspera desde la
residencia papal, en Castel Gandolfo, el sumo pontífice subrayó que
reducir las acciones bélicas será una contribución esencial para erradicar el
odio que crece de manera constante en Oriente Medio y otras regiones
del planeta.
El Obispo de Roma exhortó a los líderes mundiales a
retomar la mesa de diálogo para buscar soluciones pacíficas, especialmente
en el marco de la Semana Santa. «Busquemos maneras de reducir la
violencia que estamos alimentando», expresó el Santo Padre.
El Papa León XIV lamentó que, a pesar de los constantes
llamados a la paz, muchos actores internacionales insistan en promover la
guerra y el sufrimiento de inocentes, incluidos niños y mujeres.
Durante su homilía del Domingo de Ramos, el
pasado 29 de marzo de 2026, el Papa León XIV enfatizó que Jesús es un
rey de paz que rechaza la guerra de forma absoluta.
El pontífice advirtió que Dios no escucha las
oraciones de quienes libran conflictos armados, citando que «sus manos
están llenas de sangre». En este sentido, instó a los agresores a
deponer las armas y recordar la hermandad entre los pueblos.
El líder de la Iglesia Católica vinculó el misterio de la
Pasión del Señor con el clamor de los oprimidos por la violencia actual. Afirmó
que en las llagas de Cristo se reflejan las heridas de los hombres, mujeres y
niños que hoy sufren los embates de la guerra.
Finalmente, elevó una oración por los pueblos
agredidos, pidiendo que se abran caminos concretos de reconciliación y
paz frente a la tragedia que amenaza con convertirse en una catástrofe
de magnitud mundial.
No es Nuestra Guerra o la Crisis de la Coherencia Europea...
La posición europea ante la escalada bélica en Irán revela,
una vez más, las tensiones estructurales que atraviesan la acción exterior de
la Unión Europea. Dependencia de Estados Unidos, divergencias internas y una
dificultad persistente para articular una voz propia en materia de seguridad
internacional. Bajo la aparente simplicidad de la frase «esta no es nuestra guerra» se esconden múltiples capas de significado,
intereses y cálculos estratégicos que evidencian una Europa lejos de ser un
actor geopolítico cohesionado.
Esa afirmación no es neutra ni unívoca. Para algunos Estados
miembros expresa una priorización estratégica, para otros una reivindicación
normativa y para una mayoría una forma de evitar una implicación directa en un
conflicto que perciben como ajeno. Pero en todos los casos emerge una cuestión
de fondo que la UE no puede seguir esquivando y que no es otra que la necesidad
(o no) de reforzar un discurso garantista del Derecho Internacional y de los
derechos humanos como base de su acción exterior, algo que salió a la palestra
tras el polémico discurso de la señora Von der Leyen.
En primer lugar, para un grupo relevante de países, afirmar
que esta no es «nuestra guerra» no implica necesariamente una condena frontal a
la intervención de Estados Unidos e Israel en Irán. Más bien refleja una
jerarquización de prioridades donde el conflicto en Ucrania se sitúa en el
centro. Para Polonia, los Estados bálticos o Rumanía, la guerra en Ucrania es
una amenaza directa a su seguridad nacional y, por tanto, cualquier desviación
de recursos hacia otro escenario supone un riesgo estratégico.
Desde esta perspectiva, lo determinante no es tanto la
naturaleza del ataque sobre Irán, aunque pueda ser problemático desde el punto
de vista del Derecho Internacional, sino sus consecuencias sobre el esfuerzo
militar y financiero destinado a Ucrania. Existe una preocupación clara por la
sostenibilidad del apoyo occidental a Kiev. Todo lo que distraiga recursos,
atención política o compromiso estadounidense puede, desde su perspectiva,
debilitar la posición ucraniana y poner en riesgo su propia
seguridad.
Esta lógica explica decisiones como la cesión por parte de
Rumanía de infraestructuras estratégicas como la base de Mihail Kogalniceanu en
el Mar Negro para el uso de Estados Unidos. No se trata necesariamente de una
adhesión ideológica plena a la intervención en Irán, sino de una apuesta por
mantener a Estados Unidos firmemente implicado en la seguridad europea. Para
estos países, la prioridad es evitar cualquier señal de retraimiento
estadounidense en el continente, así como la de cualquier flexibilización en
las relaciones con Moscú, i.e. importación de gas y petróleo.
Sin embargo, esta posición revela una tensión profunda. Al
no cuestionar de forma clara una intervención que muchos consideran una guerra
de elección, se debilita el discurso europeo basado en normas, legalidad
internacional y respeto a la soberanía. La UE corre el riesgo de aplicar un
doble rasero que erosiona su credibilidad global. Defender el Derecho Internacional
en Ucrania y relativizarlo en otros escenarios socava la coherencia de su
acción exterior.
Frente a esta lógica emerge con mayor claridad una segunda
posición, más explícita y cada vez más articulada, liderada por Pedro Sánchez. En este caso, la afirmación de que no es
«nuestra guerra» no se fundamenta en una cuestión de prioridades estratégicas
sino en un posicionamiento político y normativo. Se trata de una crítica
directa a la intervención de Estados Unidos e Israel y de una defensa activa
del derecho internacional, la soberanía de los Estados y la centralidad de los
derechos humanos.
Esta posición introduce un elemento esencial que está
ganando peso en el debate europeo. La necesidad de construir una autonomía
estratégica que no sea únicamente militar o industrial, sino también política y
normativa. La UE no puede aspirar a ser un actor global si no es capaz de
definir de manera autónoma cuándo y cómo se implica en los conflictos
internacionales, y bajo qué principios lo hace.
En este sentido, el liderazgo de Pedro Sánchez resulta cada
vez más relevante. No solo por la claridad de su posicionamiento frente a la
intervención en Irán, sino por su insistencia en que la política exterior
europea debe anclarse en un enfoque garantista del Derecho Internacional y los
derechos humanos que permita ganar credibilidad a la propia UE. Este liderazgo
no se limita a la crítica, sino que busca reconfigurar el marco de actuación
europeo, desplazándolo desde la dependencia hacia una mayor capacidad de
decisión propia, como se observa en las propuestas energéticas centradas en la
transición verde como alternativa a la crisis que ya está aquí.
La reivindicación de la autonomía estratégica europea
adquiere aquí un contenido más concreto. No se trata únicamente de reducir
dependencias en materia de defensa, sino de dotar a Europa de una voz propia
capaz de sostener posiciones incluso cuando divergen de las de sus aliados
tradicionales. La credibilidad europea depende en gran medida de su coherencia
y de su capacidad para aplicar los mismos principios en todos los
contextos.
Aun así, esta visión se enfrenta a importantes resistencias.
La estructura de seguridad europea sigue profundamente vinculada a Estados
Unidos y la falta de consenso entre los Estados miembros limita la posibilidad
de adoptar posiciones comunes firmes. Sin embargo, el hecho de que esta postura
gane visibilidad indica un cambio progresivo en el equilibrio interno de la
UE.
Entre estas dos posiciones se sitúa una mayoría de Estados
que, sin querer implicarse en la guerra en Irán, adoptan posturas más ambiguas.
Comparten la voluntad de evitar la escalada, pero sus motivaciones son
diversas. Algunos temen las consecuencias económicas de una mayor inestabilidad
en Oriente Medio, otros el impacto en la seguridad regional y otros responden a
presiones de política interna.
Esta diversidad de intereses dificulta la construcción de
una narrativa común, pero no elimina la necesidad de definir un marco
compartido de actuación. Europa no puede limitarse a una posición reactiva o
evasiva. La reiteración de que «esta no es nuestra guerra» no puede sustituir a
una estrategia clara basada en principios y objetivos definidos. En este
contexto, el fortalecimiento de un discurso garantista del derecho
internacional y los derechos humanos se convierte en un elemento central. No
solo como una cuestión ética, sino como una herramienta de legitimidad y de
proyección global. La Unión Europea ha construido históricamente su identidad
como un actor normativo y esa identidad solo puede sostenerse si existe
coherencia entre el discurso y la práctica.
La crisis en Irán pone de manifiesto que esa coherencia está
en juego. La capacidad de Europa para condenar vulneraciones del Derecho Internacional
debe ser independiente del actor que las cometa. De lo contrario, su posición
se percibirá como selectiva y, por tanto, menos creíble. Así, se puede optar
por seguir gestionando sus contradicciones de manera fragmentada, priorizando
intereses inmediatos y evitando conflictos internos, o puede avanzar hacia una
mayor integración política que le permita actuar con coherencia y autonomía. En
todo caso este debate está lejos de cerrarse y, por el momento, el respeto al
derecho internacional y la centralidad de los derechos humanos no están en la
lista de prioridades activa de una buena parte de los Estados
miembros.
En ausencia de este avance, la frase «esta no es nuestra
guerra» seguirá siendo una fórmula útil para evitar decisiones difíciles. Pero
también será el síntoma de una Europa que, ante los grandes conflictos
internacionales, continúa atrapada entre su vocación normativa y sus limitaciones
geopolíticas.
Lo subrayado/interpolado es nuestro.













